de nirvana a SONIC YOUTH

¿De verdad la industria máto a Kurt Cobain? 25 años de la explosión del rock alternativo

Se cumple un cuarto de siglo del movimiento musical que marcó los noventa. Balance del fenómeno con Nacho Vegas, Lucía Etxebarria, Ignacio Julià y Pérez de Ziriza

Foto: Portada del 'Nevermind' de Nirvana
Portada del 'Nevermind' de Nirvana
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Nirvana. REM. Radiohead. Pearl Jam. Sonic Youth. Nine Inch Nails. Pavement. Son solo algunos de los grupos de rock underground que hace un cuarto de siglo (entre 1991 y 1993) saltaron al primer plano de la escena musical. La mayoría se caracterizaban por su sonido crudo, el uso de guitarras distorsionadas y la oscuridad de sus producciones. También por unas letras donde la depresión solía ser sinónimo de prestigio y la alegría síntoma de estupidez. En el plano comercial, se rebelaban contra la lógica tradicional de la industria discográfica.

Por ejemplo, REM y Nirvana arrasaron con sus álbumes de 1991, ‘Out Of Time’ y ‘Nevermind’. Avergonzados o incómodos por su éxito, sus siguientes discos sonaban densos, melancólicos y deliberadamente ajenos a lo que pedían las radiofórmulas. La industria discográfica se enfrentaba a artistas de comportamiento impredecible, más preocupados por su prestigio que por su éxito comercial. Es un fenómeno que no se ha vuelto a repetir, quizá por eso merece la pena echar la vista atrás y valorar cuánto tuvo de valioso y cuánto de postureo.

Aborregamiento colectivo

Ignacio Julià, ex director de la revista 'Ruta 66' es un periodista que vivió aquella época a fondo, cultivando una estrecha relación con Sonic Youth (sobre quienes ha escrito un libro) pero con la distancia de llegar bien entrado en la treintena. “La filosofía slacker, que podríamos traducir por ‘pringado’, aquel pasotismo embobado que tanto daño hizo, fue en mi opinión más relevante que esta supuesta deriva deprimente en Radiohead o Nirvana. En los noventa, la cadena musical MTV logra sus mayores cuotas de aborregamiento musical colectivo y está emergiendo la nueva realidad de Internet, ambos son factores influyentes en aquel zeitgeist alternativo”, cuenta Juliá.

En el rock suele ocurrir, como en la vida, que los rebeldes de ayer son los apoltronados de hoy

Precisamente, esa etiqueta fue uno de los emblemas de los noventa, aunque costara encontrar una definición precisa. “En el rock, la rebeldía debería asociarse a un factor emocional de la adolescencia y la primera juventud más que a cuestiones sociopolíticas, aunque también hay músicos que hacen de ello un discurso antisistema. En el rock suele ocurrir, como en la vida, que los rebeldes de ayer son los apoltronados de hoy”, remata.

El suicidio

A comienzos de los noventa, el cantautor Nacho Vegas era un adolescente empapado de esa escena musical. Militaba en el grupo Eliminator Jr. y luego formó parte de los prestigiosos Manta Ray. Con la perspectiva del tiempo, opina que las letras confundidas y depresivas de muchos artistas de aquellos años reflejaban el malestar juvenil. “El fenómeno grunge fue fagocitado por el mercado con una rapidez que ahora nos parece natural, pero entonces nos dejó boquiabiertos. La situación política y social era jodida, pero además es que no había un horizonte de cambio. La respuesta cultural estaba cargada de un nihilismo que tal vez encerrara una postura reaccionaria, pero paradójicamente era también la forma de aquellas bandas de mostrar su disconformidad con el mundo que estaban viviendo y desde luego fue algo sintomático de la época”.

El fenómeno grunge fue fagocitado por el mercado con una rapidez que ahora nos parece natural, pero entonces nos dejó boquiabiertos

Vegas vivió aquella escena con intensidad, como ilustra esta anécdota: “Recuerdo la noche en que corrió como la pólvora la noticia del suicidio de Kurt Cobain. En ese momento sentí raba y me dediqué a decir a quien quisiera escucharme que a Kurt Cobain lo había asesinado la industria musical. Otra de las bandas grunge que me gustaban era Mudhoney, que tal vez no tuvieran el éxito de otras porque cantaban con un tipo de rabia particular, la canción “Fuck me, I'm sick!" es un ejemplo”, recuerda.


