¿ES DE VERDAD PELIGROSO?

No leas en la cama: todo lo que deberías saber sobre uno de los tabúes más absurdos

"Después de comer, ni un sobre leer": ¿por qué ha estado tan mal visto durante tanto tiempo mezclar cama y lectura? Las hipótesis, que aquí te presentamos, son razonables

Foto: No solo la posición no es la mejor, sino que está suscitando un miedo habitual en el siglo XVIII: mujeres, vino y libros, cuidado, patriarcado. (iStock)
No solo la posición no es la mejor, sino que está suscitando un miedo habitual en el siglo XVIII: mujeres, vino y libros, cuidado, patriarcado. (iStock)

Es muy probable que un momento u otro de nuestras vidas alguien nos haya confiado este terrible secreto, como el que transmite el secreto de la eterna juventud: leer en la cama es malísimo y deberíamos dejarlo cuanto antes, por mucho que en las películas francesas lo haga todo el mundo. Puede que hayan sido nuestros padres o abuelos o, simplemente, algún alarmante artículo de la red que nos advierte ante los peligros de dicha práctica. El refranero español también tiene lo suyo. ¿Recuerdan aquello de “después de comer, ni un sello leer”, que advierte que cama y libro son mala combinación?

Durante los últimos años ha surgido una variante de esta advertencia, que nos recuerda que es malísimo leer antes de intentar conciliar el sueño… en una tablet o un 'smartphone', puesto que la luz que emerge de sus pantallas impide la producción de melatonina, la hormona producida por el cuerpo durante la noche para ayudarnos a conciliar el sueño. En otras palabras, zamparse 100 página del 'best seller de moda' en el Kindle no es muy bueno que digamos.

Debemos tener cuidado con no forzar el cuello al acostarnos con un libro; es preferible apoyar la espalda en el cabecero

Pero ¿hay de verdad algún problema en leer antes de dormir? Hoy en día, el consenso señala que no, y que, de hecho, se trata de una actividad que no solo no es perjudicial, sino que nos ayuda a conciliar el sueño porque nos relaja. Con un matiz: hay quien afirma que una adictiva novela, con el escapismo que proporciona, nos puede conducir a desvelarnos. Mejor acostarnos con un voluminoso y aburrido ensayo.

No obstante, hay varios matices en esta afirmación. Como señaló una investigación realizada en la Universidad de Bergen (Noruega), leer en la cama afecta sensiblemente a la calidad del sueño. Pero también puede encontrarse en el origen de nuestros dolores de cuello. En muchos casos, nos recostamos de manera que mantenemos nuestro cuerpo recto y forzamos la columna para levantar únicamente la cabeza, mientras que deberíamos intentar no doblar el cuello.

Héctor G. BarnésHéctor G. Barnés

No digamos ya si nos colocamos de lado, aguantando el peso de nuestro cuerpo en el codo, orientados hacia la fuente de luz en la mesilla mientras el libro se encuentra sobre las sábanas (pista: solemos hacerlo con los libros más pesados; por extensión, los más peligrosos). Es una postura perfecta para conseguir que se nos carguen los hombros, nos duelan las cervicales e, incluso, pueda surgir una inoportuna lumbalgia. ¿Lo mejor, en caso de que nos decantemos por la cama? Sentarnos apoyándonos en el cabecero de la cama, apoyarnos sobre una almohada o cojín (podemos, opcionalmente, colocar otra bajo las piernas) y mantener el libro a una distancia prudencial. Aunque se suele considerar que esta se encuentra entre los 35 y los 40 centímetros, puede variar para cada persona. La distancia de Harmon puede ser un método útil para averiguar cuál es la nuestra.

¿Por qué está tan mal visto?

Si en la mayor parte de casos dormir en la cama es totalmente inocuo, ¿por qué ha tenido tradicionalmente tan mala fama? Nos podemos remontar a hace más de un siglo, a 1908, para encontrar un estudio publicado en 'The Lancet' que advertía sobre los peligros de la lectura en la cama. En aquella ocasión, el doctor Hugo Feilchenfeld de Berlín señalaba que era el camino más corto para acabar con nuestra vista. Eran otros tiempos, claro. La queja del doctor alemán se centraba en que la luz muy raramente era suficiente para no forzar la vista; la fuente solía ser una vela.

