ENTREVISTA CON DAVID MADDEN

“La crisis de la vivienda se usa para construir pisos de lujo y destruir los de los obreros”

El aumento de precios no es ni una casualidad, ni algo coyuntural, ni algo meramente local. Como explica el sociólogo en 'En defensa de la vivienda', es algo buscado desde hace tiempo

Foto: Madden, este martes en Madrid. (Foto: Héctor G. Barnés)
Madden, este martes en Madrid. (Foto: Héctor G. Barnés)

Los precios del alquiler suben, provocando que miles de personas se vean obligadas a abandonar sus hogares hasta zonas de la periferia. La compra de una casa implica la firma de leoninas hipotecas, de décadas de duración. Durante los años de la crisis se llevaron a cabo miles de desahucios, y la ley aprobada por el PP en 2012 dio alas a las sociedades de inversión inmobiliarias. Más sencillo: según los datos del CIS, la preocupación por la vivienda se ha multiplicado por tres durante el último año.

Cuando intentamos entender qué ocurre, tendemos a analizar nuestro entorno inmediato, desde las medidas políticas de los ayuntamientos a las tendencias locales de mercado. Sin embargo, para el profesor asistente de la London School of Economics David Madden y Peter Marcuse, veterano profesor de la Universidad de Columbia, el problema es global y común a casi todos los países, como cuentan en 'En defensa de la vivienda' (Capitán Swing). La vivienda ha dejado de ser sinónimo de techo bajo el que vivir, como fue durante la mayor parte de la historia del hombre, para convertirse en una inversión. Ello ha provocado una guerra entre multinacionales que se libra por todo el planeta y aumenta artificialmente los precios, mientras las autoridades se mantienen de brazos cruzados. Hoy, por ejemplo, Blackstone es el mayor propietario inmobiliario de España con propiedades por valor 20.000 millones.

No es una crisis, es lo que ocurre cuando conviertes la vivienda en un producto

La ecuación del fracaso de las últimas décadas podría ser la siguiente: desregulación + financiarización + globalización = mercantilización. Un círculo vicioso que pagan los ciudadanos más desprotegidos, aunque el libro concluya con una nota positiva, al recordar los éxitos de diversos movimientos de activismo inmobiliario, como la PAH en España. Aprovechamos que Madden está de gira por España y que ha pasado por Madrid para ofrecer una conferencia en el Espacio Fundación Telefónica para charlar con él sobre la supuesta crisis de la vivienda que, recuerda, no es tal, sino el sistema funcionando a pleno rendimiento para beneficio de las élites.

PREGUNTA. En el artículo 47 de la Constitución Española, se asegura que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”. ¿Está el gobierno incumpliendo la constitución?

RESPUESTA. Es una buena pregunta porque, hasta cierto punto, la gente acepta la idea de que la gente tiene derecho a una casa. A menudo se recoge en las constituciones, también en la Declaración de los Derechos Humanos. Pero, como siempre, depende de cómo se interprete, formule y se aplique. Hay una gran injusticia y miseria generada por la vivienda. Y a menudo, el derecho a la vivienda se aplica como una forma de opresión. En Reino Unido, la administración tiene la obligación de proporcionar vivienda a los sin techo, pero los ayuntamientos la ofrecen a cientos de kilómetros de distancia, y dicen “si no la aceptas, es porque quieres vivir voluntariamente en la calle”. Hay límites en el lenguaje de los derechos y no basta con decir que existe dicho derecho. Pero a menudo son las únicas palabras que tenemos que se oponen al dictado de los mercados.

P. A menudo utilizamos el término “crisis de la vivienda”. Pero ustedes mantienen que no es una crisis, es el sistema funcionando como está previsto que funcione.

R. Peter y yo advertimos a la gente que no abusase del término “crisis”, precisamente porque nombra algo temporal, que se separa del 'statu quo', y que si se repara, todo funcionará correctamente. Los gobiernos suelen hablar de “crisis de la vivienda” y, por lo tanto, legitiman que se construya más vivienda de lujo o que se destruyan las de la clase trabajadora. Sin embargo, puede decirse que la crisis se vive a nivel individual, cuando alguien se enfrenta a un desahucio por causas estructurales. Tenemos injusticia y precariedad inmobiliarias gracias a décadas de decisiones políticas y reestructuración. No es una crisis, es lo que ocurre cuando la vivienda se convierte en un producto y se financiariza.

Barrio residencial en Madrid. Foto: iStock.
Barrio residencial en Madrid. Foto: iStock.

P. Y solo puede ir a peor.

R. No necesariamente. Si las cosas no cambian, será así. Una de las cosas que defendemos es que la historia de la vivienda como producto es muy variable. Hay veces en las que está merced de las fuerzas del mercado, y otras en las que está protegida de ellas. En ocasiones, la vivienda ha servido como base para la redistribución, y a veces ha aumentado el margen de beneficio del mercado. La gran pregunta es qué se puede hacer ahora para utilizar la vivienda como herramienta de redistribución, en lugar de para la acumulación financiera.

