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Seis meses de vértigo, errores y delirio: cien años del tratado de Versalles

Este mes se cumplen cien años de la firma del tratado más discutido de toda la contemporaneidad

Foto: Oficiales y políticos se suben a los muebles para observar la firma del Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial el 28 de junio de 1919.
Oficiales y políticos se suben a los muebles para observar la firma del Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial el 28 de junio de 1919.

No estaba previsto de antemano. En verano de 1918 nadie creía próxima la conclusión de la Primera Guerra Mundial. El 8 de agosto el ejército alemán cedió por primera vez kilómetros hasta retroceder de modo inédito para lo acontecido desde 1914. El frente occidental se desmoronó y con él todo el imperio germánico, dispuesto a aceptar con prontitud los famosos 14 puntos de Woodrow Wilson para negociar la paz. En noviembre, en otra pirueta de la Historia, la revolución llegó a tierras germánicas para precipitar la abdicación del Káiser, la proclamación de la República y la apresurada firma del armisticio en un vagón del bosque de Compiègne.

Así terminó el íncubo inaugurado tras el magnicidio de Francisco José en Sarajevo. Los otros miembros de las Potencias Centrales sucumbieron más o menos por las mismas fechas. Italia se adjudicó la victoria tras el descalabro austrohúngaro en Vittorio Veneto y el Imperio Otomano cedió sus últimas resistencias el 30 de octubre en el armisticio de Mudros, viéndose obligado a ceder todo su territorio, salvo Anatolia.

The Big Four (Lloyd George, Vittorio Orlando, Georges Clemenceau, Woodrow Wilson) en la Conferencia de Paz de París
The Big Four (Lloyd George, Vittorio Orlando, Georges Clemenceau, Woodrow Wilson) en la Conferencia de Paz de París

Ante el cese de las hostilidades Georges Clemenceau, a la sazón primer ministro francés, se tapó la cara con las manos y lloró a moco tendido. Su vida fue digna de la mejor novela. Pasó unos años juveniles en Estados Unidos, volvió a su país, inventó el término intelectual con el caso Dreyfus, se vio salpicado por los múltiples escándalos financieros de la Tercera República y al fin, a la entonces proba edad de 76 años, accedió a la dirección del Hexágono para completar su sueño de derrotar al eterno enemigo, el mismo al que odiaba con todas sus fuerzas tras la humillante derrota en la guerra franco-prusiana de 1870, con la pérdida de Alsacia y Lorena y la instauración del Segundo Reich en el palacio de los espejos de Versalles.

La visión tópica lo contempla como la cuna de todos los males, causa ineludible de la Segunda Guerra Mundial, pero no es del todo cierto

Este mes se cumplen cien años de la firma del tratado más discutido de toda la contemporaneidad. La visión tópica lo contempla como la cuna de todos los males, causa ineludible de una continuación bélica aupada por Hitler y desencadenada el primero de septiembre de 1939. Hay algo de verdad en esa afirmación, pero también muchos convencionalismos refrendados por la voluntad habitual de caer en cuatro conceptos manidos sin contrastarlos, pues así la cronología adquiere una lógica sólo válida en los manuales y en las discusiones de taberna. La realidad fue otra bien distinta, y para entenderla basta con apreciar el contexto geopolítico durante la Conferencia, quebradizo y sin un patrón a nivel mundial con suficiente fuerza como para imponer sus premisas.

Tres hombres en el marasmo

Estados Unidos no era la superpotencia de 1945 y adolecía de una gravísima inexperiencia en el campo internacional, sobre todo en lo relativo a Europa, quien pese a suicidarse sin contemplaciones gozaba de un bagaje diplomático mucho más avezado para las lides a dirimir en París. Cuando Woodrow Wilson llegó a la ciudad de la luz fue recibido como un auténtico héroe. Todos coincidían en lo fundamental de la aportación de las barras y estrellas para ganar la batalla, pero desde luego eso no significaba ni mucho menos un cheque en blanco para una nación lejana y con una mentalidad ingenua para aprehender la complejidad del mapa del Viejo Mundo.

El presidente Woodrow Wilson realiza el lanzamiento inaugural en un partido en Washington
El presidente Woodrow Wilson realiza el lanzamiento inaugural en un partido en Washington

El presidente norteamericano era visto como un mandamás simpático con demasiada exuberancia en sus planteamientos. Había tenido problemas en el Congreso, donde para muchos representantes resultaba incomprensible su ausencia durante meses para discutir problemas extranjeros, y por si fuera poco sus aliados devinieron sus más enconados rivales. Los tres grandes de la Conferencia de París coincidían en una visión social aperturista favorable a metamorfosis sociales de hondo calado, lo que no les eximía de ser representantes de universos distantes. El premier británico David Lloyd George era el más joven de la trilogía y debía defender los intereses de su Imperio mientras ansiaba debilitar a Alemania mediante la destrucción de su flota, el adiós a las colonias e indemnizaciones económicas gravosas hasta ciertos límites, pues desahuciarla, como ocurrió a posteriori, sólo era el pasaporte para resucitar su fervor nacionalista.

