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Ni el paro ni los robots: esta es la gran amenaza para el trabajador del futuro

¿Automatización? ¿Desaparición de puestos? No podemos prever si va a ocurrir, pero lo que sí sabemos es que no hemos hecho nada frente a este problema creciente durante décadas

Foto: Foto: iStock.
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¿Cuál es la mayor amenaza para el trabajador del futuro? Si atendemos a gurús, ensayos sobre el mundo laboral, informes de organizaciones internacionales y 'lobbies', probablemente responderemos que la automatización del empleo, que previsiblemente acabará con millones de puestos de trabajo, no solo de cuello azul, sino también de profesiones del conocimiento. Sin embargo, hay quien sugiere que ese no es, ni de lejos, el problema laboral más acuciante a nivel global. Es más, es posible que no hayamos sido capaces de solucionar ese gran hándicap desde hace más de 40 años, cuando se le dio un nombre por primera vez. Se trata de la economía informal.

Lo explica en un artículo publicado en la página del Foro Económico Mundial la economista búlgara Kristalina Georgieva, antigua vicepresidenta de la Comisión Europea: “El mayor reto al que se enfrenta el futuro del trabajo –y que ha tenido que combatir durante décadas– es el gran número de gente que vive día a día día en empleos eventuales, sin saber si lo conservarán la semana siguiente y sin capacidad de programar nada con antelación, ni siquiera a unos meses vista, pensando en el futuro de sus hijos”, señala la mujer que fue candidata para sustituir a Ban Ki Moon como secretaria general de la ONU.

Frente al estigma asociado con la economía sumergida, la OIT recuerda que la mayoría de trabajadores “no lo hacen por elección propia”

En su opinión, la terminología pseudotécnica –y los matices negativos asociados con el término “economía sumergida” utilizado a menudo en español como sinónimo– fracasa a la hora de “transmitir el abyecto estado de purgatorio que condena a millones de trabajadores y a sus familias en todo el mundo”. De ahí que instituciones como la Organización Internacional del Trabajo hayan intentado tomar cartas en el asunto: en 2015, la OIT publicó la recomendación 204, con el objetivo de facilitar la transición de los trabajadores desde la economía informal hasta la formal. En él se ponía de manifiesto que la mayoría de personas que se incorporan a ella “no lo hacen por elección”, y que esta economía “representa un importante obstáculo para los derechos de los trabajadores”. Este mismo año, la OIT desvelaba que la economía informal emplea a más el 61% de la población activa mundial.

Como es previsible, esta situación es más común en los países en desarrollo. El terminó fue originado en los años 70, cuando el antropólogo Keith Hart descubrió, tras analizar el funcionamiento económico de las ciudades de Ghana, que se trataba de una fuerza laboral pasivamente explotada que gozaba de cierta autonomía para generar ingresos. Como explica otro artículo de Nigel Twose, director 'senior' del Banco Mundial, en los países no desarrollados este modelo económico afecta hasta al 40% de los trabajadores con menos ingresos. Según los datos de Georgieva, más del 70% en el África subsahariana y en el sur de Asia, y más del 50% en Latinoamérica. Los casos más extremos son Nepal y Costa de Marfil, con una tasa superior al 90%.

Pero la economía informal sigue siendo un gran problema incluso en los países desarrollados, y afecta mucho más a las mujeres: empleos como el de las trabajadoras del hogar encajan a la perfección en esta categoría. Una situación que se agravó globalmente durante los años de la crisis, a medida que el paro aumentaba. España ha sido tradicionalmente un país con altos niveles de trabajo informal, que llegaron a superar el 20% a principios de siglo. Paradójicamente, la cifra descendió durante la crisis, pero por un motivo que resume bien las peculiaridades de nuestra productividad: el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y la reducción del sector de la construcción, uno de los que más suele apoyarse en esta fórmula.

Una nueva fórmula

El pasado martes, la presentadora Samantha Villar publicaba un hilo de tuits en el que recordaba que muchos trabajadores del sector audiovisual, como los cámaras, redactores o montadores, no gozan de sus vacaciones porque no son renovados al terminar junio y vuelven a ser contratados en septiembre, por lo que pasan el verano en el paro. Esta situación habitual, recordaba, “implica nunca generar antigüedad, no ser nunca fijo, gastar uno o dos meses de paro acumulado cada año, además de la pérdida de pasta, que no es poco (un 40% menos aproximadamente del salario?”.

Es posible que estas nuevas fórmulas sean un paso intermedio entre esa transición entre la economía informal y la formal a la que se refería la OIT

Es un ejemplo común a otros empleos (por ejemplo, el de profesor) que no encajaría en la definición canónica de trabajo informal, pero que señala que incluso los asalariados y autónomos de los países desarrollados comienzan a compartir algunas de las características que habían caracterizado a este. La tendencia más obvia es la que ha sido propiciada por la llamada economía colaborativa, que, como recuerda el profesor de la UOC Albert Beltrán i Cangròs, en muchos casos debería clasificarse más bien como “informal” ya que no hay libre intercambio entre usuarios, puesto que una plataforma sirve de mediador, y además tiene ánimo de lucro. Por otra parte, y debido a que los trabajadores no son profesionales, no gozan de las mismas protecciones que un asalariado ni cotizan a la Seguridad Social, como ha ocurrido en Glovo.

Para entender este proceso resulta reveladora una investigación sobre la “uberización del trabajo” publicada por el abogado holandés Stefan Nerinckx. En ella señalaba cómo muchos empleados de este sector emergente caen en una tierra de nadie entre el asalariado y el autónomo que termina provocando que compartan algunas características con el trabajo informal, como por ejemplo, la inestabilidad, la ausencia de protección social y la pérdida de derechos como las vacaciones pagadas. Gran parte de las dificultades del empleo informal son compartidas por estos nuevos empleados, como el pago por trabajo realizado (sin remuneración mínima), los gastos de material asumidos por el trabajador o precariedad constante.

Las mujeres suelen ser más a menudo víctimas de esta situación. (Reuters/Paul Hanna)
Las mujeres suelen ser más a menudo víctimas de esta situación. (Reuters/Paul Hanna)

Es lo que ocurre también con los contratos de cero horas populares en países como Reino Unido, uno de los ejemplos de “empleo no estándar” recogidos en el informe publicado a finales de 2016 por la Organización Internacional del Trabajo. Como recordaba este, esta fórmula en la que no hay un mínimo de horas garantizadas supone ya un 2,5% de la fuerza laboral del Reino Unido. En otros países, como en EEUU, la cifra de aquellos que tienen empleos con horarios irregulares alcanza el 10%. En España, recuerda el informe, el empleo temporal se encuentra en el 23%, uno de los más altos de los países desarrollados. Menos que el 35% de 1995 pero mucho más que el 15,6% de 1987, “la más alta del sur de Europa”.

En el caso que nos ocupa, el de la economía informal, llama la atención cómo el empleo a tiempo parcial marginal –es decir, el que implica menos de 15 o 20 horas a la semana– aumentó durante la última década, aunque descendiese el trabajo informal… o quizá, a causa de ello. Es posible que estas nuevas fórmulas sean un paso intermedio entre esa transición entre la economía informal y la formal a la que se refería la OIT. Como definió Manuel Castells junto a Alejandro Portes a finales de los 80, “la economía informal no es por lo tanto una condición individual sino un proceso de generación de ingreso caracterizado por un rasgo central: no está regulado por las instituciones de la sociedad, en un entorno legal y social en el cual están reguladas las actividades similares”. ¿Es posible, por lo tanto, que esa economía informal no esté desapareciendo, sino tan solo transformándose para que nada cambie?

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