Cuando Fernando del Paso se encontró con Cervantes: "¿Quijotitos a mí?"
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Cuando Fernando del Paso se encontró con Cervantes: "¿Quijotitos a mí?"

¿Cómo valoraría el nuevo Cervantes Fernando del Paso la obra de Don Miguel si se lo encontrara este sábado en un parque de la villa alcalaína? Algo tal que así...

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Del paso celebra su 81 cumpleaÑos con "reposo" antes de recibir cervantes

Borges, que fue premio Cervantes pero nunca ganó el Nobel para confirmar la injusticia histórica de este galardón, se encontró ya mayor con otro Borges veinteañero en un parque de Ginebra. Fue un encuentro anómalo y despiadado en el que ni el joven se reconocía en las desencantadas ideas del viejo o en su aposentada estética literaria ni al viejo conmovían ya el idealismo ingenuo del joven ni sus fogosos retrúecanos ultraístas. Aquella anómala cita la registró el escritor argentino en un cuento que supone la extravagancia máxima de un clásico género narrativo, el encuentro de un escritor con sus precursores, a modo de ficción, como el caso borgiano, ensayo, comentario, exégesis o disipación de su particular "ansiedad de la influencia".

El mexicano Fernando del Paso (Ciudad de México, 1935) que hoy leerá en Alcalá de Henares su esperado discurso de recogida del Premio Cervantes también tuvo su peculiar encuentro nada menos que con el mismo Cervantes en un libro delicioso que ofrece muchas pistas sobre su discurso de hoy y acerca de su obra literaria, poco conocida en nuestro país

'Viaje alrededor del Quijote' (2004) es un libro menor comparado con esos tres pilares de la narrativa de Fernando del Paso que son 'José Trigo' (1966), 'Palinuro de México' (1977) y 'Noticias del Imperio' (1987) pero es también el título que mejor resume, con su originalidad y iconoclastia la línea que va de Cervantes al premio Cervantes. ¿Cómo valoraría Fernando la obra de Miguel si se lo encontrara este 23 de abril en un parque de la villa alcalaína? Algo tal que así...

¿Quijotitos a mí?

"¿Quijotitos a mí? ¿A mí quijotitos y a tales horas? A lo largo de toda la historia de 'El ingenioso hidalgo —y después caballero— Don Quijote de La Mancha', destacan, entre un sinnúmero de expresiones por demás conspicuas y sorprendentes, dos frases inolvidables que parecen encajadas en el texto, embutidas, como el nácar taraceado en la madera. Una de ellas la dice el lastimado Durandarte, cuyo corazón, que Montesinos se ha encargado de amojamar, está tan salado como Don Quijote: “Paciencia y barajar”. Pese a que en todo el celebérrimo episodio de 'La cueva de Montesinos' abunda lo absurdo y lo grotesco, esa frase se lleva las palmas por su incongruencia. La otra expresión prorrumpe —por así decirlo— de los labios de Don Quijote, ante la jaula de los leones: “¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos y a tales horas?” Acostumbrados como nos tiene Cervantes a las actitudes desafiantes del hidalgo desde uno de los primeros capítulos del libro, cuando su héroe se enfrenta a los mercaderes con voz levantada y “ademán arrogante”, no nos deja, sin embargo, de sorprender tal exclamación, ya que nunca antes Don Quijote se había mostrado, ni se mostraría después, a tal grado petulante y fanfarrón."

El viaje como aventura de la imaginación

"El libro de Cervantes es asimismo, quizás, un viaje que tiene como punto de partida la ilusión y como punto de llegada la desolación, si estamos de acuerdo con Harry Levin quien afirma que, después de Montesinos, cada capítulo es una estación en el peregrinaje del desencanto. De cualquier manera, y en cierta medida, toda obra de ficción: novela, cuento o teatro, implica un desplazamiento por el tiempo y por el espacio, tanto del autor como de sus lectores. El viaje de cada lector será distinto según su capacidad de vuelo, su deseo de volar, y su concentración. Y el autor, será su único y exclusivo guía. Es decir, habrá tantos autores diferentes como lectores que los sigan".