Por su parte Clemenceau, gato viejo, abogaba por una humillación de su vecino diezmándolo territorialmente, debilitándolo en su amada vocación militar y vetándole cualquier posibilidad de prosperar en el futuro. Aunque parezca una tontería partía con cierta ventaja en la pugna al jugar en casa, hecho criticado por sus homólogos, quienes consideraban más justo desarrollar las negociaciones en campo neutral.

Los tres grandes de París coincidían en una visión social aperturista, lo que no les eximía de ser representantes de universos distantes

Wilson, Lloyd George y Clemenceau no estuvieron solos en la mesa. Afluyeron delegaciones de todo tipo, pelaje y condición para reivindicar justicia por haber colaborado en el triunfo de las armas. Sólo Italia y Japón se sentaron junto a los elegidos. La primera llevaba en su cartera el recuerdo del Tratado secreto de Londres de 1915, clave para su ingreso en el bando aliado durante la guerra y promesa de una ampliación salvaje de sus fronteras con la anexión de un tramo del Tirol, Trieste, el Dodecaneso, Istria sin Fiume, los condados de Gorizia y Gradisca y el control de la política exterior de Albania. Su representante era Vittorio Emanuele Orlando, en inferioridad durante las charlas por no hablar ni una palabra de inglés y ser considerado por los demás como una especie de molesto apéndice. Por lo que concierne a los japoneses padecieron en sus propias carnes discriminación por su color de piel y una burla constante por su fealdad. Al no ser aprobada la cuestión de la igualdad racial les sirvieron en bandeja su revanchismo posterior, cuando durante el período de entreguerras aspiraron a dominar el continente asiático sin miramientos y acciones sanguinarias nunca suficientemente remarcadas.

Los trabajos de la Conferencia

Como comprenderán es utópico glosar todo lo acaecido durante esas reuniones en un artículo. Quien quiera asumir ese monumento de virtudes y despropósitos diplomáticos debe acudir a 'París, 1919' (Tusquets), obra maestra de Margaret MacMillan, donde se expone con claridad meridiana tanto el ambiente como las dificultades suscitadas por el alud de asuntos a finiquitar, entre ellos el ruso, con sus gobernantes comunistas ausentes del diálogo y amenazados por tropas occidentales en sus vastos e inestables dominios, sumidos en el caos por culpa de una guerra civil, continuación con tintes ideológicos de la lucha enterrada poco antes en otras latitudes.

'París, 1919'. (Tusquets)
'París, 1919'. (Tusquets)

Los tres grandes debatieron sobre la necesidad de parlamentar con Lenin, y hasta se envió una comisión a Moscú, jaleada con caviar y de retorno con una mano delante y otra detrás pese a sus intentos de conciliar quimeras. Gran Bretaña no reconocería hasta 1924 al régimen soviético de la hoz y el martillo por la imperiosa urgencia de no desperdiciar un mercado demasiado suculento.

Los ingleses fueron los únicos con una cierta perspectiva de la magnitud del evento. Antes del mismo encargaron a un historiador un ensayo sobre el Congreso de Viena de 1815 para poder comparar el precedente más similar. Según las malas lenguas, siempre buenas, nadie hizo mucho caso a ese texto y las celebraciones parisinas en nada copiaron a las austríacas del siglo anterior, entre otras cosas por el tiempo transcurrido y el vuelco salvaje del planisferio.

Los ingleses encargaron a un historiador un ensayo sobre el Congreso de Viena de 1815 para poder comparar el precedente más similar

Mientras negociaban este había hecho de las suyas sin avisar. El Imperio Austrohúngaro se había disuelto, Yugoslavia balbuceaba y países como Polonia renacían con el miedo en el cuerpo ante la incertidumbre del presente. Ante esas disyuntivas las comisiones de la Conferencia quisieron abordar muchos temas sin ser resolutorias en casi ninguno, con la excepción de Alemania, precaria y con escasos mimbres para la réplica por la bisoñez de la República de Weimar y las penurias producto de la debacle.

