El Confidencial

Torrelodones quiere rescatar de la ruina la antigua residencia de descanso del dictador. El palacete esconde una historia de saqueos y plusvalías que aún colea. Una tarde de sustos en la casa más gótica

En el margen derecho de la carretera de La Coruña hay una mansión que lleva décadas alimentando las fantasías y las pesadillas góticas de varias generaciones de españoles. “Papá, ¿qué es eso?”, preguntan inevitablemente los chiquillos -entre curiosos e inquietos- cuando el coche pasa a la altura de Torrelodones. 'Eso' es el Palacio del Canto del Pico, que asoma amenazante sobre una cima granítica.

Pues bien: todo lo que uno haya podido imaginar sobre el palacio -¿será el Mordor español o el consulado de Transilvania?- se queda corto al recorrer la distancia entre la fantasía y la realidad: a medida que uno se acerca (a pie y monte arriba) al Canto del Pico, el malditismo de la residencia abandonada luce en todo su oscuro esplendor: nubarrones, viento cortante, contraventanas que se abren y se cierran (con estruendo) y sensación de desasosiego. ¿Habrá vigilante? ¿Se nos caerá el techo encima? ¿Tú oyes voces dentro o me estoy volviendo loco? (Había alguien dentro de la casa, sí, pero no desvelaremos quién hasta el final).

Construido por el conde de las Almenas hace casi un siglo con retales (¿expoliados?) de varios templos españoles (columnas, capiteles y claustros góticos de aquí y de allá), escenario de la fulminante muerte del expresidente del Gobierno Antonio Maura, centro de operaciones del ejército republicano en la batalla de Brunete, residencia de descanso del Generalísimo, contenedor del patrimonio de la familia Franco durante la Transición, víctima de saqueos y protagonista de pelotazos inmobiliarios, el Canto del Pico (Bien de Interés Cultural deslumbrante por fuera y arruinado por dentro) se resiste a morir: el Ayuntamiento de Torrelodones acaba de formar una comisión multipartidista para revitalizarlo. El dueño de la casa, por su parte, sigue en sus trece: vende la finca en el extranjero por una millonada. Bienvenidos a la madre de todas las mansiones encantadas...

Bienvenidos a la madre de todas las mansiones encantadas

"La casa ha sido expoliada, quemada y apuntalada, así que ya nos habíamos resignado a que se desplomara algún día, pero hemos decidido retomar el asunto y recuperar el debate público: que la propiedad, el ayuntamiento y la Comunidad de Madrid lleguen a un acuerdo para salvar un edificio que tiene una historia importante más allá de Franco", cuenta Guillermo Martín, concejal de Torrelodones del PSOE, que impulsó la creación de una comisión municipal para recuperar el palacio.

La historia de la propiedad de Canto del Pico es compleja. El palacio -situado a 1.011 metros de altura, con 110 hectáreas de terreno y 2.000 metros cuadrados de edificación- fue declarado monumento histórico en 1930. El conde de las Almenas se lo regaló a Franco en 1941 por los, ejem, servicios prestados a la patria. “Por su grandiosa reconquista de España”, rezaba el testamento del conde tras desheredar a su nieta. Una carretera unió la finca con el Palacio del Pardo. Franco pasó cientos de jornadas de asueto y caza en el Canto del Pico. Cuenta la leyenda que el Generalísimo se refugiaba allí cuando temía ser objeto de un atentado. En 1955, el Tribunal Supremo liberó al dictador de pagar impuestos por la casa por ser “un museo del Estado”, lo que no fue óbice para que la familia Franco conservara la propiedad tras morir el líder del clan. En 1976, los Franco trasladaron al Canto del Pico los regalos recibidos durante los 36 años de dictadura, pero la idea no era conservar el palacio para rememorar la figura de Franco, sino hacer caja vía pelotazo inmobiliario.

