Los 22 huérfanos españoles que dieron todo para distribuir la primera vacuna del mundo
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Para luchar contra la viruela

Los 22 huérfanos españoles que dieron todo para distribuir la primera vacuna del mundo

Cuando se puso en marcha la primera campaña de vacunación, los responsables de la época se enfrentaron a barreras mucho más abrumadoras que los desafíos actuales de distribución

placeholder Foto: 'Vacunación de Niños', de Vicente Borrás Abellá. (Museo del Prado)
'Vacunación de Niños', de Vicente Borrás Abellá. (Museo del Prado)

El 27 de diciembre de 2020 Araceli Rosario Hidalgo, una mujer de 96 años que reside en el centro para personas mayores, se convirtió en la primera española en recibir la primera dosis de la vacuna contra el covid-19. Así arrancó en Guadalajara la ambiciosa campaña de vacunación de nuestro país contra el coronavirus, cuyo objetivo es ir inoculando las diversas inyecciones para proteger a la población de esta terrible enfermedad que estamos sufriendo.

Foto: Araceli, residente en el centro 'Los Olmos', en el momento de su vacunación. (Reuters)

El reparto de las vacunas por todo el mundo en pleno siglo XXI cuenta con un sinfín de instrumentos; pero cuando se puso en marcha la primera campaña de vacunación, los responsables de la época se enfrentaron a barreras tan abrumadoras (tecnológicas, geográficas y médicas) que los desafíos de distribución actuales parecen menores en comparación.

A finales del siglo XVIII, la viruela era probablemente la enfermedad más aterradora de todo el planeta. Se propagó con una rapidez alarmante y cada centímetro de la piel de los infectados se llenaría de cientos de dolorosas llagas llenas de pus. Mucha gente murió a causa de la enfermedad y otros supervivientes quedaron ciegos o con graves cicatrices. Sin embargo, el médico británico Edward Jenner se dio cuenta de algo extraño: la gente que contrajo la viruela bovina, no contraía su variante humana más mortal. Partiendo de esta observación, en 1796 comenzó a inyectar a gente la variante animal, haciéndoles inmunes a la viruela y creando así la primera vacuna.

placeholder Edward Jenner. Foto: iStock
Edward Jenner. Foto: iStock

Llegado este momento se introdujo otra cuestión más importante: ¿cómo podían los médicos administrar el remedio a la gente que lo necesitaba? Dentro de Europa, la distribución de la vacuna fue manejable. Los infectados con la bovina desarrollaron llagas en forma de ampollas llenas de un líquido llamado linfa, los médicos las pinchaban, untaban la linfa con hilos de seda o pelusa y la dejaban secar. Se dirigían a la siguiente ciudad y mezclaban la linfa costrosa con agua para reconstituirla. Luego, raspaban el líquido en los brazos o las piernas de las personas para inyectarlo. El proceso fue sencillo pero laborioso.

El verdadero problema comenzó cuando los especialistas intentaron vacunar a las personas que estaban lejos. La linfa podría perder su potencia viajando incluso los 350 kilómetros de Londres a París, y mucho menos a las Américas, donde se necesitaba desesperadamente: por los brotes de viruela estaban al borde del apocalipsis, matando hasta el 50% de las personas que contrajeron el virus. De vez en cuando, los hilos de linfa seca sobrevivían a un viaje por el océano (un lote llegó a Terranova en 1800), pero la vacuna generalmente se volvía inefectiva después de meses en el mar.