Por si había dudas, Vegas subraya que la vida de un rockero alternativo estadounidense era muy distinta a la de uno de Gijón. Sus recuerdos resultan reveladores: “Cuando grabamos el primer álbum Manta Ray no teníamos ninguna perspectiva. Nuestro plan consistía en tocar en los locales de Asturias donde nos dejaban y, si salía algún concierto fuera -que era algo excepcional- meternos todos en el Renault 5 de Nacho Álvarez y llegar de milagro a los sitios. Teloneamos a Mercromina en varios conciertos. Recuerdo que a veinte kilómetros de Albacete el coche dijo basta. Ganamos el Villa de Bilbao en 1995, fue un momento muy ilusionante. Nos dieron dinero para grabar nuestro primer álbum y comprar algo de material para la batería. El resto se lo entregamos a Subterfuge, nuestra discográfica, para que pagase el estudio. Es decir, el disco lo pagamos nosotros, aunque la grabación le perteneció a Subterfuge siempre. Jamás nos liquidó una sola peseta de royalties. Nosotros tampoco los pedíamos, nos parecía suficiente con que alguien quisiera editar nuestras canciones”, apunta.

Aguafiestas Radiohead

A principios de los noventa todo era demasiado ingenuo y naíf como para alcanzar las cotas de cinismo de hoy en día

El periodista Carlos Pérez de Ziriza, que acaba de publicar ‘Indie y rock alternativo’ (Ma Non Troppo, 2017), coincide con la versión de Vegas. “Creo que el sustrato donde germinó el grunge estaba claramente determinado por la depresión económica que padecía la zona del noroeste estadounidense tras años de liberalismo asilvestrado por parte de Ronald Reagan y Bush padre. Eso influyó en que la música de Seattle y Olympia (Washington) tuviera ese componente de acritud. El caso de Radiohead es muy distinto, porque ellos fueron como los cenizos que encienden la luz y cortan la música en medio de la fiesta para invitar a todo el mundo a volver a sus casas a dormir la mona, dado el triunfalismo patrio que había caracterizado a la producción britpop entre 1994 y 1997. En cierto modo releen el espíritu del grunge (no hay más que escuchar sus dos primeros discos) pero luego lo convierten en otra cosa cuando llega ‘OK Computer’ (1997), curiosamente, justo en el año en el que Tony Blair gana sus primeras elecciones”, señala. ​

De Ziriza también reivindica la candidez noventera: “Había cierto cinismo e ironía en bandas de espíritu slacker, pienso por ejemplo en Pavement, pero creo que aquel cinismo no tiene ni punto de comparación con la ironía postmoderna en la que vivimos instalados desde hace por lo menos una década, que muchas veces viene a encubrir carencias propias, ya sean creativas o de estilo. A principios de los noventa todo era demasiado ingenuo y naíf como para alcanzar las cotas de cinismo de hoy en día. La prueba es que todos pensábamos que podía prosperar una alternativa real al imperio de las multinacionales y las radiofórmulas de entonces. Tal grado de bendita ingenuidad es difícilmente compatible con el cinismo”, explica.

Ahora muchos relacionan los noventa con el grunge, pero dentro de poco se recordará por la música de baile

Nuestra última fuente es la escritora Lucía Etxebarria, que vivió la música de los noventa en primerísima fila. “Trabajaba en la discográfica Nuevos Medios, en la FNAC, tenía el carné de la sala Revólver (Madrid) y mi hermano era el director de Sony. Solía viajar a Manchester y tenía acceso a todo”, explica. Etxebarria disputa con solvencia la tesis central de este reportaje: “Ahora muchos relacionan los noventa con el grunge, pero dentro de poco se recordará por la música de baile tipo The KLF, C&C Music Factory y Technotronic. Recuerdo haber visto a Pearl Jam en Miami y me parecieron un puto coñazo. Si hoy les pinchas en una fiesta de modernos se marcha todo el mundo, lo ven como música de viejos, pero si pones 'This beat is Technotronic' se vienen arriba, igual que mi hija”, afirma.

También señala otro factor importante de la explosión alternativa: “En aquella época, la industria discográfica estaba boyante y podía apostar por muchos grupos y mantenerlos aunque no vendieran millones. Ahora solo cuentan los superventas y eso dificulta que haya artistas de éxito medio”.


La escritora pone en duda que lo más interesante de aquellos años ocurriese en el mundo anglosajón. De hecho, podría considerarse que uno de los epicentros creativos era…España. “Todos estos ídolos británicos venían de vacaciones hooligan a Valencia, Ibiza y Barcelona. Bernard Sumner cuenta en sus memorias lo importante que fue la isla para él, le dedica muchas páginas. Yo recuerdo haber llevado a The Shamen a la discoteca Puzzle, un clásico de la ruta del bakalao. Flipaban con Chimo Bayo y con el ambiente de Valencia. A las ocho de la mañana yo sentía estar en un sitio cutre, lleno de adolescentes vomitando, pero ellos lo veían como el paraíso porque Hacienda se cerraba a las cuatro como mucho”, recuerda.

Aclarado esto, reconoce que la historia del grunge es relevante para explicar la época. “Estoy muy enganchada al culebrón del suicidio de Chris Cornell. Es un tipo que pasó de los garitos rockeros a las alfombras rojas, hasta el punto de que se casó con una relaciones públicas. Estaba todo el día vestido de diseño. Eso explica bastante el rock de la época”, concluye Etxebarria.

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