crónica

El fuego de Verdi en la 'Traviata' resucita el Teatro Real

El coliseo madrileño reabre sus puertas casi cuatro meses después con una conmovedora versión interpretada entre severas medidas profilácticas

Foto: 'La Traviata' en el Teatro Real (Foto: Javier del Real)
'La Traviata' en el Teatro Real (Foto: Javier del Real)

No estaba claro si íbamos a la ópera o si íbamos a operarnos. Eran tantas las medidas profilácticas y asépticas en la reapertura del Teatro Real que la melomanía madrileña parecía dirigirse al quirófano. Las mascarillas eran tan obligatorias como el termómetro, el gel de las manos y las distancias sociales. No solo entre los espectadores. También entre los cantantes, de tal manera que los rigores sanitarios y el látex conspiraban contra la promesa de pasión y de sangre que contiene 'La Traviata' de Verdi en sus entrañas.

Al menos, hasta que la lava incandescente del foso empezó a derramarse y la música hizo arder la frialdad hospitalaria de la velada. Allí estaba el maestro Nicola Luisotti dispuesto a atravesar la urna de plexiglass que amenazaba con encerrarlo. De su batuta y de sus manos surgió el misterio de la ópera. Y se rompió la cuarta pared, hasta el extremo de que los espectadores tuvieron que disimular los estremecimientos y los lagrimones. Porque esta ópera es un réquiem. El réquiem de una mujer descarriada y tuberculosa cuya agonía conmovió los cimientos del Teatro Real como premio a un esfuerzo colectivo. Nos habíamos olvidado de la mascarilla. Y del olor a productos antisépticos. Y de las alfombras descontaminantes. Mérito de Luisotti, meciendo la orquesta como si fuera la barca de Caronte. Y mérito de Marina Rebeka, que parecía morirse de verdad para estupefacción y congoja del graderío.

Mascarillas y media entrada en el estreno de 'La Traviata' en el Real (Foto: Javier del Real)
Mascarillas y media entrada en el estreno de 'La Traviata' en el Real (Foto: Javier del Real)

Media entrada registraba el Teatro Real la noche de este miércoles por razones de seguridad sanitaria, aunque las limitaciones y la disciplina no comprometieron la proeza que suponía abrir el templo de la ópera casi cuatro meses después de haberse clausurado. Es el primer gran teatro de Europa que lo hace. Y la razón por la que se observó un minuto de silencio en memoria de las víctimas del coronavirus. Podría repetirse el duelo cada vez que se interprete la ópera de Verdi, ahora y siempre. El silencio sugestiona el 'pianissimo' de los primeros compases. Y sobrentiende un clima teatral más propicio al funeral verdiano y a las obligaciones del duelo.

Nicola Luisotti ejerció de sumo sacerdote. Logró de la orquesta una profundidad y un clímax musical que paliaron entre emociones y arbitrariedades la precariedad de la propuesta dramatúrgica.

Más que minimalista se trataba de una versión mínima, representada en un gran tablero de ajedrez rojo y negro con la acción y los tópicos

Estaban prevenidos los espectadores. La obra de Verdi se propondría en versión semiescenificada. Se explica así el voluntarismo con que Leo Castaldi, responsable de la reducción escénica, tuvo que resignarse a una 'Traviata de escaseces. Más que minimalista se trataba de una versión mínima, representada en un gran tablero de ajedrez rojo y negro cuyas casillas contenían la acción y los tópicos. No es cuestión de ensañarse con en montaje porque “la nueva normalidad” convoca un ejercicio de condescendencia y porque Luisotti dio vuelo al lucimiento de Michael Fabiano -refinado y valiente-, a la donosura de Artur Rucinski y al 'pathos' de Rebeka en el himno patibulario del último acto. Respondieron los espectadores con clamores. Y bien hubieran arrojado las mascarillas al cielo, pero el escrúpulo se mantuvo hasta que el Teatro Real se fue desalojando en los términos de una coreografía norcoreana. Es más, las toses y expectoraciones que habitualmente deslucen las veladas madrileñas se restringieron a la mínima expresión, más o menos como si las mascarillas ejercieran una misión preventiva y como si el termómetro ahuyentara a los tísicos que otras noches sabotean los pasajes trascendentes.

Escena de la 'Traviata' en el Teatro Real (Foto: Javier del Real)
Escena de la 'Traviata' en el Teatro Real (Foto: Javier del Real)

No hay ninguna escena operística en 'Un mundo feliz' de Huxley, pero de haberla concebido no se habría diferenciado demasiado de la distopía que compartimos los melómanos en esta meritoria y extraña reanudación de la temporada. Parecía que estábamos protagonizando la segunda parte de 'Eyes Wide Shut', tanto por el baile de máscaras como porque los ambientes solemnes del Real precipitaban una atmósfera inquietante. Llevaban puesta los acomodadores una máscara de soldador. La megafonía llamaba al orden con mensajes de buena conducta. Y los paparazzi apostados en el perímetro del templo se esforzaban por “desenmascarar” a los espectadores postineros. No tanto las superministras -Calviño, Calvo- ni las autoridades locales -Almeida, Ayuso- como el faranduleo. Nadie mejor para homologarlo que Carmen Lomana, constreñida ella misma a sentarse en la zona acordonada del patio de butacas como una diva desenfocada.

“¿En qué se parece un director de orquesta a un condón?”, se preguntan procazmente los estudiantes de los conservatorios. “Pues que con él es más seguro y sin él es más placentero”, se responden.

Luisotti ha dado la vuelta al chiste. Fue él quien se liberó del plexiglass y quien despojó la velada de las medidas profilácticas. No solo con la orfebrería de sus manos y su instinto teatral, sino convirtiendo los violonchelos y la madera en los costaleros del réquiem de Violetta Válery, cuya muerte ha dado al Real la oportunidad de la resurrección.

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