UN HOMBRE CON BUENA SUERTE: AUTOBIOGRAFÍA DE MARIANO GUINDAL

Escribiré sobre tu tumba: el viejo oficio de ser periodista

Las memorias de Mariano Guindal son una luz entre tanta sombra. Una revindicación del viejo periodismo, que lejos de morir está vivo. Sólo hay que buscarlo

Foto: Mariano Guindal
Mariano Guindal

La transmisión oral es una vieja práctica en los mejores periódicos. Supone que los redactores más veteranos muestran a los jóvenes plumillas el arte de sobrevivir en un trabajo que tiene kilos de oficio y unos gramos de teoría. Cualquiera que haya pasado por una redacción lo sabe. Esto es así porque hay un intangible que sobrevuela las redacciones y que es el alma de los periódicos. Una especie de 'saber común' que impregna la atmósfera vital de una sala de redacción. Al fin y al cabo, cualquier periódico que se precie debiera ser un proyecto intelectual y no una mera cuenta de resultados o un banderín de enganche por razones ideológicas.

Ocurre, sin embargo, que esa atmófera, casi de insumisión respecto del poder establecido, ya sea político, económico o el que protege a los mandarines de la cultura, se va diluyendo.

Aquel hervidero ideológico que eran las viejas y ruidosas redacciones -en las que se bebía, gritaba y fumaba como si no hubiera mañana- ha sido sustituido hoy por el triunfo de lo estólidamente correcto y por el pensamiento líquido que emana del propio sistema político, lo que explica el ocaso de viejas publicaciones (también por razones biológicas) que antes eran referencia y que hoy son sólo la sombra de lo que fueron. En definitiva, un ecosistema informativo en vías de extinción que hoy cubren los periódicos digitales de calidad que tienen que competir con auténtica basura. Los viejos 'quality paper' -ahora en versión digital- que fascinaron a generaciones de periodistas y que hoy son una especie a proteger.

'Un hombre con suerte' (Península)
'Un hombre con suerte' (Península)

Ese cambio de paradigma, sin duda, tiene mucho que ver con el uso desproporcionado de las nuevas tecnologías, que falsamente convierten a los periodistas en emperadores de la verdad. Un plumilla armado con un simple ordenador -y no digamos parapetado tras una cámara de televisión o un micrófono-, suele tener la tentación de querer entender el mundo a través de los algoritmos que Google pone a su disposición.

Este es, precisamente, el valor de 'Un hombre con buena suerte', el libro del periodista Mariano Guindal en el que no sólo reivindica lo que aprendió de maestros como Manu Leguineche, Paco Umbral o Fermín Cebolla, sino que, además, hace suya la vieja receta de Kapuscinsky, que recomendaba ser una buena persona para ser un buen periodista. De hecho, lo uno sin lo otro es un imposible.

Canalla y cruel

La transmisión oral que hace Guindal, sin embargo, va mucho más allá que un simple legado profesional, un manual para jóvenes plumillas. El periodista madrileño se abre en canal, y no es ninguna exageración, contando la cruda realidad de la España de los años 50 y 60 que él vivió en carne propia en los suburbios de ese Madrid canalla y cruel con los más pobres, hoy ensalzado por algunos de forma ridícula. La catarsis de Guindal es tan brutal que incluso sorprende por su dureza y por su sinceridad.

Es por eso que la primera parte de la obra es la más relevante, mientras que la segunda es una sucesión de andanzas profesionales de alguien que comenzó de botones, pero que también incorpora un viaje honesto hacia el interior de su alma, lo cual no es irrelevante en un mundo en el que se impone la fanfarronería. Un aditivo un tanto nocivo que suele incorporarse en muchas crónicas periodísticas y que el autor administra de forma prudente.

Guindal, en todo caso, ha conseguido hacer un libro de memorias periodísticas, salpicadas de viajes por medio mundo, que se sintetiza en una frase que debería esculpirse en bronce en las redacciones: 'Me hice periodista para hacer preguntas”. Así de sencillo.

Y fue, precisamente, una pregunta, la que le hizo a Miguel Boyer antes de la intervención de Rumasa, la que le llevó al joven periodista a pasar a la pequeña historia del periodismo. Esa que no aparecerá en los libros de texto.

La inocente cuestión que planteó Guindal fue: “Señor ministro, qué pasa con Rumasa” [por entonces el respeto al cargo todavía existía y a los ministros se les hablaba de usted]. La respuesta fue contundente: “Pues como no me entreguen las auditorías que les he pedido les mando a los inspectores del Banco de España”. A partir de ahí, se abrió la caja de los truenos y el fin de la escapada de Ruiz-Mateos. Guindal demostró que para hacer una buena información no es necesario contar lo extraordinario, que un hombre muerda a un perro, ni inventarse historias para agrandar la realidad. Sólo hay que preguntar en el momento oportuno a quien tiene las respuestas adecuadas. No a esos profesionales del show informativo que pululan por las televisiones.

Es en esa pregunta -o en cualquier otra- donde se esconde la fuerza del periodismo. La fuerza de las pequeñas cosas que sirven para cambiar el mundo.

Un simple redactor de una agencia pequeña, con un sueldo probablemente miserable, fue capaz de desencadenar un terremoto financiero y la caída de un imperio que tenía los pies de barro. Y es que hay veces que una simple pregunta (o un artículo de fondo para desvelar la verdad de las cosas) es un lujo que no se puede permitir ni el presidente de un gran banco con sueldo de grandeza faraónica, que al fin y a la postre está obligado a llevarse bien con el poder. Con razón decía Jefferson que prefería periódicos sin democracia que una democracia sin periódicos.

Mariano Guindal. Un hombre con buena suerte. Editorial Península.

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