Artículo 231

Para hacernos una mínima idea del rompecabezas baste mencionar su duración. La Conferencia dio el pistoletazo de salida el 18 de enero, aniversario de la coronación imperial de Guillermo I en Versalles, y concluyó el 28 de junio de 1919, justo un lustro después del asesinato de Sarajevo. En mayo la delegación italiana abandonó al no cumplirse lo acordado en Londres años atrás. La llegada de Orlando a Roma fue un preludio del desbarajuste del mal llamado bienio rojo, cuando los enfrentamientos entre obreros y fascistas exhibieron a las claras la debilidad del Estado, claudicante ante Mussolini en octubre de 1922.

Los participantes en el Tratado de Versalles
Los participantes en el Tratado de Versalles

Lo único prístino entre tanto papel era la suerte de Alemania. Francia se salió con la suya para amargura de Wilson, quien con las mejores intenciones tenía como principal objetivo la instauración de la Sociedad de Naciones en su meta de conseguir una paz duradera. Como es sabido por todos vio aprobados sus designios hasta completar un cuerpo frágil y ninguneado instalado en Lausana, interesante para los historiadores e inoperante en su actividad, no por desidia, sino por el desprecio para con sus resoluciones hasta 1939, cuando la Segunda Guerra Mundial enterró para siempre su legitimidad.

Una de las efemérides más sabrosas de esos meses sucedió con uno de los miembros de la delegación alemana, quien retornó a las sesiones borracho como una cuba, desesperado por lo impuesto. El artículo 231, aceptado bajo amenaza de males más gravosos, rezaba lo siguiente: “Los gobiernos aliados declaran, y Alemania reconoce, la responsabilidad de Alemania y sus aliados por haber causado todos los daños y pérdidas a los cuales los gobiernos aliados y asociados se han visto sometidos como consecuencia de la guerra impuesta a ellos por la agresión de Alemania y sus aliados.” Además, Alemania perdió el 13 por ciento de su territorio y una décima parte de su población. Francia recuperó Alsacia y Lorena, Eupen y Malmedy pasó a Bélgica, Schleswig-Holstein fue concedida tras un plebiscito a Dinamarca, El valle del río Niemen engrosó los dominios lituanos, Memel y Danzig se configuraron en ciudades libres bajo la autoridad polaca y de la Sociedad de Naciones, se creó el peliagudo corredor polaco y sus colonias se repartieron entre algunos de los vencedores.

Alemania perdió el 13 por ciento de su territorio y una décima parte de su población; Francia recuperó Alsacia y Lorena

La escabechina no terminaba aquí. Se prohibió la unión de Austria y Alemania, el ejército de esta última se vio reducido a cien mil unidades, sin opciones de fabricar material de guerra y la obligación de entregar el existente. La puntilla fue la ocupación de la orilla izquierda del Rin y la desmilitarización de Renania, internacionalizándose el canal de Kiel y posponiéndose el futuro del Sarre a un referéndum a celebrar durante los años treinta.

La gran polémica, injusta a todas luces y exagerada hasta extremos inimaginables, llegó con el montante del pago de reparaciones, fijado a la postre en 1921 durante una nueva Conferencia de Londres. Alemania debía pagar 132 mil millones de marcos oro, el equivalente actual de más de trescientos mil millones de euros, una ruina sólo subsanada el 3 de octubre de 2010, cuando se cumplieron veinte años de la reunificación tras la caída del muro de Berlín y los estertores de la Guerra Fría.

Después de la paz

John Maynard Keynes advirtió en su 'Las consecuencias económicas de la paz' de cómo esta sólo era la antesala de otra hecatombe. Wilson embarcó hacia América en Le Havre, vio como el Senado tumbaba la entrada de Estados Unidos en la Sociedad de Naciones y poco después se vio golpeado por un derrame cerebral, enmudeciendo para siempre. Su país apostó por el aislamiento, o eso dicen las crónicas, pues poco apartado estás si recibes pagos de deudas y prestas dinero para activar la maquinaria europea hasta el colapso de octubre de 1929. Francia se sintió aliviada, Inglaterra creyó ser aún la reina indiscutida y Alemania accedió muy a su pesar a un calvario sólo mitigado por obra y gracia de su verdugo.

La nobleza auspiciada durante la Conferencia quedó en agua de borrajas y de una venganza se caminó hasta la siguiente

Versalles es una piedra miliar fallida. Sus pretensiones fueron demasiado elevadas y la inquina francesa salpicó toda la tinta hasta engendrar monstruos. Otros tratados se rubricaron meses más tarde para saldar cuentas con el resto de adversarios entre trincheras, llanuras, desiertos y calaveras. Para la República de Weimar sólo fue una pesadilla y la oportunidad de reverdecer el fantasma nacionalista. La nobleza auspiciada quedó en agua de borrajas y de una venganza se caminó hasta la siguiente. No aprender la lección conllevó incubar una tragedia aún más rotunda.

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