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El caso de Mary la Tifoidea y lo que enseña sobre el ingenio maligno del coronavirus

Una cocinera de Nueva York que fue llamada 'la persona más peligrosa de América' y su increíble historia pueden ilustrar el peligro de la actual pandemia y la necesidad del confinamiento

Foto: Mary la Tifoidea.
Mary la Tifoidea.

El sábado 12 de noviembre de 1938, 'The New York Times' publicó en su página 18 el obituario de una cocinera. No se trataba de ninguno de los chefs del momento en la Gran Manzana, estrellas como René Anyard, jefe de cocina del Waldorf Astoria, o Eugenio Laperruque, al frente de los fogones del Plaza. La fallecida era una cocinera modesta nacida 68 años antes en Cookstown, Irlanda del Norte, y emigrada a la Gran Manzana en 1884, donde había servido en algunas de las grandes casas de la ciudad. Se llamaba Mary Mallon, pero no era ese el nombre con el que figuraba en la breve nota del diario neoyorquino sino otro con el que había infundido el terror en la ciudad durante años: Mary la Tifoidea (Typhoid Mary).

Recientemente, el periodista científico inglés Matt Ridley, autor de libros como 'Genoma: la autobiografía de una especie en 23 capítulos' o 'El optimista racional', recordaba la historia de Mary la Tifoidea en un artículo en 'The Spectator' para ilustrar la más extraordinaria peculiaridad del Covid-19: su maligno talento para discriminar por edades a aquellos a quienes infecta matando sin compasión a los mayores pero sin rozar apenas a niños y jóvenes. "El efecto generacional del coronavirus es astuto y desconcertante. Al ser a menudo tan suave en los jóvenes y saludables, convierte a las personas en portadores desatendidos. Al ser a menudo tan letal en los viejos y enfermos, convierte a los transportistas en posibles ejecutores de amigos y vecinos".

Recorte de 'The New York Times'.
Recorte de 'The New York Times'.

El confinamiento obligatorio se imponía, clamaba Ridley en un momento en el que el después contagiado primer ministro británico, Boris Johnson, aún se ufanaba de haber visitado un hospital y "dado la mano a todo el mundo", precisamente porque no existía otra forma de frenar la irresponsabilidad de todos esos miles de jóvenes pacientes asintomáticos que pensaban que la cosa no iba con ellos y seguían saliendo cada mañana de sus casas a difundir alegremente su mortal carga vírica. Y es aquí donde entran en escena la cocinera Mary Mallon y su funesto ejemplo.

Helados de melocotón

HBO estrenó en 2014 'The Knick', de Steven Soderbergh, una excepcional, hipnótica y muy sangrienta serie 'de médicos' que pasó injustamente desapercibida. En la racista Nueva York de los primeros años del siglo XX, un doctor cocainómano y un médico negro a los que se les mueren las parturientas a montones combaten la oscuridad y la superstición para fundar la medicina moderna en tiempos en que los antibióticos aún vivían en el limbo de los justos. Pero también cuando la ciencia médica arranca sus primeras y frágiles victorias contra la muerte gracias a la objetividad del método científico y a los prodigios mundanos de la técnica.

Una de las historias que narra la primera de las dos temporadas de 'The Knick' es precisamente la de Mary la Tifoidea, la investigación casi detectivesca a la que fue sometida y lo extremadamente complicado que resultó demostrar ante un tribunal un hecho inédito que iba a escribir una página crucial en la historia de la medicina: la peligrosa existencia de pacientes asintomáticos capaces de transmitir gravísimas enfermedades sin sufrir ni uno solo de sus síntomas.

La especialidad de la cocinera Mary Mallon era un delicioso helado de melocotones crudos que empezó a servir a las familias adineradas de la ciudad en 1900. Dos semanas después de llegar a una mansión de Mamaroneck, Nueva York, los ocho miembros de la familia enfermaron de fiebre tifoidea. Lo mismo ocurrió un año después cuando se mudó a casa de otra gran familia ya en Manhattan. Después pasó a trabajar para un abogado con el que mantuvo relaciones sexuales y siete de los ocho miembros de la familia contrajeron el tifus. Los siguientes años se pierde la pista de la cocinera hasta que en 1907 la hallamos contratada por la familia del banquero Charles Henry Warren en su casa de verano en la selecta Oyster Bay, de Long Island. Cuando una de las hijas del señor de la casa cayó enferma de tifus, un drama por cierto asociado a las clases bajas del que las más pudientes se pensaban a salvo, el banquero buscó los servicios de George Soper, un ingeniero especializado en investigar epidemias y problemas de salubridad, para tratar de averiguar el origen de la fiebre que afectaba ya a seis de los 11 habitantes de la casa.

