arquitectura

La huella franquista que oculta el éxito urbanístico de Barcelona

Es innegable que la increíble transformación de la ciudad emprendida por los ayuntamientos democráticos fue producto de adaptar planes heredados de la dictadura

Foto: Proyecto del puerto de Barcelona de Pla de la Ribera (1964)
Proyecto del puerto de Barcelona de Pla de la Ribera (1964)

Asociar a Barcelona con la ciudad de los prodigios es demasiado sencillo, como si el título de la novela de Eduardo Mendoza permitiera justificar su reciente y exitosa singladura. Este tirar del tópico manido encaja, sin saberlo sus perpetuadores, con la multitud de falseamientos históricos de la ficción del premio Cervantes de 2016, quien por otra parte nunca ha querido ser fidedigno con los hechos reales, sino usarlos para hilvanar una prosa hilarante y con sentido crítico sin rigor ni acatamientos rotundos a los vaivenes del pasado.

Su ejemplo va de la mano con el relato oficial de la capital catalana, aceptado a nivel global desde el completo abandono de la pedagogía urbana a partir de una serie de intereses creados. Esta perspectiva alterna a partes iguales verdades y mentiras, pues si bien es innegable la increíble transformación emprendida por los ayuntamientos democráticos, también es cierto cómo esta fue producto de adaptar planes heredados del Franquismo, algo siempre omitido por aquello de vender la moto sin tapujos desde la paulatina fabricación de una marca internacional catapultada por los Juegos Olímpicos de 1992, primera celebración global tras la Guerra Fría y último gran acontecimiento deportivo capaz de trascender su propia esfera.

Foto: Agustí Carbonell
Foto: Agustí Carbonell

Eso fue posible, y así lo simbolizó una fotografía, por la unión de todas las administraciones, asimismo aunadas por la carambola de tener a Juan Antonio Samaranch al frente del Comité Olímpico Internacional. Sin esa concatenación de factores nada habría sido posible y la refundación condal hubiera quedado como una aspiración legítima sin posibilidades de realizarse. Los cambios de este calado, incluso en proyectos menos ambiciosos, son producto del paso del tiempo. Por eso mismo esconder las vergüenzas del origen es más bien contraproducente al existir documentación para entender las motivaciones de derrotas, avances y resultados donde cualquier triunfo no puede ser flor de un día al nacer del legado de los antecesores, molestos, torpes e incómodos, pero predecesores desde la cronología y sus actos.

Maragall y el espejo de Porcioles

José Maria de Porcioles fue designado alcalde de Barcelona en 1957 con intenciones redentoras. El régimen activó para limpiar su imagen en el Principado la Operación Cataluña, y una figura proveniente de la extinta Lliga Regionalista parecía perfecta para manejar el timón de la urbe mediterránea, sacudida justo antes por la segunda huelga de tranvías y protestas estudiantiles, anticipo de otras futuras de distinto cariz, más catalanista y desbocado acorde con la evolución de la sociedad de por aquel entonces.

Porcioles permaneció en el cargo hasta 1973. Durante esos tres largos lustros destacó por la obtención de la Carta Municipal, la compilación del Derecho Civil Catalán y una planificación urbanística espeluznante desde el desprecio hacia barrios, patrimonio arquitectónico y formas consolidadas durante siglos, todo ello desde un amor absoluto a tejer autopistas para elevar el coche a santo y seña de su modernidad e imponer la primacía del asfalto sin atender a razones.

El dictador Francisco Franco y el alcalde de Barcelona José María de Porcioles
El dictador Francisco Franco y el alcalde de Barcelona José María de Porcioles

Esta santificación de los automóviles se alambicó con la construcción de edificios singulares, rascacielos de increíble fealdad estética imposibles de olvidar. Sus actuaciones despertaron poco a poco varias conciencias desde la eclosión de una juventud siempre más combativa, canalizada a finales de los sesenta y principios de los setenta mediante las asociaciones de vecinos, indispensables si quiere entenderse esa Barcelona por su energía al bloquear iniciativas descabelladas, salvar inmuebles emblemáticos y luchar por mejorar sus microcosmos con reivindicaciones cabales para beneficiar a toda la comunidad. Muchos de esos núcleos eran endémicamente desatendidos y a mediados de los años sesenta el barraquismo copaba grandes cantidades de terreno, de Montjuic al Poblenou.

