El terror inglés

La Leyenda Negra de la Inquisición no es solo cosa de los españoles

Aunque la fama de crueldad y asesinatos por cuestiones religiosas la carga España, en Inglaterra hubo casos, como en Irlanda, mucho más sistemáticos y salvajes

Foto: Isabel I de Inglaterra. (iStock)
Isabel I de Inglaterra. (iStock)

"La política no es más que la posibilidad ofrecida a gente sin escrúpulos de oprimir a gente sin memoria."

-Voltaire a Rousseau

La Leyenda Negra (en parte bulo por las exageraciones propaladas por nuestros acusadores, en parte verdad por los hechos contrastados) auspiciada por los ingleses y los holandeses en menor medida parece que ha quedado como una herencia maldita en el imaginario popular e incluso, más allá de los sucesos en que se sustentó, sigue a día de hoy pareciendo dogma y una verdad irrefutable que define a un pueblo, el español de la época, como sanguinario y brutal.

Pero si hacemos las cuentas de la abuela, surgen profundos errores de contabilidad. Independientemente de que aquellos tiempos de oscurantismo (por cierto muy parecidos a los que hoy campan en este suelo patrio de celo censor galopante) fertilizaran a las pobres gentes con miedo a espuertas y con argumentos que traspasan la más sofisticada galería de los horrores, lo cierto es que la contraparte religiosa del catolicismo antes, durante y después de la Contrarreformacometió barbaridades sin cuento en las que la carencia más absoluta de tribunales civiles u otros diseñados a tal efecto -al menos la Inquisición mal que bien los procuraba con toda la parafernalia al uso, su tenebroso boato y ciertas garantías-, se echaba de menos.

Las matanzas de Calvino, como botón de muestra, fueron mucho más crueles y salvajes que los autos de fé inquisitoriales

Pero cuando la verdad asoma a la luz tras siglos encadenada, mohosa y polvorienta, y aunque a veces se manifieste con tardanza, nos revela que las persecuciones protestantes sobre los católicos, mayormente en Inglaterra, Holanda y por qué no, en la idílica Suiza, las matanzas de Calvino, por poner un botón de muestra, fueron mucho más crueles y salvajes que los autos de fé inquisitoriales. Aquello era literalmente la caza del hombre. Y esto no va del típico “y tú más”, sino que se trata de arrojar una reflexión sobre acontecimientos que parecen diluidos en el tiempo y en la amnesia de una historia alimentada de medias verdades, ocultas en los pliegues de las zonas erróneas de la acomodaticia y selectiva memoria, sabiamente abrazada al factor supervivencia, no fuera a ser que se reeditaran los hechos y aquellas aberrantes soluciones.

Para no parecer arbitrarios, vamos a viajar en el tiempo y a visitar “solo” los siglos XVI y XVII y así, damos un repaso a aquellas partes no ventiladas de la historia al tiempo que ponemos a nuestros detractores frente a sus contradicciones. Cuando los españoles éramos “malos malísimos”, en las brumosas latitudes del norte ocurrían estas cosas mientras el Altísimo celebraba con autocomplacencia la eterna ubicuidad de su discutible presencia, con un acusado estrabismo para lo terrenal.

La mal llamada 'Reina virgen'

Isabel I de Inglaterra, la mal llamada 'Reina virgen', la de los escarceos con Drake, hija de Ana Bolena y Enrique VIII (el insumiso y creativo fundador de la Iglesia Anglicana), Isabel la de las trescientas pelucas, látigo flamígero de los católicos ingleses e irlandeses, gobernó con mano de hierro durante cuarenta y cuatro años aquellos dominios de sempiternas nieblas sin despeinarse, aunque tampoco es que hubiera mucha demanda de actividad capilar en aquella azotea conspicua y sibilina pues la galopante alopecia la había dejado de aquella manera.

