Madres con 15 años: Pasé de ser una niña a cuidar de una, maduré de golpe
LOS EMBARAZOS son más peligrosos

Madres con 15 años: "Pasé de ser una niña a cuidar de una, maduré de golpe"

Se quedaron embarazadas antes de tiempo a raíz de una relación tóxica o por accidente, y decidieron seguir adelante a pesar de los riesgos y estigmas que rodean su decisión

Foto: Montaje: El Confidencial.
Montaje: El Confidencial.

Para explicar por qué se quedó embarazada con 14 años, Gracia se remonta a dos años antes: “Con 12 años tuve que dejar la casa de mi madre para irme a la de mi padre, al que apenas conocía, y pasé una época muy difícil. Entonces conocí a un chico que creía que me iba a cuidar, que me daba cariño, que era mi salvador”. Cuando apenas estaba empezando la adolescencia, con los vaivenes emocionales de la edad en que se guardan para siempre los libros de Primaria, Gracia depositó su confianza en una persona dos años mayor que ella, a todos los niveles: “Él me decía lo típico, que no hacía falta que usásemos condón, que controlaba… Yo ya había pasado por un abandono, el de mi madre, y por miedo a sufrir lo mismo accedí y me terminé quedando embarazada”.

Gracia ocultó su embarazo todo lo que pudo, hasta que los cuchicheos y señalamientos en el patio eran el pan de cada recreo y su madre se dio cuenta de su estado. Decidió seguir adelante con el embarazo, pero los apoyos que creía tener en su entorno se esfumaron al dar a luz, incluido el del padre de Dayara, su hija: “Eso de cuidar de un bebé no le iba mucho, se hacía el loco o me decía que tenía que estudiar, ¡y eso que íbamos a la misma clase! Otras veces directamente me decía que había quedado con sus amigos. Yo era ingenua y seguimos juntos”.

El año pasado, dieron a luz 8.040 chicas menores de 20 años, una tendencia que va en descenso

Durante los primeros meses, Gracia se levantaba cada día sobre las seis de la mañana después de dormir a intervalos de tres horas para dar de comer a su hija. Después la llevaba a la guardería, se iba a clase, comía y la iba a buscar, la ponía a su lado para hacer los deberes, y seguía estudiando después de acostarla. Siguió viviendo con su padre mientras su novio seguía con los suyos, y la relación acabó agotándose. “Intentaba luchar por la familia, 'un poco más, un poco más, que quiero que estemos los tres', quería que mi hija tuviera un entorno familiar, pero al final solo veía peleas”. Cuando su hija cumplió cinco años, acabó cortando él, aunque, en la práctica, todo ese tiempo fue una madre soltera. Y adolescente. “Para mí fue muy duro, sobre todo el primer año, pasé de ser una chica que se iba al parque a echarse unas risas, a jugar, a pasear… a no tener nada de vida social, maduré de golpe”.

Las causas: violencia y entorno inestable

El año pasado, dieron a luz 8.040 chicas menores de 20 años, una tendencia que va en descenso —en 1996 fueron 11.000—, pero que sigue reflejando la existencia de un problema social. Aunque hay más opciones anticonceptivas que nunca, también influye que la edad media de la primera relación sexual completa se ha adelantado en 5,6 años respecto a la década de los sesenta. La experiencia de Gracia, aunque personal, tiene muchos puntos en común con la de otras madres adolescentes, según las conclusiones del estudio 'Relatos de madres adolescentes en la España actual' (2017). En él se entrevista a 32 chicas españolas, intentando romper con el estigma de que es un fenómeno propio de unas nacionalidades concretas; y aunque avisan de su limitada representatividad, recoge varias tendencias que definen la maternidad temprana.

Gracia, junto a su hija, Dayara. (Cedida)
Gracia, junto a su hija, Dayara. (Cedida)

En primer lugar, todas aseguran que conocían los métodos anticonceptivos existentes, pero o bien no los usaron, lo hicieron de forma incorrecta o los dejaron de utilizar al encontrar una pareja estable. Todos los padres eran mayores que ellas y a menudo rompieron la relación durante el embarazo o al tiempo de dar a luz. Muchas abandonan sus estudios, pero la mayoría los retoman después, aunque los trabajos que tienen son precarios o no han conseguido ninguno.

Las mujeres que nos plantearon el embarazo como un deseo venían de hogares con padres separados o con dificultades

El entorno familiar o social es a menudo inestable y se refugian de él depositando en sus parejas toda su confianza. De hecho, a lo largo del estudio, se analizan varias causas que derivan en un embarazo adolescente, y una de ellas es que, a pesar de su corta edad, buscaron tener un hijo como “un deseo dentro de un proyecto voluntario de pareja”. “Todas las mujeres que nos plantearon el embarazo como un deseo venían de hogares con padres separados o con dificultades, y pensaban que creando su propia familia tendrían lo que no encontraban en casa”, señala Ana Lucía Hernández, coordinadora del estudio del Centro Reina Sofía, en que participan la Universidad de Zaragoza y el Gobierno de Aragón.

