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Sorolla, el arte del pelotazo comercial
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mapfre recupera su gran aventura americana

Sorolla, el arte del pelotazo comercial

Sorolla en la playa de Málaga, una semana, ocho cuadros. Granada, dos semanas, 21 vistas de la Alhambra, Sierra Nevada y el Generalife

Foto: Sorolla pintando en el Cabanyal, en 1909, a su regreso de los EEUU.
Sorolla pintando en el Cabanyal, en 1909, a su regreso de los EEUU.

Sorolla en la playa de Málaga, una semana, ocho cuadros. Granada, dos semanas, 21 vistas de la Alhambra, Sierra Nevada y el Generalife. Alto en el camino de regreso a Madrid, Córdoba, dos días y tres nuevas obras. Al poco de llegar a casa parte de nuevo hacia Ávila y Burgos, en busca de las impresiones de Castilla la Vieja. Viaja tras lo típicamente español, lo exóticamente español, y quiere atraparlo en el momento. Hacer del instante decisivo óleo no es problema para alguien con su destreza. Le sorprende una nevada, la pinta; tres mujeres sentadas a un banco con sus trajes regionales, las pinta; una playa y niños jugando, lo mismo. No le frena ni el país Vasco, con mal tiempo, dos semanas en Zarauz, otra veintena de cuadros.

“Si el ritmo habitual del artista era trepidante, haber constatado en EEUU que iba por el buen camino le espoleaba aún más”, cuenta Blanca Pons-Sorolla, comisaria de la exposición que se inaugura mañana en la Fundación Mapfre, dedicada al éxito del pintor valenciano en sus dos viajes (1909 y 1911) a los EEUU. Vemos a Sorolla encendido de acá para allá, recorriendo los paisajes y paisanajes, recopilando durante dos años ese saborcillo de una cultura olvidada, extraña, lejana –demasiado- para sus nuevos clientes. La burguesía estadounidense no sabe dónde está España, piensa que es Oriente, algo extraño y divino para sus salones. Todos esos lugares fijados en las telas terminan cubriendo las paredes de sus exposiciones en Chicago y San Luis, en su segunda visita a Norteamérica.

Clotilde debía estar harta de su marido, que le escribe una carta desde Burgos tratando de templar la ira de su esposa. Le pide perdón por “estas chifladuras artísticas tan fuera de tiempo y temperatura”. Ya saben, una falsa excusa para tapar el ímpetu y la entrega que jamás aminorará. No dejó rincón típicamente español sin rastrear, sin convertirlo en producto estrella. La postal de un país inocente, alegre y sin problemas. La Arcadia de los coleccionistas guiris. “Hay que quemar los libros de andantes tentaciones y vivir una vida más normal y razonablemente burguesa, para bien de la familia y la salud, aunque el capricho pictórico me mortifique…”, resume las aspiraciones vitales a su mujer. El éxito comercial en América le abrió las puertas a su sueño burgués.

Una casa con jardín

Bajo el toldo. Zarauz lo vende por 4.000 dólares al museo de San Luis. “Es una de las producciones más importantes y distintivas de este prestigioso artista español”, se lee en una de las crónicas de entonces. Como escribió Archer Milton Huntington(1870-1955), filántropo heredero de una de las fortunas más boyantes de Norteamérica y máximo protector del artista, Sorolla podría, con el dinero ganado allí, “satisfacer su sueño de tener una casa con jardín en Madrid, que, con el tiempo, llegue a ser un museo”. Hoy es la sede del Museo Sorolla.

Cuando el dinero habla, la épica desaparece y el barniz de la historia del arte se oxida, se vuelve amarillento y se cae a pedazos para dejar a la vista la humanidad a pelo. Con sus miserias y sus alegrías. El interés de la exposición de Mapfre está, precisamente, en descubrimiento de un artista de 48 años aburrido de las estrecheces de su país.Sorolla es un emigrante en busca del amparo de las fortunas extranjerasa los que seduce con visiones realistas y alegres, amables y coloridas. Vibrantes.

A los norteamericanos les gustaban los jardines andaluces y las obras de playa. En el verano de 1909 pinta 30 cuadros, sobre todo, en su playa delCabanyal. “En las que alcanzalas más altas cotas de refinamiento en cuanto a la plasmación de la luz o del movimiento. Son cuadros llenos de vida, reflejan la alegría de vivir”. A pesar de que tiene“el alma metida en un puño, dolorido, triste y sin alegría”por “las tristezas de España”. La guerra en el norte de África y la delicada situación política del país no le hacen variar en el tono de sus composiciones: “Representa lo que ve de una manera llena deespontaneidad y de alegría”, como dicen las críticas norteamericanas. La tristeza no vende.