En estos años de tiranía legal, se calcula que perecieron bajo el hacha del verdugo, colgados para escarnio público, torturados sórdidamente en la Torre de Londres o en las matanzas posteriores al incendio de dicha urbe –una ciudad de madera por aquel entonces– más de cien mil súbditos, por ponerles un adjetivo amable a los interfectos. Las matanzas en Irlanda fueron antológicas por la crueldad esgrimida en ellas; a los revoltosos autóctonos, confesos católicos y condenados a una franja de tierra estéril plagada de turberas allá por el oeste de la fachada atlántica se los arrojaba sin más dilación por los acantilados de Moher, terminación natural en las legendarias y verdes praderas de Galway. No se ha podido precisar el número de represaliados por esta criatura de inocente presencia, políglota consumada y de una brillantez intelectual indiscutible, poseedora del irreconocible germen del mal que discretamente anidaba en algún recóndito y oscuro lugar de los pliegues del hipotálamo, pero en el caso de Irlanda desde el advenimiento de esta impredecible reina hasta la brutal presencia de Oliver Cromwell es muy probable que la cuarta parte de la población irlandesa pereciera por las armas, el hambre o la más simple de las soluciones, la condena deliberada a la miseria o muerte en vida. Hablamos de Inglaterra.

Enrique VIII confiscó todas las propiedades de la Iglesia local no sin antes rebanarle el gaznate al admirado, sereno y equilibrado obispo Fisher

Mas si en este idílico marco de menosprecio hacia otras opciones religiosas o formas de pensamiento asimétricas valoramos antecedentes, si entendemos que de casta le viene al galgo y que la criatura no podía redimirse de su karma genético, hay que entender que el papaíto de la frenética y feroz criatura no era ni más ni menos que Enrique VIII.

Se hace necesario recordar que este orondo animal de bellota le dio cuerda a la Caja de Pandora allá por el año 1534 con el Acta de Supremacía, que le otorgaba el poder absoluto en lo relativo a cómo debían pensar sus aterrorizados súbditos en torno a cuestiones religiosas. En consecuencia, declararía traidores a todos aquellos que osaran llevarle la contraria. Entre ellos estaba el ilustre pensador Tomas Moro, humanista de talla indiscutible, autor de 'Utopía', alegato contra la tiranía y quizás inocente expresión de altos ideales; que tras pasar por innumerables humillaciones iría al cadalso con dignidad encomiable y su proverbial ironía. A continuación, el espabilado crápula regio confiscó todas las propiedades de la Iglesia local no sin antes rebanarle el gaznate al admirado, sereno y equilibrado obispo Fisher, al que por su avanzada edad y por cortesía de la casa, se subió en andas al lugar donde se le pasaportaría. Asimismo, la entera Cartuja de Londres, en la apoteosis del horror de este célebre padre del sadismo, sería dada de baja (mediante salvaje descuartizamiento) en la prestigiosa y escasa nómina de hombres humildes.

Sórdido 'establishment'

Entonces, cogiendo carrerilla y a velocidad sostenida, todas las negras mentes apoltronadas en la comodidad y la complacencia de aquel sórdido y estirado 'establishment' comenzaron a aplicar sin control ni mesura, en complicidad con el insoslayable apoyo de la impunidad y de una amaestrada claque, el manto del mal. Eso ocurría en la siempre educada y formal Inglaterra, catedrática en el dogma del 'fair play'.

Años más tarde –era el año del Señor que todo lo ve pero nunca interviene–, allá por 1666, para mayor abundamiento y seguir con la tradición de las persecuciones a los católicos y de no dejar títere con cabeza, para focalizar los buenos pensamientos en torno a la verdad oficial, durante el accidental incendio de Londres, se ajusticiaron cerca de dos millares de víctimas inocentes entre ejecuciones públicas, privadas y linchamientos, todo muy democrático y participativo –como es la esencia de las instituciones inglesas–, para que el populacho pudiera asistir al espectáculo masivamente y no se viera excluido de "su" tajada de pensamiento nuevo y aire fresco impreso a sangre y fuego.

¿Que la Inquisición fue y sigue siendo bajo sus nuevos ropajes una lacra? Todos lo sabemos, pero para dar lecciones de ética y moralidad Inglaterra siempre anduvo muy escasa de candidatos.

Alma, Corazón, Vida

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
9 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios