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El Cid Campeador: ¿héroe nacional o traidor y mercenario?

La inminente publicación de una novela de Pérez-Reverte y la anunciada emisión de una serie de Amazon Prime reabren el debate sobre la realidad del hombre más allá del mito

Foto: Estatua del Cid Campeador en Burgos. (iStock)
Estatua del Cid Campeador en Burgos. (iStock)

La idealización es un sentimiento muy humano. A un enamorado de la música clásica es posible que le cautive la obra y la vida de Mozart, mientras que las películas de Spielberg harán las delicias de sus admiradores o un apasionado de la Grecia antigua creerá que es la época de mayor esplendor de la democracia y por ello el modelo a imitar, a pesar de que sea imposible hacerlo. El problema de idealizar una época o un individuo es que perdemos la perspectiva porque nos solemos quedar siempre con la parte buena, siendo el eclipse de tales dimensiones que soslayamos cualquier cuestión que vaya en contra de ese ídolo. En consecuencia, la imagen final que obtenemos es errónea, parcial, ya que, como es bien sabido, en todas las vidas y épocas hubo luces y sombras.

'Sidi'
'Sidi'

A lo largo de la historia hay ciertos personajes que escriben sus nombres con letras de oro. Uno de ellos es, sin lugar a dudas, Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como el Cid Campeador. Se trata de alguien inmortal que, cada cierto tiempo, vuelve a la escena pública española por unas u otras razones. En esta ocasión vive otra juventud por un triple motivo: la exhibición en la Biblioteca Nacional del único códice del 'Cantar de mio Cid' que se conserva, sustituido a los quince días por un facsímil para evitar deterioros; la inminente publicación de 'Sidi', próxima novela del académico Arturo Pérez-Reverte inspirada en las andanzas del infanzón burgalés; y el anuncio de una serie de televisión en Amazon Prime que evocará también la vida de nuestro protagonista.

Sin embargo, cuando se trata de estudiar su figura nos encontramos a menudo con dos niveles distintos que se confunden entre sí fácilmente. Uno sería el de la realidad, es decir, los hechos que sabemos que sucedieron o sobre los que, al menos, no existen demasiadas dudas, y, en segundo lugar, el de la leyenda, que tiene que ver con ese relato creado y adornado por el paso de los siglos en los que el 'Cantar de Mio Cid' ocupa un lugar preeminente.

El Códice del Cantar del Mío Cid, uno de los grandes tesoros de la Biblioteca Nacional de España. (EFE)
El Códice del Cantar del Mío Cid, uno de los grandes tesoros de la Biblioteca Nacional de España. (EFE)

La dificultad aumenta por la cantidad de fuentes que nos hablan sobre el Campeador, ofreciéndonos versiones distintas, incluso contradictorias, de su biografía. Hay que dejar que hablen, pero no para que digan aquello que nosotros queremos, sino lo que ellas saben, sin necesidad de retorcerlas. Los historiadores tenemos que reconstruir episodios que nunca van a volver a repetirse y personajes que ya están muertos. Ello lo hacemos valiéndonos de los documentos y los restos arqueológicos, que son nuestra vía fundamental hacia un pasado incompleto, fragmentario. Y todo este proceso hay que llevarlo a la práctica conforme a un método científico que evite posibles manipulaciones y falsificaciones, en otras palabras, que nos proporcione un retrato lo más cercano a lo que fue la realidad histórica.

La visión que ha trascendido popularmente del Campeador ha sido siempre la de un héroe nacional. Nos encontraríamos ante un caballero castellano poseedor de las virtudes más apreciadas en el campo de batalla, como el coraje, el valor o la habilidad con la espada; en el ámbito religioso, como la defensa del cristianismo y la lucha contra los musulmanes; o en su condición moral, caracterizada por un elevado sentido del deber, de la justicia o del honor. Cabría imaginarse al Cid cabalgando a lomos del legendario Babieca los campos castellanos en una lucha denodada contra los enemigos de la fe, tal y como lo llevó al cine hace algunas décadas Anthony Mann encarnado en Charlton Heston.

Dentro de este esquema, la mala relación del Campeador con Alfonso VI, su rey, se había explicado porque la corte que rodeaba al soberano era envidiosa, y los nobles, al no ser capaces de igualar las virtudes que mencionamos anteriormente, intentarían por todos los medios deteriorar la relación del Cid con el rey, tratando de persuadirlo: no debía fiarse de su vasallo. Además, el monarca se sentía agraviado por la escena que había tenido lugar en la iglesia burgalesa de Santa Gadea, donde ante la curia, el Campeador había ordenado a Alfonso VI jurar que no había tenido nada que ver en la muerte de su hermano Sancho, asesinado traicioneramente por Vellido Dolfos. El rey, dolido y humillado, dispondría todo lo necesario con el objetivo de poner en cuestión la honorabilidad del Cid.

