Luis Racionero y Don Thompson apelan al arte

El vaso de agua de Wilfredo Prieto se le atraganta a la vieja guardia del arte

¿Es posible que alguien sienta placer con el tiburón en formol? ¿Es posible que a alguien le guste la famosa obra de Damien Hirst? El escritor Luis Racionero es tajante: "Lo dudo mucho"

Foto: 'Cinturón' (2011) y 'Un diamante en un zapato' (2012), de Wilfredo Prieto, ahora en la Independent Fair de Nueva York. También a 20.000 euros (más IVA) cada uno de ellos.
'Cinturón' (2011) y 'Un diamante en un zapato' (2012), de Wilfredo Prieto, ahora en la Independent Fair de Nueva York. También a 20.000 euros (más IVA) cada uno de ellos.

¿Es posible que alguien sienta placer con el tiburón en formol? ¿Es posible que a alguien le guste la famosa obra de Damien Hirst? “Lo dudo mucho”, responde tajante Luis Racionero (Seo de Urgel, 1940). ¿Por qué no puede alguien emocionarse con una obra de arte contemporáneo? “Porque hay que tener un mínimo de sensibilidad. No todos los ciudadanos están capacitados para apreciar el arte”, añade. El escritor español asegura en el libro Los tiburones del arte (Stella Maris) que desde las Vanguardias llevamos un siglo de apagón de arte.

El embaucamiento viene de lejos, asegura: “de Kanweiller, Gertrude Stein, Marcel Duchamp, Marinetti” hasta el “taimado Hirst”. “Después de Duchamp todo vale”, se revuelve incómodo el autor contra el arte contemporáneo. “¡Cuanto más caro, más arte!”. Un vaso de agua por 20.000 euros. Como se imaginan, el siguiente eslabón en la cadena del “arte de la estafa” es Wilfredo Prieto, como cuenta Racionero a este periódico. La editorial ha hecho coincidir el lanzamiento del libro con la feria de ARCO y el autor reconoce que la ola populista de la polémica del pasado fin de semana le ventilará sus ventas.

Lo que le molesta del arte contemporáneo no es que sea incapaz de saber si algo es bueno o mediocre, sino si algo es arte o no. No sabe distinguir lo que es arte, pero da cuatro condiciones indispensables para que un objeto cualquiera se convierta en tal: “Que sea producido por alguien que diga ser artista; expuesto en una galería; que los críticos digan que es arte; que se venda”. Arte puede ser infringir los prejuicios.  

Damien Hirst junto a su pequeña criatura en formol. (EFE)
Damien Hirst junto a su pequeña criatura en formol. (EFE)

“El artista está haciendo cualquier cosa. El vaso es una memez. La gente no siente nada ante esto y si no siente no es arte. Ya nadie va a conciertos de música dodecafónica y a la única exposición que se acercan es a la de Dalí”, explica Racionero. Lo que no sabe este autor es que la galería de Wilfredo Prieto ahora muestra en la Independent Fair de Nueva York obra del cubano tan poco escandalosa como el vaso: un cinturón y un zapato. Cada uno a 20.000 euros. El primero se retuerce, como la cinta de Moebius; el segundo tiene una china especial dentro, un pequeño diamante.

Álex Nogueras, galerista de Prieto, cuenta a este periódico que se ha generado un debate que “desborda el alcance de la propia obra de arte”. El vaso no se ha vendido en ARCO, a pesar de que tenía un “novio”, que salió asustado con el revuelo que se causó. “El trabajo de Wilfredo es efímero y doméstico, lo puedes hacer tú mismo, paradigmático del mundo en que vivimos. En su intención nunca ha estado generar polémica, lleva un modo de vida muy austero y son obras casi invisibles”, añade. Entre sus cualidades no está la de llamar la atención. Es más, reconocer el vaso de agua en medio del enjambre artístico de ARCO es como encontrar una aguja en un pajar. 

Para Luis Racionero, Joaquín Sorolla es el último 'artista de verdad'

Racionero mira atrás y ve en Sorolla “el último artista de verdad”. En el libro establece el límite del final del arte en 1910, por teléfono retrocede en el tiempo algo más e incluye a los impresionistas en el arte que lo estropeó todo. De hecho, asegura que Sorolla es mucho mejor que cualquiera de ellos. A pesar de que los viajes del valenciano a Nueva York no fueron más que eso, una maniobra comercial. El mercado es el enemigo del arte, pero es un matrimonio de convivencia que reconocemos incluso en Leonardo da Vinci.

La opinión de Racionero es tan cuestionable como el arte al que critica, pero el mayor problema del libro está en el ansia por meter a todo el arte contemporáneo en el cajón de Hirst o Prieto: “Si uno no generaliza no puede escribir. Para hacer un ensayo uno debe generalizar”, argumenta el autor, que insiste en que la sensibilidad “se cultiva”. “Yo le dediqué mucho tiempo a las memeces de Warhol cuando era progre y me ha servido para volver a Velázquez y a Orson Welles”.

Una visitante pasa junto al vaso de Wilfredo Prieto, en ARCO. (EC)
Una visitante pasa junto al vaso de Wilfredo Prieto, en ARCO. (EC)

La idea original del libro de Racionero es de Don Thompson, que publicó hace seis años El tiburón de 12 millones de dólares y se convirtió en un éxito por desvelar las entretelas del mercado y la relación con el arte. Thompson regresa con una segunda parte, también con ARCO de fondo: La supermodelo y la caja de brillo. Los entresijos de la industria del arte contemporáneo, publicado por Ariel.  

“Las ferias de arte son unas exposiciones comerciales donde los marchantes se unen durante varios días para mostrarse ellos mismos y exhibir a un pequeño grupo de artistas”, escribe Thompson. El economista y profesor de ciencias empresariales aclara que, “ya sea bello o no”, “la característica primordial del arte contemporáneo del siglo veintiuno es que las habilidades tradicionales del artista, como por ejemplo la composición y coloración, ahora se han vuelto secundarias con respecto a la originalidad, innovación y conmoción… que hay que conseguir como sea”.

Para Thompson, mucho más concreto y certero que Racionero, el arte contemporáneo es el que fue creado después de 1970 o “aquel que una casa de subastas importante puede ofrecer como contemporáneo”. Para el experto en mercados artísticos hay muchas formas de crear interés por el arte. Las fronteras, dice, entre el coleccionismo, el marketing y la inversión están poco definidas, sobre todo en un mercado de arte emergente como es el de China. Y Hirst es un especialista en hacerlas saltar por los aires.

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