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La gripe española casi mata a un presidente de EEUU un siglo antes del covid de Trump

¿Es posible que el contagio de Woodrow Wilson que casi se lo lleva por delante imprimiera un giro dramático a la Conferencia de Paz de París cambiando así la Historia?

Foto: Woodrow Wilson en la inauguración de la Conferencia de Paz de París en enero de 1919
Woodrow Wilson en la inauguración de la Conferencia de Paz de París en enero de 1919

Aquella mañana de 1919 en París Woodrow Wilson se levantó sosegado. Poco antes había confesado a su esposa tener energías para imponerse a sus socios en la Conferencia de Paz, hartos de su afán de diálogo y sedientos de venganza. La parsimonia del yanqui había airado al francés Clemenceau, quien lo acusaba de ser proalemán. Las discrepancias entre ambos mandamases dificultaban cualquier tipo de pacto. Sólo un milagro podía desbloquear las negociaciones. Y entonces Wilson enfermó de la mal llamada 'gripe española' (probablemente se originó en un campamento militar de Kansas donde se entrenaban los soldados que iban a luchar en Europa).

En 'La gran gripe' (Capitán Swing), John M. Barry disecciona fase a fase cómo sucumbió el presidente estadounidense al virus. Por la tarde de aquel 3 de abril su cuerpo se cargó de un paroxismo de toses, tan repentino que sus asesores llegaron a contemplar un hipotético envenenamiento. Durante las horas siguientes la fiebre subió hasta más de treinta y nueve grados, acompañada de frecuentes diarreas e infinitos espasmos. No podía moverse de la cama y, al agravarse de su estado, barajó la posibilidad de regresar a Washington para tratarse. La llamada gripe española había golpeado al presidente y, aunque no lo mataría -por un pelo- sí cambiaría el mundo para siempre.

'La gran gripe' (Capitán Swing)
'La gran gripe' (Capitán Swing)

Cuando aquella pandemia que iba a llevarse a más de cincuenta millones de personas en todo el mundo se abatió, la Humanidad parecía haber olvidado su rutina de pestes, cóleras y morbos varios. La modernidad y los avances sanitarios de finales del siglo XIX disiparon el gran temor hasta que la Primera Guerra Mundial esparció el abono perfecto para resucitar el mal que se generalizaría cuando los Estados Unidos entraron en el conflicto. El motor decisivo de esta operación fue el presidente Woodrow Wilson, líder del Partido Demócrata y consciente de cómo su país podía y debía traspasar su área de influencia para intervenir a nivel global. Su elección a la Casa Blanca, donde permaneció de 1913 a 1921, supuso una continuación acentuada de las políticas de Theodore Roosevelt desde el intervencionismo en el patio trasero, con acciones militares en México, Haití y la República Dominicana.

El rostro virulento de Wilson contrasta con el mito de un amante de la paz dedicado a propagar un orden favorable a las libertades

Este rostro virulento entra en contradicción con el mito establecido, el de un hombre amante de la paz y dedicado a propagar un orden favorable a las libertades. Desde el estallido de la Gran Guerra esperó el instante preciso para transgredir la norma y tener un rol preponderante en el Viejo Mundo. En 1915 el hundimiento del británico RMS Lusitania, debido al torpedo de un submarino alemán, causó la pérdida de ciento catorce pasajeros de la nación de las barras y estrellas. La tentación fue grande, aunque no se consumó hasta la interceptación del telegrama Zimmermann, en marzo de 1917. Su contenido, con la propuesta del Reich a México de colaborar la recuperación de Texas, Arizona y Nuevo México, desencadenó el momento idóneo, y así fue como el Congreso aceptó el 6 de abril de ese mismo año declarar la guerra al Imperio Alemán.

La suerte estaba echada, y en esa fecha podemos fijar sin muchas cavilaciones el giro copernicano de la Historia contemporánea, cuando Washington aprovechó el suicidio europeo para aposentarse en el trono mundial, indiscutido hasta la eclosión china.

Un cuadro clínico preocupante

La noticia del contagio de Donald Trump ha confirmado los temores de una concatenación histórica de centuria a centuria. En 1918 Woodrow Wilson era un faro para la Humanidad. La llegada de tropas e ingentes cantidades de dinero estadounidenses a Francia truncó el bloqueo de las trincheras. El frente se volvió móvil y las divisiones germánicas acusaron el golpe, asimismo catapultado por el bloqueo británico, ahogo para su economía y acicate negativo para un todo o nada absolutamente calamitoso.

Wilson, seguro de su apuesta, exhibió sin ambages un imperialismo maquillado desde enero de 1918, cuando expuso en el Congreso sus célebres catorce puntos. Entre ellos siempre se ha destacado la exigencia de autonomía para los pueblos de Austrohungría, tergiversada de modo universal entonces y ahora, la desaparición de la diplomacia secreta, la supresión de barreras económicas, la devolución de Alsacia y Lorena a Francia o la creación de una organización internacional encargada de velar por la paz, La Sociedad de Naciones, a la postre uno de sus grandes fiascos por el rechazo estadounidense a ni siquiera pertenecer a la misma.