Jonathan Swift estuvo a punto de acabar con el Castillo de Dublín tras caer dormido mientras leía

O podemos ir aún más atrás, como propone un artículo recientemente publicado en 'The Atlantic' que, con la erudición propia de los colaboradores del medio americano, se pregunta por qué ha estado siempre tan mal visto leer entre las sábanas. La primera razón es muy práctica: debido a que la iluminación disponible en la época era la de velas y candelabros, era bastante plausible que el bienintencionado lector se quedase dormido con el libro entre las manos y, accidentalmente, un fuego acabase con su vida.

Es lo que le ocurrió al tercer barón de Walsingham, que, como señalaba 'The Family Monitor', había quedado totalmente calcinado después de dormirse con la luz encendida. Su mujer no corrió mejor suerte, porque saltó por la ventana para salvar la vida. Algo semejante estuvo a punto de ocurrirle a Jonathan Swift ('Los viajes de Gulliver'), que estuvo a punto de acabar con el Castillo de Dublín en 1699 por una inoportuna cabezadita.

Un sátiro en el dormitorio. (iStock)
Un sátiro en el dormitorio. (iStock)

¿Verdadero peligro o alarma infundada del sensacionalismo de la época? Más bien lo segundo, advierte en el artículo la escritora y profesora Nika Mavrody, de la Universidad de Berlín. La cantidad de muertes causadas por fuegos accidentales era mínima, tan solo 34 en Londres entre los años 1833 y 1866, por lo que probablemente había una causa más profunda para este peculiar tabú. Para empezar, el habitual rechazo que suscita toda novedad tecnológica: ¿recuerdan las falsas alarmas sobre el microondas o el teléfono móvil y el cáncer? Pero la cosa no queda ahí…

Entre las sábanas

Debemos remontarnos a los albores de la imprenta para entender un poco mejor el miedo a la lectura entre las sábanas. Durante siglos, la mayor parte de la población fue analfabeta, por lo que leer era un acto comunitario en el que un grupo de personas se congregaba alrededor de alguien que sí tenía dicha capacidad, como ocurría en misa. Se trataba, ante todo, de una actividad oral que, a medida que la alfabetización y la difusión de libros se extendió, se convirtió poco a poco en una actividad solitaria. También, para ello, tuvo que cambiar la concepción de privacidad de la sociedad: poco a poco, las familias que dormían juntas en una misma cama dividieron sus hogares en distintas habitaciones con camas individuales, un lujo con el que antes no podían haber soñado.

Para el historiador Thomas Laqueur, “la novela y la masturbación creaban 'compañeros de cama' alternativos para las mujeres”

¿Y qué ocurre cuando alguien está a solas en su habitación, en la penumbra, a punto de dejarse mecer por el sueño? Piensa mal y acertarás. Como recuerda Mavrody, es probable que la mala fama de leer en la cama tenga un origen moral. Por una parte, porque “la gente temía que la lectura solitaria y el sueño animasen una vida privada de fantasía aque amenazaría a la colectividad, especialmente a las mujeres”. Es una advertencia semejante a la que suscitaba Don Quijote, que terminó loco de leer novelas de caballerías.

Pero no se trata únicamente de que la lectura engendrase monstruos –o ansias de libertad e igualdad entre las mujeres–, sino que se relacionaba de manera estrecha con el pánico social hacia el derrumbe del orden moral impuesto por el hombre. La autora cita a Thomas Laqueur, el historiador del sexo por antonomasia, que en su historia de la masturbación 'Solitary Sex' (Zone Books) unía el placer solitario –que pronto pasaría a ser considerado como una de las manifestaciones de la histeria femenina– con la lectura de novelas en los años de emergencia de Choderlos de Laclos, Sade o Jane Austen: “La novela, como la masturbación, creaba para las mujeres 'compañeros de almohada' alternativos”. Una supuesta amenaza que recordaremos la próxima vez que alguien nos recuerde eso de que la cama está hecha solo para dormir y hacer el amor.

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