historia y literatura

Hipótesis y esperanzas: Josep Pla y Stefan Zweig en el fin de los tiempos

El inicio de los años veinte, entre la posguerra y el desastre de la gripe española, estuvieron plagados de grandes novelas

Foto: El joven Josep Pla
El joven Josep Pla

8 de marzo de 1918. “Como hay tanta gripe han clausurado la Universidad. Desde este hecho, mi hermano y yo vivimos en casa, en Palafrugell, con la familia. Somos dos estudiantes más bien ociosos. Mi hermano, gran aficionado al fútbol pese a haberse roto un brazo y una pierna, se presenta sólo en las comidas. Hace su vida. Yo voy tirando. No echo de menos Barcelona, menos aún la Universidad. La vida de pueblo, con los amigos que tengo, me gusta. En las horas del postre, aparecen en la mesa una gran bandeja de crema quemada y un bizcocho delicioso, suave, doradito, con una pequeña polvareda de azúcar ingrávido. La madre me dice: ¿Ya sabes que hoy cumples veintiún años?"

Los acontecimientos históricos nos hacen leer el pasado con otros ojos. 'El Quadern Gris' de Josep Pla es una de las obras maestras de la literatura peninsular del siglo XX. No por casualidad fue el primer volumen de las obras completas del autor catalán, publicándose en 1966, y aquí había una trampa. Pla, como nosotros, analizó su trayectoria con la ventaja del paso del tiempo y, si bien el libro es un dietario de iniciación hasta su marcha a París, aquí interviene la reescritura, de ahí ese inicio justo al alcanzar la mayoría de edad, como si se abriera la puerta para comprender el mundo, y con ella la posibilidad de expresarse como adulto.

'El quadern gris'
'El quadern gris'

Pla navegó en la impostura en su voluntad por entender ese instante, y no deja de ser significativo ese principio con la gripe, española sin ser ella nada de eso, pandémica en su primera oleada. Las siguientes acarrearían un vendaval planetario de entre cincuenta y cien millones de muertos, con algunas zonas en cuarentena y muchas ciudades fantasmas, quizá por eso T.S. Eliot reflexionó sobre esa desolación fantasmagórica con su “Jerusalén, Atenas, Alejandría, Viena, Londres: irreales.” Irreales por una doble coincidencia sórdida. Ahora nos planteamos vinculaciones entre eras recientes, como si esto se enlazara con la gran depresión de 2008. ¿Nos recuperaremos? No tiene la mayor relevancia, porque si entonces el armisticio de la Primera Guerra Mundial se encadenó sin más dilación con la spanish flu ahora es el coronavirus quien se enlaza con ese desmorone económico.

Nuestros antepasados estaban hartos de Historia, ya dijo Stephen Dedalus, no en vano el 'Ulises' se publicó en 1922, justo en el cuarenta cumpleaños de Joyce, eso de la Historia es una pesadilla de la que quiero despertar. Eran demasiados vaivenes y puñetazos para la gente normal, esa misma preocupada en una taberna del poema de Eliot, con un soldado de regreso repleto de ganas de divertirse mientras la charla en la barra deriva sobre las relaciones conyugales, los dientes y un futuro con escaso horizonte.

Si menciono tanto a Eliot es por la precisión de sus palabras y el cóctel de su misma gestación. El norteamericano afincado en el Reino Unido estaba desquiciado, con su matrimonio en vilo y ataques de nervios constantes. Lo personal se hilvanó con lo colectivo, y lo mismo acaecía con otro monstruo, Ludwig Wittgenstein, bien reflejado en el fabuloso 'Tiempo de magos' (Taurus), de Wolfram Eilenberger. El último aforismo del 'Tractatus', tan interpretable, nos habla desde lo inaprensible de ese instante: De lo que no se puede hablar, conviene callar. Nosotros deberíamos hacerlo en redes, pero si lo interpretamos desde su latitud sólo pide silencio para aprehender, observar y constatar nuestro empequeñecernos al ser esclavos de una circunstancia superior a nosotros, y en esto, sin saberlo, guiña el ojo a Pla con su “es más difícil describir que opinar, infinitamente más, y en vista de eso todo el mundo opina y casi nadie describe.”

