Ignacio de Loyola, un militar iluminado en medio de una institución corrompida
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EL OTRO LADO DE LA RELIGIÓN

Ignacio de Loyola, un militar iluminado en medio de una institución corrompida

Fue el fundador de uno de los organismos más significativos de la Iglesia. Supo integrar lo mejor del humanismo renacentista con la espiritualidad cristiana

Foto: Ignacio de Loyola, un militar iluminado en medio de una institución corrompida
Ignacio de Loyola, un militar iluminado en medio de una institución corrompida

"El propósito de la educación es mostrar a la gente cómo aprender por sí misma, el otro concepto de la educación se llama adoctrinamiento".

–Noam Chomsky

Una hermosa primavera del año 1521, durante el sitio de Pamplona por los franceses, una bala de cañón le fracturaría las dos piernas a uno de los soldados más famosos que ha dado España. Previa confesión y entre delirios, mientras la sangre lo dejaba vacío de aliento y el médico de la guarnición se hacía de rogar, se pensó muerto y en estado de trance y encomendó sus últimas palabras a su hija. Pero el galeno era un hacha, un primera espada. El caso es que salió vivo de aquella y tras casi dos años de convalecencia se había situado en otro escenario bastante distante al que le imponían las obligaciones del uniforme.

En la Sorbona conoció a Javier de Jasso (posteriormente San Francisco Javier) y con un grupo selecto de amigos ilustrados e iluminados a partes iguales, comenzarían a abrirse a las puertas del mundo para propagar unas creencias con el ingrediente destacado de la crítica para la evolución, renovación y depuración del dogma. De ahí, pasaron a la diáspora y a fertilizar sin coacción alguna con sus convicciones a aquellos que quisieran acercarse a la "una verdad renovada".

Revolución ideológica

Una vieja tradición, cuyo propósito y motor fundamental está basado en la constante de la evolución del pensamiento autocritico –idea similar al budismo de regeneración permanente–, fue la idea que rigió o nació tras la larga convalecencia de este soldado profesional de los tercios, que tras un prolongado trauma físico y psicológico alumbró desde ópticas en teoría opuestas a priori (místicas y científicas) la mayor revolución ideológica (o teológica) que ha conocido la Iglesia Católica desde su fundación por un magnético profeta esenio, en los albores de la espontánea concepción cristiana de un mundo mejor hecho desde la solidaridad y la compasión y no desde la caridad del poderoso que en flagrante contradicción moral practica la dádiva como lavatorio de su mal destilada inmoralidad.

Hace más de cinco siglos, aquel soldado decidió cambiar la naturaleza de los hechos que no encajaban en su avanzado ideario

Eso la diferencia de la solidaridad, ejercicio horizontal de compromiso consciente y elegido como alto valor ético en el que se intenta facilitar al que menos tiene, las soluciones para encontrar un camino digno hacia la prosperidad y filosofía, que tiende a ejercerse entre iguales comprometidos por una misma causa –la del progreso de los seres humanos en un ámbito de reciprocidad–, esto es, que como propósito último busca una humanidad mejor y más avanzada en valores no asociados en principio a lo religioso ni a lo político sino basados en el mero sentido común de correspondencia.

Herido en la batalla de Pamplona.
Herido en la batalla de Pamplona.

La solidaridad se ejerce de igual a igual en lo tocante a filosofía entre individuos que al margen de su riqueza material, comparten los mismos valores; por el contrario, la caridad es vertical y se practica de arriba-abajo, con el sello consciente o inconsciente inserto en su propia naturaleza, que unas veces sin pretenderlo y otras sí, puede humillar a quien la recibe –intencionalidad aparte–, y en definitiva, no suele tambalear las relaciones de poder puesto que no está asentada entre la justicia entre pares sino que se asienta en el 'statu quo' impuesto por los poderosos en detrimento de los débiles, que no deberían de serlo si estos fueran tratados bajo el prisma de la solidaridad. Pero la justicia es una utopía más y no tiene franquicias en las partes más gélidas, que son los espacios naturales donde reside el poder.

Sembrar para recoger

Es obvio que el mundo está lleno de aspirantes a recoger frutos de los árboles que nunca fueron sembrados, y si no te instalas en la práctica del dar o compartir, del sembrar para recoger, el mero hecho de haber sido seleccionados por capricho, azar o fortuna de la divinidad o por la más sencilla formula de creer que las cosas nos corresponden sin más, nos asienta en la dudosa creencia de que el destino o la ambición desmedida de los dioses terrestres del poder nos otorga lo que por esas mismas razones a otros les ha sido negado. Una visión cruelmente egoísta que solo ha traído desolación y guerras a nuestro planeta desde la noche de los tiempos.