La fórmula del éxito

El periódicoThe New York Timesdescubre las buenas artes del pintor en su primera exposición, en laHispanic Society, en febrero de 1909, y queda rendido a la causa: “Sorolla plasma tanto paisajes como gentes con un candor y una simpatía que rozan la genialidad, apreciando el lado más alegre de la vida, queresulta a la vez estimulante y relajante”. La fórmula ha funcionado.

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En las salas de Mapfre se han reunido una parte muy importante de las casi 350 obras -su catálogo razonado es de cerca de 4.000- que colocó en sus dos viajes. Desde los retratos, los paisajes, las playas, los bocetos a una deliciosa sala dedicada a los gouaches que tiraba en un instante sobre escenas de la vida moderna. Son la joya de la muestra, una sorpresa diminuta y luminosa.

Mark Roglán, director del Museo Meadows de Dallas, entidad de la que partió esta exposición, explica que “España estaba de moda en los EEUU” durante el primer tercio del siglo XX y eso fue aprovechado por Sorolla, que empujó al éxito con su presencia. Desembarcó con sus más de 300 pinturas. Todas listas y preparadas para rematar la mayor operación comercial de un artista español vivo, hasta la llegada dePicasso. “Fue un éxito sin precedentes”, dice Roglán.

La maquinita del cliché

Sin embargo, no es un caso único.Jordi Carbonelles el comisario de una de las muestras más asombrosas del año, la dedicada en elMuseo Nacional de Arte de Cataluñaal desconocido pintorJosep Tapiró i Baró, treinta años mayor que Sorolla. Vivía medio año en Tánger retratando a sus gentes y se subía al barco que lo llevaba hasta Londres, donde lo vendía todo y a un precio altísimo. Tapiró correspondía con el gusto victoriano y colonialista londinense, que Sorolla no tenía.

“El exotismo es uno de los mejores recursos de venta”, explica el especialista catalán. “Ramón Casas y Fortuny también triunfaron vendiendo fuera de España. Sorolla era un virtuoso y se aprovechó de ese aspecto que combinaba tradición que mostraba escenarios deslumbrantes con temas folclóricos”.

Carbonell recuerda que los pintores son profesionales que necesitan vivir y tratan de hallar el mercado que más les conviene. “Los pintores del siglo XIX tienen un concepto muy claro de su profesión: cuando encuentran un cliché lo desarrollan hasta agotarlo, producen a mansalva y hacen lo que el público les pide. Son complacientes, cada uno con su genio y sus posibilidades”.

Sorolla escribe por carta a su amigo Gil-Moreno el viaje, al detalle, como que el local donde trabaja en Nueva York no tiene buena luz, que eso le impide trabajar en condiciones para atender todos los pedidos que acumula tras las tres sedes por las que ha pasado la exposición… Más de cincuenta retratos, entre ellos el del presidente de los EEUU, William Howard Taft, que el valenciano culmina en tres jornadas, en Washington, y se convierte en el primer pintor extranjero en retratar a un presidente estadounidense. No busquen en las salas de Mapfre el cuadro, no ha venido.

“Es esto un éxito que llega a producirme verdadero rubor, estoy avergonzado”, escribe. Mucho trabajo para un pintor fértil. “Claro que esto supone mucho dinero, pero también es verdad que soy de carne y que mi naturaleza se resiste a la fatiga de este tipo de trabajo”. La recompensa era muy buena: “Calculo que los retratos me darán unos 50.000 dollars limpios, pues no hay en ellos intervención de marchantes, y eso es algo ¿no es verdad? Si la vida en esta ciudad no fuese tan cara…” El negocio sería redondo.

Sorolla en la playa de Málaga, una semana, ocho cuadros. Granada, dos semanas, 21 vistas de la Alhambra, Sierra Nevada y el Generalife. Alto en el camino de regreso a Madrid, Córdoba, dos días y tres nuevas obras. Al poco de llegar a casa parte de nuevo hacia Ávila y Burgos, en busca de las impresiones de Castilla la Vieja. Viaja tras lo típicamente español, lo exóticamente español, y quiere atraparlo en el momento. Hacer del instante decisivo óleo no es problema para alguien con su destreza. Le sorprende una nevada, la pinta; tres mujeres sentadas a un banco con sus trajes regionales, las pinta; una playa y niños jugando, lo mismo. No le frena ni el país Vasco, con mal tiempo, dos semanas en Zarauz, otra veintena de cuadros.

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