La tragedia de los Pirineos: "Fue como estar en el Everest a menos 40 grados"
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La tragedia de los Pirineos: "Fue como estar en el Everest a menos 40 grados"

Se cumplen 20 años de aquel fin de semana de ventisca que mató a 12 personas. Un libro reconstruye aquellas horas de angustia entre los montañeros

placeholder Foto: La cima del Balandrau.
La cima del Balandrau.

“Nunca debemos subestimar la fuerza de la naturaleza”, dice Ferrán Latorre, alpinista y guía de montaña. Lo advierte en el prólogo de ‘Viento salvaje’ (Volcano), la crónica de la tragedia que sucedió los días 30 y 31 de diciembre del año 2000 en el Pirineo gerundense cuando 12 personas perdieron la vida debido a una fuerte ventisca inesperada. Escrito por el meteorólogo Jordi Cruz y traducido ahora al español después de su publicación en catalán en 2018, es un libro magnífico en el que el lector siente el frío y el miedo que debieron pasar estas personas y las otras tantas que aquel último fin de semana del año subieron a pasar un buen día en la comarca del Ripollès, en el pico Balandrau y alrededores, una montaña de vacas como la llamaban algunos montañeros por su facilidad. Pero, como sucede a veces con el mar, en el que se piensa que siempre se puede chapotear, aquella vez el pico no fue ningún juego. “Aquel día el frío fue como si estuvieran en la cima del Everest, 30-40 grados bajo cero, y no estaban tan preparados”, apostilla Cruz. Una verdadera trampa.

placeholder 'Viento salvaje'
'Viento salvaje'

Han pasado 20 años de aquel accidente que llenó las portadas de todos los diarios —sobre todo los catalanes— el primer día de 2001, pero mientras se lee el libro las imágenes y las sensaciones se aparecen frescas. También lo son para amigos y familiares de las víctimas que durante mucho tiempo se preguntaron qué pudo llevarles a subir la montaña un día que tampoco se anunciaba con una previsión meteorológica demasiado buena.

La previsión era de mal tiempo pero nadie dijo que iba a bajar la temperatura 15 grados bajo cero, que habría vientos de 140 por hora y que se levantaría aquella ventisca”, comenta Cruz, que durante años trabajó como hombre del tiempo de Antena 3 y ahora lo hace en el Servicio de Meteorología de Cataluña. También admite que hace dos décadas las previsiones eran mucho peores que ahora: “Los modelos meteorológicos hace 20 años no eran tan precisos como ahora y estos fenómenos no se detectaban. Ahora es mucho más fácil detectarlo. También, hace 20 años, la gente no confiaba tanto en nosotros, y supongo que dijeron: ‘Bueno, vamos a ver…’. Además hacía bueno, la gente tenía ganas y había nubecillas, pero la temperatura era buena, no hacía viento y pensaron, si al final hace malo, pues nos damos la vuelta, nos vamos al bar, un bocata y para casa”.

"Había nubecillas, pero la temperatura era buena, no hacía viento y pensaron, si al final hace malo, pues nos damos la vuelta, un bocata y para casa"

¿Fue entonces una imprudencia? “La previsión no era de sol, pero la gente que sale a la montaña está acostumbrada y se abriga y el 99% de las veces con una previsión parecida a esa hace viento, pero te vas para abajo y ya está. Nadie se esperaba que ocurriera lo que ocurrió”, consuela Cruz. De hecho, como se relata en el libro, durante las primeras horas hubo hasta quien se quedó en manga corta y a quien ir con vaqueros tampoco le iba mal. Subían felices, más o menos preparados —alguno sí llevaba una manta térmica, pero nadie palas— con sus mochilas, sus palos, su agua y sus bocadillos. Un día en la montaña.

Expertos montañeros

Aquel fin de semana fueron muchos los excursionistas que subieron al Balandrau y picos cercanos, pero, precisamente entre los que hubo víctimas mortales, ninguno era un inexperto. No eran grupos de domingueros que subían a dar un paseo y hacer un pícnic. Había un monitor de esquí, dos alpinistas que tenían planeado subir al Aconcagua, un grupo de personas de unos 50 años que habían subido montañas mucho más altas, también en Suiza. “Y en realidad es una zona que no tiene ni 2.600 metros, en verano suben hasta niños de cinco años. Pero si te encuentras con esta situación es horroroso. Y con niebla acojona. En aquella situación de no ver nada, viento que te tira para aquí y para allá, el ruido… la sensación de ansiedad es horrorosa. Y a los pobres los agotó”, manifiesta Cruz.

placeholder Senda que lleva al Balandrau.
Senda que lleva al Balandrau.

A mediodía, cuando algunos de ellos estaban a más de 2.000 metros y habían alcanzado la cima —e incluso se hicieron fotos— comenzó a soplar el viento. En apenas minutos se les echó una ventisca encima —'torb', en catalán— que les dejó sin ver a pocos metros de distancia. Y también hizo que la sensación térmica comenzara a descender. La ventisca, explica Cruz, es un fenómeno habitual en los Pirineos y en las montañas, en general, ya que cuando el viento supera los 50 km/h ya puede levantar nieve. Pero esta vez fue distinto. “Lo que ocurrió es que este fue un día de ventisca especialmente intenso porque duró más de 12 horas y fue muy bestia, cuando el viento sopla a más de 100km/h la ventisca puede llegar a transportar más de medio kilo de nieve por metro cuadrado y por segundo. Una persona tiene una superficie de un metro cuadrado, así que es como si cada segundo te estuvieran echando un palazo de nieve. Y eso durante horas”, comenta el meteorólogo. Además, a 30 grados bajo cero, que es la sensación térmica que tenían, una mano desnuda puede congelarse en solo 15 minutos.

