El 'pop-art' no nació en España

¿Qué pinta ese horripilante Mickey Mouse junto a la duquesa de Alba?

Cuando Andy Warhol aún usaba pañales, Ignacio Zuloaga representó al ratón más famoso de la historia, pero lo hizo con una falta de realismo impropia de su exquisita técnica

Foto: Composición del retrato ecuestre de Cayetana con un detalle ampliado, originalmente en la esquina inferior izquierda del cuadro. (Ignacio Zuloaga/elaboración propia)
Composición del retrato ecuestre de Cayetana con un detalle ampliado, originalmente en la esquina inferior izquierda del cuadro. (Ignacio Zuloaga/elaboración propia)

La duquesa de Alba, su querido poni Tommy y un Mickey Mouse sacado de la pesadilla más truculenta. Pocas experiencias chocan tanto como acudir al palacio de Liria y contemplar el retrato ecuestre de María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y de Silva, obra del genuino pintor español Ignacio Zuloaga. "Nunca más volveré a retratar a una niña", se prometió el artista eibarrés, que sin proponérselo acababa de concebir el primer cuadro pop del mundo... según la Casa de Alba.

Otras voces especializadas creen que patinó, que fue un borrón en la inconmensurable carrera del más virtuoso retratista de la España negra. "Si quería ir de moderno, se pasó de moderno. Eso no es moderno, es de mal gusto", opina Antonio García Villarán, doctor en Bellas Artes y 'youtuber'. Para este profesor de pintura sevillano, que llegó a conocer en vida a Cayetana, resulta difícil imaginar que Zuloaga no pintara mal el cuadro a propósito. "A la duquesa de Alba le gustaba mucho porque decía que era naíf. Ahí dio en el clavo, pero no se percató de que le había hecho una gran crítica a Zuloaga".

En otoño de 1930, cuando Andy Warhol aún usaba pañales, Zuloaga representó al ratón más famoso de la historia. El duque de Alba, al que le unía una gran amistad y para quien ya había realizado varios cuadros de gran formato, le había encargado retratar a la pequeña Cayetana, de apenas cuatro años; y al pintor no se le ocurrió mejor forma de calmar a la inquieta niña que pintarla junto a sus juguetes. La idea se le volvió en su contra.

"Yo me movía más que el caballo", confesó la duquesa de Alba en 2009, cuando su retrato infantil viajó hasta el Museo de Bellas Artes de Sevilla para una exposición temporal. "Zuloaga se enfadaba conmigo porque me movía muchísimo y no podía captar cierto rasgo, cierta expresión o la luz que, a veces, no me reflejaba de la misma forma porque yo ya no estaba colocada como él me había ubicado en un principio".

Mickey Mouse corría por las praderas de la sierra madrileña, hacía cosquillas a las patas del caballo y se burlaba de Cayetana porque él podía moverse y ella no. Todo en la sobresaliente imaginación de la niña, una de las pocas que ya se codeaba con los personajes de Walt Disney en una España a la cola de la carrera industrial.

El 'Ecce Homo' de un virtuoso

Por entonces, la dictablanda de Berenguer daba sus últimos coletazos y más de la mitad del presupuesto medio de una familia española se destinaba a comida. Bajo el auspicio de la Casa de Alba, Ignacio Zuloaga se había consagrado como referente mundial de la pintura figurativa, hábil retratista de las clases más bajas y a su vez de la alta alcurnia; capaz de inmortalizar a los gitanos andaluces, a la 'socialité' estadounidense Rita de Acosta o al Rey Alfonso XIII. De acuerdo con la radiografía de su trayectoria que hace el historiador del arte Enrique Lafuente Ferrari, a principios del siglo XX no paraba de recibir encargos y le abrumaba ya la responsabilidad de contentar a sus clientes.

Pero en la etapa avanzada de su carrera artística, mucho más libre de los encargos oficiales y sin el corsé de labrarse una reputación, Zuloaga se dedicó a recrear a amigos y familiares a su antojo, sin descuidar nunca su preocupación por el estudio del rostro, la expresión del carácter y los gestos más característicos del modelo. El retrato ecuestre de la joven aristócrata marcó un punto de inflexión.

Lejos de las angustias noventayochistas, la paleta de Zuloaga comenzó a aclararse con colores más luminosos, como blancos, morados y violetas, que confieren a su obra un conato de modernidad. Utilizó una pincelada mucho más suelta y empastada, que difiere de las superficies planas de etapas anteriores, y sus mayores preocupaciones pasaron a ser el estudio de la luz y la búsqueda de efectos atmosféricos. Así se refleja en el lienzo de Cayetana, que envuelve la mirada cándida de la menor —sin expresión alguna en el gesto— con un fondo de nubes grisáceas y púrpuras.

¿Cómo pudo un pintor de semejante factura técnica dibujar a Mickey Mouse con tan poca precisión? En defensa de Zuloaga, hay que decir que el ídolo de los niños acababa de nacer y su aspecto aún era bastante primitivo. Juzgarlo con ojos de otro tiempo sería como comparar la pixelada familia Simpson original con la que ocupa las pantallas de alta definición. Además, tanto esta figura como la del extraño gato rojo que aparece a su lado eran peluches reales de cuyo aspecto fuera del cuadro poco se puede saber.

Si te fijas en el fondo, la nube de arriba parece una bruja goyesca. ¿Habrá sido una crítica?

Aun así, la diferencia entre los elementos del cuadro es evidente. No hay más que comparar a Joseph, el perro Basset familiar que aparece representado con exquisito realismo en la esquina inferior izquierda, con el can de mirada perdida que se sitúa en el lado contrario. La descripción de la obra remitida por la Fundación Casa de Alba a este periódico explica que las sesiones de posado fueron muy breves y que el pintor se limitaba a tomar unos ligeros apuntes de la cabeza y de la composición que más tarde concluía en su estudio. Tal vez por ello los juguetes preferidos de la duquesa de Alba adquiriesen otra atmósfera.

"El perro de la derecha está mal compuesto, parece que tiene cortadas las patas. Es una especie de 'Ecce Homo'", valora García Villarán, que se inclina por pensar que la vejez pudo hacer mella en Zuloaga. "Yo he conocido a muchos artistas que de mayor pierden la visión, no dibujan como antes... Incluso los colores no los distinguen de la misma forma". Otra explicación que le da es que se tratara de un 'troleo': "Si te fijas en el fondo, la nube de arriba parece una bruja goyesca. ¿Habrá sido una crítica? Eso lo hacemos mucho los artistas".

Sea como fuere, el pintor cumplió su palabra y nunca más volvió a retratar a una niña, pero para Cayetana también fue una experiencia traumática. "Hacer de modelo es muy aburrido, horroroso", rememoró ya de adulta, cuando hubo tenido tiempo para descubrir que prefería empuñar el pincel a ponerse delante de él. Su aversión a hacer de musa llegó a tal punto que rechazó posar para el mismísimo Pablo Picasso, quien le propuso retratarla como Goya hizo con su tátara-tátara-tatarabuela.

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