Barracas en Montjuic hacia 1960
Barracas en Montjuic hacia 1960

En la casa de la Ciudad de la plaça de Sant Jaume otros jóvenes desarrollaban su labor como altos funcionarios municipales, técnicos con formación en el extranjero como Pasqual Maragall, quien a posteriori no dudó en conceder la medalla de oro de la ciudad a Porcioles y elogiarlo tras su sepelio. Maragall no es el único nombre a remarcar. En 1965 la burguesía industrial y financiera promovió el denominado Plan de la Ribera, liderado por el empresario Pere Duran Farell y redactado entre otros, bajo el patrocinio de Jordi Pujol, por Miquel Roca y Narcís Serra.

La operación quería una Barcelona que dejara de dar la espalda al mar y recalificar doscientas veinticinco hectáreas del litoral para uso comercial y residencial. Se habló de viviendas de lujo para finiquitar las barracas y densificar esa zona costera con más de ciento ochenta mil habitantes. Nunca quedó muy claro el porqué del fracaso, atribuido por algunos a las quejas vecinales y por otros al poco entendimiento de todos los implicados, pero aun así fue el embrión para reformas en ese perímetro, concretadas durante los consistorios socialistas, como la Villa Olímpica, el distrito tecnológico 22@ o la remodelación, con claros tintes especuladores, del Besós, esta última emprendida con la excusa del Fórum de Las Culturas.

La mejora de la franja costera de Barcelona no puede discutirse, sin embargo, embellecer no significa igualar, sino gentrificar

La mejora de esta franja costera no puede discutirse, sin embargo, embellecer no significa igualar, sino gentrificar. Montjuic, donde Porcioles imaginó una Exposición Universal hasta desistir en su empeño por el consejo de Samaranch, prócer franquista que antes de su aventura internacional, presidió la Diputación de Barcelona, también estuvo en el punto de mira de los últimos ayuntamientos de la dictadura, eso sí, sin preocuparse siquiera una nada por sus barrios aledaños. Podía darse rienda suelta a una mejora de la montaña, empantanada tras los fastos de la Exposición Internacional de 1929, y esta se aplicó a destajo con las Olimpíadas.

Entre las otras herencias nunca confesadas, pese a ser prístinas desde cualquier hemeroteca, podemos enumerar la consecución del túnel de la Rovira, causa indirecta de la destitución de Porcioles entre chanchullos con afines y las grietas en múltiples inmuebles del Carmel, inaugurado por Jordi Pujol y Pasqual Maragall en mayo de 1987 o las rondas, autopistas urbanas ya planeadas a principios del Novecientos por el arquitecto francés Léon Jaussely para unir Barcelona con los pueblos del llano, agregados por el Real Decreto del 20 de abril de 1897. La diferencia estribaba en los avances tecnológicos y el sacrificio del peatón en favor de poluciones a dos y cuatro ruedas. Los sucesivos alcaldes democráticos han bregado, y bregan, para enmendar ese cúmulo de calamidades.

La maldición del Raval

La frustrada Exposición Universal de Porcioles debía ser, según sus propias palabras, “el instrumento adecuado para encauzar la expansión de Barcelona y promover, a la vez, su reforma interior, de acuerdo con las exigencias que implica su crecimiento y obliga la profunda transformación social.” La pesadilla para todos los gobernantes de la gran hechicera fue, ha sido y es el Raval, rebautizado en 1925 como Barrio Chino por el periodista Paco Madrid. La expresión cosechó gran fortuna y traspasó fronteras gracias a la pasión de muchos escritores franceses, tales como Jean Genet, Paul Morand o André Pieyre de Mandiargues, autor de 'La marge', la mejor novela sobre este suburbio en pleno centro urbano, caso único en el panorama europeo.

Según el diseño de Ildefons Cerdà el Raval, que recuperó su nombre tras las Olimpiadas para lavar su imagen de vicio labrada durante decenios, debía partirse en dos a partir de la vía B. Esta tuvo varios parones propiciados por la renuencia vecinal y los altibajos de la Historia, como durante la Segunda República, cuando los arquitectos del GATPAC y Le Corbusier quisieron derribar su degradación para alzar bloques en forma de meandro, mejorar la calidad de vida y mantener la misma densidad edilicia. El plan Macià sucumbió a la Guerra Civil, y quizá a Lluís Companys, quien deseaba liquidar este arrabal medieval a cañonazos, no le hubiera sorprendido cómo el Franquismo aprovechó los bombardeos italianos del 24 de septiembre de 1938 para retomar esa carpeta nunca aparcada y tampoco consumada.