Los pasaportes y el gusto

Con esta emergencia sanitaria se produce una belleza del impedimento. Muchos libros se han quedado en lugares inaccesibles, y la memoria aflora. Stefan Zweig, un autor banalizado por exceso de citas al haber llegado tarde a nuestras librerías, navega en un pasaje de su 'El mundo de ayer' por el recuerdo anterior al precipicio y entona un canto nostálgico del viaje, cuando antes de Sarajevo era posible cruzar fronteras sin pasaportes. En 1919, con los nuevos tratados y el miedo por la enfermedad imperante, los países recién nacidos y los consolidados mutaron el paradigma hasta generar férreos controles para personas y divisas.

La encerrona era querida, pero apuntaba a un orden mucho más turbulento, a un absurdo proteccionista debido al temor de lo pretérito y a la incerteza del presente. Antes de todo esto cultivó fortuna la máxima gramsciana sobre como “El Viejo Mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer: en ese claroscuro surgen los monstruos.”

GRAF3094. VIENA, 16 02 2018.- Fotografía facilitada por el Centro Stefan Zweig de Salzburgo, del escritor austriaco Stefan Zweig en una imagen de finales de los años 20 en su casa de Salzburgo. La editorial austríaca Zsolnay y el Centro Stefan Zweig de Salzburgo han presentado recientemente el primero de los siete volúmenes de una edición crítica de sus ficciones completas, con la intención de publicar un nuevo tomo cada año. EFE  ---SOLO USO EDITORIAL---
GRAF3094. VIENA, 16 02 2018.- Fotografía facilitada por el Centro Stefan Zweig de Salzburgo, del escritor austriaco Stefan Zweig en una imagen de finales de los años 20 en su casa de Salzburgo. La editorial austríaca Zsolnay y el Centro Stefan Zweig de Salzburgo han presentado recientemente el primero de los siete volúmenes de una edición crítica de sus ficciones completas, con la intención de publicar un nuevo tomo cada año. EFE ---SOLO USO EDITORIAL---

Ahora es el adiós temporal a Schengen, y mientras las líneas plagan el mapa los nacionalismos, siempre perniciosos, intentan aprovechar el lance para seguir con sus detestables cantinelas. Leer lo anterior tiene la utilidad de proyectarnos y poder asentir ante las páginas. En la década de los veinte la inestabilidad debida a esos dos factores, posguerra y despertar de la gripe española, zarandeó los Estados hasta debilitarlos. Siempre lo mismo, política y pandemia. La Italia de Mussolini como esperanza de los Fascistas y desasosiego de los demás, con la Democracia mancillada, y el efecto de la bota se trasladó a España con Primo de Rivera, con Alfonso XIII diciéndolo eso de tú serás mi Mussolini, y Alemania aquejada por una hiperinflación coincidente en su cénit con el primer envite de Hitler desde Baviera.

Todo historiador tiene en su interior la contradicción de lo negativo de lanzar hipótesis sobre lo no ocurrido. No podemos determinar qué será del mañana. La crisis europea tras el Tratado de Versalles tuvo la fortuna de los créditos americanos, tumba posterior en 1929. China nos aporta material, y en esa generosidad gana los puntos del buen amigo, mientras Trump simbolizaría todo el peligro de la endogamia y la ceguera.

La catarsis, ¿qué haremos cuando nos dejen salir con normalidad a la calle?

