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La estatua del oscuro racista de Les Corts

Barcelona rinde homenaje aún hoy en un discreto callejón a un inquietante nacionalista catalán radical partidario de la eugenesia; a continuación, contamos su vida y obra

Foto: La estatua.
La estatua.

La ciudad es un amasijo de símbolos y es imposible agotarla. De este modo, el mapa siempre ofrece recovecos recónditos para la mayoría, con el añadido del interés de cada uno en el mobiliario urbano, anónimo para muchos y apasionante para pocos con ganas de leer cada frase de la cuadrícula, en este caso barcelonesa. La calle es política y, si bien no es ninguna novedad decirlo, tampoco está de más recordarlo. Les Corts es un barrio de la zona alta de Barcelona. En las recientes elecciones municipales, fue uno de los dos distritos conquistados por Ernest Maragall. Su casco antiguo se rodea de construcciones modernas demasiado verticales. Hará cosa de pocos días, reparé en una especie de callejón, donde un busto reposaba bien aupado en su pedestal, ajeno a miradas indiscretas de los transeúntes.

Al acercarme, leí la dedicatoria a Josep Maria Batista i Roca (Barcelona 1895-1978), posibilitada por amigos y discípulos. En su tramo frontal, un escrito recuerda una de sus frases sobre la necesidad de forjar nuevamente el pueblo y su conciencia nacional, no muy distinta a la encontrada en la red al querer salir de dudas sobre el personaje, hasta entonces una mera combinación de nombre y apellidos común, casi una placa más en muchos municipios catalanes.

[Historia oculta del fascismo catalanista]

El párrafo revelador pertenece a la página cinco de 'La Publicidad' del 12 de mayo de 1934 y reza lo siguiente: “Fuera incomprensible que las actuales generaciones que se encuentran en el momento crucial, cuando puede empezarse a comprobar una transformación esencial de nuestra raza, no se decidieran a emprender un experimento de tanta trascendencia para la Cataluña del mañana. Biólogos, higienistas, antropólogos, historiadores, demógrafos, economistas, sociólogos y juristas deben colaborar en esta labor humanitaria y patriótica de asentar las bases científicas de una política catalana de población. Creen los que firman este llamamiento que es de urgente consideración aunar voluntades para una Sociedad Eugenésica Catalana”.

Homenaje a Josep Maria Batista i Roca.
Homenaje a Josep Maria Batista i Roca.

El manifiesto se titulaba 'Por la defensa de la raza catalana' y venía rubricado, entre otros, por Pompeu Fabra, artífice del catalán moderno, y Leandre Cervera, presidente de la Sociedad de Biología de Barcelona. La primera signatura era de Josep Maria Batista i Roca. Para llegar al meollo de este hombre petrificado, conviene consultar mil biografías, pues muchas están blanqueadas y las demás cargan tintas contra nuestro protagonista, quien en sus últimos días fue vinculado a la gestación del Ejército Popular Catalán, Epoca, famoso durante la Transición por los asesinatos del empresario José María Bulto y de Joaquín Viola, alcalde de Barcelona entre septiembre de 1975 y diciembre de 1976.

Si bien nunca pudo demostrarse su papel intelectual en el grupo terrorista, las sospechas, contempladas desde cierto catalanismo del momento como calumnias de un guion denigratorio, no eran nada ilógicas si se atiende a la hoja de servicios de Batista i Roca, un Jano con rostro mutante en función de la voz informativa, aunque resulta inevitable sumergirse en su perfil oscuro.

Nacionalismo catalán radical

A nivel académico, es reconocido como el fundador de la etnografía catalana, asociándola al folclore. A mediados de la década de 1910, transcurrió largas temporadas en Inglaterra, donde además de centrarse en sus investigaciones visitó Irlanda, influenciándose por el nacionalismo de la isla, justo en su cenit antes de la independencia. Al regresar a la patria, sobresalió por introducir en Cataluña el movimiento escolta con la base de los 'scouts' de Baden Powell tras descartar otros ejemplos como los 'balilla' italianos, las juventudes mussolinianas. Este cariz de su actividad cobró otro brío tras la detención en 1925 de los implicados en el complot del Garraf para acabar con Alfonso XIII. Entre los implicados, se hallaba Miquel Badia, futuro comisario general de Orden Público de la Generalitat republicana, incansable perseguidor de la FAI y afín a la lucha armada por la independencia.

'Escamots' del 'Estat català'.
'Escamots' del 'Estat català'.

La caída del núcleo duro de esta operación supuso para Batista i Roca recibir en cargo la SEM, Societat d’Estudis Militars, fundada en 1924 con el fin de formar cuadros de mando de un ejército catalán. Sus miembros recibían clases teóricas y prácticas en el Ateneo barcelonés. Estas lecciones se inspiraban en los manuales de la escuela de Saint-Cyr y con toda probabilidad fueron usadas en la experiencia paralela de Ormica, Organización Militar Catalana, con idéntica voluntad a la de su antecesora y patrocinada por Batista, quien no contento con tantas siglas ingenió en abril de 1930 otra entidad, Palestra, acusada con frecuencia durante la República de paramilitar y en exceso extremista.

