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Carmelo Gómez: "Las televisiones se han cargado el cine de autor"

El actor regresa al Teatro Bellas Artes con ‘Todas las noches de un día’ donde pone fin a una gira de dos años

Foto: Carmelo Gómez (EFE)
Carmelo Gómez (EFE)

Posee una mirada profunda que cautiva a quien le ronda y una sonrisa castigadora a la que el óxido del tiempo le ha otorgado cierto grado de misterio. Carmelo Gómez lleva la interpretación en el ADN. El cine lo elevó como una noria y como una noria le arrastró de bajada. Una mala experiencia le llevó a dar un paso atrás y alejarse momentáneamente de las cámaras. Cierto es que su historia de amor siempre ha sido con el teatro. Posee cierta querencia a las tablas porque es consciente de que es el lugar que domina, el rincón donde se mueve con soltura. “El teatro es el sitio donde te puedes medir”, confiesa. En su día, Miguel Narros le dio la primera oportunidad y lo convirtió en un inolvidable ‘Caballero de Olmedo’. El maestro de actores, director y productor siempre lo tuvo claro, sabía que tenía ante sí un animal de teatro, inmenso, conmovedor, inquietante, una bestia escénica de la que Pilar Miró dijo: “nadie recita como él”.

En escena rezuma pasión, sensibilidad, arrojo y vehemencia. Enfrentarse a sus 183 centímetros de humanidad no resulta una aventura fácil, más si le acompaña ese vocejón que nace de ultratumba y proyecta hacia el más allá. Para que le oiga el mundo. “Yo soy de tirar pa’lante. Mi padre tenía un caballo, el Rubio, era fuerte, siempre tiraba, no importaba lo que fuera, era capaz de sacar cualquier cosa de una acequia. Un día se hizo viejo y ya no tiró más. Mi padre, a pesar de que era su caballo favorito, lo mandó matar como a los demás. Yo soy como el Rubio”.

Carmelo Gómez y Ana Torrent
Carmelo Gómez y Ana Torrent

Su historial teatral está poblado de versiones desasosegantes como ‘Días de vino y rosas’, catarsis dialécticas como la que batalló con Josep Maria Flotats en ‘La cena’, incluso fue capaz de perder la cabeza dando la réplica a Javier Gutiérrez en ‘Elling’, antes de regresar al verso y confeccionar un imponente Pedro Crespo. Hace dos años dejó aparcada esa brutalidad que a ratos lleva intrínseca el de Sahagún, la crueldad y las ganas de venganza de ‘El alcalde de Zalamea’ para mostrar su lado más vulnerable en ‘Todas las noches de un día’. Sí, Carmelo Gómez posee una desconocida versión tierna y vulnerable. Ha tenido que llegar a sus manos un texto de Alberto Conejero para que el mundo se tope con la fragilidad de este hombretón que abraza como si no un hubiera un mañana.

Acompañado por Ana Torrent, el regreso al Teatro Bellas Artes de Madrid supone el cierre de una etapa que les ha tenido dos años girando por la geografía española. “Personalmente este fin de fiesta en Madrid se convierte en la constatación de que todavía tengo cierta capacidad para ver que algo funciona. En su día me topé con un texto muy literario, por momentos incluso poético, la intuición me decía que fuera adelante con él, pero hasta que el público no lo pone en relieve nunca sabes. Por alguna razón, aquella función que parecía que no era para todos los públicos se ha convertido en algo que la gente quiere ver”.

Campesinos y jardineros

Dirigido por Luis Luque, Carmelo Gómez surge como la parte más vulnerable de un drama que culebrea entre lo que se dice, lo no se dice y lo que medio se cuenta. El texto de Conejero otorga gran simbolismo al invernadero en el que transcurre la acción. “Al contrario de los campesinos, los jardineros aman la naturaleza. Mientras que aquéllos la utilizan en su propio beneficio, los jardineros son capaces de buscar la belleza por la belleza. Así es Samuel”. Lo dicho, desde el cinco de febrero hasta el uno de marzo todavía están a tiempo de ver a ese Carmelo Gómez que logra conectar y mostrar al mundo la parte más tierna de su alma. Emocionalmente desnudo, conmueve su timidez, su corazón roto y su amor incondicional por alguien que se muestra incapaz de entregarse en la misma medida.

