MEMORiA HISTÓRICA

Franco entubado: las morbosas fotografías de su agonía (y su letra pequeña)

Cómo una guerra de medios (1984) impulsó la publicación de las imágenes del dictador moribundo. Las fotos dinamitaron el relato oficial de su muerte. Su filtración aún colea

Foto: Portada del polémico número de 'La Revista' de 1984.
Portada del polémico número de 'La Revista' de 1984.
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La última vez que los españoles vieron a Franco: 1 de octubre de 1975, en el balcón del Palacio Real. No se volvió a ver otra imagen del dictador hasta cincuenta días después: pero entonces ya estaba dentro de un ataúd... Muerto, sí, pero con rostró plácido tras un habilidoso embalsamamiento.

Esta elipsis visual de cincuenta días -o el intenso maquillaje de la escabechina médica a la que fue sometido- no saltaría por los aires hasta nueve años después, con la publicación de las fotos secretas de la agonía de Francisco Franco en el Hospital de La Paz. He aquí la historia (y el contexto) de su publicación.

Trasiego de 'celebrities'

El madrileño puente de Juan Bravo -que atraviesa la Castellana en pleno barrio de Salamanca- protagonizó uno de los espectáculos más grandes del mundo a finales de 1984: un constante trasiego de material de folclóricas, toreros, artistas, cachorros de la jet, agentes y amigos del buen comer y del mejor beber (lo que ahora conocemos como ‘celebrities’) cruzaba el puente para cubrir la corta distancia que separaba las redacciones de dos cabeceras del corazón: la histórica ‘Hola’, cuya redacción estaba (y están) en la calle Miguel Ángel, y la novedosa ‘La Revista’, con redacción en Serrano y financiada por el poderoso Grupo Z de Antonio Asensio.

Las ‘celebrities’ ochenteras -y sobre todo las agencias de prensa rosa- mataban dos pájaros de un tiro la misma mañana: un breve paseo por el Puente de Juan Bravo para vender una mercancía que acababa siempre en subasta al mejor postor: ‘Hola’ y ‘La Revista’ estaban enfangadas en una de las mayores guerras editoriales de la democracia.

Interior del número de 'La Revista' dedicado a la agonía de Franco.
Interior del número de 'La Revista' dedicado a la agonía de Franco.

El objeto declarado de ‘La Revista’ (sí, llamar ‘La Revista’ a una REVISTA igual no fue su mejor idea) era desbancar a ‘Hola’ del liderazgo del 'cuore' a golpe de talonario. Qué mejor manera de hacerlo que poniendo al mando a EL experto: Jaime Peñafiel, antiguo redactor jefe de ‘Hola’, donde había trabajado dos décadas y hasta pocos meses antes.

Según cuenta Santiago Miró en ‘Z, el imperio del zorro’, ‘Hola’ llegó a duplicar y triplicar el precio habitual de los reportajes para “bloquear a ‘La Revista’”. El semanal de Peñafiel y Asensio tiraría la toalla dos años después, incapaz de seguir el brutal ritmo presupuestario impuesto por ‘Hola’.

Garganta Profunda

Pero vamos al lío: la publicación de las fotos de la agonía de Franco se produjo en el contexto de esta loca trifulca entre ‘La Revista’ y ‘Hola’. Si bien no hubo puja entre ambas revistas -‘Hola’ nunca publicaría unas fotografías así, si acaso pagaría para enterrarlas- la aparición de un nuevo medio con el mismo dinero para pagar exclusivas, pero más colmillo informativo, precipitó sin duda la venta de las fotografías del Generalísimo, que llevaban 9 años metidas en un cajón esperando su oportunidad. Había llegado la hora de que personas del círculo íntimo de Franco sacaran tajada de su muerte.