Ignacio de Loyola venía de la guerra y de sus agresivas lapidaciones a la inocencia del joven que habitaba en él todavía. Por ello, hace más de cinco siglos, aquel soldado de España (para más detalles, un guipuzcoano) decidió cambiar la naturaleza de los hechos que no encajaban en su avanzado ideario y fundó la que es probablemente la vanguardia del pensamiento cristiano, avanzadilla de depurada filosofía y de un trayecto empírico notable, frente a otras posturas de la Iglesia Católica que es mejor evitar calificar.

Libre es aquel que se concentra en jugar las cartas que le han tocado, y esclavo quien se dedica a protestar y a exigir otro reparto

Una vez tomada la decisión de abandonar las armas y cambiar a la escena espiritual, legó todos sus bienes en vida a su única hija, María de Loyola. Casanova empedernido, tuvo como amor platónico a Catalina de Aragón, la desgraciada hija de Isabel y Fernando, a quien las políticas matrimoniales de entonces casarían con Enrique VIII de Inglaterra, infumable y psicópata rey felón.

Vuelta a las esencias

La reforma que propone de la llamada Compañía de Jesús, y que más se acerca a la supuesta verdad que diseñó aquel esenio de Galilea desde las misteriosas cuevas de Qumrán en un intento por cambiar la rutina de las injusticias procuradas por ese orden superior, fue su colosal reto. Este ilustre vasco buscaría otras fórmulas más sencillas y cercanas a valores de correspondencia relativamente fáciles de asumir y de poner en práctica.

Ignacio de Loyola. (Wikipedia)
Ignacio de Loyola. (Wikipedia)

Algo tan sencillo como: "No hagas daño y haz algo, por mínimo que sea, por tu vecino". En este binomio de reciprocidad estaba basada la más grande filosofía que ha dado el pensamiento humano hasta la fecha, junto a la búdica, jaina, sufí o panteísta –que tantos elementos tienen en común–. No hay que dejar en el tintero de la historia la propuesta arriana ni la cátara o albigense que fueron pasadas a cuchillo y a sangre y fuego por la Iglesia Católica y sus cómplices en el poder, por el mero hecho de reivindicar la vuelta a las esencias de un cristianismo cercano a la austeridad y alejado del oropel. Lamentablemente, aquellos que buscaban el camino de los orígenes fueron barridos por la voracidad de los inmorales purpurados erigidos en representantes exclusivos del mensaje de aquel que todo lo repartía.

Pero los vientos de la historia están más atados a las turbulencias de las ambiciones y a la crueldad y desnaturalización moral que nacen de ellas que a la alta justicia idealizada durante generaciones como una utopía salvífica o meros salvavidas sin homologación a través de los inverificables entresijos de la fe. Ignacio de Loyola fue el hombre que nuevamente lo intentó. Y como decía Leonard Cohen en una frase escueta pero memorable, “hay una grieta en todo; solo así entra la luz”.

La encrucijada de los jesuitas

Esta orden, poder fáctico determinante, aunque mediatizada por la obediencia debida al Papa, ha comulgado con ruedas de molino desde su fundación en el siglo XVI. A pesar de su preparación exhaustiva en el área del humanismo y en escenarios científicos multidisciplinares, la corriente ideológica más avanzada de la Iglesia Católica está rodeada de frenos de mano, ralentizando estos unas reformas más que necesarias en tan rancia institución.

El propósito de la educación es mostrar a la gente cómo aprender por sí misma, el otro concepto de la educación se llama adoctrinamiento

Donde se encuentra la pobreza que hay que defender en aquellos eriales africanos, donde la inclemencia del sol es infernal, se ven a austeros misioneros en primera línea intentando aliviar las enormes carencias de la población, ya sea implicándose directamente o con revitalizantes microcréditos para dinamizar economías de una precariedad insultante. Por el contrario, en la civilizada y expoliadora Europa o América del Norte, lustrosas catedrales con vidrieras de sobresaliente artesanía se alejan de la lacerante verdad que predica como principio la austeridad y la defensa del pobre; esa es la Compañía de Jesús, la que reside en las antípodas de la suntuosidad, los jesuitas, la obra de Ignacio de Loyola y un grupo de amigos incondicionales.

Fotograma de la película sobre Ignacio de Loyola.
Fotograma de la película sobre Ignacio de Loyola.

Alguien dijo alguna vez que libre era aquel que se concentraba en jugar las cartas que le habían tocado, y esclavo, quien se dedicaba a protestar y a exigir otro reparto. La apuesta por la educación siempre fue la avanzadilla de la orden fundada por Ignacio de Loyola. La enseñanza más avanzada que se puede encontrar en las universidades católicas es sin duda alguna por su aperturismo y revisionismo, la búsqueda de conocimientos nuevos más allá del choque con los hormigonados fundamentos relacionados con la fe. Un hito a tener en cuenta, y su cara más visible es esta antigua orden de competentes ilustrados a la par que críticos con sus propias creencias.

Pero como alguien también dijo, “el poder es como un violín: se toma con la izquierda y se toca con la derecha". Esa es la eterna encrucijada de los jesuitas…

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