CUENTOS PARA CONTAR A LA LUMBRE

Navidad de terror: las mejores historias para una fría noche invernal

Aunque ya no sea así, durante siglos Nochebuena ha sido el momento en el que las familias y amigos se reunían para recordar historias espeluznantes. Aquí tenemos tres ejemplos clásicos

Foto: Fotograma de 'Lost Hearts', adaptación de 1973 de la historia de M.R. James por Robin Chapman.
Fotograma de 'Lost Hearts', adaptación de 1973 de la historia de M.R. James por Robin Chapman.

Pocos recuerdan que la noche más entrañable del año fue, durante mucho tiempo, también la más terrorífica. Las costumbres han cambiado, y lo que hoy en día se ha convertido en ponerse hasta las trancas a base de marisco y cava mientras oteamos a Raphael en la pantalla del televisor, durante mucho tiempo consistía en otra forma más imaginativa de entretenimiento: contar historia al calor de la lumbre que, en muchos casos, adquiría rasgos terroríficos.

El ambiente acompaña. La Nochebuena coincide, con la diferencia de apenas un par de días, con el solsticio de invierno, es decir, la noche más larga del año. Es época de frío, nieve, oscuridad y largas noches. El momento idóneo para que los sentimientos más oscuros del hombre se exacerben. Se puede decir que el cuento de invierno (o 'winter's tale') es un subgénero en sí mismo, y no sólo por la obra del mismo título de William Shakespeare. Como señala en 'The Independent' Keith Lee Morris, hay diversos tropos que en ellas se repiten incansablemente: del personaje aislado de la sociedad que mira por una ventana la calidez del hogar a un estado de conciencia alterado, casi sonámbulo, que raya con lo sobrenatural.

Durante muchos años, fueron las historias del inglés M. R. James, medievalista y preboste del King's College, las que se repetían al calor de la lumbre

Un buen ejemplo de ello es el clásico 'Cuento de Navidad' de Charles Dickens, que Morris entiende como un metarrelato de invierno: en ella, aparte de la célebre moraleja que todos conocemos –el egoísmo nos separará de lo verdaderamente importante–, se narra con elementos sobrenaturales la tragedia del desamparo, la amenaza de una muerte solitaria, la inevitabilidad de la muerte. Durante muchos años, fueron las historias del inglés M. R. James, medievalista y preboste del King's College de Cambridge, las que se repetían al calor de la lumbre… O en la televisión, cuando sirvieron de base para la serie 'A Ghost Story for Christmas' de la BBC. Aquí recogemos algunas de las más famosas y que pueden servir para quitar Telepasión y contar una espeluznante historia a la familia.

Corazones perdidos

Navidad de terror: las mejores historias para una fría noche invernal

Es septiembre de 1811, y el pequeño Stephen Elliot, que acaba de quedar huérfano, se muda con su anciano tío a Aswarby Hall, un caserón en la campiña inglesa. Algo sorprendente, ya que los habitantes de la zona saben que Abney es un huraño estudioso de antiguas religiones que detesta el contacto humano. “¿Es un buen hombre e irá al cielo?” le pregunta Elliot a la sirvienta, la señora Bunch. Ella le cuenta que es el mejor de todos, y le explica cómo hace muchos años adoptó primero a una niña, que desapareció sin dejar rastro antes de tres semanas, y más tarde, a un niño extranjero que se esfumó con tanta rapidez que dejó su zanfona atrás.

Esa misma noche, Elliot tiene un peculiar sueño. En él está mirando a través de la puerta translúcida del baño que se encuentra al final del pasillo de su habitación. En la bañera hay una figura amortajada, con una terrorífica sonrisa en su cara y las manos sobre el corazón. De repente, la figura empieza a gemir y a moverse. Elliot se despierta y se da cuenta de que se encuentra en mitad del pasillo, pero no hay nadie en el baño.

A las diez de la noche vuelve a mirar por la ventana de su habitación después de oír gritos en el jardín. Allí ve a un niño y a una niña con las manos sobre su corazón

Cuando llega el equinoccio, su tío le recomienda que cierre la ventana, y le cita después de la cena, en su estudio, a las once de la noche, porque quiere explicarle algo importante. Elliot, por la tarde, observa a su tío tomando una copa de vino tinto mientras lee unos legajos y quema incienso de una caja de plata, pero no se atreve a entrar. A las diez de la noche, antes de la cita con Abney, vuelve a mirar por la ventana de su habitación después de oír gritos extraños en el jardín. Allí ve a un niño y a una niña, los dos con las manos en su corazón. Asustado, corre a la habitación de su tío, donde tan sólo escucha gritos y sonidos guturales.

Abney aparece muerto con una herida en su pecho que deja al descubierto su corazón, y las autoridades locales dictaminan que su muerte se debe al ataque de un animal salvaje que ha entrado por la ventana de la habitación. Sin embargo, cuando Elliot investiga los papeles de su tío, se encuentra con la verdadera razón de su muerte. Abney creía firmemente en que podía conseguir la vida eterna consumiendo los corazones de tres niños. Para ello, debía extraerlos de las víctimas aún vivas, quemarlas y mezclarlas con vino. El primero era el de una niña gitana cuyo corazón había sido arrancado en 1792; el segundo, el de un niño italiano en 1805, cuyos cadáveres había ocultado en la mansión. El corazón de Stephen debía ser el tercero en la macabra receta.

