CUANDO EL EMPLEO SE CONVIERTE EN HOBBY

“Trabajo para Uber porque me aburro”: la trampa de las empresas para pagarte menos

La aparición de una empresa que contrata a postadolescentes para hacer el trabajo que ellos no pueden llevar a cabo reabre el debate: ¿hacia dónde va el mercado laboral?

Foto: La 'gig economy', el nuevo montar un grupo. (Reuters/Jim Young)
La 'gig economy', el nuevo montar un grupo. (Reuters/Jim Young)

Ha sido una de las noticias más comentadas de la semana en EEUU, aunque es probable que no falte mucho para que lo que cuenta llegue a Europa. Un reportaje de 'The Atlantic' desvelaba que la aparición de una nueva plataforma de alquiler de patinetes eléctricos, Bird, ha dado un empleo alternativo a un montón de jóvenes californianos que pueden llegar a ganar 600 dólares en una noche. No se trata tan solo del dinero, sino sobre todo, de que han convertido dicha labor en una afición y un reto. Su labor, recuerdan, es como recorrer la ciudad juganado a Pokémon Go. Solo que ahora también te pagan por ello. Vaya negocio.

¿En qué consiste exactamente la labor de estos “cazadores de pájaros”, como se les conoce? Se trata de viajar a lo largo y ancho de la ciudad para recuperar, gracias a una app que los localiza, los patinetes que forman parte del servicio y que los usuarios han utilizado, llevarlos a sus casas, cargarlos y devolverlos. La labor se convierte, por lo tanto, en una aventura de exploración, en un divertido 'hobby' al salir de clase. Algunos de ellos compiten con sus compañeros para ver quién recoge más patines. Otros comparten en redes sociales las imágenes de sus logros. La facilidad para apuntarse en el programa (no requiere, por ejemplo, darse de alta en ninguna clase de régimen laboral) y el escaso coste que exige cargar los vehículos ha facilitado que el crecimiento del número de estos cazadores sea exponencial.

Los jóvenes lo ven como un 'hobby', y la empresa como una solución al problema de recoger miles de patinetes repartidos por toda la ciudad

No es oro todo lo que reluce, claro. El reportaje también indica que, más allá de los vecindarios de Los Ángeles, en otros núcleos urbanos como San Diego la competición ha tomado tintes más ocuros. A menudo hay puñetazos (literales) por hacerse con los patinetes y la recompensa (de cinco a 20 dólares por cada uno), esgrimiendo el viejo argumento de “yo lo vi antes”: el primero que escanee el código, gana. Algunos han optado por quedarse con ellos y devolverlos al cabo de un tiempo para cobrar el rescate de 20 dólares, y otros las revenden por piezas en el mercado negro, donde pueden obtener 50 dólares por una batería. Una nueva picaresca de la precariedad que se aprovecha de los puntos ciegos de la aparentemente perfecta estrategia de estas compañías.

Lo que no explica el reportaje es exactamente la política de empresa que explica el surgimiento de estos modelos de negocio. La sintetiza bien un forero de 'Reddit' cuando escribe que no está muy seguro de “cómo una empresa podría recoger miles de patinetes repartidos por toda una ciudad con trabajos a tiempo completo”. En este caso, es poco eficiente tener cientos de trabajadores para desplazarse por los casi 100.000 kilómetros cuadrados de L.A. si puedes tener contar con miles de 'freelancers' repartidos por toda la ciudad que dediquen una breve parte de su jornada (por ejemplo, una hora) a recoger un puñado de 'scooters', cargarlos y devolverlos. Un gran ahorro en sueldos e infraestructura. Y, además, los chavales lo harán encantados.

La era de los 'hobbyistas'

El quid de la cuestión en este caso se encuentra en la pasión y competitividad que muestran los “trabajadores” de Bird. Alguno compara su labor con misiones de videojuegos como “Grand Theft Auto” o “The Elder Scrolls V: Skyrim” ya que, como en ellos, el jugador/cazador debe desplazarse por un mapa inmenso para conseguir el botín que le permita avanzar en el juego u obtener nuevas armas u objetos. En este caso, la recompensa es dinero real, contante y sonante. Uno de los jóvenes que participan recuerda que “se puede sacar mucho con esto”, y que en ocasiones la compañía ofrece premios especiales –una vez más, como en un juego– si se alcanzan determinados objetivos. Por ejemplo, 100 dólares más si “cazaba” 30 pájaros.

Para los postadolescentes puede tratarse de un juego, pero para determinados adultos es su principal vía de ingresos

Pero ¿se trata de una nueva versión 3.0 de los tradicionales trabajos pensados para adolescentes, como el clásico repartidor de periódicos en bicicleta, o se trata de una alarmante precarización de empleos promovida por empresas que, de otra manera, no podrían existir, más semejante a los pequeños pagos que percibían los vendedores de cartón como un último recurso de suprevivencia, y que repuntan en los momentos de crisis económica? Para los postadolescentes puede tratarse de un juego, pero es posible que para determinados adultos termine convirtiéndose en su única vía de ingresos, desprovista de la protección social y laboral tradicional.

