día de la hispanidad

Guinea por Gibraltar: el plan que partió al régimen de Franco en dos

Se cumplen 50 años de la independencia de la última colonia del Imperio Español: a continuación contamos su increíble historia

Foto: Macías, Fraga y detrás del guineano, el embajador de España Juan Durán Lóriga y el coronel Eduardo Alarcón Aguirre en Guinea el Día de la Hispanidad, 12 de otubre de 1968.
Macías, Fraga y detrás del guineano, el embajador de España Juan Durán Lóriga y el coronel Eduardo Alarcón Aguirre en Guinea el Día de la Hispanidad, 12 de otubre de 1968.

El día de la Hispanidad más extraño de la historia de España se consumó el 12 de octubre de 1968 en Santa Isabel, en la Isa de Fernado Poo. Ni Gibraltar español, ni Guinea española, ni candidato afín al régimen: la disputa que enfrentó a cara perro a dos familias del franquismo: la que representaba la rama conservadora liderada por el almirante Luis Carrero Blanco y la liberal -y solitaria- de Fernando Castiella, acabó con la derrota de ambas, el fin de la última colonia española antes del esperpento del Sáhara Occidental y el preludio de una drama que se prolongaría durante seis meses -'Equatorial Guinea Mismated Mini State: CIA Special Report 11 de octubre de 1968'-. Exactamente el tiempo que transcurrió entre el día de la Raza y el de la operación Ecuador, cuando los empresarios, funcionarios y demás españoles que aún quedaban en la antigua 'provincia', tuvieron que salir con lo puesto a toda prisa, antes de que se cerniera sobre ellos una matanza.

Fraga le cedía el último vestigio del imperio a Macías Nguema, un paranoico sanginario que fulminaría a los candidatos de Castiella y Carrero

En los compases centrales del drama, la firma oficial la rubricó con rígida pompa y fastos de república bananera Manuel Fraga Iribarne, que representó a España a pesar de no ser el ministro de Exteriores, junto al nuevo presidente de los guineanos, Macías Nguema: el único de todos los candidatos para presidir la nueva república que no habían apoyado ni el vicepresidente del Gobierno, el almirante Carrero Blanco, ni el ministro de Exteriores, Fernando Castiella, ni nadie de la administración española. Si acaso, un buscavidas y opositor franquista de guante blanco, el notario y abogado Antonio García-Trevijano, que asesoraría al futuro dictador en adelante en contra de España para elaborar una consitución por la que siempre aseguró no haber obtenido beneficio. Un dossier filtrado por opositores guineanos de la ARND a la prensa en 1976 lo contradijo.

Informe de la CIA, 11 de octubre de 1968. National Archives.
Informe de la CIA, 11 de octubre de 1968. National Archives.

Madrid siguió pagando la cuenta

La foto no puede ser más premonitoria: Fraga, con la mirada perdida en el infinito, le cedía el último vestigio del imperio español a Macías Nguema, un ex funcionario de la administración española que resultaría ser un paranoico sanguinario: sumiría al país en el caos en pocos meses, asesinando a todos los opositores que habían sido promovidos por Castiella o por Carrero y mientras España seguía pagando la cuenta de la ex colonia con un loco al frente. La CIA lo expuso claramente en un informe -Equatorial Guinea: Economic Chaos and the drift to the Left' CIA, Agosto de 1971, National Archives-, cuando trataban de evaluar el nuevo régimen del dictador guineano: el país dependía tanto de la economía española, que todas sus exportaciones e importaciones estaban ligadas a la antigua colonia. Lo peor es que las infraestructuras básicas como líneas áereas, correos, electricidad, carreteras... seguían dependiendo del presupuesto español. Era un intento desesperado de Madrid por no perder influencia en el territorio, que resultaría inútil.

Macías Nguema
Macías Nguema

¿Qué había ocurrido antes de la foto bajo el palio de Santa Isabel? El cuadro era desconcertante, ese día había un ministro de Turismo, un presidente elegido en segunda vuelta por los guineanos después de hábiles añagazas para engañar a la oposición y que no contaba con el apoyo de la metrópoli, un coronel del ejército, Eduardo Alarcón Aguirre, en un territorio que no disponía de ningún destacamento militar y sí en cambio de dos compañías de la Guardia Civil, y un embajador, Juan Durán Loriga, ligado a una facción distinta a la del nuevo presidente, Macías Nguema, entre los principales protagonistas. Era palmario que aquello era un polvorín, como se demostraría después.