Los bancos de la Catedral de Barchester

Navidad de terror: las mejores historias para una fría noche invernal

Mientras hojea un ejemplar de alrededor de 100 años de antigüedad de 'Gentleman's Magazine', el narrador se topa con un curioso obituario. Se trata del de John Haynes, el antiguo archidiácono de la Catedral de Barchester, muerto de manera violenta alrededor de un siglo antes, quizá asesinado por alguien “inspirado por las obras de Shelley, Lord Byron y Voltaire”. La única información que existe sobre Haynes es una caja jamás abierta desde 1834 y entregada por su hermana Letitia. Gracias a las cartas y entradas del diario presentes en ella, el narrador es capaz de reconstruir la historia del archidecano.

Este llega a Barchester en el año 1810 junto a su hermana, y pronto pasa a ocupar el puesto que desempeñará hasta el final de su vida después de que el doctor Pulteney, su antecesor, muerta al romperse el cuello tras caerse por las escaleras. Las entradas del diario de Haynes muestran pagos a un tal J.L. a razón de 25 libras cada cuatro meses. Curiosamente, la doncella de Haynes se llamaba Jane Lee.

Después de tres años como archidiácono, Haynes decide, por fin, acudir a los servicios de la Catedral. Descubre en el banco reservado para él tres figuras construidas alrededor del 1700 por un tal John Austin. Un día, mientras dormita en su asiento, el archidiácono roza la escultura del gato y siente “una suavidad, como de áspero pelo, y un rápido movimiento, como si la criatura se estuviese girando para morderme”.

Cuando un amigo le visita, le explica que no aguanta que las sirvientas salgan a pasear por los pasillos después de medianoche

No es el único encuentro extraño que Haynes tiene esas navidades. El 1 de enero, escucha mientras duerme en su habitación una voz que le dice “déjame desearte un Feliz Año Nuevo”. En febrero, alguien llama a su puerta y pregunta “¿Puedo entrar?” Pensando que es uno de sus criados, el religioso le responde que sí, pero no entra nadie… Aunque no puede dejar de sentir movimientos a su alrededor. Cuando su amigo Allen le visita, le explica que su compañía es grata, pero que no aguanta la agitación que hay en la casa, especialmente que las sirvientas salgan a pasear por los pasillos después de medianoche.

Una noche tormentosa, los sirvientes encuentran muerto a Haynes, probablemente después de que una arruga de la alfombra le hiciese tropezar por las escaleras. Sin embargo, su cara estaba completamente desfigurada después de haber sido arañada violentamente.

Un papel encontrado en la escultura del gato da una información adicional al lector: firmada por John Austin en 1699, este relata uno de los sueños que tuvo: “Cuando me encontraba en el bosque en sangre fui bañado. Ahora estoy en la Iglesia”. Una maldición amenaza a todo aquel que toque la escultura: si su mano esta ensangrentada, morirá poco después.

El guardavía

Navidad de terror: las mejores historias para una fría noche invernal

La única historia de la serie escrita por Charles Dickens, un clásico del terror publicado en el número navideño de 1866 de 'Mugby Junction'. El relato comienza cuando un viajero pasa cerca de un túnel y saluda al guardavía con las palabras “¡Eh, oiga! ¡Allá abajo!” Cuando se acerca a saludarlo, este parece asustado y no puede parar de mirar la luz roja del túnel. El viajero le promete que le visitará la noche siguiente y este le pregunta que por qué había dicho esas frases.

Entonces, a la noche siguiente, el guardavía le explica el motivo de su miedo. Ya había oído con anterioridad a un hombre gritar “¡Eh, oiga! ¡Allá abajo!” y había visto a un hombre parado delante de la luz roja mientras movía los brazos para que alguien se apartarse de la vía. “¡Cuidado! Por el amor de Dios, ¡apártese!” El trabajador del ferrocarril no pudo encontrar a nadie. Sin embargo, seis horas después se produjo un terrible accidente y los muertos cayeron en el mismo punto en el que vio la figura. Apenas una semana antes, la misma figura había vuelto a aparecer en la vía haciendo lo mismo: alertar a alguien mientras se tapaba la cara, lo que le llevaba a pensar que algo terrible está a punto de ocurrir. Sin embargo, no puede alertar a nadie por miedo a que le tomen por un chiflado.

La noche siguiente, el viajero vuelve a dar un paseo para reencontrarse con el guardavía. Cuando llega al cruce, ve a alguien haciendo gestos con su brazo. Sin embargo, no se trata de una aparición, sino que cuando se acerca, descubre que el guardavía ha sido atropellado por un tren. Sorprendentemente, este no se había apartado de la vía, sino que se había quedado quieto. El conductor cuenta lo ocurrido: cuando salió del túnel, vio al guardavía, que no reaccionó al sonido de su bocina, así que le gritó “¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo! ¡Cuidado! Por el amor de Dios, ¡apártese!” antes de llevárselo por delante.

Alma, Corazón, Vida

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