Un juez quiso meterme en la cárcel, porque había utilizado el momento más sagrado de la vida de un hombre, su muerte

Pocos días después de publicarse el primer número de ‘La Revista’ (octubre de 1984), un hombre que había estado tres décadas al servicio (diario) de Francisco Franco llamó a 'La Revista' para hablar con una persona de su confianza: decía tener un material delicado sobre el dictador que haría vender muchas revistas. Peñafiel y el subdirector de la publicación se reunieron al día siguiente en Aranjuez con Garganta Profunda, persona "muy próxima a Franco". La fuente sacó un sobre. Dentro había varias fotografías en color de Franco entubado pocos días antes de su muerte, enchufado a varias máquinas, inerte, decrépito y fantasmal. Una bomba de relojería, en definitiva.

Según el antiguo empleado de Franco, las fotografías habían sido tomadas en el hospital por el doctor Cristóbal Martínez-Bordiú, Marqués de Villaverde, popularmente conocido como “el yernísimo”. Pero Garganta Profunda se habría hecho con una copia extra de tapadillo durante el proceso de revelado. ¿Cuánto pagó 'La Revista' por la exclusiva? Una cifra entre 6 y 15 millones de pesetas (las dos fuentes de 'La Revista' consultadas para realizar este artículo no se ponen de acuerdo en este punto).

No me arrepiento de nada

Tras publicarse el número de ‘La Revista’ con las fotos de Franco hecho migas, y en medio de un gran escándalo, Martínez-Bordiú admitió que la idea de tomar las fotos había sido suya, que eran de su propiedad, pero que él no era la Garganta Profunda de 'La Revista': había sido víctima de un robo, aseguró. No obstante, dado su gusto por el lucro -el yernísimo formó parte durante el franquismo de los consejos de administración de 17 empresas y llegó a ocupar ocho altos cargos médicos simultáneamente-, sus explicaciones fueron recibidas con escepticismo: a día de hoy, sigue circulando la hipótesis de que el Marqués de Villaverde hizo caja con las fotos a través de terceros, algo que Peñafiel niega tajantemente: “¡Pero si me llevó a juicio por publicarlas!”. La otra fuente de 'La Revista' descarta también rotundamente que el yernísimo se llevara un solo duro de la exclusiva.

Hablamos con Jaime Peñafiel (en forma retórica a sus 86 años) sobre la trastienda y el significado de la publicación de las imágenes.

PREGUNTA. 33 años después, sigue usted sin revelar su fuente...

Nadie sabía que se estaba alargando artificialmente la vida de un hombre por motivos políticos

RESPUESTA. Nunca he revelado su identidad, aunque Francis Franco [hijo del Marqués de Villaverde] lo ha intentado por todos los medios. Prometí no desvelarla nunca y lo he cumplido.

P. ¿Cómo se quedó al ver las fotos por primera vez?

R. Perplejo. Nadie sabía lo que había ocurrido en aquella habitación del Hospital de La Paz. Nadie sabía que se estaba alargando artificialmente la vida de un hombre por motivos políticos. En teoría nadie había hecho fotos ahí dentro.

P. ¿Pagó usted mucho, poco o el precio justo por la exclusiva?

R. Se pagó muchísimo. No lo que nos pidieron en un principio, pero sí mucho dinero.

P. A diferencia de usted, Antonio Asensio no veía nada claro publicar las imágenes.

Pagamos muchísimo por las fotos. No lo que nos pidieron en un principio, pero sí mucho dinero

R. Antonio Asensio demostró que era un gran editor: respetaba las decisiones de los directores de sus publicaciones. Me dijo que publicarlas nos iba a hacer mucho daño, pero que yo era el director. Algo de razón tenía Asensio: las fotografías me hicieron mucho daño. Acabé en los tribunales. Me pidieron 5 años de cárcel y 50 millones de pesetas de indemnización.