El presidente Woodrow Wilson realiza el lanzamiento inaugural en un partido en Whasington
El presidente Woodrow Wilson realiza el lanzamiento inaugural en un partido en Whasington

Este amplio decálogo fue fundamental a la hora de formular la claudicación de las potencias de los Imperios Centrales en otoño de 1918. Wilson era el estandarte de un nuevo mundo y todo en su porte, maneras y estilo apabullaba en contraste con lo antaño aceptado como normativo. Era la democracia en su esplendor y un huracán de aire fresco para Europa, conminada a tomar ejemplo si quería aprender las lecciones del desastre. Sin embargo, otras amenazas se cernían en el cercano horizonte.

La salud de Wilson siempre fue más bien renqueante. En 1896 manifestó dolores y flaqueza en su brazo derecho, algo atribuido a una oclusión de arterias cerebrales del hemisferio izquierdo. Este problema le impulsó, como si temiera tener poco tiempo, a inmiscuirse en los asuntos nacionales. Antes de su salto a la arena política, cuando era Presidente de la prestigiosa Universidad de Princeton, padeció más ataques. En 1906 casi pierde la visión en un ojo. Los médicos consultados quisieron disuadirle de tanto trajín, pero estaba lanzado. En 1910 ganó la carrera para ser gobernador de New Jersey, y en noviembre de 1912 se impuso en los comicios nacionales como candidato del Partido Demócrata.

Los barcos estadounidenses llenos de jóvenes con gripe arribaban a Europa con muchos cadáveres en su interior

Ya en la Casa Blanca, su estado físico siguió siendo un continuo quebradero de cabeza, con cuadros de hipertensión y endurecimiento de las arterias. Pese a ello pudo seguir al frente de la nación; entre sus hombres de confianza las prioridades siempre fueron bélicas y económicas, sin alarmarse en demasía por la primera gran oleada de la mal llamada gripe española, durante la primavera de 1918. Nunca hizo declaraciones sobre la materia y desoyó las advertencias de su galeno personal, Cary Grayson, para quien era un sinsentido embarcar a tantos jóvenes aquejados de influenza hacia Europa, donde los barcos arribaban con muchos cadáveres en su interior.

El enfermo de la conferencia

En octubre de 1918 la pandemia causó más de cuatro mil muertes en París. En enero de 1919 la ciudad de la luz acogió la mayor conferencia de paz desde la vienesa de 1815. Wilson y la delegación estadounidense querían terminar su trabajo con un acuerdo sin humillaciones para propiciar un mañana exento de heridas abiertas, y al ostentar la voz cantante todas las conversaciones se encaminaron, pese a la resistencia de franceses y británicos, hacia ese fin. El tablero mutó con brusquedad el jueves 3 de abril de 1919.

El tablero mutó con brusquedad en París el jueves 3 de abril de 1919

Tras enfermar, los acompañantes de Wilson percibieron una inopinada metamorfosis. Su legendaria rapidez, su don incisivo se transmutaron en titubeos tan profundos como para imposibilitarle tomar cualquier tipo de decisión, algo en parte debido a su nula memoria reciente, pues no recordaba lo acaecido en las sesiones matinales, despistándose con nimiedades como obsesionarse con quien tomaba los coches oficiales. Estaba pálido, demacrado y cadavérico, en crisis espiritual y nerviosa según el premier británico, David Lloyd George, quien junto a Clemenceau tomó las riendas hasta arrancar a su homólogo norteamericano la asunción alemana de todas las responsabilidades de guerra. De este modo Wilson, irreconocible, quebraba sus principios inviolables, y lo mismo hizo con Japón, a quien transfirió las concesiones en la península china de Shandong.

The Big Four (Lloyd George, Vittorio Orlando, Georges Clemenceau, Woodrow Wilson) en la Conferencia de Paz de París
The Big Four (Lloyd George, Vittorio Orlando, Georges Clemenceau, Woodrow Wilson) en la Conferencia de Paz de París

Una ironía de Versalles es la rúbrica final. Wilson afirmó, pese a su imprevista bajada de pantalones, que de ser alemán nunca hubiera firmado el tratado. Para John Maynard Keynes, vaticinador del siguiente conflicto ante la dureza de lo firmado, el inquilino de la Casa Blanca era el mayor fraude sobre la tierra, y las quejas repercutieron en la política estadounidense, donde muchos de los consejeros y asistentes amenazaron con dimitir. Para Herbert Hoover, presidente de 1929 a 1933, los actos de Wilson querían destruir Europa.

El 2 de octubre de 1919 nuestro protagonista quedó medio paralizado por un ictus, y durante el resto de su mandato se mantuvo de modo simbólico en la cúspide de la pirámide, anulado por la enfermedad. Durante muchas décadas la mayoría de especialistas se acogieron al ictus y a los antiguos desórdenes de Wilson para explicar este último episodio. En la actualidad, sugestionados por nuestra pandemia, cobra vigor la tesis según la cual esas fiebres, postraciones y toses parisinas fueron la antesala para finiquitar a un gran hombre y reducirlo a la nada justo cuando más se necesitaba de su talento.

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