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Cuando la gripe y el cólera enfermaron el Teatro Real

El coliseo madrileño ha conocido cierres y contratiempos por epidemias, ninguna tan grave como el dengue que acabó con la vida de Julían Gayarre y muchos madrileños entre 1889 y 1890

Foto: Julián Gayarre
Julián Gayarre

Sabemos cuando se ha celebrado la última función operística del Teatro Real ('La Valquiria', 28 de febrero), pero no está claro cuando va a reabrirse el templo lírico madrileño. Sucede igual con los demás espacios de ocio y cultura. La ventaja del Real consiste en su naturaleza de superviviente y en su familiaridad con la resistencia. Tanto ha resistido a las amenazas de demolición, a las guerras y a las conspiraciones políticas como ha sobrepasado emergencias sanitarias. Ninguna tan evidente y feroz como la gripe que malogró la temporada de 1889... y la vida de Julián Gayarre.

El tenor navarro ya estaba enfermo cuando intentaba terminar la función de 'Los pescadores de perlas'. “No puedo cantar”, condescendía Gayarre en el trance del primer acto. Le estimularon con sus aplausos los espectadores, más o menos conscientes de la gravedad del momento. El tenorísimo intentaba reponerse y reanimarse. Terminó capitulando: “Esto se acabó”, musitó a los profesores de la orquesta y al maestro Fernández Arbos, convertido en director del réquiem.

Hacía mucho frío en aquel diciembre de 1889. La prensa madrileña dedicaba sus páginas principales a la crónica del dengue y del trancazo, sobrenombres indistintos para definir una epidemia de gripe que se había cobrado 162 días el mismo día que Gayarre se desmayó. Moriría en la madrugada del 2 de enero del nuevo año. Y lo hacía consciente de su final: “Ahora no dirán que no sé morir, esto no es teatro”, habría dicho el tenor después de recibir la extremaunción.

Cerraron las puertas del Teatro Real. No solo por el duelo extraordinario que se observó en memoria de Gayarre, sino porque las autoridades entendieron que la aglomeración de personas en un espacio cerrado suponía un riesgo extremo en la propagación de la gripe. También hubieron de clausurarse los demás teatros de la capital. Y no era una novedad en la “histología” de los coliseos y templos del foro. La epidemia de cólera que irrumpió en 1855 “retrajo mucho al público”, como refleja una crónica que acaba de publicar el historiador Joaquín Turina Gómez. “Lo primero fue rebajar el precio de las entradas y luego hubo que suspender algunas funciones”, añade Turina en su relato contemporáneo. “Diez años después hay una nueva epidemia de cólera, se planteó la posibilidad de interrumpir las funciones, pero al final el Gobierno no se decidió a ordenarlo. Pasado el susto el empresario hizo una función benéfica en favor de ‘los coléricos pobres’”.

El Teatro Real en 1860
El Teatro Real en 1860

Era la del cólera una epidemia recurrente y una maldición de los empresarios que antaño gestionaron el Real, especialmente cuando la enfermedad se declaraba... en Italia. De allí provenían los cantantes más ilustres y aclamados, pero no siempre llegaban a la hora de las funciones programadas, sobre todo cuando se les “detenía” en la frontera terrestre de Port-Bou para garantizar la salubridad y el periodo de cuarentena. Permanecían “confinados” en el lazareto del municipio catalán hasta que se les autorizaba a continuar con el viaje, de tal manera que los retrasos de los artistas italianos obligaron a retrasar la inauguración de las temporadas de 1883 y de 1884.

Fue esta última particularmente beligerante. La cólera se apoderó de los aficionados en sentido más alegórico y metafórico que sanitario. “Los espectadores estaban hartos de la baja calidad de los cantantes contratados”, cuenta Turina. Los escándalos diarios en las funciones de ópera encuentran eco y altavoz en la prensa. El diario conservador La Época señala, con escándalo, que el público acude con silbatos al teatro y los usan sin respetar la presencia de la Reina. Una de las noches el tenor Nicolini se puso a "llorar como un niño" frente al público vociferante”.

Una de las noches el tenor Nicolini se puso a "llorar como un niño" frente al público vociferante”

Hubo de intervenir el gobernador civil en sus atribuciones sobrevenidas. Exigió que se contrataran cantantes de categoría, aunque el retraso de las negociaciones explica que el Real permaneciera un mes cerrado. Fue un pequeño contratiempo en una historia convulsa y accidentada, no solo por las plagas y epidemias populares, sino por los episodios de luto jerárquico. El templo madrileño observó cuatro días de clausura y de luto cuando Alfonso XII murió de tuberculosis en 1885.

No puede pronosticarse una fecha para la apertura del Teatro Real, pero los avatares de la historia lo han ido convirtiendo en un teatro inmunizado y hasta invulnerable. Necesito 32 años para nacer -lo hizo en 1850- y estuvo muy cerca de sido demolerse en dos ocasiones. Lo apuntalaron Primo de Rivera y Franco por razones tan diferentes como extravagantes. Amenazaba ruina el Real. Y resistía en el centro de Madrid con un aspecto fantasmagórico. En realidad, la principal enfermedad del teatro fue la política y el correspondiente abandono. Tanto es así que el Real, como teatro de ópera, ha estado más tiempo cerrado que abierto. Y ha sido protagonista de una leyenda negra -incendios, bancarrotas, huelgas, desgracias- que paradójicamente se ha convertido en su mejores anticuerpos, de tal manera que el coronavirus se observará dentro de un siglo como otro episodio desgraciado.

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