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Palabra de Lorca. Palabra de poeta
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80 años de su muerte

Palabra de Lorca. Palabra de poeta

No hay mejor forma de homenajear a Lorca que con Lorca. Paula Ortiz, Alberto Conejero, Daniel Grao, Darío Facal, Irene Escolar y Juan Echanove lo hacen a través de sus palabras

Foto: 'Con el carro del Chaná', de José Gómez Rifas.
'Con el carro del Chaná', de José Gómez Rifas.

Lorca por Lorca

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No hay mejor forma de homenajear a Lorca que con Lorca. Lorca a través de los ojos, las palabras y la selección de quienes lo aman y lo devoran. A través de quienes lo han estudiado, adaptado, interpretado y, sobre todo, de quienes se han dejado poseer por la poesía y la verdad de sus palabras.

Los directores Paula Ortiz, responsable de 'La novia', su personal versión cinematográfica de 'Bodas de sangre', y Darío Facal, que acaba de montar 'Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín'; el dramaturgo Alberto Conejero, padre de la bellísima 'La piedra oscura', que retrata las últimas horas de Rafael Rodrígurez Rapún, uno de los últimos amores del poeta, y está compilando toda la documentación del archivo familiar para escribir un ensayo sobre él, y su protagonista, Daniel Grao; Juan Echanove, que junto a Lluís Pasqual ha dado vida a los personajes más imposibles del poeta, e Irene Escolar, que acaba de protagonizar 'El público', de Àlex Rigola, han seleccionado una poesía o un fragmento de una obra de Lorca para rendir hoy, 81 años después de tan injusta y descarnada pérdida, amor a su palabra. O lo que es lo mismo, seis lecturas en forma de homenaje para seguir rindiéndonos a la poderosa, y tan enérgica como el primer día, luz del poeta granadino.

'Tu infancia en Menton'

placeholder Rafael Rodríguez Rapún, junto a Federico García Lorca, en el Hotel Reina Cristina de Algeciras. (Herederos de Rodríguez Rapún)
Rafael Rodríguez Rapún, junto a Federico García Lorca, en el Hotel Reina Cristina de Algeciras. (Herederos de Rodríguez Rapún)

Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
El tren y la mujer que llena el cielo.
Tu soledad esquiva en los hoteles
y tu máscara pura de otro signo.
Es la niñez del mar y tu silencio
donde los sabios vidrios se quebraban.
Es tu yerta ignorancia donde estuvo
mi torso limitado por el fuego.
Norma de amor te di, hombre de Apolo,
llanto con ruiseñor enajenado,
pero, pasto de ruina, te afilabas
para los breves sueños indecisos.
Pensamiento de enfrente, luz de ayer,
índices y señales del acaso.
Tu cintura de arena sin sosiego
atiende sólo rastros que no escalan.
Pero yo he de buscar por los rincones
tu alma tibia sin ti que no te entiende,
con el dolor de Apolo detenido
con que he roto la máscara que llevas.
Allí, león, allí, furia del cielo,
te dejaré pacer en mis mejillas;
allí, caballo azul de mi locura,
pulso de nebulosa y minutero,
he de buscar las piedras de alacranes
y los vestidos de tu madre niña,
llanto de media noche y paño roto
que quitó luna de la sien del muerto.
Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
Alma extraña de mi hueco de venas,
te he de buscar pequeña y sin raíces.
¡Amor de siempre, amor, amor de nunca!
¡Oh, sí! Yo quiero. ¡Amor, amor! Dejadme.
No me tapen la boca los que buscan
espigas de Saturno por la nieve
o castran animales por un cielo,
clínica y selva de la anatomía.
Amor, amor, amor. Niñez del mar.
Tu alma tibia sin ti que no to entiende.
Amor, amor, un vuelo de la corza
por el pecho sin fin de la blancura.
Y tu niñez, amor, y tu niñez.
El tren y la mujer que llena el cielo.
Ni tú, ni yo, ni el aire, ni las hojas.
Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.

"Tu infancia en Menton' es un baile de ascuas, un disparo al corazón en endecasílabos blancos. Tiene algo de grito pecho adentro, de última brazada de un amor que se ahoga. Sus 45 versos proclaman la norma de vida -romper la máscara y ser quienes realmente deseamos ser antes de que nos devore el tiempo- que alumbrará su teatro más radical: 'El público' y 'Así que pasen cinco años". Alberto Conejero.

'El amor duerme en el pecho del poeta'

placeholder Federico García Lorca.
Federico García Lorca.

Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.

Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.

Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.

Pero sigue durmiendo, vida mía.
Oye mi sangre rota en los violines.
¡Mira que nos acechan todavía!

"Tengo la suerte de leer este poema en cada representación de 'La piedra oscura' desde mi personaje Rafael Rodríguez Rapún a mi carcelero. En un intento de que comprenda "nuestro amor prohibido". Y quizá también lo elijo para reivindicar los 'Sonetos del amor oscuro', que durante tanto tiempo estuvieron, precisamente, en la oscuridad". Daniel Grao.

'Nueva York (Oficina y denuncia)'

placeholder Federico García Lorca.
Federico García Lorca.

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna;
un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
He venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.

Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, cantando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles
en la patita de ese gato quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio,
yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

"Quizá no es el texto más brillante de 'Poeta en Nueva York', ni el más surrealista, ni el que recoge el universo lorquiano con más intensidad ni mayor evocación simbólica, pero es un poema que cuenta muy bien el absurdo, la grieta y el dolor de nuestro tiempo. Y cuando hablo de nuestro tiempo hablo de nuestro aquí y ahora, agosto de 2016, España. Es un poema que grita y dice con claridad cómo ignoramos que debajo de cada número, de cada dato, de cada estadística, de todas las previsiones económicas, políticas… hay gente sufriendo. 'Hay una gota de sangre', 'hay un río que viene cantando por los dormitorios de los arrabales...'. Es un poema de víscera, de grito desesperado, de indignación y de justicia: 'Yo denuncio a toda la gente que ignora a la otra mitad, (...) esa mitad irredimible', acorralada... Creo que precisamente hoy, en días con tanto ruido, precisamente ahora que estamos recordando su muerte, es necesario recordar ese grito 'de denuncia de estas desiertas oficinas que no radian las agonías'. Este grito de denuncia de esa gente que ignora la otra mitad". Paula Ortiz.

'Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín'

placeholder Federico García Lorca, con un cartel de La Barraca.
Federico García Lorca, con un cartel de La Barraca.

Amor, amor
que estoy herido.
Herido de amor huido,
herido,
muerto de amor.
Decid a todos que ha sido
el ruiseñor.
Bisturí de cuatro filos,
garganta rota y olvido.
Cógeme la mano, amor,
que vengo muy mal herido,
herido de amor huido,
¡herido!
¡Muerto de amor!

"Escojo este poema contenido en 'Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín' porque tal vez sea, y no solo para mí, uno de los más hermosos de toda la obra poética lorquiana. Pura Ucelay, que dirigió el estreno de la pieza en abril de 1933, recuerda en sus memorias cómo Lorca, en mitad de un ensayo, compuso el poema sobre sus rodillas para cerrar el segundo cuadro. El poema es de una extrema elegancia por su delicadeza, simplicidad y honestidad, al tiempo que dramáticamente introduce la tensión trágica que necesita la obra para precipitarse hacia su desenlace. Estos versos no dejan de emocionarme cada vez que los leo, y dado que están incluidos en una de las obras menos conocidas de Federico, considero fundamental recordarlos aquí". Darío Facal.

'Grito hacia Roma'

placeholder Lorca, retratado por Buñuel.
Lorca, retratado por Buñuel.

Manzanas levemente heridas
por finos espadines de plata,
nubes rasgadas por una mano de coral
que lleva en el dorso una almendra de fuego,
peces de arsénico como tiburones,
tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud,
rosas que hieren
y agujas instaladas en los caños de la sangre,
mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos
caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula
que untan de aceite las lenguas militares
donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma
y escupe carbón machacado
rodeado de miles de campanillas.

Porque ya no hay quien reparte el pan ni el vino,
ni quien cultive hierbas en la boca del muerto,
ni quien abra los linos del reposo,
ni quien llore por las heridas de los elegantes.
No hay más que un millón de herreros
forjando cadenas para los niños que han de venir.
No hay más que un millón de carpinteros
que hacen ataúdes sin cruz.
No hay más que un gentío de lamentos
que se abren las ropas en espera de la bala.
El hombre que desprecia la paloma debía hablar,
debía gritar desnudo entre las columnas,
y ponerse una inyección para adquirir la lepra
y llorar un llanto tan terrible
que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante.
Pero el hombre vestido de blanco
ignora el misterio de la espiga,
ignora el gemido de la parturienta,
ignora que Cristo puede dar agua todavía,
ignora que la moneda quema el beso de prodigio
y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.

Los maestros enseñan a los niños
una luz maravillosa que viene del monte;
pero lo que llega es una reunión de cloacas
donde gritan las oscuras ninfas del cólera.
Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas;
pero debajo de las estatuas no hay amor,
no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo.
El amor está en las carnes desgarradas por la sed,
en la choza diminuta que lucha con la inundación;
el amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre,
en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas
y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas.

Pero el viejo de las manos traslúcidas
dirá: amor, amor, amor,
aclamado por millones de moribundos;
dirá: amor, amor, amor,
entre el tisú estremecido de ternura;
dirá: paz, paz, paz,
entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita;
dirá: amor, amor, amor,
hasta que se le pongan de plata los labios.

Mientras tanto, mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto,
los negros que sacan las escupideras,
los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los directores,
las mujeres ahogadas en aceites minerales,
la muchedumbre de martillo, de violín o de nube,
ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro,
ha de gritar frente a las cúpulas,
ha de gritar loca de fuego,
ha de gritar loca de nieve,
ha de gritar con la cabeza llena de excremento,
ha de gritar como todas las noches juntas,
ha de gritar con voz tan desgarrada
hasta que las ciudades tiemblen como niñas
y rompan las prisiones del aceite y la música,
porque queremos el pan nuestro de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada,
porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra
que da sus frutos para todos.

"Me quedo con este poema que me descubrió Lluís Pasqual en un taller en la Bienal de Venecia. A grandes rasgos, para mí es un poema que habla del triunfo de lo material, de lo inhumano y lo desalmado, sacrificando el amor y la fe. Es un poema que Lorca escribe a Pío XI, y es una oda a la injusticia y un acto de desesperación, pero, sobre todo, a mí lo que me emociona es ese grito de desconsuelo por cómo se ha sacrificado el amor y la fe en la humanidad para que triunfe lo material, lo banal y lo que deshumaniza". Irene Escolar.

'El público'

placeholder Lorca, en La Habana.
Lorca, en La Habana.

Director: Yo conocí a un hombre que barría su tejado y limpiaba claraboyas y barandas únicamente por galantería con el cielo.

"He escogido este texto de 'El público' porque creo que es una réplica que encierra toda la elegancia lorquiana y, a la vez, está teñida de ese nubarrón que a veces 'poseía' al autor". Juan Echanove.

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