El salto inmortal de Don Álvaro de Tarfe

"En la obra de Miguel de Cervantes nos encontramos varios saltos notables, unos divertidos pero creíbles, otros también divertidos pero inverosímiles. (...) Ningún salto, sin embargo, tan extraordinario, tan descomunal, como el que dio Don Álvaro Tarfe al brincar desde 'El Quijote' de Avellaneda, para caer, tan campante, en el capítulo LXXII de la segunda parte de 'El Quijote' de Cervantes. Ninguno, tampoco, de tanta posible trascendencia literaria, y que diera pie para tanta sabrosa especulación, como la que ha habido y de seguro habrá. (...) pese a todo, pese a sí mismo, El 'Quijote de Avellaneda' ha sido reeditado una y otra vez, y lo será mientras haya cervantistas en el mundo. Es un libro del cual no se puede prescindir cuando se estudia a Cervantes, independientemente de que la historia que cuenta, lejos de ser infiel y mentirosa, es fiel y verdadera, y de ello, de su fidelidad y de su verdad, tienen la culpa tanto Cervantes, el autor, como Don Quijote, el personaje. Y la prueba fehaciente —así la llamaría yo— es la súbita aparición de Don Álvaro Tarfe en las páginas del auténtico Quijote. Don Álvaro Tarfe, quien con su salto no sólo cambia de libro y de autor, sino que parece también cambiar de nacionalidad: se exilia del oscuro país del Quijote de Avellaneda, y se naturaliza en la luminosa patria de Cervantes".

El caso del aposento desaparecido

"Don Quijote no es un tonto en el sentido de que, si como antes afirmábamos, el decir una que otra mentira no lo vuelve a uno mentiroso, tampoco el hacer una que otra tontería, por gorda que sea, hace de uno un tonto. Digamos que Don Quijote es, casi siempre un loco, algunas veces cuerdo, y unas pocas, tonto. Otras, parece ser las dos cosas: tonto y loco. (...) Y tonto, más que tonto, tontísimo, tontérrimo —Don Tonto y alma de cántaro, como lo llamó el siniestro eclesiástico—, cuando en el capítulo VI de la primera parte se despierta en su casa, busca en vano el aposento de sus libros y el ama dice que todos los libros, y con ellos el aposento —o al revés—, se los llevó el sabio Muñatón. Y Don Quijote, tras corregir al ama: “Frestón, diría”, comulga con la rueda de molino entera como si nada".

La inmóvil y muy desconocida hermosa

"Don Quijote es el primero y único y verdadero encantador de Dulcinea. Es decir, de Aldonza Lorenzo, a quien transforma en aquélla, gracias a su canto. (...) Don Quijote canta, con sus palabras, las muchas virtudes y encantos de aquella a quien le dio un nombre “músico, peregrino y significativo”, canta a la famosa, honesta y sabia y bella sobre las bellas Dulcinea del Toboso, la emperatriz de La Mancha, la linda y dulcísima, la sin par reina y señora suya, a quien en ser hermosa nadie iguala, y en la buena fama pocas le llegan. (...) Y al cantarle Don Quijote a Dulcinea, la encanta. (...) La bibliografía sobre Dulcinea y sus significados, sin embargo, está destinada a tener cada vez mayor peso, más rollizas carnes. Tentación que muchos críticos y hasta lectores comparten, es, por ejemplo, considerar que Don Quijote se inventa a Dulcinea como un pretexto —pretexto dorado, diría yo— para alejar a todas las mujeres que, según él, desean seducirlo. En el capítulo titulado “El Increíble Caso del Aposento Desaparecido”, me referí a lo que llamé la tendencia a aplicar un ojo clínico a la chifladura de Don Quijote así como a otros aspectos del libro. Mis ejemplos no fueron exhaustivos, y cabe agregar algunos más en relación con varios temas, como el sexo y el erotismo, cuya vinculación con Dulcinea es inevitable así no sea que para subrayar el carácter exclusivamente platónico, asexual, del amor de Don Quijote hacia su dama. Temas que de alguna manera han sido vinculados, algunas veces, con la vida y las pasiones de Cervantes, con sus relaciones familiares —en particular con las mujeres—, con sus probables hábitos y manías e incluso con sus supuestas preferencias sexuales".

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