Bombardeo del Raval de Barcelona en 1938
Bombardeo del Raval de Barcelona en 1938

Las bombas fascistas destruyeron más de mil quinientas viviendas de la zona, y así fue como la prensa de los años cuarenta habló de derruir el Chino y llenarlo de viviendas dignas, católicas y españolas mediante la anhelada creación de esa Gran Vía, dedicada al aviador García Morato. Esta avenida sin par debía iniciarse en las antiguas atarazanas, hoy en día Museo Marítimo, atravesar el Raval y fenecer en un enlace con los primeros números de la calle Muntaner. Toda la euforia de los vencedores fue desvaneciéndose y esos designios languidecieron hasta la etapa final del régimen, cuando se abrió la calle hasta Nou de la Rambla, entonces Conde de Asalto.

Drogadicción y demolición

Como en Barcelona es más bien quimérico dejar a medias peripecias de ese estilo los socialistas reemprendieron la idea con un PERI, Plan especial de reforma interior, desarrollado entre 1985 y 2000. Estos tres quinquenios fueron justificación y pretexto para desmarcarse del ominoso pasado, pues toda reforma urbanística suele callar su paternidad para convencer y moldearse a su época. De este modo la drogadicción de los años ochenta supuso el pistoletazo de salida para abatir varias manzanas con solera sin apenas consideración con sus habitantes, muchos de ellos con una mano delante y otra detrás cuando sonó la hora de las expropiaciones.

Estos derribos se efectuaron con inusual premura, como si alguien amenazara el delito legal perpetrado sin escuchar a personas ni salvaguardar el patrimonio adyacente, por ejemplo, una farmacia firmada por Josep Puig i Cadafalch. Para adornar la tropelía, financiada con fondos europeos y demonizada por una vecindad rendida ante la piqueta, se llenaron papeles y más papeles donde se reivindicaba el nuevo espacio por su similitud con la piazza Navona, pero una vez terminada la Rambla del Raval asemejó a un cráter obsceno en medio de fachadas carcomidas, con interiores más empobrecidos por la llamada gentrificadora, el aluvión festivo de turismo low cost y modernos barceloneses, siempre sintiéndose especiales cuando sólo pueblan lo emanado por las consignas municipales.

Demoliciones en el Raval en 1991 (Pere Virgili)
Demoliciones en el Raval en 1991 (Pere Virgili)

Esta mal llamada rambla, sin comparación posible con el gran paseo barcelonés, se complementó con la Illa Robador, operación a medias entre el barrido de la secular prostitución de la homónima calle y la erección de un hotel de postín, disimulado en su arrogancia por una filmoteca, la cultura redime, y viviendas sociales, con sus llaves fuera del alcance de los expulsados por la higienización.

Con su metodología y propaganda la democracia consiguió la meta franquista, con agravantes producto de la posmodernidad. Quien busque en la red imágenes del estado anterior a la rambla del Raval tendrá serias dificultades en hallarlas, y las casualidades no existen. Si hiciéramos una encuesta a barceloneses y foráneos sobre este paisaje contemporáneo muchos afirmarían sin pestañear que existe desde siempre. Google no los desmentirá, pues si escribimos "Barcelona 1993", la pantalla se cubrirá de fotografías del Fútbol Club Barcelona, como si esta enciclopedia para todo hubiera comprendido los inputs clave de la ciudad, Messi y, sólo a veces, Gaudí. El pasado no existe, y la ausencia de pedagogía propulsa esta sensación hasta límites insospechados.

Con su metodología y propaganda la democracia consiguió la meta franquista, con agravantes producto de la posmodernidad

Poco más allá la plaza Vázquez Montalbán ahonda en esta asepsia malsana. El escritor, nacido a escasos metros, en la calle Botella, denunció poco antes de morir la rambla ravalera por llevarse consigo toda posible memoria de la ciudad mestiza, practicándose esto a costa del vecindario más débil de la ciudad. Quizá le llegaron los ecos de la conservación de unas pocas calles por un doble exotismo. Al tener tres metros de ancho y pisarse adoquines de antaño eran igualmente atractivas para los guiris, fascinados con la minucia, y los paquistaníes, a quienes recuerda el país abandonado en pos de la prosperidad. La ausencia en la ecuación del barcelonés define el despropósito, a remediar tras la hecatombe pandémica.

Cultura
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
18 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios

Lo más leído