P. Entiendo que fue el número más vendido de ‘La Revista’ de largo.

R. No es que fuera nuestro número más vendido, es que es la revista más vendida de la historia del periodismo español. Mira, recibimos muchísimas críticas, pero los mismos que nos criticaron, acabaron comprando el ejemplar. ¡Ay, el morbo! Eso sí, yo tuve muchos disgustos, me amenazaron de muerte y tuve que ponerme un guardaespaldas. A los franquistas no les gustaron las fotos, y a los que no lo eran, tampoco, pero todo el mundo compró la revista: se vendieron un millón y pico de ejemplares en tres días.

P. ¿Por qué hizo las fotos el Marqués de Villaverde? ¿Para venderlas?

A los franquistas no les gustaron las fotos, y a los que no lo eran, tampoco, pero todo el mundo compró la revista

R. Eso ya no lo sé. Él dijo que las había hecho para un libro sobre enfermedades y operaciones, un libro sobre su suegro, pero ahí no puedo entrar, porque no lo sé. Lo único que sé es que las fotos las hizo él, me demandó y me procesaron, aunque gané el juicio.

P ¿Cómo vivió la guerra comercial entre ‘Hola’ y ‘La Revista’?

R. Fue una competencia muy dura, feroz, con muchísimo dinero de por medio. Me dolió un poco porque ‘Hola’ había sido mi casa durante 20 años, yo era parte de la imagen de la revista, pero el Grupo Z me había contratado para dirigir una nueva revista y tenía que hacerlo.

P. Competir con ‘Hola’ a base de dinero y exclusivas era complicado a medio plazo…

R. A largo, a medio y a corto plazo. Fuimos a golpe de talonario desde el primer día. Las agencias se aprovecharon de nosotros hasta el abuso, aquello era una continua subasta, muy duro. Un frenesí de famosos y folclóricas vendiendo su mercancía al mejor postor.

El doble cuerpo del Caudillo

Es inevitable hacerle a Peñafiel una pregunta para rematar: ¿Se trata de imágenes morbosas o sensacionalistas? “A ver, son las fotos de un hombre al que mantienen con vida artificialmente, con la sangre entrando y saliendo mecánicamente. Dramático, terrible. Un juez dijo que de haber sido cosa suya me habría metido en la cárcel, porque había utilizado el momento más sagrado de la vida de un hombre, su muerte; y era cierto, pero es que yo soy periodista y aquello era un documento histórico. Lo hice y lo volvería a hacer”, zanja el periodista.

Una de las personas que más (y mejor) han reflexionado sobre la doble condición de las fotografías -tan morbosas como históricamente relevantes- es la hispanista francesa Nancy Berthier, de la Universidad de la Sorbona, autora del ensayo ‘El franquismo y sus imágenes. Del cine a la propaganda’.

Berthier tiene una jugosa teoría sobre las imágenes ocultas (hasta 1984) de la agonía de Franco: o el doble cuerpo del Caudillo (cuerpo político y cuerpo natural). “Le embalsamaron rápidamente con el fin de poder exponer el cuerpo (…) y borrar su condición ‘natural’ para poner de realce el ‘cuerpo político’. Las cámaras elaboraron el ‘último retrato’ del Caudillo en base al concepto medieval de la ‘belle mort’, en el que ‘el lecho de los muertos se suele arreglar para borrar las huellas de la agonía': el último retrato está autorizado cuando todo está en orden (…) La muerte tiene que ser hermosa (…) Fue la imagen apacible de un Caudillo reposando en un lujoso féretro, cuidadosamente embalsamado por Antonio Piga y vestido con su uniforme de capitán de los ejércitos”, escribe la hispanista en el libro colectivo ‘40 años y un día. Antes y después del 20 N’ (Universidad de Valencia, 2017).

Pero, ¡ay!, las fotografías publicadas por Peñafiel dinamitaron todo esto, según la hispanista: “Contra la imagen de ‘belle mort’ que se había elaborado cuidadosamente en noviembre de 1975, las fotos mostraban la parte escondida de los últimos momentos de la vida de Franco, de un ‘cuerpo natural’ cuya cruda realidad había sido hasta entonces invisible y prohibida, e iban a competir en las memorias para ocupar el codiciado papel de ‘último retrato’”.

