TEATRO REAL

Wagner en el borde del cráter

Heras-Casado protagoniza en el Teatro Real una versión camerística e intimista de 'La Valquiria', aunque resulta menos convincente la propuesta escénica de Carsen

Foto: El cantante Tomasz Konieczny en el papel de Wotan. (Teatro Real)
El cantante Tomasz Konieczny en el papel de Wotan. (Teatro Real)

La programación de 'La Valquiria' en el Teatro Real ha requerido el correspondiente agrandamiento del foso. Han desaparecido las primeras filas del patio de butacas, como si hubiera subido la marea. Y como si las lamparas de los atriles describieran el espacio de un cráter en el coliseo. Heras-Casado ni siquiera ha querido cubrirlo. Es un recurso funcional y estratégico que sirve para contener la corpulencia de la orquesta. Y para remediar que la lava se desborde. Tan grande es la orquesta wagneriana que sobresalían en la penumbra del foso los mástiles de seis arpas, más allá de los opulentos metales y de la percusión telúrica que conmueve la escena con todas las premoniciones de la partitura.

Heras-Casado no le ha tenido miedo al volcán. Ha sabido domeñarlo como si fuera Prometeo. Y ha convertido las huestes de la orquesta en un instrumento sutil, delicado, exquisito, maleable. Es la gran paradoja wagneriana: más crece la orquesta, menos voluminosa la quiere el hechicero wagneriano. La clave del misterio no es el volumen, es la intensidad. Y los músicos no se amontonan en el foso para reventar los decibelios, sino para colaborar en el tejido sonoro y explorar la trama cromática. El estruendo de la cabalgata de las valquirias acapara la popularidad de la obra, la identifica, excitó a la audiencia madrileña, pero es el pasaje menos representativo del ceremonial. Lo ha demostrado Heras-Casado desde su criterio intimista, introspectivo. El maestro granadino extrae del cráter una versión de cámara. No hay una erupción. Los oídos nos trasladan los matices de las brasas, el crepitar de las sonoridades. Observamos la lava contenida. Cálida. Sentimos que las nobles maderas se calientan, pero no llegan a arder.

Un momento de la segunda entrega de la tetralogía de 'El anillo de los nibelungos'. (Efe)
Un momento de la segunda entrega de la tetralogía de 'El anillo de los nibelungos'. (Efe)

Y no es que Casado dirija provisto de un extintor. Lo hace con las manos, como si el gesto de recoger la música entre los dedos le proporcionara una noción material, física, orgánica, midiendo hasta dónde y hasta cuando conviene liberar los humores de la gran combustión wagneriana. Es una lectura más introspectiva que extrovertida, entre otras razones porque la reputación épica de la batalla —los helicópteros de Coppola en el sindiós de Vietnam— tiende a discriminar las verdaderas cuestiones que angustian a los personajes. 'La Valquiria' es una ópera que transgrede todas las leyes del amor. Por el incesto en que incurren los welsungos. Y por el desafío de la hija Brünnhilde al patriarca Wotan, cuyas respectivas declamaciones exudan la intimidad de la partitura, la plantean en un espacio más interior que exterior.

No sucede casi nada en 'La Valquiria' pese al revuelo de las hijas militares de Wotan y al estruendo castrense del metal, pero el estatismo parece haber coartado excesivamente el ingenio de Robert Carsen en el viaje del hielo al fuego con que concibe la segunda entrega de la 'Tetralogía'.

La música se expande en un escenario semidesnudo, respira liberada de la mordaza del foso, como ocurre con los gases del volcán

Se le puede agradecer al director de escena canadiense el espacio que concede a la música —se expande en un escenario semidesnudo, respira liberada de la mordaza del foso, como ocurre con los gases del volcán— pero se le debe reprochar la pasividad. Parece más un espectador que un demiurgo. Y parece contentarse con la eficacia que implica la extrapolación del Valhalla al búnker de un líder autoritario en el contexto estético de la II Guerra Mundial.

Otro momento de 'La Valquiria'. (Teatro Real)
Otro momento de 'La Valquiria'. (Teatro Real)

Hay que exigirle más a Carsen. No ya por su fabulosa creatividad y por los grandes prodigios que ha concebido en el Teatro Real -'Diálogo de carmelitas' (Poulenc), 'Katia Kabanova' (Janacek)-, sino por la audacia que él mismo incorporó el año pasado a la primera entrega de 'El oro del Rin'. Trasladaba Carsen la introducción de la 'Tetralogía' a una suerte de distopía. Planteaba la dialéctica del opresor y del oprimido, pero también pronosticaba la devastación de la naturaleza y abundaba en los extremos alegóricos de la codicia como trasunto de la perdición de la humanidad. El oro es un palíndromo. Oro. Principio y final. Final y principio. El eterno retorno permite situar la ópera en cualquier tiempo, en cualquier lugar. Carsen ubicaba el prólogo de “su” 'Tetralogía' en un espacio industrial sin agua ni bosques. Y en el contexto de una tiranía contemporánea que servía de palanca a la extorsión de la clase proletaria.

Estética y estática a la vez, desprovista de metafísica y hasta de épica, aunque los personajes se desenvuelven desamparados

Es menos política la segunda entrega de 'La Valquiria'. Estética y estática a la vez, desprovista de metafísica y hasta de épica, aunque los personajes se desenvuelven desamparados. Acude a socorrerlos Heras-Casado. No ya porque la música es el metapersonaje y representa el hilván dramatúrgico, sino porque los preserva de la ferocidad del foso. La gran orquesta wagneriana acecha, pero Heras-Casado elude la tentación de exhibirla o de subordinarla a un ejercicio de sensacionalismo. De hecho, los cantantes llegan a permitirse pianísimos inverosímiles. Respiran lejos de la amenaza del cráter. Los cuida Casado. Y protagonizan una versión de gran altura.

Otro momento de 'La Valquiria'. (Teatro Real)
Otro momento de 'La Valquiria'. (Teatro Real)

Es un lujo alinear a René Pape en el rol de Hunding. Y ha sido un acontecimiento el debut de Stuart Skelton, un tenor australiano cuyos hábitos fuera del escenario -puros, cocktails vino, identifica él mismo en su cuenta de Twitter- no parecen comprometer la valentía ni el color de sus prestaciones. Una voz corpulenta y sensible. Un “heldentenor” imponente al que los espectadores recompensaron con merecidas ovaciones en el umbral de esta medianoche.

Resolvió Tomasz Konieczny las dificultades infernales de Wotan. Sobresalieron Ricarda Marbeth y Adriane Pieczonka en los papeles de Brünhilde y Sieglinde, aunque el mayor consenso lo concitó la dirección de Heras-Casado. Ha madurado en su relación con Wagner el maestro granadino. Y ha sabido encontrarlo en la intimidad, allí donde la orquesta podría haberlo sepultado, pero de la que sale protegido, como las llamas que custodian el lecho de la Valquiria en espera de que la reanimen del largo sueño. Se acerca la tercera entrega: Sigfrido ya ha sido engendrado.

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