Estado del suelo del Canto del Pico

"La casa ha sido expoliada, quemada y apuntalada, así que ya nos habíamos resignado a que se desplomara algún día"

Las engorrosas negociaciones entre la propiedad del Canto del Pico y el Ayuntamiento de Torrelodones arrancan aquí, llegan hasta nuestros días y están marcadas por la dificultad para conciliar los intereses públicos -recuperar el patrimonio histórico y respetar la legalidad arquitectónica (el palacio es BIC) y medioambiental (forma parte del Parque Regional de la Cuenca del Manzanares desde 1985) con el privado -sacar el máximo dinero posible al terreno.

Los Franco intentaron primero convertir la finca en urbanización: dividirla en 40 parcelas y venderlas a cinco millones de pesetas cada una. “La parcelación resultaba legalmente imposible, porque el terreno estaba calificado como rústico forestal y no era edificable. Nosotros estábamos dispuestos a negociar a cambio de que cedieran el palacio y unos 70.000 metros cuadrados de terreno”, contaba Serapio Crespo, exalcalde de Torrelodones (UCD), en ‘Los Franco S.A.’ (Mariano Sánchez Soler, 2003). El alcalde pidió a los Franco la propiedad del palacio (para reconvertirlo en centro cultural) y varias hectáreas (para parque infantil y guardería); a cambio, permitiría segregar el resto de la finca, pero no para construir chalés, sino como explotación agrícola o ganadera. Los Franco abandonaron la negociación horrorizados. El disparate democrático y rojeras ya estaba en marcha, debieron pensar.

En 1985, un misterioso millonario árabe estuvo a punto de comprar la finca, pero el marqués de Villaverde (el yernísimo) “pedía demasiado dinero”, según Sánchez Soler. Finalmente, en 1988, los Franco culminaron su pelotazo: el hostelero español José Antonio Oyamburu Goicoechea, vecino de la zona que había hecho una fortuna en Inglaterra rehabilitando palacios en mal estado, pagó 320 millones de pesetas (1,9 millones de euros) por la propiedad a través de la empresa Stoyman Holdings Limited (SHL).

Pintadas en el interior del Canto del Pico

De Oyamburu Goicoechea, que hoy vive en un pueblo cercano (Hoyo de Manzanares), se cuentan cosas curiosas en Torrelodones. “El problema de fondo es por qué una propiedad del Estado termina en manos de Franco como propiedad privada, y su hija [Carmen] se la vende al hermano del cura del pueblo que confesaba al dictador en la capilla del Canto del Pico”, susurran fuentes políticas de Torrelodones.

El nuevo dueño quería construir un hotel de lujo, pero tardó una eternidad en arrancar la obra y la licencia caducó a principios del siglo XXI. Desde entonces no se ha movido una piedra y el palacio ha sido víctima de expolios e incendios (no era la primera vez). Según fuentes municipales, el proyecto hotelero, que incluía modificaciones drásticas en la casa y la construcción de un helipuerto, era “demasiado megalómano” para una zona protegida.

Vistas desde el Canto del Pico

En 1976, los Franco trasladaron allí los regalos de 36 años de dictadura, pero la idea no era conservar el palacio para rememorar la figura de Franco, sino hacer caja vía pelotazo inmobiliario

La década pasada, Torrelodones lanzó su última ofensiva para hacerse con la propiedad de la finca, pero la operación se frustró por diferencias económicas insalvables. “Los técnicos del ayuntamiento tasaron la propiedad en cuatro millones de euros y el dueño en... 15 millones. No hubo ninguna posibilidad de acercamiento”, según fuentes municipales conocedoras de la operación.

Inasequibles al desaliento, los grupos políticos de Torrelodones buscan ahora soluciones para recuperar el palacio, aunque la compra está absolutamente descartada a causa de las estrecheces presupuestarias típicas de la crisis. Se trataría más bien de dinamizar una posible venta y rehabilitación. Mientras, en Storyman Holdings Limited siguen a lo suyo: el Palacio del Pico está a la venta en el extranjero por 20 millones de euros, como demuestra un anuncio de la web británica Investabroadproperties. “Un lugar maravilloso e ideal para construir un hotel” y un “resort con spa”, resume el anuncio, que también glosa el pasado histórico de la casa.