Hablamos con Nancy Berthier sobre la rupturista publicación de las fotos de Franco moribundo.

PREGUNTA. ¿Cómo cubrió la propaganda el envejecimiento de Franco?

Las fotos son evidentemente morbosas por la manera en que nos enfrentan con la muerte

RESPUESTA. La cobertura del envejecimiento de Franco, a partir de los años sesenta, cuando entró en la edad de la jubilación, motivó un cambio de imagen: se fue transformando paulatinamente al inflexible Caudillo en un ameno e inofensivo abuelo rodeado de unos adorables nietos. Una imagen despolitizada que, no obstante, cumplía con una obvia función política: la de banalizar un régimen que en realidad seguía siendo una implacable dictadura.

Cuando la enfermedad se hizo más visible, los medios de comunicación se emplearon en manipular las imágenes para que no fuera tan patente; por ejemplo, recurriendo a encuadres generales y montajes ingeniosos. No obstante, al final de su vida, dicho ejercicio era cada vez más complicado, como lo evidencian las tomas de su último discurso en la Plaza de Oriente, el 1 de octubre de 1975, en el que la voz inaudible, la debilidad del gesto y la flaqueza saltan a la vista.

P. ¿Y su muerte?

R. Cuando Franco desapareció del espacio público a causa de la enfermedad y empezó su prolongada agonía, la retórica de los partes médicos trató de encubrir -abusando del tecnicismo- la dura realidad del cuerpo moribundo, aunque según pasaban los días fue cada vez más complicado hacerlo.

Durante esa fase ya no se publicó ninguna imagen del enfermo. Al igual que los reyes, el Caudillo no podía asociarse a lo que el historiador de la edad media Ernst Kantorowicz llama “cuerpo natural”, de esos que viven, enferman y mueren, sino que tenía que seguir siendo un “cuerpo político”, incorruptible y eterno.

P. La publicación de las fotografías de la agonía de Franco en 1984 provocaron un pequeño 'shock'. ¿Hasta qué punto cambiaron el relato icónico oficial sobre su muerte? ¿Se trata de unas fotografías rupturistas?

Pueden herir sensibilidades por su aspecto casi esperpéntico, que sin embargo no sería más que el reflejo de la dimensión esperpéntica de los últimos días de la vida de Franco

R. Claro. El relato icónico oficial de la muerte de Franco se fundamenta en la voluntad de controlar la última imagen del Caudillo para grabarla en las retinas de los españoles para la eternidad. Las imágenes televisivas crearon un imaginario de la muerte de Franco a partir de sus funerales en torno al paradigma de la bella muerte medieval, serena y tranquila. Los días de los funerales -cubiertos íntegramente por la televisión, de la exposición de su cuerpo a la inhumación en el Valle de los Caídos- formaron un relato coherente que no admitía, al menos en el espacio público, relato contrapuesto alguno.

P. ¿Se trata de unas fotografías morbosas o su relevancia histórica está por encima de gustos y sensibilidades?

R. Son evidentemente morbosas por la manera en que nos enfrentan con la muerte en su repelente crudeza médica. Sin embargo, cumplen con un papel fundamental a nivel de la memoria del acontecimiento: el de revelar lo que se encubrió a los españoles, la crudeza de esta agonía interminable justificada por motivos políticos. Desmitifican la muerte hermosa fabricada por la propaganda mostrando el envés del decorado.

De ahí su relevancia histórica, la de testimoniar una realidad oculta. Tienen un valor de prueba, por encima de gustos y sensibilidades, aunque puedan herir sensibilidades por su aspecto casi esperpéntico, que, sin embargo, no sería más que el reflejo de la dimensión esperpéntica de los últimos días de la vida de Franco.

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