'La cocinera irlandesa'.
'La cocinera irlandesa'.

La excelente novela 'La cocinera irlandesa', de Mary Beth Keane (Harper Collins), de la que la BBC ultima una adaptación con Elisabeth Moss ('El cuento de la criada') como protagonista, muestra la conmoción que causó entre los ricos de la ciudad descubrir aquel caballo de Troya emponzoñado —'la mujer más peligrosa de América', la bautizaría la prensa— que habían dejado entrar en sus propias casas. También la incredulidad del resto de la población ante los resultados de la investigación de Soper, quien aseguraba que Mary estaba enferma de tifus pese a no manifestarlo y contagiaba a los demás al elaborar sus helados de melocotón después de ir al baño y no lavarse las manos. La cocinera fue puesta en cuarentena en un bungaló en la isla North Brother con su perro y se le pidió permiso para someterla a una operación, a lo que ella se negó, relata Keane.

La conmoción que causó entre los ricos de la ciudad descubrir aquel caballo de Troya emponzoñado que habían dejado entrar en sus casas

"Durante el transcurso de aquella semana, habían sido varios los médicos que habían aunado esfuerzos con el doctor Soper para intentar convencerla de que les permitiera extirparle la vesícula biliar; de hecho, aquella misma mañana la habían convocado a una reunión con tres médicos y uno de ellos, un tal doctor Wilson, le había asegurado que elegirían al mejor especialista para practicar la incisión. Ella les había preguntado si accederían también a que los rajaran, teniendo en cuenta que tampoco padecían ninguna enfermedad. ¿Adónde iría a parar Nueva York si los médicos se dedicaran a abrir en canal a gente sana con el mero propósito de ver lo que había dentro? Ellos repitieron sus explicaciones una y otra vez como si ella no supiera lo que suponía cortar en canal un cuerpo. ¡Por el amor de Dios, era cocinera! En una ocasión había despedazado una ternera jersey con la ayuda de una única persona y cuando terminó, y a pesar de haber drenado bien al animal antes de empezar a cortar, estaba manchada de sangre de los pies hasta los hombros; una vez que todas aquellas húmedas y viscosas piezas quedaron dispuestas sobre la mesa, no habría habido forma de volver a colocarlas en el animal tal y como Dios lo había creado. Si a ella se le hubiera ocurrido cambiar de opinión y volver a reconstruir a aquel animal, intentar coserlo para que quedara como nuevo, habría sido imposible hacerlo, ¡y resulta que a ella querían abrirla estando viva!".

Recorte de prensa de la época sobre Mary la Tifoidea.
Recorte de prensa de la época sobre Mary la Tifoidea.

En 1909, el abogado de Mary Mallon demandó al Departamento de Salud de Nueva York al entender que su clienta se hallaba encarcelada 'de facto' sin mediar proceso judicial. El caso desembocó en la Corte Suprema, que en un primer momento se negó a liberarla en aras de la salud pública. Transcurrido un año, el nuevo comisionado de Salud de la ciudad la liberó bajo la condición de que no volviera a cocinar. Pero Mary no sabía hacer otra cosa y pronto pisaba nuevas cocinas en un hotel, una pensión y un 'spa' en Nueva York y Nueva Jersey. Un nuevo brote de la enfermedad en 1915 llevó al hospital a 25 personas. Soper retomó la investigación y descubrió que la fuente volvía a ser Mallon. La cocinera regresó a la isla de North Brother de manera definitiva. Había infectado en total a 51 personas, tres de las cuales murieron, pero Mallon nunca logró entender bien lo que sucedía. Estaba convencida de que ella no podía estar provocando la enfermedad. Dedicó su tiempo a leer y a trabajar en el laboratorio para prepararse para ser médica. En 1938 sufrió un derrame cerebral y falleció convencida de que ella no era el origen del mal. La autopsia reveló una bulliciosa colonia de bacterias tifoideas en su vesícula biliar. Por alguna razón genética, no le habían causado síntomas.

Concluye Matt Ridley en el artículo citado: "No estoy sugiriendo que las personas hayan sido hoy tan deliberadamente irresponsables como Mary la Tifoidea, y, por supuesto, las personas se infectan con el coronavirus durante solo una semana o dos, no toda la vida. Pero hay un eco inquietante aquí, en esas multitudes que aparecieron en parques, mercados y tiendas el fin de semana pasado, en su renuencia a creer que podrían haber sido parte del problema".

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