INSTRUCCIONES DEL POETA PARA salvar EUROPA

Adam Zagajewski: "El nacionalismo es la perdición de Europa"

Es uno de los más grandes poetas vivos, una referencia por su compromiso con la realidad y la mística. Un hito contra la memoria totalitaria

Foto: El poeta polaco Adam Zagajewski, ayer en La casa del Lector de Madrid.
El poeta polaco Adam Zagajewski, ayer en La casa del Lector de Madrid.
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    Hay autores con cara de Nobel. Los hay que incluso con uno, no la tendrán jamás. Hay escritores que, además, visten como uno de ellos antes del premio. Luego, llegan los trajes y los modales, las mismas preguntas y las respuestas ensayadas. Los gestos adquiridos y el final de la paciencia. Antes de que la soberbia vista al autor del futuro Nobel, éste se engalana con ropa ligera, calzado de trotamundos. De momento, estamos ante Adam Zagajewski, un autor sin Nobel. Hay autores a los que los premios les quedan pequeños.

    Polaco de juventud y adolescencia, ucraniano de nacimiento. Parisino de exilio y norteamericano de profesión, Adam Zagajewski es habitante de un pueblo arrasado por los totalitarismos. No puede olvidar. No quiere. ¿Olvidar y dejar que los versos pierdan la amargura y la ironía? ¿Olvidar para renunciar a enterrar a los muertos? ¿Olvidar como los principiantes, como los aspirantes a cobardes? ¿Olvidar por felicidad? ¿Olvidar y traicionar a Antonio Machado? Nuestro autor dice no, porque de la memoria surge, súbito, un poema como “una isla deshabitada”.

    “La poesía llama a la vida, al coraje/ frente a la sombra que crece./ ¿Sabes acaso mirar la Tierra tranquilamente/ -como un cosmonauta ejemplar?”. ¿Sabes? ¿Tranquilamente? Si hace tiempo que no abres un libro de poesía quizá has dejado de ir al espacio. El viaje que propone Zagajewski es a la poesía de las ideas, un trayecto de fondo narrativo. “Europa duerme ya bajo el áspero manto de fronteras/ y viejos odios; Francia arrimada/ a Alemania, Bosnia en los brazos de Serbia,/ Sicilia solitaria en el celeste mar”.

    La tolerancia europea

    El viejo continente no desaparece de sus cantos. Ahí está su abuela alemana y su abuelo polaco, bilingüe, germanista, traductor de poesía, partes de una “familia mixta”, dice. Familias compuestas por personas de distintas procedencias. “Esa es la mejor identidad europea”. La mezcla. Sobre el futuro de esa unidad económica llamada Europa dice que el destino lo marca la libertad y la tolerancia: “El nacionalismo no puede volver a producirse, porque es la perdición de Europa tal y como aprendimos. Nuestra misión es colaborar para poner freno a los nacionalismos, eso sí, conservando las señas de identidad propias. Son importantes, nadie quiere perderlas”, cuenta a este periódico en La Casa del Lector de Madrid, donde presenta hoy una película sobre Cracovia y los poetas que pasaron por ella y por sus lecturas: Sislawa Szymborska, Stanislaw Lem, Slawomir Mrozek y Czeslaw Milosz.

    Tranquilo, pausado, con sus manos cruzadas sobre las rodillas, explica que en la Europa actual no encontraremos algo parecido a un “europeo de pura cepa”. “Hay españoles, hay catalanes, polacos, alemanes, pero a todos nos une la tolerancia y la aceptación del otro con sus características”. Vuelve a recordar el siglo pasado, la sangre y las guerras. No quiere repetirlo, aunque se reconoce como un afortunado que nació en junio de 1945, cuando todo había acabado. “No he tenido que ver cadáveres en las aceras”.