A menudo esta nueva fórmula empresarial suele recibir el nombre de 'hobbyista', derivada de la palabra “hobby” (“afición”). En 'Imperio', Toni Negri y Michael Hardt hablaban de los trabajos afectivos donde encaja esta categoría y que ponen en juego “una sensación de paz, bienestar, satisfacción, entusiasmo o pasión”. En esta clase de trabajos, aunque generen bienes materiales o servicios, el objetivo no es una recompensa material, sino una retribución emocional. Por lo tanto, la cantidad de dinero percibida o los derechos laborales dejan de ser factores importantes. Es lo que ocurría tradicionalmente con los productos generados por fans de una película, un libro o una serie, pero cada vez más se aplica a la 'gig economy' y a plataformas como Uber.

Los patinetes de la ira. (Reuters/Mike Blake)
Los patinetes de la ira. (Reuters/Mike Blake)

Este ámbito también ha servido de sorprendente refugio para un gran número de personas que se sentían solas. Como recordaba Alex Rosenblat tras entrevistar a 85 conductores de Uber y de Lyft, “los hobbyistas representan un sector revelados de la fuerza laboral de dichas compañías”. Se trata de jubilados, asalariados o padres cuyos hijos se han ido de casa cuya motivación es social. Según el etnógrafo tecnológico, ambos, empresa y 'hobbistas', salen beneficiados, ya que estos “tienen más oportunidades de conseguir un trabajo marginal y son menos vulnerables a las prácticas que pueden derivar en huelgas o protestas”.

En definitiva, que no sea su principal fuente ingresos es una ventaja para ambos. Algo que también ocurre en China, donde es directamente la clase media-alta la que conduce para Uber, en algunos casos, “para conocer gente”. Lo mostraba claramente la tesis doctoral de Fiona Marree Alamyar de la Universidad de Sydney, llamada 'Uber and the Future of Work'. En ella, recogía el testimonio de un conductor llamado Sam, un cincuentón que trabaja a tiempo parcial en bolsa y que conduce para Uber “por llenar las horas muertas”. También el de Roy, un consultor autónomo que asegura que considera que Uber es un hobby, un ingreso adicional y “una excusa para salir de casa”.

La nueva normalidad

Pero, ¿qué pasa cuando estos empleos sí se convierten en la principal o única vía de ingresos de los trabajadores? La red está llena de artículos o entradas de blog que se preguntan si, por ejemplo, Uber puede cumplir ese rol, y la respuesta, por lo general, es un “no” rotundo. Sin embargo, ello no impide que muchas personas, especialmente aquellas que tienen como alternativa el paro, no intenten probar suerte hasta que salga algo mejor, de igual manera que ocurría con aquellos otros trabajillos (como la recogida de cascos de botellas) que proporcionaban ingresos marginales porque llegaban a aquellos rincones que las empresas privadas o públicas tenían difícil alcanzar.

Coleccionar sellos. Hacer ganchillo. Eso son 'hobbies', no conducir para Uber

Por otra parte, es cada vez más común que se vendan estos empleos en principio secundarios como una potencial carrera profesional. Un reciente reportaje publicado en 'Forbes' mostraba cómo muchos habían pasado de segunda ocupación a “trabajo soñado”, entre otras razones, porque los autónomos conforman ya una tercera parte de la fuerza laboral estadounidense. Esta clase de trabajo, recordaba el artículo, son una transición a un nuevo paradigma laboral en el que, de nuevo, la pasión vuelve a constituirse en un factor esencial, y en el que el empleo será para el trabajador “una extensión de quien es y una oportunidad de cambiar el mundo con su talento, creatividad y pasión”. En otras palabras, potencialmente todos podemos ser 'hobbyistas'.

La realidad, no obstante, es muy distinta. Un informe publicado por la Organización Internacional del Trabajo (ILO) recordaba que a la mayor parte de estos trabajadores les gustaba su trabajo pero “estaban frustrados con los bajos sueldos, la ausencia de una fuente de empleo fiable y continua, la falta de respuesta de las plataformas a sus preocupaciones y la mala relación con los clientes”. Aunque se entendía que dichos trabajos eran un complemento, hasta un 37% de los consultados admitía que era su principal fuente de ingresos. Un 40% afirmaba que no tenían ningún otro trabajo ni negocio.

“Coleccionar sellos. Hacer ganchillo. Espeleología. Eso son 'hobbies'. Últimamente, he estado leyendo varios mensajes y muchos jóvenes uberitas mantienen inequívocamente 'considero Uber a hobby'. ¿QUÉEEEEEEEE?” Este es el primer mensaje de un hilo de 'Uber People' apropiadamente titulado “¿Desde cuándo conducir por encargo es un hobby?”. “Jamás he conocido un hobby que consista en destruir tu coche para crear riqueza para la start up más grande del mundo antes de salir a bolsa”. En el momento de escribir este artículo, el hilo tiene 269 mensajes, pero quizá el que mejor lo define es esta respuesta, un haiku perfecto para el siglo XXI (o una canción de los Ramones):

Considero Uber un hobby.

Como jugar con la Gameboy cuando estoy aburrido.

Como ver películas antiguas porque soy pobre.

Como conducir Uber por 65 centavos porque estoy aburrido y soy pobre.

Alma, Corazón, Vida

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