En efecto, el anecdotario del Canto del Pico es inagotable. El matrimonio formado por Merry Martínez-Bordiú, nieta de Franco, y Jimmy Giménez-Arnau, escritor y periodista, se instaló en la finca tras la muerte de Franco; no en el palacio, sino en la caseta rehabilitada del guarda. Giménez-Arnau contó todo tipo de detalles del Canto del Pico en ‘Yo, Jimmy. Mi vida entre los Franco’ (Planeta, 1981).

Grafitis en la fachada del Canto del Pico

El malditismo de la residencia abandonada luce en todo su oscuro esplendor: nubarrones, viento cortante, contraventanas que se abren y se cierran (con estruendo) y sensación de desasosiego

La viuda de Franco se presentó un buen día en la finca para llevarle un regalo a Jimmy. Había motivos para celebrar: Merry estaba embarazada. Pero, ¡ay!, no fue el típico regalo que uno espera de una futura bisabuela. “Como dentro de poco vais a ser más, te traigo esto para que no paséis miedo”, dijo 'la Señora' a Jimmy. 'Esto' era una ametralladora que la Guardia Civil había regalado a Franco. Entrañable, sí. Jimmy pasaría los siguientes meses con la paranoia de ser empurado por tenencia ilícita de armas.

El marqués de Villaverde, por su parte, hizo honor a su leyenda de fontanero mayor del reino al instar a Jimmy a camelar al alcalde de Torrelodones para engrasar el pelotazo: “La operación estaba en marcha, pero como el avaro siempre quiere más, va y me propone que hable con el alcalde... y me dice: ‘... a ver si tú, ya sabes, hay que chalanear, ya sabes, chalaneo, de chalanear...’”. El chalaneo no tuvo éxito alguno porque, según Jimmy, el alcalde de la UCD era un hombre honrado.

Una de las ventanas del Canto del Pico

"No hay nada como ganar una guerra para incorporarte un monte con jabalíes y jaras", escribe irónico Giménez-Arnau sobre la suerte inmobiliaria de la familia Franco.

Jimmy se deleita también al recordar la memorabilia franquista del Canto del Pico: "Eran los regalos que el General había ido recibiendo durante su mandato... Había toneladas y toneladas de ellos. Había en amontonamiento docenas de colchones, cientos de distintas clases de bustos del General… Había mil objetos religiosos. La capilla, como un imán, había atraído todo aquello que tenía olor a testamento. Entre cortinas descolgadas surgía una rebelión de ángeles, crucifijos, reliquias, botafumeiros, sillones y sofás destrozados por siestas clericales, misales, vírgenes y santos. De oropeles había un recargamiento tal que allí nunca pudo haber cabido una buena contrición. Era lo sacro en estado cutre".

Estado del interior del Canto del Pico

"¿Por qué una propiedad del Estado termina en manos de Franco y su hija se la vende al hermano del cura del pueblo que confesaba al dictador?"

Pero del 'horror vacui' franquista hemos pasado al arrase minimalista. Uno pasea ahora por las ruinas del Canto del Pico y lo único que espera encontrar es a los fantasmas del franquismo. Un grafiti amenaza en letras rojas gigantes en una pared de la casa: “ESTÁIS ATRAPADOS”. ¿Atado y bien atado?

PD: Al llegar al Canto del Pico, se produjo una de esas situaciones entre el surrealismo y el infarto de miocardio: oímos voces dentro de la casa; en concreto, estas voces: “Hay que decirle a Paquito que arregle la calefacción”. ¿Era el dueño de la casa? No, dos chicos y una chica que querían pasar la noche en Palacio, en plan aventura esotérica loca, pero acabaron desistiendo por el frío. Ah, 'Paquito' no es el fontanero de Torrelodones, sino Francisco Franco Bahamonde (excaudillo de España). La guasona chavalada democrática ni perdona ni olvida.

Suelo en el interior del Canto del PicoVista desde el exterior del Canto del Pico