Esto puede comprobarse en el rechazo de Batista i Roca a la formación de ERC, integradora del alma independentista con formación marcial del 'Estat català' y la socialdemócrata, más federalizante, del Partit República Català en marzo de 1931, a escasas semanas de las elecciones municipales que derrocaron la monarquía borbónica de Alfonso XIII, tocada de muerte tras el septenio dictatorial de Miguel Primo de Rivera.

La Guardia Cívica de Macià eran pretorianos del gusto de Quim Torra en su anhelo de reorganizar la seguridad de la presidencia catalana

Ante este pacto, Palestra, devota de los 'sokols' checos y el Fianna Éiream irlandés, privilegió acuerdos con Nosaltres Sols! y otros grupúsculos de carácter más radical para integrar el Partido Nacionalista Catalán, sin que ello impidiera la argucia de rodear al 'president' Macià de una Guardia Cívica, pretorianos del gusto de Quim Torra en su anhelo de reorganizar la seguridad de la presidencia catalana. Las ínfulas e intransigencias de este 'escamote' nunca agradaron a Companys, quien durante el 14 abril rechazó su compañía cuando tomó posesión del Gobierno Civil, reemplazándola por la de Enric Pérez Farrás, capitán nombrado a la mañana siguiente comandante de los Mossos d'Esquadra.

Una ideología peculiar

Con estos antecedentes, no es de extrañar el compromiso de Batista i Roca con el 6 de octubre de 1934 desde su matiz más agresivo y favorable a una independencia con las armas, tanto en el presente como en el horizonte. Asimismo, es fácil imaginar su asqueo ante la deriva adoptada por Cataluña desde los primeros años veinte, cuando empezaron a llegar los murcianos, punta de lanza de un fenómeno migratorio connatural al Principado, sin el cual tendría una alarmante carencia demográfica, algo demostrado por libros como 'El sistema català de reproducció', de Anna Cabré.

Este odio se multiplica en 'Por la conservación catalana de la raza', donde, además de mencionar el drama de un retroceso de la capacidad genética, alerta para no permanecer desprevenidos ante la mezcla de razas en caso de no poder controlar el número de recién llegados. Su racismo apenas se camuflaba en otro aspecto de su decálogo ideológico, partidario del federalismo solo si se aplicaba a lo étnico, y quizás así vislumbró la opción de firmar un armisticio separado para Cataluña el 23 de junio de 1938, cuando como delegado de la Generalitat en Londres propuso esta argucia para desligar su obsesión de la debacle del resto de la República.

Detalle del manifiesto 'Por la conservación de la raza catalana'.
Detalle del manifiesto 'Por la conservación de la raza catalana'.

Una vez terminado el conflicto fratricida, se instaló en su querido Reino Unido, donde fue profesor de Historia en el Trinity College de Cambridge. Volvió del exilio en 1976, y esa distancia contiene el olvido expiatorio para no sacar a relucir sus vergüenzas anteriores, aunque nunca retrocedió en su credo. En una conferencia pronunciada en la Universidad de Ginebra el mismo año de su retorno a España, no dudó en definir Castilla como un pueblo ávido de devorar la hierba ajena cuando ha agotado la suya; con los árabes en el sur de España, con los indios durante la Conquista y con vascos y catalanes una vez ha finiquitado sus propios recursos.

Batista i Roca no dudó en definir Castilla como un pueblo ávido de devorar la hierba ajena cuando ha agotado la suya

Murió salpicado por acusaciones de terrorismo y decenas de colegas británicos redactaron una carta colectiva reivindicando no empañar su recuerdo. Pasadas cuatro décadas del óbito, no estaría de más ajustar cuentas con bustos poco adecuados en una sociedad plural como en realidad es la catalana. El 14 de junio de 1991, se bautizó el 'carrer' Batista i Roca de Les Corts, durante el tercer mandato de Pasqual Maragall. Así como este lo honró en el nomenclátor, quizás haya llegado la hora para su hermano de borrarlo del mismo y trasladar la escultura al almacén municipal donde hace poco recaló el marqués de Comillas, expulsado del espacio público por la actual alcaldesa, Ada Colau, quien en un acto de populismo gratuito removió la piedra y dejó el pedestal, con múltiples datos para quien quiera navegar en el relato de ese negrero.

Entonces debió hacerse pedagogía y dejar todo tal como estaba con el añadido de una explicación de quién fue Antonio López y por qué Barcelona no puede entenderse sin el dinero de los indianos. Ahora, quizá, casi en una adenda de la Ley de Memoria Histórica, debería vetarse esta presencia racista, amante de aborígenes sin mácula, y con apegos militaristas desde lo cabal de ser ecuánimes sin importar bandos, con clara conciencia de invisibilizar cualquier atisbo de monocromía.

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