El plan español para vacunar a sus colonias

Nuestro país luchó especialmente para llevar a sus colonias de América la vacuna contra la viruela, por lo que en 1803, los especialistas en salud de España país idearon un método nuevo y radical para distribuirla en el extranjero: los niños huérfanos.

placeholder Primera vacunación de Edward Jenner. Foto: iStock
Primera vacunación de Edward Jenner. Foto: iStock

El plan empezaba por enviar a dos docenas de huérfanos españoles en un barco, como explica el escritor Sam Kean en ‘The Atlantic’. Justo antes de que se fueran a las colonias, un médico les inyectaría a dos de ellos la viruela bovina. Después de nueve o diez días en el mar, las llagas en sus brazos estarían bien y maduras. Un equipo de médicos a bordo pincharía las llagas y rascaría el líquido en los brazos de dos niños más. Nueve o diez días después, una vez que esos niños desarrollaran llagas, un tercer par recibiría líquido, y así sucesivamente. (Los niños se infectaron de dos en dos como respaldo, por si acaso la llaga se rompía demasiado pronto). En general, con una buena gestión y un poco de suerte, el barco llegaría a las Américas cuando el último par de huérfanos aún tuvieran llagas que pinchar. Así, los médicos podían bajar del barco y comenzar a vacunar a las personas.

Las promesas a los 22 huérfanos

Dada la época, es probable que nadie les preguntara a los huérfanos si querían participar, de hecho algunos eran demasiado pequeños para dar su consentimiento de todos modos. Habían sido abandonados por sus padres, vivían en instituciones y no tenían poder para resistir.

Foto: Recorte de prensa de la época sobre la epidemia de gripe española

Carlos IV decidió hacerles algunas promesas –bastante sensatas, pero que no disfrutaban los huérfanos de la época– para que subieran a bordo sin poner muchos problemas: se podrían hinchar a comer durante el viaje –para asegurarse de que llegaran sanos–, su seguridad durante el viaje y que obtendrían una educación gratuita en las colonias, además de la oportunidad de una nueva vida allí con una familia adoptiva. Un conjunto de oportunidades mucho mejor que el que obtendrían en España.

En 1803 zarpa la expedición

La Real Expedición Filantrópica de Vacunas zarpó finalmente en noviembre de 1803 con los 22 huérfanos. Los niños, de entre 3 y 9 años, hicieron el viaje acompañados por el médico Francisco Xavier de Balmis y la enfermera responsable del orfanato –que tan en boga está últimamente en nuestro país– Isabel Zendal Gómez.

A pesar de toda la cuidadosa planificación, la expedición casi fracasa. Cuando el barco llegó a la actual Caracas (Venezuela) en marzo de 1804, solo quedó una llaga en el brazo de un niño. Pero fue suficiente. Balmis inmediatamente comenzó a vacunar en tierra, centrándose en los niños, que eran los más susceptibles a la viruela. Según algunos informes, Balmis y su equipo inyectaron a 12.000 personas en dos meses.

placeholder La expedición en un grabado de Francisco Pérez
La expedición en un grabado de Francisco Pérez

Desde Caracas, la tripulación de Balmis se dividió en dos grupos. Su principal adjunto, Jóse Salvany Lleopart, dirigió una expedición a lo que ahora es Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. El viaje fue accidentado, a través de espesas selvas y sobre las imponentes montañas de los Andes. Aún así, durante los próximos años lograron vacunar a más de 200.000 personas. Muchos pueblos los recibieron como salvadores. Las campanas de la catedral sonaron, los sacerdotes dijeron misas de acción de gracias y la gente disparó fuegos artificiales y celebró corridas de toros en su honor.

Mientras tanto, Balmis viajó hacia México, donde inoculó a alrededor de 100.000 personas más. A mitad del viaje, dejó a los huérfanos con sus nuevas familias en Ciudad de México. Luego se dirigió a Acapulco para prepararse para otra expedición de vacunas, esta vez a las colonias españolas en Filipinas. Recogió algunas docenas de niños más en la ciudad, pero en lugar de encontrar huérfanos, contrató a niños de varias familias, esencialmente alquilándolos como mulas de vacuna para el viaje a Asia.

El barco llegó a Filipinas el 15 de abril de 1805 y, en pocos meses, el equipo de Balmis había vacunado a 20.000 personas. La expedición tuvo tal éxito que el médico navegó a China en el otoño de 1805 para inocular a su población. El logro fue asombroso: sin ningún equipo o transporte moderno, el equipo de Balmis logró difundir la inyección de Jenner en todo el mundo en menos de una década, vacunando a cientos de miles de personas y salvando quizás millones de vidas.

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