La isla de Fernado Poo, el cortijo de marina

Para comprender la realidad de la Guinea española es necesario un pequeño apunte de geografía, economía, diferencias raciales y favoritismo gubernamental. Guinea Ecuatorial estaba dividida en dos territorios perfectamente diferenciados, la Isla de Fernado Poo -actualmente Bioko-, cuya capital era Santa Isabel -Malabo-, y la región continental de Río Muni, cuyo centro era Bata. La primera era rica: en ella estaban las plantaciones de cacao y de café -de peor calidad-, la mayoría de los funcionarios, los comercios y la administración, y la minoría étnica de los Bubis, que tenían un trato preferente respecto a los Fang de la región continental de Río Muni, cuya explotación era maderera y mucho más pobre.

Fernando Poo era rica por sus plantaciones de cacao y estaba dominada por la minoría Bubi; Río Muni, la parte continental de los Fang era pobre

En Fernando Poo estaba el gobernador, Faustino Ruiz González, un almirante de la cuerda de Carrero Blanco. La situación a finales de la década de los 50 fue la siguiente: para evitar el imparable mandato de la ONU que exigía la autodeterminación de los pueblos y la desaparación de las colonias, Franco adoptó una solución inicial a la portuguesa: considerar Guinea una provincia y no una colonia, para lo que se establecieron las pertientes consideraciones administrativas. El desenlace de Indochina y sobretodo la Guerra de Argelia (1954-1962), que libró infructuosamente Francia, expusieron con toda crudeza la imposibilidad de cualquier idea de aferrarse a territorios que eran vestigios, camuflados o no, del imperialismo europeo.

Castiella, la ONU y Gibraltar

En ese contexto surgió la figura del ministro Fernando María Castiella, un remplazo en Exteriores de Martín-Artajo y que representaba un ala más liberal que cualquier otro despacho del gobierno de Franco. Pero Castiella tenía su plan, de acuerdo con Franco: si España cedía a las pretensiones de la ONU, otro tanto tendrían que hacer los ingleses con Gibraltar: la eterna disputa con la perfida albión y una de las obsesiones del régimen. Y ahí se rompió la baraja. Carrero Blanco y su séquito de marina no estaban dispuestos a perder su preciada isla y buscaron una solución intermedia: que Fernado Poo se desligara de Guinea y pasara a ser una provincia más del territorio español, como las Islas Canarias, Ceuta y Melilla.

Gibraltar y la valla
Gibraltar y la valla

En la ONU, Castiella planteó el debate apelando a los propios argumentos de la descolonización: España garantizaría una sucesiva autonomía a la colonia -se abandonó el lenguaje de provincia- que se plasmó en un régimen de autonomía política en 1963, -Alicia Campos-Serrano, 'De colonia a Estado: Guinea Ecuatorial, 1955-1968'- y redobló sus esfuerzos por Gibraltar apelando a la misma consigna. Se convirtió en una obsesión, porque aunque obtuvo el apoyo de los países latinoamericanos y de la Asamblea General, Gran Bretaña se apresuró a celebrar un referéndum en 1967, que ganó de forma aplastante con un 97% de los votos. Aunque tal y como explica Alicia Campos Serrano la ONU rechazó el referéndum, el voluntarismo del ministro de Exteriores se ahogó rápido: España no dejaba de ser una anomalía, ya que era una dictadura. La presión, sin embargo, se incrementó y se cerró la valla en mayo de 1968, que levantaría Felipe González 14 años después, en 1982.

Se agudizó la crisis y comenzaron las argucias políticas entre bambalinas para influir en los partidos guineanos

Se agudizó la crisis con el sector opuesto a desprenderse de la Isla de Fernando Poo. Carrero Blanco consideró una obcecación la postura de Castiella sobre Gibraltar, ya que además ponía en peligro las relaciones con EEUU. El ministro no dejó de de fajarse con los norteamericanos, en julio de 1968 se entrevistó con el secretario de Estado y volvió sobre el tema de Gibraltar, exponiendo de nuevo la buena voluntad de España sobre Guinea -'Telegram From the Department of State to the Embassy in Spain'-.

Así, comenzaron las argucias políticas entre bambalinas de las diferentes faccciones para influir en los partidos guineanos. Lo más chocante es que salvo un tímido intento de mostrar un deseo de independencia nacional cortado brutalmente en seco por parte del gobernador de Guinea, Faustino Ruiz González, con la tortura y asesinato de uno de sus cabecillas, Enrique Nvo en 1958 -'España en Guinea' MAriano de Castro y Donato Ndongo- en Guinea apenas había habido un movimiento cohesionado. Fue pasto por tanto de mil enredos por parte de las dos familias del régimen: Castiella apoyó a Atanasio Ndongo y Carrero Blanco a Bonifacio Ondó Edú. Se estableció una comisión para elaborar una constitución y la cuestión del escenario pos colonial comenzó a complicarlo todo. La guerra entre las dos familias del régimen acabó por dinamitarlo definitivamente.