P. Con la dificultad añadida de que nos encontramos en un contexto en el que el mercado es global, lo que reduce mucho la posibilidad de actuación de las administraciones.

R. La mayoría de medidas sobre la vivienda se toman a nivel local. Pero algunas de las corporaciones inmobiliarias son más poderosas que muchos gobiernos. Es un problema de escala. Esto implica que el activismo de la vivienda necesita reforzar sus conexiones, aunque solo sea para compartir información. A medida que el problema de la vivienda sea más global, deberá resolverse con medidas políticas supranacionales, que no se limiten a ciertos países.

P. Hace más de una década, Richard Florida publicó 'La clase creativa', en la que aplaudía que las ciudades se convirtiesen en centros de innovación. Ahora, con 'The New Housing Crisis', parece arrepentirse de todo ello al mostrar cómo ese movimiento ha terminado polarizando las ciudades entre los que pueden vivir en el centro, la élite de la clase creativa, y los que habitan en las afueras. ¿Se ha convertido el sueño en pesadilla?

R. Para mucha gente siempre fue evidente que iba a ser una pesadilla. Desde el principio quedó claro que era una idea que legitimaría la gentrificación, que desplazaría a la gente que vive en el centro de las ciudades, que es lo que está ocurriendo. Lo podemos ver en todas partes: los pobres y los trabajadores están pagando grandes cantidades de dinero por pisos que apenas pueden pagar o sometidos a largos desplazamientos, lo que hace su vida aún más difícil.

Si todo el mundo quiere ser propietario y el gobierno no hace nada, los precios subirán

P. En España, ser propietario es una aspiración generalizada de las clases medias y bajas: uno de los grandes proyectos familiares es poseer el propio hogar. ¿Qué ocurre cuando en un país impera ese pensamiento?

R. Parte del problema es que la propiedad individual no es tan estable como uno puede pensar, hay propietarios cuya vida está totalmente dominada por la deuda y la hipoteca, por lo que no están viviendo lo que se les había vendido. Eso no quiere decir que vivir de alquiler no sea tremendamente inseguro, pero hay lugares donde los arrendadores están muy protegidos. Berlín, por ejemplo, donde la mayoría es alquiler, aunque está cambiando. Lo que deberían buscar los políticos es que el alquiler fuese más seguro. Imagina un mundo donde no hubiese mucha diferencia entre alquilar y comprar, sería un sistema más justo.

P. A menudo se dice que “alquilar es tirar el dinero”. ¿Qué le diría a alguien que piensa eso?

R. En algunos casos, es posible que comprar, a largo plazo, tenga más sentido, pero depende de los precios. Según las circunstancias económicas del individuo, en ocasiones alquilar puede ser mucho más económico y seguro. Si todo el mundo quiere ser propietario y el gobierno no hace nada, los precios subirán. Es una fuente de inseguridad social, muchos Estados han pensado que la propiedad de la casa es un sustituto de las pensiones, una estrategia insostenible. La pregunta es ¿es un buen sistema? Claramente necesitamos un sistema más igualitario para todos.

P. Sin embargo, hay momentos en los que los alquileres suben tanto que parece más rentable comprar, lo que empuja a mucha gente a pedir una hipoteca.

R. Absolutamente. En el libro adoptamos un punto de vista sistémico, no se trata de qué tiene sentido a nivel individual, sino cuál sería el mejor sistema.

P. Hay un problema respecto al activismo inmobiliario. Si eres mujer, gay o negro muy probablemente lo seguirás siendo toda tu vida, pero es mucho más fácil que un arrendador pase a ser arrendatario, no es parte de la identidad de cada cual.

R. Bueno, hay gente que vivirá de alquiler toda su vida, y muchos otros cuya ambición no es comprar una casa. Si miras a la historia de los movimientos por la vivienda, suelen aparecer cuando la gente entiende las relaciones de clase entre arrendadores y arrendatarios, y de la posición en la que se encuentran en dicho sistema.

P. En el libro ponen ejemplos de cómo las políticas progresistas en ocasiones pueden ayudar a las élites inmobiliarias. ¿Cuál sería una verdadera política progresista de vivienda?

R. Sí, hay muchas soluciones que empeoran el problema. A menudo, las medidas reflejan situaciones contradictorias. Si observas las reformas en el sistema de vivienda en Norteamérica a mediados del siglo XX, por una parte contemplan las demandas por mejor vivienda, pero por otra son ante todo una reacción al miedo por los disturbios que podían producirse si no se mejoraban. Así es como salen adelante la mayoría de medidas. La pregunta es cómo mejorar el sistema de vivienda para todos, y creo que hay cosas que podrían ocurrir inmediatamente. En primer lugar, los Estados podrían dejar de empeorar las cosas, realizar una moratoria en la privatización de terreno urbano, reforzar los derechos de los arrendatarios frente a los de los inversores, y eso es algo muy viable. Puedes aumentar el parque de vivienda pública, pero la pregunta es cómo puedes orientar el sistema hacia otra dirección.

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