Un catalán de Franco: el libro negro de Josep Pla
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Un catalán de Franco: el libro negro de Josep Pla

Una nueva edición rescata de las sombras del pasado el título maldito del gran escritor ampurdanés

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Fotografía de Josep Pla

El 27 de enero de 1939 Josep Pla entró en Barcelona junto a las tropas del general Franco para, casi acto seguido, ser nombrado vicedirector de La Vanguardia, ahora de apellido Española para mostrar su adhesión al nuevo régimen. El 10 de febrero el escritor ampurdanés publicó en el actual decano de la prensa condal uno de esos artículos con suficiente potencia como para resumir la carrera de un personaje en una época concreta: 'Retorno sentimental de un catalán a Gerona'.

En ese texto, el autor de 'El Cuaderno Gris' destila una prosa con mucho léxico del vencedor, con fragmentos a rebosar de propaganda y un final lírico de reingreso a la gran ciudad con luces y vida, en contraste con la incomunicación y ruina de todos esos lugares desolados por el caos republicano, lejos aún de la nueva energía. Pla duró poco en el cargo, pero durante esos meses acudió al Ateneu para arrancar páginas del Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados y de sus crónicas en 'La veu de Catalunya', diario de la Lliga Regionalista donde trabajó como corresponsal madrileño durante todo el quinquenio republicano.

En diciembre de 1939 la revista mensual Cultura informaba que Josep Pla, “desde la serenidad de su actual retiro en el campo y junto al mar”, tenía a punto una 'Historia de la Segunda República Española', con un primer volumen de cuatrocientas páginas, a completar con otros tres de similar extensión en librerías a lo largo de 1940. Esta obra es el libro negro de Pla. Lo publicó Destino y pasó por un proceso de censura muy de posguerra, con Ignacio Agustí encantado de limar a su antojo el manuscrito para darle más vigor acorde con la retórica triunfal de la Dictadura, válida para sepultar miserias y en sintonía con el supuesto futuro de Europa, encarnado en el Eje.

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Publicidad del libro de Pla en La Vanguardia Española

Los manoseos de Agustí no fueron los únicos del conjunto, desde su minuto cero sometido a revisiones, apuntes y sugerencias. Esto, fascinante por el paulatino descubrimiento de su génesis y desarrollo, nos conduce a un origen centrado en la Guerra Civil y una serie de operaciones de Francesc Cambó para moldear ese presente bélico desde sus retiros europeos, como Montreux y Abbazia, y preparar un mañana idílico, nada consonante con la realidad del catalanismo conservador tras la Liberación del Principado.

Los vaivenes de un hombre

Pla se vinculó con Cambó desde 1928. Abandonó sus veleidades literarias y enfocó sus miras a una incesante labor propagandística, si bien en muchos libros y artículos de ese período traslucen sus análisis repletos de lógica, con puntualizaciones personales casi siempre atinadas. Cuando estalló la contienda la relación, interrumpida temporalmente durante la primavera de 1936, retomó su curso desde el extranjero, primero con Pla en Marsella como agente número 10 del Servicio de Información de Fronteras del Nordeste de España, construido por uno de los más preciados colaboradores del líder de la Lliga Catalana, Josep Bertrán y Musitu, como bien investigó Josep Guixa en 'Espías de Franco' (Fórcola), con anterioridad destacado a la cabeza del Somatén durante los años del pistolerismo barcelonés.

La imagen mítica de Pla enfundado con su gabardina en el puerto marsellés tiene un aura maldita, romántica y tenebrosa. En una carta datada el 14 de enero de 1937 Joan Estelrich comenta a Cambó, para quién montó la Oficina de Propaganda i Premsa en París, la mayor utilidad del escritor si se enrolara en misiones más intelectuales por su influencia y prestigio, mucho más notorio que su talento en el espionaje.