La torpeza política

Cuando se hizo inevitable el traspaso de poderes y se convocaron elecciones a mediados de 1968, los actores políticos guineanos fueron Atanasio Ndongo, un opositor de etnia fang, cuyos resultados en la primera vuelta le garantizaron un puesto en el nuevo Gobierno como ministro de Exteriores. Bonifacio Ondó Edú, el preferido de Carrero Blanco, más proclive a los intereses españoles, que fue el gran derrotado de las elecciones. Edmundo Bosio, líder de la Unión Bubi, que a pesar de ser favorable a la independencia por separado de la isla de Fernando Poo, y ser también de la órbita de Carrero, tras la primera vuelta apoyó a Macías y fue designado vicepresidente. Y por supuesto, Macías Nguema, del IPGE -Idea Popular de Guinea Ecuatorial-, que acabó haciéndose con el poder al conseguir atraer a la etnia Fang y con el discurso unificador de las dos regiones y etnias. Todos los rivales de Macías acabaron mal: Atanasio Ndongo, ambicioso y mal asesorado, intentó un golpe de Estado sin éxito. Se ha sopechado siempre si fue ayudado por algunos miembros del régimen. Descubierto por Macías, lo tiraron por el balcón de su residencia y lo apalearon en la calle hasta morir

Mientras se dirimían las rencillas de los prebostes del regimen un joven y audaz bucavidas, el espía Paesa engañó a Macías

Bonifació Ondó Edú, como opositor corrió peligro desde el principio y se exilió a Gabón. Sin embargo, volvió al país a los pocos meses, donde fue encarcelado y, según la versión oficial, se suicidó o le suicidaron, el 5 de marzo. Edmundo Bosio tampoco escaparía a la depuración de Macías; investigado por los servicios secretos en 1974, fue detenido y ejecutado al año siguiente. Mientras la política oficial fracasaba estrepitosamente con movimientos desafortunados, que no hicieron sino incrementar las sospechas de Macías de que en realidad las autoridades españolas querían derrocarle, su paranoia se tornó en una furia antiespañola, que puso en peligro a todos los colonos.

Tragedia para los guineanos

Ayudaron sus asesores, García Trevijano, a quien los movimientos de Ndongo y otros le dieron en parte la razón y que siguió colaborando con Macías antes de su derrocamiento y beneficó a un personaje que desde el comienzo de toda esta historia orquestó, desde un piso en San Bernardo, en Madrid, en la misma semana que se oficializó la independencia, el mayor timo que se recuerde perpetrado a un país de nuevo cuño. Mientras las rencillas de los prebostes del regimen se dirimían entre torpezas y falsas esperanzas, un joven y audaz liante, el espía Francisco Paesa, consiguió engañar a Macías para constituir el nuevo banco guineano. Entre el tocomocho y la estampita pura y dura, consigió su primer gran golpe en las sombras: se llevó el dinero y desapareció dejando unas valijas cargadas de papel.

Los militares mantuvieron la calma para evitar la violencia: pero en los alrededores merodeaba el crucero Canarias

Lo que siguió en los meses posteriores, ya en 1969, la denominada Crisis de las Banderas, merece otro capítulo, pero si hay algo que se hizo bien en todo el esperpento de Guinea fue la salida, aunque levantara ampollas entre algunos Guardias Civiles, como un entonces joven teniente, Enrique Rodríguez Galindo, que dirigiría después el cuartel de las torturas de Intxaurrondo y que montaron en cólera ante las sucesivas provocaciones de Macías y sus juventudes, que sembraban el pánico. Las autoridades militares mantuvieron la calma para que no hubiera violencia: pero en los alrededores merodeaba el crucero Canarias, por si la cosa empeoraba, tal y como documentó José Luis Rodríguez Giménez: 'La independencia de Guinea Ecuatorial y el rápido deterioro de las relaciones entre España y la excolonia-.

La matanza planéo en los últimos días de la antigua colonia -provincia según algunos- pero se evitó, aunque siempre que se consulta a alguno de los que tuvieron negocios y vivieron en Guinea en aquellos años esgrimen invariablemente los mismos argumentos: "España no nos defendió, nos abandonaron". He escuchado la misma historia en muchas bocas diferentes, pero sólo hubo un muerto español, Juan José Bima, que dejó una viuda embarazada y cuyo cadáver en vez de ser repatriado se lanzó al mar. La verdadera tragedia la sufrió el pueblo guineano. Los españoles perdieron negocios, posesiones y especialmente el trato inigualable de la superioridad colonial. Eso sí, se tuvieron que pagar la vuelta de sus propios bolsillos mientras el gobierno siguió destinando durante algunos años dinero a fondo perdido en un país sumido en el caos y el terror.

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