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Una 'nobel' cercada por los fantasmas de la Unión Soviética
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¿Venganza geopolítica?

Una 'nobel' cercada por los fantasmas de la Unión Soviética

Svetlana Alexievich, la chica que empezó en la prensa local organizando las cartas al director, es la nueva poseedora del mayor premio literario. Y en el nuevo imperio ruso no están contentos...

Foto: Svetlana Alexievich este jueves en Minsk tras conocer la noticia (REUTERS/Vasily Fedosenko)
Svetlana Alexievich este jueves en Minsk tras conocer la noticia (REUTERS/Vasily Fedosenko)

Mirar al pasado de frente le ha supuesto a Svetlana Alexievich tener a demasiada gente siguiéndola por detrás. Ayer logró el Nobel de Literatura, una decisión en la que algunos verán una venganza geopolítica ante el renacer del poderío ruso en diversos frentes.

En sus venas hay sangre ucraniana (de su madre) y bielorrusa (de su padre). Nacida en 1948 en Ucrania y crecida en Bielorrusia, es un alma surgida del cruce de caminos. Viene de estados que hasta hace poco sólo conocían un sabor: el del orden impuesto desde arriba. Una terapia: la de olvidar. Y un sistema: el que dicta Moscú.

Enemiga de Putin

Pocos son profetas en su tierra, y hoy algunos en Bielorrusia se quedan con el lujo de ser ignorados. "Amo al mundo ruso, pero al mundo ruso humano. No amo a Stalin o Putin. Tampoco me gusta ese 84% de rusos que llama a matar ucranianos", dijo ayer en una rueda de prensa, tan crítica como siempre con la "invasión" de Ucrania por parte de Rusia. Pero eso fue por la tarde. Antes de que pudiese abrir el pico, algunas figuras rusas ya le habían puesto la etiqueta de enemiga del país: "Svetlana Alexievich ha ganado el Premio Nobel. Por desgracia ha sido debido al odio de Rusia", declaró Dimitri Smirnov, el hombre encargado en el Komsomolskaya Pravda de seguir los pasos del presidente Vladimir Putin.

Tan enraizada está en Rusia como en Bielorrusia la práctica de vincular la crítica a la traición, el desafío o el desorden. Cuando su tierra estaba bajo el gris y opaco paraguas soviético la acusaron de "romper la imagen heroica de la mujer soviética" por contar las historias de mujeres que lucharon en la Segunda Guerra Mundial. Ese dolor colectivo y esa soledad anónima habían quedado reflejados en su primera novela: 'La guerra no tiene rostro de mujer'. Tuvo que esperar a la Perestroika de Gorbachov para ver publicado su libro. Sucedió en 1985 y con él alcanzó la fama en toda la Unión Soviética y el extranjero. La chica que había empezado trabajando en prensa local, gestionando las cartas al director, al final consiguió llegar lejos.

Manchas literarias sobre historias oficiales

Cuando publicó 'Voces de Chernóbil', que está traducida al castellano (Debolsillo), cruzó algunas líneas rojas. Sus temas han sido siempre incómodos: la guerra de los soviéticos con Afganistán, las olvidadas de la Segunda Guerra mundial. Demasiadas manchas literarias sobre historias oficiales. Demasiados matices para unas democracias post soviéticas donde la oposición es un problema similar al de la delincuencia. Perseguida por el régimen del actual presidente Lukashenko, que lleva más de 20 años en el poder, se exilió en 2000. Protegida por la Red Internacional de Ciudades, pasó por París, Berlín y Gotemburgo. Once años después volvió a Minsk, una ciudad de hormigón donde tiene derecho a vivir y donde se espera de ella que no moleste demasiado. Pasa buena parte del año fuera, donde es valorada su prosa directa al corazón.

En casa tampoco le han dado respaldo. La Bielorrusia de Alexander Lukashenko es uno de los países más tocados por la tragedia de Chernóbil. Allí el tema sigue siendo tabú, han prohibido su libro. Su país celebra elecciones este domingo, pero en la práctica la vida discurre como bajo una dictadura. Hay opositores en la cárcel, la gente tiene miedo y está a la vez aletargada por la adaptación al capitalismo, que ha supurado un consumismo que le viene grande al país. Decepcionada, la gente no se interesa por la política. "Es una época difícil", decía la escritora en una entrevista en 2013. Hoy está tolerada por el régimen, pero nada más. Las autoridades bielorrusas hacen como si no existiera: "No me publican ni puedo dar discursos".

Una nación divorciada de sí misma

Su obra, explica la premiada, "no gusta" al poder que ha prohibido su libro. Pero muchos intelectuales bielorrusos tampoco acogen bien las opiniones de esta mujer, criada en una nación que hoy está divorciada de sí misma. Ella intenta que su país concilie -hasta ahora con poco éxito- una "cultura rusa" de la que muchos tratan de distanciarse. Pero al mismo tiempo quiere ver a Bielorrusia evolucionar hacia un modelo compatible con Europa, a pesar de que Occidente es un concepto impopular entre algunos bielorrusos, que lo miran con algo de ansiedad o envidia pero siempre criticando la degradación moral de la postmodernidad de ambas orillas del Atlántico.

El creciente enfrentamiento de Moscú con Washington ha acrecentado esa brecha por la que se despeñan quienes intentan dibujar grises en el blanco y negro de cada día. Alexievich es de las que en su fuero interior sienten que el imperio ruso aún no ha desaparecido: "Y personalmente tengo la impresión de que no desaparecerá sin derramamiento de sangre"

"Es difícil ser una persona honesta, no hay que hacer concesiones ante el poder totalitario", dijo ayer. Pero Rusia no verá fácilmente las palabras de la autora como las de alguien ajeno. Bielorrusia sigue formando, con más intensidad que Ucrania todavía, parte de lo que los rusos llaman el "extranjero próximo" del país. "Estoy seguro de que el premio es un gran acontecimiento para la literatura rusa y la cultura, de la cual se siente parte la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich" decía Jadviga Yuferova en 'Rosiskaya Gazeta', el periódico oficial ruso. Minsk aprieta, pero Moscú no tira los viejos retratos. Ni siquiera los de sus hijos más rebeldes.

Mirar al pasado de frente le ha supuesto a Svetlana Alexievich tener a demasiada gente siguiéndola por detrás. Ayer logró el Nobel de Literatura, una decisión en la que algunos verán una venganza geopolítica ante el renacer del poderío ruso en diversos frentes.

Periodismo Bielorrusia
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