Ariadna se quedó embarazada cuando tenía 16 años. (cedida)
Ariadna se quedó embarazada cuando tenía 16 años. (cedida)

Otra de las causas del embarazo es el contexto en que viven, como es el caso de las chicas de etnia gitana, en que los embarazados adolescentes no se viven de una manera tan dramática: “Ven con una alegría muy grande la maternidad temprana, porque supone alianzas familiares y la inclusión de un nuevo miembro en las familias extensas. Además, existe una normalización de que a los 19 años ya eres madre”. En el caso de las gitanas, se lleva al extremo otro punto en común que tienen la mayoría de las madres adolescentes: provienen de una clase social baja, que condiciona la percepción que tienen del embarazo: “Cuando las mujeres saben que las posibilidades de desarrollo personal, educativo y profesional ya están marcadas previamente, y que además van a ser precarias, encuentran en la maternidad una opción que socialmente les satisface. Además, son entornos más tradicionales donde los roles de género están muy estrictamente divididos: ellas se dedican a cuidar de la familia y hay una imagen de que 'no pasa nada' si se adelanta la maternidad”.

Una tercera causa de los embarazos tempranos son las relaciones de pareja violentas, en las que existe un maltrato psicológico o físico, uno de los aspectos que más sorprendieron a los investigadores tras el estudio: “La violencia de género, en lugar de erradicarse, la están sufriendo a edades cada vez más tempranas, y el embarazo muchas veces es el producto de esto”, señala Hernández, que apunta al mito del amor romántico y a la imposición de los roles de género como causa. “Los hombres aprenden a establecer relaciones de dominación y las mujeres de sumisión, lo que genera una desigualdad de poder que en algunos casos se va a hacer explícita en la forma en que se tienen relaciones sexuales: él decide qué quiere hacer, como, por ejemplo, no usar protección, y ella muchas veces no tiene capacidad de negociar”. A menudo, consiguen romper con esas relaciones de maltrato precisamente cuando tienen un hijo y consideran que no es un entorno adecuado para su desarrollo.

Embarazos de riesgo

Pero también hay casos en los que no influyen ni el entorno familiar ni una relación de pareja desigual, y la causa del embarazo es simplemente un accidente. Es el caso de Desiré, de Puertollano, que se quedó embarazada con 15 años de Noa. “Siempre usábamos condón, pero se rompió y no supe que estaba embarazada hasta los cinco meses, porque sí manchaba, hasta que un mes no lo hice”, explica ahora, con 17. Tuvo a su hija a los siete meses, en un parto prematuro, algo muy habitual entre madres adolescentes porque no están del todo desarrolladas para desarrollar, a su vez, un feto. Según estudios obstétricos, las dificultades más comunes a las que se enfrentan son no ganar peso suficiente, padecer anemia, tener una presión arterial alta o sufrir graves convulsiones (en ocasiones, hasta el coma), así como las hemorragias y abortos espontáneos. Según recoge el estudio, a nivel mundial, las mujeres entre 15 y 19 años tienen el doble de probabilidad de morir durante el parto que las mayores de 20 años. Entre las menores de 15 años, este riesgo es seis veces mayor.

Las mujeres entre 15 y 19 años tienen el doble de probabilidad de morir en el parto que las mayores de 20

Ariadna tuvo un embarazo de riesgo y su hija nació con 37 semanas porque su útero de 17 años no estaba preparado para soportar el peso de un bebé. “Tomaba pastillas anticonceptivas, pero me recetaron un antibiótico de larga duración y nadie me informó de que anulaba el efecto de la píldora. Pasaron los meses y no me venía la regla, así que fui al hospital pero me dijeron que era imposible que me hubiese quedado embarazada si tomaba la píldora, así que no me hicieron un test. A la semana, me encontré mal, y volví y tras mucho insistir me lo hicieron y dio positivo”, explica mientras vigila a su bebé, que tiene ahora nueve meses.

Como el resto de entrevistadas para este reportaje, Ariadna asegura que siempre tuvo claro que quería seguir adelante con el embarazo, y no se arrepiente de su decisión, aunque un rastro de duda asoma cuando recuerda cómo se le planteó la opción de abortar. “Primero me enseñaron la ecografía: dónde estaban los brazos, las piernas… y luego me preguntaron si quería tenerlo, quizá si me lo hubieran planteado antes, me lo habría pensado. Tuvieron muy poco tacto”, recuerda. Ariadna perdió su trabajo como camarera, aunque en su caso cuenta con la presencia de su pareja, que sí trabaja, y gracias a eso pagan los gastos de su hija, Idaira, aunque los tres viven actualmente con los padres de ella.