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Un joven Josep Pla en París

Cambó tomó nota. Durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera había orquestado una enorme producción cultural en catalán pagada con su fortuna de dudosa procedencia; en la Guerra Civil transformó esa experiencia en una serie de actividades propagandísticas a favor de los insurrectos desde Francia, Italia y Suiza. En octubre de 1936 Pla ya figuraba entre los nombres disponibles, idóneos para preparar documentos más sólidos, y en ellos una reinterpretación de la Historia española era urgente.

En febrero y marzo de 1938 tenemos noticias de la redacción de la 'Historia de la Segunda República Española'. Pla la escribe desde Roma, bien cobijado en la biblioteca de la embajada española del Vaticano, y envía a su mecenas los sucesivos capítulos a Montreux, donde el antiguo ministro de la Restauración los enmienda con el fin de eliminar o modificar pasajes donde Cataluña se identifica con Esquerra Republicana y dar más lustre a la Lliga, no sin recomendar rebajar el contenido con la supresión de discursos parlamentarios, a simple vista un truco sencillo para ahorrarse trabajo descriptivo y apuntalar sus argumentos.

El rumbo inesperado de los acontecimientos

Durante este último decenio la Fundació Josep Pla ha encontrado y recuperado muchas carpetas. La última es esta 'Historia de la Segunda República Española' en catalán, cuya cronología correspondería al primer volumen y buena parte del segundo de la edición española de 1940. Este manuscrito está surcado de puntos calientes, y pese a la leyenda de ser cualquier cosa menos objetivo sobresale a partir de sus contradicciones. Aborda el primer bienio republicano hasta los sucesos de Casas Viejas y su onda expansiva hasta la pérdida de la mayoría en las Cortes del Gobierno de Manuel Azaña.

El manuscrito está surcado de puntos calientes y sobresale desde sus contradicciones

El libro no empieza con el 14 de abril, sino con los prolegómenos entre los estertores de la Dictadura de Primo de Rivera y el interregno de Berenguer y Aznar. Este prólogo al objeto de estudio entronca con la tesis fundamental del mismo, promover una visión de Cambó, entregado durante ese interludio hacia la República a encuadrarse en un centro de concordia entre los extremos. El financiero catalán, residente en el mismo edificio de vía Laietana sede de sus empresas, quería recordar y distorsionar, fortaleciéndola, su relevancia y la del partido que comandó indiscutido desde la muerte de Enric Prat de la Riba, algo extirpado en la versión aparecida en castellano.

En la catalana Pla, como en sus crónicas parlamentarias recogidas en tres tomos de su 'Obra Completa', no tiene problemas en alabar la normalidad del proceso de cambio durante la primavera de 1931, desmelenándose en contra de las izquierdas por la desastrosa frecuencia de altercados en todo el Estado con más de cuatrocientos fallecidos, el derrumbe económico y el rumbo del país por la omnipotencia de los artífices del Pacto de San Sebastián, tomándose venganza según sus palabras del septenio dictatorial con encarcelamientos y una legislación ofuscada por su afán de revertir y condenar a la velocidad del sonido el edificio heredado.

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La nueva edición de la Historia de Pla

Para Pla el modelo republicano tenía una viga maestra en Niceto Alcalá Zamora. Su presidencia temporal, luego ostentó el cargo desde las premisas constitucionales, servía para aportar un tono moderado y otorgar a la derecha una textura mucho más suave, cancelada con el ascenso de Azaña al primer ministerio el 14 de octubre de 1931. Hasta ese instante esas Cortes tan revolucionarias eran una mala copia, incluso se inauguraron el 14 de julio, de las francesas de Robespierre, Marat y Danton. A posteriori, y aquí la metáfora tiene una intencionalidad manifiesta, tornaron en un delirio por creerse con personalidad propia hacia la imposición de una dictadura democrática de izquierdas, y durante este tramo de la narración el escritor de modo inconsciente describe mecanismos de exclusión empleados por el régimen franquista con los vencidos una vez callaron las armas.

