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El talismán de Verdi salva la apertura del Teatro Real

Los Reyes presidieron el estreno de 'Un ballo in maschera', brillante en lo musical y muy desafortunada y chirriante en lo teatral

Foto: 'Un ballo in maschera'. (Foto: Javier del Real)
'Un ballo in maschera'. (Foto: Javier del Real)

Giuseppe Verdi es el patriarca milagrero del Teatro Real. Lo visitó en persona cuando vino a estrenar 'La forza del destino' (1863) y representa desde entonces la mejor garantía melodramática, el centro de gravedad. Ningún otro compositor ha influido tanto en Madrid ni ha sido expuesto tantas veces. Es un talismán que ahuyenta las adversidades y propicia los entusiasmos. Ya sucedió el pasado julio con las funciones extraordinarias de 'La Traviata'. Y ha vuelto a suceder este viernes con el estreno de 'Un ballo in maschera'.

No cabe un título más idóneo a la indumentaria obligatoria y preventiva de las mascarillas ni existe un mediador más apropiado para convocar el espíritu Verdi de cuanto pueda serlo Nicola Luisotti, cuya clarividencia musical desveló a los presentes el misterio del claroscuro.

Le protegía una aparatosa urna de metacrilato, pero las precauciones sanitarias no condicionaron una lectura aséptica. Todo lo contrario. Luisotti meció a los cantantes entre sus brazos —respiraba con ellos— y extrajo de la orquesta un prodigio de sensibilidad y cromatismo. No solo en las situaciones explícitas y rotundas, también en los pasajes más íntimos y camerísticos.

'Un ballo in maschera' en el Teatro Real. (Foto: Javier del Real)
'Un ballo in maschera' en el Teatro Real. (Foto: Javier del Real)

La obertura fue una declaración de principios. Esmero, pureza, esencialidad. Verdi estaba entre nosotros, como estuvo en la plaza de Oriente en aquellas veladas de 'La forza'. Una placa recuerda su estancia y residencia en Madrid. Y reconoce una identificación musical y terapéutica que ha permitido al Teatro Real conjurar el desafío del coronavirus.

Reabría el coliseo madrileño sus puertas. Y alojaba un acontecimiento político-social al que se adhirieron los Reyes en cabeza de las autoridades. No era sencillo organizar una producción escénica entre las restricciones sanitarias contemporáneas, menos aún con la psicosis de confinamiento selectivo que sugestiona estos días a los madrileños, pero la melomanía de la capital agotó las entradas disponibles —un 65% del aforo permitido— y reaccionó con euforia al estreno de 'Un ballo in maschera'. Mérito de la dirección musical de Luisotti. Y mérito de un reparto especialmente cualificado, aunque la inauguración de la temporada, expuesta al trajín de la alta sociedad matritense, se resintió de una desgraciada y fallida dramaturgia.

Los Reyes en el estreno de 'Un ballo in maschera' en el Teatro real
Los Reyes en el estreno de 'Un ballo in maschera' en el Teatro real

Los brochazos kitsch malograron 'il Ballo' tanto como lo hicieron la escenografía de cartón piedra y la indescriptible vulgaridad de la coreografía. Se produjo un desencuentro entre el foso y la tarima, un cortocircuito entre la música y la escena. Y se puso a prueba la estupefacción gradual que provocaban las soluciones teatrales. No digamos cuando sobrevino el desenlace del último cuadro. El telón descomunal de la bandera de EEUU desalojó una grotesca y gigantesca cabeza de la extemporánea Estatua de la Libertad que parecía de corcho y sobre cuya corona aparecían torpemente encaramados y desamparados el tenorísimo y la prima donna.

Los brochazos kitsch malograron 'il Ballo' tanto como la escenografía de cartón piedra y la indescriptible vulgaridad de la coreografía

El problema no es que Gianmaria Aliverta, autor de la dramaturgia, haya extrapolado el argumento original —el gobierno británico en la Boston del siglo XVII— a la guerra de secesión y al contexto del esclavismo. El propio Verdi es contemporáneo de Abraham Lincoln y hubo de rectificar y reubicar el libreto de 'Un ballo in maschera' porque la censura borbónica no le dejó recrear la conspiración magnicida que se urdió contra Gustavo III de Suecia.

No es culpa de Felipe VI lo que hicieron sus antepasados, pero sí es culpa de Aliverta haber degradado 'Un ballo in maschera' a un ejercicio de vulgaridad chirriante. Especialmente cuando aparecieron a título folclórico los ucrónicos encapuchados del Ku Klux Klan blandiendo sus antorchas y sus cruces de fuego. Ahí estaba Verdi "atento" para salvarnos de tanto embarazo. Lo hizo valiéndose del médium Luisotti y de las estrellas de un reparto que impresionó por la gallardía de Michael Fabiano, la sensibilidad verdiana de Ana Pirozzi, el embrujo de Daniella Barcellona y la carnosidad de Artur Rucinski.

La línea de canto, el color y la nobleza concedieron a su papel toda la magnificencia y sensibilidad con que Verdi redondeó el papel de Renato. La fama de las óperas verdianas corresponde a los tenores y las sopranos, pero Verdi las escribía para los barítonos. Ruzinski justificó el privilegio y mereció todas las ovaciones que congregaron sus arias. Se aplaudió, en efecto, con bastante entusiasmo la velada del regreso, pero más habían aplaudido los espectadores que asistieron al preestreno del miércoles. Solo podían hacerlo los menores de 35 años. Y solo tenían que desembolsar un mínimo de 14 euros y un máximo de 35. Impresionaba entonces el "espectáculo" de un patio de butacas repleto de jóvenes. Escasean en las funciones habituales y más todavía en las localidades postineras, de tal manera que la iniciativa divulgadora del Real aspira a remediar la brecha generacional y económica. Y a conjurar el tabú o el malentendido que convierte la ópera en un fenómeno absurdamente inaccesible.

'Un ballo in maschera'.
'Un ballo in maschera'.

Los jóvenes demostraron más entusiasmo y atención que los séniores. No entorpecieron el desenlace de las arias. Tosieron mucho menos, quizá por la edad. Y compartieron una atmósfera mágica trepidante, más o menos como si estuvieran asistiendo a una Epifanía. Nadie mejor que Verdi para propiciarla y para generalizar entre ellos el rito de iniciación.

Nadie mejor para bautizarlos que las manos de Luisotti. Es la sexta ópera de Verdi que dirige en el Teatro Real y la más expuesta a los sobresaltos protocolarios. Porque la función de este viernes empezó con el himno de España. Y porque el primer "artista" en intervenir fue Vargas Llosa como artífice de un discurso que reivindicaba la necesidad de la cultura.

Asintieron los Reyes con su presencia y sus aplausos, envueltos ellos mismos en la paradoja de una ópera que originalmente, ya lo hemos dicho, trataba sobre la conspiración a la monarquía. Debe resultarle familiar el argumento a Felipe VI, como debe resultarle sospechoso que hubiera muchos ministros socialistas y ninguno de Unidad Podemos, a no ser que estos últimos acudieran embozados, aprovechando el anonimato de las mascarillas y urdiendo entre bambalinas el advenimiento de la república.

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