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Chéjov, un genio que nació pobre y murió joven: "No se pone hielo en un corazón vacío"

La editorial Gatopardo reedita la biografía que Irène Némirovsky dedicó al dramaturgo, publicada póstumamente cuatro años después de la muerte de ésta en Auschwitz

Foto: Retrato de Chéjov de Osip Braz, en 1898.
Retrato de Chéjov de Osip Braz, en 1898.

Justo antes de morir de tuberculosis a los 44 años, Antón Chéjov tomó una copa de champán y le dijo a su mujer, la actriz alemana Olga Knipper, "Ich sterbe" –es decir, "me muero" en alemán–. Cuando Knipper fue a colocarle hielo en el pecho para bajarle la fiebre, Chéjov se lo impidió aduciendo que "no se pone hielo en un corazón vacío". Y así, la calurosa noche del 15 de julio de 1904 murió, prematura y dramáticamente, como no cabía de otra manera, uno de los escritores y dramaturgos rusos más populares del momento e importantes de la literatura universal. Así lo cuenta Irène Némirovsky, otro de los nombres ineludibles del santoral literario soviético –nació en Kiev, actual Ucrania, un año antes de la muerte del autor de 'La gaviota'–, en la biografía 'La vida de Chéjov' (1946), publicada cuatro años después de su muerte por tifus en el campo de concentración de Auschwitz. La editorial Gatopardo tenía previsto lanzar una reedición este próximo 29 de junio, pero un problema con los derechos, en posesión de la editorial Salamandra, ha obligado a los primeros a retirar la tirada.

Una muerte joven y una vida dura y casi siempre estrangulada por las carencias afectivas y económicas. Resulta sorprendente que la creatividad y la sensibilidad puedan crecer en terrenos pedregosos como fue la infancia de Chéjov. Taganrog, a orillas del mar de Azov, al sur de Rusia, no parece el mejor lugar para crecer bajo la vara firme del zar Alejandro III, y la indiferencia de unos vecinos que ven raptar a una mujer en sus calles para llevarla a un harén turco y ni pestañean, como relata Nemiróvsky. La familia Chéjov vivía en los límites de esta pequeña ciudad portuaria venida a menos, en una "casucha que parecía inclinada hacia un lado, encogida y cansada como una anciana", en la que "el agua era un bien escaso y preciado". La pluma de Némirovsky regala descripciones sugerentes y divertidas, para arrojar una alegría infantil a los primeros y lóbregos años del futuro escritor.

Al conocer el relato de su infancia no es difícil entender el lugar de inspiración de 'Tío Vania'. Niños melancólicos y solitarios que no desesperan a pesar del abandono y la miseria en un país que todavía permitía la servidumbre de nacimiento. Es más, el abuelo de Chéjov, Egor Chej, nació siervo y compró su libertad y la de sus cuatro hijos con los ahorros de su vida: 700 rublos por cabeza. A la quinta hija no la pudo comprar por falta de dinero, cuenta Némirovsky, pero el señor tuvo a bien –irónica, la escritora– regalarla "como quien añade una manzana más al que le compra una docena". Dicen que un hombre siervo apaleado tiende a apalear cuando tiene la oportunidad, y así describe la autora de 'El baile' al padre de Chéjov, Pavel Egorovich, comerciante de tercer grado, que es lo máximo a lo que podía aspirar entonces el hijo de un siervo que, además de pobre de solemnidad –estuvo a punto de ir a la cárcel por deudas–, era devoto ortodoxo. Devotísimo, en realidad. "Pese a su pobreza y tacañería, nunca escatimaba en incienso: auténticas nubes se elevaban y llenaban las habitaciones, llegando incluso a neutralizar el olor a col agria que procedía de la cocina".

El abuelo de Chéjov compró su libertad y la de sus cuatro hijos a 700 rublos por cabeza. Para la hija se quedó sin dinero, pero su señor tuvo a bien regalársela

De la madre de Chéjov, Yevguéniya Yákovlevna, poco cuenta Némirovsky, más allá de que era hija de comerciantes, de que atravesó toda Rusia en busca de la tumba de su padre, y de que era "una mujer delgada, de rasgos finos, tierna y tranquila". Si existen dos tipos de escritores, los de familia aristocrática acunados por los lomos de la biblioteca familiar, y los que hicieron callo en los dedos a base de golpes de regla, Chéjov fue, sin duda, de los segundos. Primero porque acudió a un institutio griego en el que ni siquiera hablaba el idioma en el que se impartían las clases –aparte de que los profesores aceptaban víno, tabaco y aceite como cohechos para abrobar a los alumnos–, y después porque, una vez en el instituto, siguió sin ser una alumno ya no brillante, sino ni siquiera mediocre.