Esta apoteosis progresista se vio coronada con la discusión de la Constitución republicana, catapulta para alertar definitivamente a las tres superestructuras de España. El clero se sintió amenazado desde el artículo 26, el estamento militar no podía tolerar tanto desdén y los latifundistas vieron las orejas al lobo por el proyecto de reforma agraria, con esta trilogía asimismo descontenta por el viraje autonomista, con el Estatuto Catalán como puntilla para reavivar al conservadurismo hacia la CEDA, el falangismo de José Antonio, calificado por el autor de fascista, y las distintas sensibilidades monárquicas, preparadas para los envites electorales de 1933.

Pla critica la facilidad de la República para aprobar leyes, más de 250 en dos años

Pla critica la ingente facilidad de aprobar leyes del parlamento, más de doscientas cincuenta en menos de dos años, y desde una proverbial frialdad, aquí más notoria por su poco protagonismo personal, juzga el pronunciamiento sevillano de Sanjurjo en agosto de 1932 como respiro para sacar adelante el Estatuto, magro consuelo cuando la mayoría subsistía por el ardor de los radicales de Lerroux en pos de medidas anticlericales y aumentaba el malestar social, angustiado ante tantas revueltas anarquistas, más remarcadas porque el lector tenía bien frescos los Hechos de mayo de 1937 en Barcelona, cuando la República exhibió al mundo entero la utopía de ganar la guerra por sus enfrentamientos internos.

En este sentido Casas Viejas se retrata como el cénit de un cúmulo de despropósitos, con Azaña descarado en su arbitrariedad, maquillada por su oratoria, impotente ante la cascada de revelaciones como los fusilamientos de campesinos a manos de la Guardia Civil. La bomba era letal, algo típico cuando la izquierda debe recurrir a la violencia y encima, como acaeció durante este lance, quiere hacer mutis por el foro, rebotado con una comisión de investigación, la dimisión de Arturo Menéndez, Director General de Seguridad, y la consecuencia de un viraje en la suerte de la República, corroborado en noviembre de 1933 con el vuelco en los comicios generales de la CEDA y el Partido Radical.

La toma de conciencia

El Josep Pla de 1940 aún es la excusa primordial para demonizarlo. Su adscripción a la España Nacional flaqueó al observar la gestión de la posguerra, el giro de ochenta grados en la Segunda Guerra Mundial y la expulsión de cualquier inserción del catalán en la vida pública. Dionisio Ridruejo quiso mantenerlo aunque fuera en ceremonias religiosas, pero Franco fue inflexible y eso determinó el adiós a las esperanzas de Francesc Cambó de un nicho para el catalanismo conservador catalanista, arrinconado durante decenios y sólo devuelto a la palestra en 1957 con el nombramiento de José María de Porcioles, antiguo militante de la Lliga, a la alcaldía de Barcelona.

Ante esta tesitura 'La Historia de la Segunda República Española' queda como un tachón en el expediente planiano, una evidencia de su voluntad colaborativa con los vencedores. En 1942, como expuso Jordi Gràcia en 'Burgueses imperfectos' (Fórcola), su ''Viaje en autobús es un éxito donde el estilo fluye como antaño para alejarse de la ampulosidad de la literatura oficial. En 1944 fue denunciado como extremista por una reunión partidaria de los Aliados en Palafrugell, sin sufrir represalias por su buena conducta. Con la derrota nazi ansía, sin disimularlo en sus escritos, el desmorone franquista, desquiciándolo más aún la intuición del statu quo de la Guerra Fría, garantía de supervivencia para el dictador y las estructuras nacidas tras el primero de abril de 1939. Era otro, y pese a ello no podría borrar esa inmensa mancha, ahora legible en su formato original gracias a la edición de Xavier Pla en Destino, honesta por no apartar de nuestro presente ese molesto pasado.

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