Las fronteras, a eliminar con razón según los anarquistas, únicos conscientes del internacionalismo ciudadano, exhibieron el conservadurismo de las autoridades. La catarsis, ¿qué haremos cuando nos dejen salir con normalidad a la calle?, se esgrimió con otra sensibilidad. Se da muy por sentado una hegemonía de los paradigmas previos, y pocos se han preguntado hasta si las cuestiones juzgadas tan cruciales por los expertos tenían tanto empaque.

Los gustos viraron a un giro de ciento ochenta grados. En 1917 Jean Cocteau, Pablo Picasso, Erik Satie y Serge Diaghilev estrenaron en el Théâtre de Chatelet su ballet total 'Parade', digno heredero vanguardista de las ambiciones de Richard Wagner. Los abucheos abundaron porque el público burgués aún estaba con el chip de la Belle Époque, pero en diciembre de 1920 todos esos pitos se tornaron en aplausos. ¿Qué había pasado? Proust tiene la respuesta en el tramo final de su 'Recherche', cuando tras iluminarse por esas baldosas deslavazadas, como las de San Marco en Venecia, la verdadera madalena de la insuperable novela, asiste a una recepción en casa de los Guermantes, príncipes de antaño y momias del presente, algo similar a la imagen del Príncipe de Salina y sus familiares en ese mítico traveling de Luchino Visconti en 'El Gatopardo'. De ser los leones de la aristocracia han devenido polvo encanecido, a sacudir. Quizá debamos hacer lo mismo con tantas convicciones impuestas, y desde esa vertiente todos los agentes configuradores de ideas están amenazados por el atiborramiento de debates no tan palmarios.

Las clausuras y los ciudadanos

El inicio de los años veinte, esos que satirizábamos hace meses con nuestra ignorancia complacida, estuvieron plagados de grandes novelas. En 'La conciencia de Zeno' de Italo Svevo hay una burla conseguida por la clausura del protagonista para frenar su adicción al tabaco. El episodio con el internamiento en la clínica triestina, el tonteo con la enfermera y la posterior huida son metáfora de muchos deseos de todo confinado, la negación a aceptar la violación del statu quo y la locura por romper con las rutinas cotidianas.

Svevo, triunfador a la postre gracias a James Joyce y el inigualable Valery Larbaud, nos depara una última perla con la clausura de su 'Conciencia': "Tal vez gracias a una catástrofe inaudita, producida por los instrumentos, volvamos a la salud. Cuando no basten los gases venenosos, un hombre hecho como los demás, en el secreto de una habitación de este mundo, inventará un explosivo inigualable, en comparación con el cual los explosivos existentes en la actualidad serán considerados juguetes inofensivos. Y otro hombre hecho también como todos los demás, pero un poco más enfermo que ellos, robará dicho explosivo y se situará en el centro de la Tierra para colocarlo en el punto en que su efecto pueda ser máximo. Habrá una explosión enorme que nadie oirá y la Tierra, tras recuperar la forma de nebulosa, errará en los cielos libre de parásitos y enfermedades."

Tras el doble marasmo emergió la sociedad de las masas y los poderosos se vieron urgidos a escuchar la voz de la ciudadanía

Hay ironía en este párrafo, así como muchos avisos. Tras el doble marasmo emergió la sociedad de las masas y los poderosos, cada uno a su manera, se vieron urgidos a escuchar la voz de la ciudadanía para valorar encrucijadas desatendidas hasta la fecha. Piensen en ello, en cómo la dejadez del ayer, la sumisión pasiva, es una rémora a cortar de cuajo para aprovisionar lo venidero de otras partículas. Al fin y al cabo paréntesis de tanta gravedad son muy útiles para lanzar a la papelera tanta ropa vieja considerada moderna. El miedo tiene muchas formas, y si nuestros abuelos ensalzaban y abominaban de la revolución rusa esta sólo fue un hombre del saco más del panorama. La revolución debe venir desde dentro, y las lecciones de otrora sirven para no tropezar dos veces en la misma piedra aunque, es irrefutable, seamos humanos.

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