Emocionalmente desnudo, conmueve la timidez, el corazón roto y el amor incondicional de Carmelo Gómez en este papel

A pesar de que el amor ronde por el invernadero, para Carmelo la obra habla de la muerte, algo que a él no le aterra. “Me da miedo el tránsito necesario, me da miedo el momento de llegar hasta Caronte, que te suba a la barca y que te saque de debajo de la lengua la moneda con el agujero. Creo que la vida es un azar, no mola ser eterno. Hay gente que dice que la obra va de la vida, pero la vida es también la muerte y es lo que más me gusta de esta función”. Cierto es que ‘Todas las noches’ puede ir de lo que uno quiera que vaya, de amor, desamor, muerte, intriga… Resulta muy complicado establecer una línea argumental en una obra como ésta.

Mientras se despide de Samuel, el protagonista de ‘El perro del hortelano’ anda ‘A vueltas con Lorca’ y siente que la historia se repite. “Sí, porque Lorca en una época de pre guerra como en el que vivimos hoy estrenó ‘El maleficio de la mariposa’, una obra surrealista que hablaba de orugas, bichitos etcétera, una obra que se estrenó en Joy Eslava cuando todavía era un teatro y fue pataleada y abucheada. Sí, puedes ponerlo, he dicho un ambiente de pre guerra alimentado por lo voceros de siempre que están aprovechando para enfrentarnos y para decir que no se puede vivir así, lo cual es absolutamente mentira, puesto que todos estamos muy a gusto”.

Carmelo Gómez
Carmelo Gómez

‘A vueltas con Loca’ es un trabajo en equipo dirigido por Emi Ekai, con la música del ucraniano Mikhail, se trata de un recital poético, una danza entre el amor y la muerte con los versos de Lorca. “Arrancamos con una vitalidad contagiosa, vamos de lo más positivo hasta llegar a la muerte del propio poeta a través de sus personajes, llegamos a ella con una sonrisa como debe ser. Está pensado para espacios pequeños, poco a poco va cuajando con el público. El montaje está en constante evolución. Hemos destruido la cuarta pared y no permito que el público venga a escucharme a mí solo, quiero que interactúe, aunque cuando Lorca se pone hablar resulta complicado”.

Carmelo no es el Carmelo de antaño, exuda serenidad, calma y sosiego. “Con el paso del tiempo me he serenado, sobre todo me he serenado respecto a mis relaciones afectivas”. Tanto es así que incluso parece que ha hecho las paces con el cine y la televisión. “Yo no diría tanto. Es cierto que me leí cuatro o cinco de los guiones del nuevo proyecto de Mateo Gil, ‘Los favoritos de Midas’. Me gustó la historia y la verdad, quería sentir si todavía me queda músculo y si podía soportar la presión de la cámara de manera que he hecho un pequeño personaje. Un tipo que se fractura, que lo tiene todo y en un momento dado cambia su vida por completo, deja de remar porque lo que tiene no le hace feliz. Solo tiene una escena, pero quería sabe donde estoy después del mal sabor de boca que me dejó una prueba de casting para TVE. Aquello que me hizo mella y me llevó a parar y cambiar mi vida. El cine se ha puesto a las patas de las teles y las teles tienen unos intereses que nada tienen que ver con los del cine. Con el control en la mano, son la teles las que dicen tú si, tu no; tú a mí no me vales, tú sí. Así se cargaron todo el cine de autor. No queda nadie. Las televisiones se han cargado el cine de autor de manera consciente y no sé si en connivencia con la política”.

El cine se ha puesto a las patas de las teles y las teles tienen unos intereses que nada tienen que ver con los del cine

Durante estos años de cuasi silencio, Carmelo ha encontrado tiempo para la autocrítica y la restauración, no en vano siendo niño aprendió a vivir en una país regentado por sus sueños y su imaginación. Sostiene Carmelo que fue un renacuajo tímido, de largos silencios y de pocos camaradas. “En mi pueblo había tres bandas que jugaban a pegarse entre ellas. Yo no era de ninguna, huía de todos, porque si me topaba con alguno nadie me creía y me caneaban igual. Más tarde, cuando me enviaron al internado, viví momentos muy tristes porque tenía mucho anhelo de volver a casa, estaba muy arraigado a la tierra, a mis juegos y a mi madre, sobre todo a mi madre. Allí aprendí a vivir con mi imaginación, con ella me sentía importante, en mi mundo era el rey, fuera me consideraba el último mono”.

Desde hace años le ronda por la cabeza la idea de regresar al mundo rural, pero no a su pueblo. “A Sahagún no puedo volver, tengo muchos rollos afectivos en los que no quiero entrar. Me gustaría ir a un lugar sin memoria, donde cada rincón no me traiga recuerdos afectivos. No quiero repasar la vida, quiero seguir andando”, concluye.

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