21 de octubre de 1805: el día más amargo para España
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contra el enemigo insular

21 de octubre de 1805: el día más amargo para España

Fue en el año 1805 cuando se produjo una de las más cruentas batalla naval hasta la fecha: el dramático episodio de Trafalgar contra los británicos

Foto: Ilustración de la Batalla de Trafalgar (Fuente: iStock)
Ilustración de la Batalla de Trafalgar (Fuente: iStock)

Cuando miras al abismo, el abismo también te mira a ti.

F. Nietzsche.

Aquel grupo de espadachines adiestrados en el arte de la Destreza, una forma de esgrima total, tanto a distancia como en el cuerpo a cuerpo, un arte de cuño y patente española que se manejaba con espada larga y daga, eran un grupo de amigos universitarios de Salamanca que se habían presentado voluntarios para el gran lance que se iba a producir en las 48 horas siguientes. Todos juntos eran invencibles, uno por uno, difícil de batir. No había porte militar en ellos pero se atisbaba marcialidad, determinación y ganas de dar un escarmiento a los británicos; ganas, muchas ganas.

Dos días antes, las iglesias de una de las más espectaculares ciudades de Europa, Cádiz, estaban repletas de orantes y devotos que se veían claramente con visado para el más allá. Los tonsurados repartían hostias a destajo ante el frenesí de la demanda de los ávidos creyentes que sabían que el asunto por venir tenía mal pronóstico. La banda sonora para aquel funeral anunciado no era otra que la de coger unos colocones de aquí te espero para poder entrar más sedados en aquellos ataúdes flotantes y echar las flemas al compás de las olas en un vómito coral.

No había porte militar en ellos pero se atisbaba marcialidad, determinación y ganas de dar un escarmiento a los británicos, muchas ganas

Las fragatas y galeones sin mantenimiento y, con una oficialidad sin autoridad moral para dirigir a aquellos desgraciados que habían sido capturados a lazo, sacados de las cárceles, y empujados hacia un destino para el que no tenían ningún entrenamiento previo, estaban abarloadas en el puerto para iniciar su viaje al más allá.

La bulliciosa ciudad vivía entre el contraste del desmadre de los que se saben condenados de antemano y los uniformados que planificaban con énfasis comprometido y meridiana entrega y racionalidad cómo enfrentar la batalla contra los ingleses. Las calles estaban llenas de borrachines y de toda la “canalla” que habían pillado los alguaciles para meterla dentro de las sentenciadas naves en que se convertiría un par de días después la flota combinada hispano- francesa al mando del incompetente y atildado Villeneuve.

El almirante Villeneuve.
El almirante Villeneuve.

Nuestro secular enemigo insular, nos la tenía guardada por las múltiples faenas y rotos que le habíamos causado. En Canarias, un verano tórrido de 1797, a su admirado almirante Nelson, un viejo general español retirado, brillante y canoso (Antonio Gutiérrez) le había hecho una avería importante y lo había dejado sin el brazo de firmar; ya antes, les había sacudido a los rubicundos ingleses unos correctivos importantes en las Malvinas y Menorca y le había cogido el tranquillo al asunto. Además, todavía estaba latente la “pupa” que les había endosado en la captura del Doble Convoy – 53 fragatas y barcos de transporte con pertrechos para combatir a los levantiscos de las trece colonias norteamericanas – el ilustre Don Luis de Córdova, que les había aligerado más de 1.000.000 de libras en lingotes de oro y pertrechos de todo tipo dejando la bolsa inglesa en quiebra técnica y con un tembleque “que pa qué”.

Nuestro secular enemigo insular, nos la tenía guardada por las múltiples faenas y rotos que le habíamos causado

Como la información es poder y al pueblo llano había que mantenerlo en la indigencia mental –la otra se daba por supuesto pues estaba en el guión de la vida de la época–, el respetable, en aquel tiempo firmaba la cartilla militar con el dedo y los más bordes con un escupitajo seguido de una buena paliza por parte de los subordinados de la oficialidad. La pobreza campaba a sus anchas en el imperio más rico del mundo. Quiebras a tutiplén, deudas a los acreedores que se llevaban los “beneficios” provenientes de América en unos vasos comunicantes que no pasaban por nuestro país para irrigar la pobreza flagrante en la que vivíamos, lo que redundaba en falta de inversión en los sectores estratégicos, entre ellos obviamente, el ejército y la marina. Nada nuevo bajo el sol.

El coste del sostenimiento de la guerra más larga de la historia – contra el Imperio Británico –, suponía una pasta importante para el erario público y las telarañas vivían su época dorada en los cofres de la hacienda nacional.

El día anterior a una de las batallas más famosas de la historia, el alcohol corría por las venas de la ciudad de Cádiz a buen ritmo y en muchas tabernas, hasta gratis total, sumado todo ello a la manida y triste Sopa Boba. En la España de las paradojas, la riqueza insultante y la pobreza extrema convivían junto a una falta de planificación racional instalada en una permanente improvisación.