"La ventisca fue muy bestia, como si cada segundo te estuvieran echando un palazo de nieve. Y eso durante horas"

Otro hándicap fue el de las comunicaciones. Hace 20 años los móviles no eran los actuales. No había GPS. Pero, en cualquier caso, tampoco había cobertura. Hoy tampoco la hay, algo de los que se queja Cruz “en pleno 2020”. No pudieron llamar al servicio de emergencias. Cuando quedaron atrapados en medio del viento salvaje y la nieve, su única posibilidad era intentar bajar. Como pudieran.

A lo largo del libro, Cruz es capaz de imprimirle suficiente tensión narrativa para contar cómo algunos consiguen encontrar el camino que llevaba a los refugios, cómo otros tuvieron la mala suerte de ser sepultados por aludes, cómo otros desembocaron en torrentes peligrosos que les impidieron moverse. Cómo algunos fallecieron. Cómo otros casi despertaron en el hospital después de horas de delirio.

Familiares, amigos

Para la composición del libro y reconstruir aquellas angustiosas horas, Jordi Cruz habló con supervivientes, familiares, amigos de las víctimas, entre las que estuvieron Enrique Ovando, Oriol y Elena Fernández, Pep Artigas, Mònica Gudayol, Pep Marí, Josep Miralles, María Àngels Belsa, Javier Guerrero o Àngela Roch. El monitor de esquí, los amigos excursionistas, la pareja que se quedó sola y murió congelada de frío. Con algunos fue difícil. "El hermano de Elena y Oriol casi se puso a llorar. Luego hay gente que lo recuerda casi positivamente, como vivir una situación extrema y sobrevivir, eso les ha enriquecido", sostiene Cruz. Los hay como Josep María Vila, el único superviviente del grupo de amigos —su novia Mònica falleció a su lado—, que pasó la Nochevieja escondido en un boquete entre piedras que casi le salvó la vida, pero no pudo hacer nada con tres dedos de sus pies y, a pesar de dar charlas sobre la tragedia, sufrió durante años el haber sobrevivido a aquellos días. “También hay familiares que me han agradecido que haya escrito el libro porque entienden qué ocurrió y que no cometieron una imprudencia”, añade Cruz.

Josep María Vila, el único superviviente del grupo de amigos, pasó la Nochevieja escondido en un boquete entre piedras que le salvó la vida

No obstante, el libro tiene un mensaje: la montaña no es fácil. Ni siquiera el monte más bajo es un parque infantil. Cruz apunta al efecto Quechua y el efecto Kilian, por la marca de ropa y material de montaña barato y el deportista Kilian Jornet, que hace que “todo el mundo crea que se puede subir y bajar una montaña sin estar preparado”. Para el meteorólogo, “se está perdiendo un poco de respeto a la montaña. Aunque sea verano, si se te monta una tormenta, te tuerces el tobillo, sopla el viento... Y, si no vas bien equipado, lo puedes pasar muy mal. El que ahora sea muy fácil ir a la montaña hace que quizá le hayamos perdido un poco el respeto y no tengamos en cuenta que puede haber situaciones muy graves”.

placeholder Kilian Jornet.
Kilian Jornet.


No a las 'apps' del móvil

Y, por su profesión, avisa sobre el uso que todos hacemos de las aplicaciones meteorológicas que tenemos en el móvil (y que suele ser la de Google, para los Android) si nos disponemos a pasar un día en el monte. “Los móviles nos facilitan mucho las cosas, pero no siempre tienes acceso a la mejor previsión o al mejor material y, como cada vez va más gente a la montaña, sigue habiendo accidentes”. De hecho, según los datos oficiales, en el Pirineo catalán cada año mueren unas 15 personas. “Hace unos años en Castellón, en Morella, a 1.000 metros, una gente salió a dar un paseo en un día de nevadas y murió una persona. Y era una montañita”, señala Cruz.

Según los datos oficiales, en el Pirineo catalán cada año mueren unas 15 personas

Entre sus consejos estima que siempre es mejor consultar un servicio meteorológico oficial, como el de la AEMET, y hacer acopio del material necesario, sobre todo en invierno, como la pala y sonda por si hay un alud, mapas, el móvil cargado, agua… “Y es bueno tener un plan B. Muchas veces planificamos una salida un fin de semana y luego hace mal tiempo, y seguimos porque igual no es tan mal tiempo, pero con un plan B puedes decir, bueno, si hace mal tiempo, hacemos esto otro y así también sales”, afirma el meteorólogo.

12 personas murieron hace 20 años en el Pirineo catalán, entre el Balandrau, el Gra de Fajol y la Coma del Orri. Cruz ha escrito una crónica delicada, respetuosa. Una crónica que avisa, sobre todo, de que la montaña, como el mar, puede ser muy divertida, pero no es ninguna balsa.

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