Primero me enseñaron la ecografía: dónde estaban los brazos, las piernas… y luego me preguntaron si quería tenerlo

Cuando descubren que se han quedado embarazadas, a menudo en el centro médico o en los servicios sociales, lo viven con una mezcla de “sorpresa, incredulidad, desorientación, resentimiento y hasta rabia”, que se manifiesta en ansiedad y miedos recurrentes, según el estudio. Una vez que dan a luz, aunque viven con alegría haber sido madres, lo que más destacan todas de los primeros años y meses es la soledad que sienten con una vida que por su edad no les corresponde. “No tenía a nadie con quien compartir lo que me pasaba, ni que me entendiese, y los amigos que te dicen que van a estar se van alejando porque cada uno tiene su vida, y la de mis amigas de 15 años no encajaba con la mía. La verdad es que hasta hace muy poco no he tenido vida social”, señala Gracia, cuya hija tiene ya nueve años. Ella sí contó, sin embargo, con apoyo por parte del instituto, que la animó a seguir estudiando y le ofreció más flexibilidad que a otros estudiantes. También consiguió una plaza en una guardería para poder seguir con una FP de administración de empresas y una ayuda a la maternidad.

Pocos avances en 50 años

María García fue también madre adolescente, pero en los años setenta. Desde la asociación que fundó para ayudar a madres solteras —Isadora Duncan, en León— ha ido viendo cómo se ha avanzado en algunos aspectos y se sigue igual en otros. “La educación sexual era nula, aunque ahora todavía queda mucho por hacer. También antes el aborto o era clandestino o tenías que poder permitirte ir a Londres, y ya no es así. Por otro lado, sigue habiendo colegios que presionan para que se vayan las adolescentes, pero muchas veces hay algún profesor o profesora que quiere ayudar. La presión familiar también ha cambiado mucho, ya no se habla tanto de 'la deshonra', pero se siguen encontrando con falta de recursos, soledad y residuos de esa condena católica, del pecado”, considera María, a quien las monjas echaron del colegio cuando se quedó embarazada por ser “un mal ejemplo”. Fue enviada a una residencia para chicas en su situación, Nuestra Señora de la Almudena, de Peñagrande (Madrid), un centro franquista donde las hijas de familia humilde como la suya eran en la práctica criadas de las de clase alta que querían ocultar su estado. La residencia era poco menos que una cárcel de la vergüenza donde las monjas se quedaban con la tutela de las menores y rompían la relación con los padres.

Es mejor no quemar etapas vitales, pero si por lo que sea ocurre, como sociedad, deberíamos poder reaccionar, no ocultarlo ni invisibilizarlo

María fue la primera española en conseguir un libro de familia como madre soltera, y la gran carencia que sigue observando en las madres adolescentes es la falta de adaptación de los recursos públicos. “Se hacen políticas de juventud que no contemplan para nada a las madres adolescentes. Muchas terminan en tratamiento psicológico porque no se esperan tanto rechazo social, ni tan poca asistencia para seguir adelante. Si miras encuestas, el miedo de los padres es que su hija se quede embarazada, pero no que su hijo embarace”. Por ejemplo, tienen complicado acceder a ayudas para la vivienda porque siguen contando dentro de la unidad familiar de sus padres, aunque sus ingresos sean escasos o nulos.

Ariadna, junto a su hija. (Cedida)
Ariadna, junto a su hija. (Cedida)

Ana Lucía insiste también en esta carencia, que ha podido observar con su estudio: “Un ejemplo muy claro es que ninguna de las entrevistadas acudió a los cursos preparto porque eran por las mañanas y tenían que ir a clase. El embarazo es un evento tan transformador y tan trascendental en la vida de una persona que vivirlo en la adolescencia no es lo más recomendable. Es mejor no quemar etapas vitales, pero si por lo que sea ocurre, como sociedad, deberíamos poder reaccionar, no ocultarlo ni invisibilizarlo”.

Lo más difícil de toda la experiencia, aseguran Gracia, Ariadna y Desiré, fueron precisamente los prejuicios a los que se han enfrentado desde el primer momento y hasta la actualidad. La palabra 'irresponsabilidad' las lleva persiguiendo desde que supieron que serían madres antes de tiempo. “La gente decía que no iba a ser capaz de mantenerla, que la hija iba a ser de mis padres, que no iba a saber cuidarla, que me iba a cansar de ella, cosas muy duras... Y no ha sido cierto, nunca he dado a mi hija a mi madre porque llorase”, se queja Ariadna.

“Una de nuestras premisas era indagar hasta qué punto las madres de estas chicas asumían en realidad el rol de madre, y vimos que no, que asumían el rol de abuelas”, explica Hernández. “No delegan, porque tienen una gran capacidad de resiliencia, de adaptarse a la nueva situación, y se vuelven adultas de golpe, aunque la transición a la madurez la hayan tenido que hacer de la mano de su hijo”.

Alma, Corazón, Vida

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