La historia del mejor y más excéntrico pianista del mundo
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La historia del mejor y más excéntrico pianista del mundo

Glenn Gould es toda una leyenda tanto por su virtusismo frente al piano como por sus manías. Una novela de Alejandro Castroguer recorre su vida y Sony acaba de publicar su discografía remasterizada

Foto: Gleen Gould
Gleen Gould

Sentado con su aspecto desaliñado en la pequeña y destartalada silla que le hizo su padre, tras lavarse los brazos durante no menos de 10 minutos con agua templada y colocar sus cinco botes de pastillas, la leyenda de Glenn Gould comenzó 'golpeteando' las teclas -e incluso tarareando o emitiendo sonidos al compás- de un Steinway CD174. Era junio de 1955. No había cumplido 23 años y entró por primera vez en un estudio para grabar las 'Variaciones de Goldberg', de Bach. Ya era un personaje excéntrico y ermitaño cuando grabó el disco que le convertiría en el mejor pianista del siglo XX.

"Lo que ocurre entre mi mano izquierda y mi mano derecha es un asunto privado que no le importa nadie", respondió al periodista de 'Rolling Stone' del Jonathan Cott (en 'Conversaciones con Glenn Gould') sobre su particular forma de tocar el piano. Él se cargó la ortodoxia de los recitales. Porque la etiqueta de genio siempre estuvo íntimamente ligada a su extravagancia. Así lo retrata 'Glenn' (Almuzara), una novela de Alejandro Castroguer que recorre la peculiar biografía del pianista que adoraba Hannibal Lecter. Hace un par de meses, además, Sony publicó remasterizados los 81 discos que grabó con Columbia durante sus 50 años de vida. De Bach a Beethoven, Mozart, Schoenberg, Prokofiev o la música renacentista de Orlando Gibbons y William Byrd, su trabajo favorito. "Era el mejor de todos los puñeteros discos que he hecho nunca", aseguró.

“Aparecerá siempre así, por muchos años que transcurran, de semejante guisa; siempre fiel a su idiosincrasia hasta el final de los días. Bajo el bajo izquierdo lleva el portafolio donde guarda la partitura y la silla plegable que fabricase su padre dos años atrás, y de la que no se separa. Bajo el derecho, un lote copioso de toallas y dos botellas de agua mineral, siempre marca Poland”, se afirma en la novela sobre esta "suerte de James Dean que toca el piano".

Las manías de este genio canadiense dan por sí solas para una obra, pero la personalidad de Gould iba mucho más allá. Iba con las manos envueltas en mitones y guantes, con abrigo y bufanda aunque hiciera un sol de justicia, se atiborraba a pastillas, sólo desayunaba y dormía de día. Antes de tocar, hacía esas 'sesiones de remojo' que aprendió de su maestro, el pianista Alberto Guerrero, quien también le enseñó la técnica del 'golpeteo' (estudiar la música de cada mano por separado).

Y siempre, junto a él, la silla plegable que le había hecho su padre. Con las patas recortadas, 33 centímetros de altura y casi sin asiento por el uso, le hacía encorvarse sobre el teclado tanto que parecía olfatearlo. “¿Esto…? Está siendo usted muy irrespetuoso con un miembro de mi familia. Esta silla es una compañera de viaje inseparable; sin ella no puedo funcionar. No he dado un solo concierto sin ella en veintiún años”, le espeta a Bruno Monsaingeon en el documental 'The Alchemist', de François-Louis Ribadeu (1974).

Su madre, pianista y organista, fue quien le enseñó a tocar el piano. Con 13 años dio su primer concierto, un año después aparecería con la Orquesta Sinfónica de Toronto para tocar el 'Concierto para piano nº 4' de Beethoven y al año siguiente, debutaría como solista. Pero su verdadero hito fueron esas variaciones de Bach que grabó en una semana de junio de 1955. Las variaciones eran como una "pieza de museo", una obra complejísima que todos le desaconsejan tocar. "Solamente a un loco, o a un genio, se le ocurriría semejante disparate. Así que es lógico que piensen que ha perdido el juicio", escribe el narrador de la novela de Castroguer, que da voz también al propio Gould.

El disco salió a la venta en enero de 1956. Costaba cuatro dólares. "Nos hallamos ante una manera de tocar poco habitual. Glenn Gould posee destreza e imaginación, y la música parece significar algo para él. Está dotado además de una técnica precisa y nítida que le permite manejar las complejidades del contrapunto sin esfuerzo aparente”, relató la crítica de 'The New York Times'. A finales de los años cincuenta se habían vendido 40.000 copias, todo un hito para la música clásica. Glenn Gould se convierte entonces en una leyenda a la altura de las estrellas de Hollywood.

Volvería 26 años después a reinterpretar su disco más célebre. Fue en abril de 1981, unos meses antes de morir. Si el primero era Bach amaneciendo, el último lo fue en el ocaso. Antes, el 10 de abril de 1964 durante un concierto en el Teatro Wilshire Ebell de Los Ángeles, anunció su retiro de los escenarios. Tocar en directo le parecía una exhibición casi pornográfica y degradante y un circo del que no estaba dispuesto a participar -"detesto a los espectadores. Me parece que forman parte de las fuerzas del mal", llegó a afirmar en una entrevista´-. No en vano siempre había rehuído el contacto físico. Años después de su muerte se aseguró que sufría síndrome de Aspeger.

"El concierto ha muerto", anunció el día de su retirada. Tenía tan sólo 31 años y estaba en la cúspide de su fama, pero su carácter introvertido y maniático le hizo rechazar el contacto para meterse en el estudio y apostar por las nuevas tecnologías. Se puso a grabar discos -fue uno de los primeros artistas que grabó en los primeros formatos digitales- y focalizó en la radio: su otra gran pasión. "Cuánta ilusión he invertido en cada uno de los programas. Casi más que en cada una de mis grabaciones. Casi más que en cada documental de televisión que he participado", recoge Castroguer en su libro.

Una curiosidad más en la larga lista de mitos e hitos de Glenn Gould: la sonda Voyager 1, lanzada en 1977, lleva una grabación suya de 'El clave bien temperado', de Bach.

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