Pero, con trece años, surgió el amor. Entonces, "Antón vio por primera vez un escenario y unos decorados". En épocas imperiales el teatro significaba subversión e inmoralidad y Chéjov acudió por primera vez como acto de rebeldía. "A los quince años, Antón se metía entre bambalinas y hablaba con los actores. De vuelta en casa, Antón no podía apartar de su mente los recuerdos de la velada; intentaba revivirlos con lecturas precoces y desordenadas, aunque su verdadera pasión era el teatro. Escribía tragedias y farsas y, haciendo él mismo de actor, junto a Alexánder y Nikolái, o compañeros del instituto, formó una compañía de aficionados. Le gustaba maquillarse, disfrazarse, dibujar al carbón un bigote en su cara, engañar a la gente".

Chéjov quiso ser médico porque la literatura era un trabajo para "muertos de hambre"

Después de sufrir una peritonitis, el niño Chéjov decidió estudiar Medicina. Y huyendo del hambre y de los golpes, se trasladó a Moscú. El teatro seguía en sus pensamientos, pero en su familia consideraban, con razón y como ahora, que la escritura era un trabajo de "muertos de hambre". Con sus hermanos había levantado obras teatrales que representaban en graneros o casas de amigos y fundado un periódico llamado 'El Tartamudo', pero si no quería seguir los pasos de su padre la mejor perspectiva era la carrera médica. "¡Esto estaba bien para un joven señor como Pushkin, o para un Lérmontov, adulado desde la infancia! Pero el hijo de tenderos Antón Chejov era menos soberbio".

"Va pobremente vestido, con un traje que le queda estrecho y apenas puede abrocharse, y lleva un ridículo sombrero demasiado pequeño", escribe Némirovsky sobre la llegada de Chéjov a Moscú. Pero, de vuelta en Taganrog, la situación no era mejor: sus padres y sus hermanos vivían en los bajos de una iglesia y, como en 'Parásitos de Bong Joon-ho, desde la ventana sólo veían el asfalto y los pies de los transeúntes. "Nuestra economía va muy mal…. nos hemos comido todo el dinero. Le hemos pedido prestado 10 rublos a Misha Chéjov [era un primo que vivía en Moscú], pero también nos lo hemos gastado… Ninguna novedad, la misma historia de siempre. No queda nada para empeñar", le escribe uno de sus hermanos.

Chéjov decide abandonar la influencia de Tólstoi, a quien siempre seguirá considerando, con un epíteto muy folclórico, como "el más grande"

Pero, poco a poco, Chéjov consigue abrirse camino con sus cuentos publicados en tal o cual periódico de la capital, mientras trabaja como médico. Escribe rápido y escribe por dinero. "Quería ganar lo suficiente para comer y llevar una vida ordenada y limpia". Curiosamente, afirma Némirovsky que el hasta entonces cuentista –quien firmaba como Antosha Chejonté– no tenía mucha fe en sí mismo ni en su talento. Se amoldaba a los gustos de la gente sin una voz particularmente propia: "entre el gran público, el nombre de Chéjov significaba ante todo el autor de relatos divertidos; la gente aún no se había acostumbrado al tono tierno y serio que se convirtió en el suyo característico a partir de 1888-1889". Pero la rusa considera un momento clave de su obra literaria el instante que Chéjov decide abandonar la influencia de Tólstoi, a quien siempre seguirá considerando, con un epíteto muy folclórico, como "el más grande". Deja de idealizar al pueblo y opta por un realismo sin marcado carácter moralista, que era lo que se estilaba en su momento. Como médico, tampoco "puede despreciar la ciencia y el progreso como sí hizo Tolstoi".

A pesar de sus primeros relatos divertidos, Chéjov no parece que fuera un hombre risueño. El autor de 'Ivanov' –que fue un fracaso en su estreno–, 'Tres hermanas' y 'el jardín de los cerezos' –su última obra, escrita el año de su muerte– no llegó a disfrutar de la fama y la comodidad económica que consiguió en sus últimos años de vida. Siempre huyendo de la miseria y el abandono, cuando en la adultez encontro el éxito y el amor –aunque la relación con Knipper fue muy tortuosa–, no dejó de sumirse en la amargura que destilan muchas de sus obras. "Me atiborran a cenas, me dedican espantosos ditirambos y, al mismo tiempo, están dispuestos a devorarme. ¿Por qué? Sólo el diablo lo sabe. Si me pegara un tiro, les produciría un gran placer a nueve de cada diez amigos y admiradores míos". La vida de Chéjov, según Némirovsky, fue una combinación agridulce de gloria y desencanto. Como cualquier buen cuento ruso.

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