    La editorial Acantilado publica sus obras desde 2004, así como Pre-Textos. Su último libro aparecido en nuestras librerías es Mano invisible. También publicada por Acantilado es En defensa del fervor, un ensayo sobre la inspiración y lo sublime. El fervor es la materia prima de la literatura, dice. Es la obra de uno de las mentes más transparentes y lúcidas: “Uno puede petrificarse fácilmente en la ironía y en la cotidianidad vivida de forma vulgar, y creo que éste, y no la soberbia de los sacerdotes, es el verdadero peligro del momento histórico actual”.

    Un poeta real

    Con la ironía corrige. “La ironía abre en los muros brechas muy provechosas”. Con ella mira a la vieja Europa, busca sus religiones y observa que no queda nada de aquello. Uno no sabe muy bien si lo echa en falta o si no le importa, pero a él le gusta ser considerado un poeta religioso. Ese es su planteamiento intelectual: cómo ser un poeta religioso en una época postreligiosa. “La historia de la religión se concibe con dos bases: la historia de la Iglesia y la historia de los místicos. Yo soy de los últimos, es la tradición con la que me identifico… con su modo salvaje de percibir lo invisible y con su soledad”.

    Como Caravaggio. No ha tardado mucho en lanzar su primera referencia plástica. Es un amante de la pintura y el arte, que reparte por sus versos. “Las puertas abiertas de par en par, el viento amigo,/ las escobas reposando tras un trabajo a conciencia./ Las casas descubiertas. La pintura de un país/ que no tenía policía secreta”, son “Pintores de Holanda”. Y sí, Caravaggio, también le gusta. Están unidos por el sentido de la realidad. “Me fascina la realidad, no soy un poeta simbólico. Por eso me fascina Caravaggio, por su sensibilidad naturalista de la realidad. Además, es un sensacional pintor religioso. Amo esa combinación entre la realidad y lo inefable, lo que no se ve. Me gusta la realidad, pero sin perded de vista lo inefable”.

    Lo inefable también es material de primera para el poeta, porque no siempre saben de qué hablan. Y no tienen por qué saberlo, aclara Zagajewski. No necesitan saber de qué están hablando. Es una “pulsión ciega” que existe en cualquier expresión artística. Sin embargo, su trabajo se mantiene en relación familiar con la filosofía. “Cierto. Estudié filosofía, pero pronto me di cuenta de que mi mente no es filosófica, porque no es analítica. El poeta piensa de otro modo, nuestro pensamiento es estático: no consiste en elaborar un discurso prolongado, sino en breves instantes de claridad e iluminación”.

    Conservar la memoria

    Ahora bien, ambas disciplinas están unidas por las mismas preguntas acerca de la vida y el mundo. “La conciencia de que desconocemos el sentido de la existencia en el mundo”, dice. Un hermanamiento existencialista. Recordamos ese verso demoledor del nuestro escritor: “Sabemos más de lo que quedará de nosotros”.

    Adam Zagajewski es el maestro de nuestra ignorancia. Mentor de la verdad sobre nosotros mismos. Exploración incesante de los pasillos de la realidad. Alerta de la mentira. Y la memoria otra vez, en la pista central: “Conservo en mi memoria las cosas que ocurrieron antes de nacer yo. Esa es la conciencia de Auschwitz, la conciencia del genocidio nazi está presente en mi y actúa como una presencia constante”. Pero también es una persona contemplativa, a la que le gusta detenerse, hacerse el cosmonauta, y mirar a su alrededor. La inspiración del contexto histórico y del aislamiento. “Por un lado sé que esa brecha que nos separa de los horrores de la guerra está muy cerca y podría volver en cualquier momento, y por otro vivo tranquilo”.  

    Así vive, así nosotros. Rodeados por la prosa del mundo, y en un “ventrículo del corazón”, la poesía acecha. ¿Y es tan peligrosa como Vladimir Putin? Ya ha reído antes. Reconoce que Putin no le gusta, porque “no quiere entender nuestra época”. “Pretende volver a un estilo de gobernar que ya ha sido rechazado”, basado en la crueldad y el imperialismo. Pero no tiene respuestas. Que la prosa del mundo no suene a tambores de guerra. 

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