Ilustración de la Batalla de Trafalgar (Fuente: iStock)
Ilustración de la Batalla de Trafalgar (Fuente: iStock)

Cádiz, en aquel entonces bullía de matones, canallas de medio pelo, descuideros y chorizos de toda laya. Las patrullas del ejército y los alguaciles no paraban de repartir estopa a diestro y siniestro. Se había levantado cierta ventolina y refrescado la húmeda atmósfera habitual del puerto. Los adictos al morapio dormían al raso y las estrellas lucían en su esplendor antes de la noche más oscura.

Al final de las escolleras, en el Castillo de Santa Catalina, la alta oficialidad de la marina española estaba reunida en pleno en medio de un acalorado debate. Los marinos españoles con buen criterio proponían dejar que la flota inglesa de Nelson con costa a la vista, fuera devorada por la muy previsible y radical bajada barométrica anunciada por los expertos meteorólogos que con el tiempo se pudo probar que alcanzaría en la escala Beaufort el nivel de 7-8 con mar gruesa por momentos.

No había ninguna necesidad de combatir pronosticaban los marinos españoles, los elementos se harían cargo de aquellos piratas de uniforme. En esta definición debemos de excluir a Nelson, que era un caballero y un marino de raza. La definición tiene carácter general y muy fundamentado habida cuenta de la idiosincrasia de este pueblo descendiente de saqueadores, por lo tanto, desde la fidelidad y el respeto del análisis histórico, no se puede decir que esto suponga un insulto.

No había ninguna necesidad de combatir pronosticaban los marinos españoles, los elementos se harían cargo de aquellos piratas de uniforme

Escaño, Churruca, Alcalá Galiano, Gravina; tenían un enfrentamiento con el mal llamado” almirante” francés Villeneuve, en cuyas manos fue puesta la dirección de la flota combinada. Este sujeto, era un perdedor nato (Abukir, Finisterre, etc. ) y ya había sido condenado a la Damnatio Memoriae por el hombre de la eterna mano en el esófago, a un destierro de por vida a la isla de Yeu, destierro que nunca llegó a concretarse porque se supone que se “suicidó” dándose una docena de puñaladas a lo “sepuku”, de las cuales algunas le llegaron a atravesar de parte a parte su ya castigado cuerpo en la ciudad de Rennes cuando fue devuelto por los ingleses. Hay que ser masoquista…

Foto: Nelson fue herido de muerte durante la batalla de Trafalgar. (Auguste Mayer, 1836)

En Yeu, todos los grandes perdedores de Francia en las guerras de la historia de este país de Napoleones, tenían como dedicación exclusiva la de pacer pacíficamente en los verdes prados de esta pequeña y hermosa isla frente a la costa de Vendée al oeste de Francia. Su misión para los restos, no era otra que la de recrear huertos con coles y lechugas; y eso sí, mucha contemplación. Eran literalmente condenados en vida a pastar en los terrenos de la nada.

Pues bien, tras una escandalosa agarrada con el ya destituido Villeneuve (Napoleón no le quiso dar más oportunidades), los marinos españoles con más tablas y solera, le dijeron que aquello era un suicidio y que respetara a la naturaleza, que esta haría su trabajo sin necesidad de combatir. Pero el supuestamente mancillado honor de aquel aristócrata falto de seseras, dio al traste con la firme oposición de los oficiales españoles que, rendidos a la inevitable evidencia de la obediencia debida, saldrían a la mañana del día siguiente a combatir con cerca de un tercio de la más granada delincuencia que había en aquel momento en los pagos de España en la bodegas de unas naves, que en su mayoría no tenían mantenimiento alguno y en las que la tropa y marinos de oficio, poco o nada podían hacer ante la desventura que se avecinaba.

La entrada en las embarcaciones de los que iban a la muerte, tenía todo el aspecto de un velatorio. Muchos fueron los voluntarios que pelearían codo a codo con las experimentadas tripulaciones con cicatrices más que certificadas, pero aquella mañana el silencio lo embargaba todo.

Ya se habló en esta sección de la historia de España hace años de la batalla en sí y sus consecuencias. Hoy, sabemos que no estar preparados para una contienda de ese calibre tiene sus consecuencias. No cometamos los errores del pasado. Una marina de gran nivel se hace necesaria y aunque hoy las circunstancias no son las idóneas, el capítulo de la defensa de la nación no debe de ser ninguneado.

Muchos fueron los voluntarios que pelearían codo a codo con las experimentadas tripulaciones con cicatrices más que certificadas. Aquella mañana el silencio lo embargaba todo

Aquel 21 de octubre, el desastre anunciado la noche anterior por la oficialidad española que demandaba prudencia al alocado y ególatra francés, llevó a Francisco Alsedo y Bustamante, Federico Gravina, Dionisio Alcalá Galiano y a Cosme Damián Churruca, curtidos marinos, al inquietante mundo de la eternidad.

Este escribano recomienda como lectura complementaria el artículo escrito en su momento, en el cual se explica sin ambages ni pelos en la lengua, los detalles del desastre ocurrido al día siguiente de lo manifestado en el presente esbozo de lo que fue la tumba de una miríada de marinos, humanistas y científicos; devorados por la sinrazón de las decisiones de un empecinado en recuperar su hipotecado honor.

Un hombre no muere mientras su nombre sea pronunciado.

Escaño, Churruca, Alcalá Galiano, Gravina y más de dos millares de combatientes españoles junto a los cinco estudiantes salmantinos…

Recordar es honrar.

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