¿Qué se pretendía con esto? En primer lugar, justificar los dos destierros sufridos por el Cid, que se habrían debido al rencor del rey, y por otro lado liberarlo de cualquier tipo de culpa, puesto que la idea de traidor -recordemos que en el segundo destierro Rodrigo Díaz es acusado formalmente por el soberano de traición-, estaba asociada en la Edad Media con Judas Iscariote. Si Rodrigo Díaz aspiraba a ser el ejemplo de caballero castellano y, por extensión, español, naturalmente no podía guardar relación con el peor traidor de la historia.

Si el Cid aspiraba a ser el ejemplo de caballero castellano y, por extensión, español, no podía ser también el peor traidor de la historia

El Cid se convirtió en un personaje que sufrió usos y, sobre todo, abusos. Superó el paso del tiempo con éxito porque ascendió a los altares del panteón mitológico español, y en ese contexto sirvió a muchos intereses ideológicos, satisfacía deseos fantasiosos de todo tipo. En los manuales escolares de los siglos XIX y XX se estudiaba junto a Viriato porque eran, fundidos entre la realidad y la leyenda, auténticos modelos de conducta para la sociedad; las generaciones de españoles que estudiaban en los colegios debían imitarlos, asemejarse a ellos lo máximo posible.

Pero si ajustamos el foco y lo separamos de terrenos ideales, es posible que la persona de Rodrigo Díaz pueda sorprender. Su comportamiento, alejado de los viejos apasionamientos que siempre despertó, respondería más bien a la de un señor de la guerra, un mercenario en el periodo de taifas, perfil que es totalmente habitual en la segunda mitad del siglo XI. En contra de lo que parece ser la tendencia dominante, la conducta del Cid no atendería a la de un cristiano que pretendía desgastar a los musulmanes; al contrario, hallaríamos ante nuestros ojos a un guerrero que con sus métodos logró conseguir el éxito personal, ya que no hizo intento alguno de incorporar, sin ir más lejos, la ciudad de Valencia al territorio de su rey, Alfonso VI.

El Cid o duda en ponerse al servicio de mandatarios musulmanes, como otros nobles castellanos y leoneses habían hecho antes que él

Y es que el Cid tuvo una gran capacidad de adaptarse a los postulados básicos de ambas culturas, supo desenvolverse con soltura al margen de cualquier pronunciamiento radical sobre la supuesta superioridad moral de cualquiera de ellas. Un personaje que, en definitiva, se situó entre dos fronteras, la cristiana y la musulmana, y cuyos objetivos podrían estar más cercanos a la ambición material y personal, debiéndose apartar del lugar con el que frecuentemente se le asoció, la Reconquista. No duda en ponerse al servicio de mandatarios musulmanes, como otros nobles castellanos y leoneses habían hecho antes que él, y busca riquezas y honores cerca de otros reyes a cambio de su habilidad con la mítica Tizona.

Fiarse de un moro

La vida de nuestro protagonista se enmarca en la España medieval, época en que la interrelación entre cristianos, judíos y musulmanes conoció un esplendor sin parangón. Durante ese tiempo, los paños de Murcia y las sedas de Almería y Granada, junto con los cordobanes, constituyeron objetos de gran valor que distinguían a aquellos que podían pagárselo. Hernando de Talavera, monje de la orden jerónima, acuñó un refrán que decía que la palabra del granadino y la fe del castellano formaban un cristiano viejo, expresión de la que cabe deducir que uno se podía fiar de la palabra de un moro. Algunos reyes de Castilla decidieron enterrarse con ropajes confeccionados por manos islamitas, y se dice que Rodrigo Díaz tomó también esa regia costumbre.

¿Lo convierte en mejor o peor esta descripción? Ni en mejor ni en peor, es simplemente un hijo de su época, y precisamente por esta razón, porque los historiadores no deben jugar a ser tahúres, tendríamos que dejarlo en el tiempo al que pertenece porque no deja de ser un personaje que vivió hace mil años, y como tal no lo podemos juzgar conforme a los valores políticos, sociales, económicos o militares de la actualidad.

Se llevó a cabo un proceso de glorificación del Campeador. La imagen real de un mercenario pasó a un plano secundario

Es claro que se llevó a cabo un proceso de glorificación del Campeador. La imagen real de un mercenario pasó a un plano secundario. Detrás de esta transformación se encuentra el notorio influjo que ejercieron los grandes historiadores de la historia de España, desde el padre Juan de Mariana hasta Modesto Lafuente o Ramón Menéndez Pidal, encargados de poner por escrito la versión oficial del pasado.

Alguien podría pensar que el hecho de recordar aquí que el Cid no es lo que aparenta responde al capricho propio de un historiador. Nada más lejos de la realidad. Quien suscribe este texto cree que de vez en cuando es conveniente revisitar ciertos lugares comunes, porque el Cid no ha muerto, está más presente de lo que parece, y contra la manipulación solo hallaremos respuesta en la historia y no en la leyenda que, como cantaba aquel célebre verso que contribuyó a crear y mantener la interpretación apologética del Campeador: “¡Dios, que buen vassalo! ¡Si oviesse buen señor!”.

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