LA MILICIA ANARQUISTA MÁS TEMIDA

La Columna de Hierro: el terror puro y duro en la Guerra Civil

Uno de los episodios más sangrantes de la contienda fue el que afectó a la ubicua Columna de Hierro, que se convirtió en la más vilipendiada columna de la CNT

Foto: Las milicias populares se formaron en todo el territorio republicano, pero no todas tenían los mismos objetivos.
Las milicias populares se formaron en todo el territorio republicano, pero no todas tenían los mismos objetivos.

Los únicos derrotados son los que dejan de luchar.

–José Múgica, presidente de Uruguay

Si entendemos España como un predio exclusivo y excluyente en el que el patrimonio de la españolidad se lo arrogan unos españoles sobre otros, estaremos haciendo a perpetuidad un pan como unas hostias. Una España en la que el respeto hacia los de abajo sea preceptivo y el reconocimiento hacia los de arriba esté basado en criterios meritorios será un indicador de que la nación sale fortalecida en reconocimiento entre las partes. Una ciudadanía respetuosa con opiniones divergentes o plurales, esto es, con empatía hacia sus adversarios políticos nos reintegrará por el efecto que tiene la fuerza de la unidad, al protagonismo estelar que antaño tuvimos en la esfera internacional y de paso al orgullo perdido o devaluado por un onanismo intelectual de bajo rendimiento y escasa fertilidad. Es necesario un poco más de geometría variable a la hora de juzgar a los demás.

En vez de crear armonías entre txistus y gaitas, silbos y chirigotas, más bien parecemos fatigados concertistas tocando multitud de matasuegras al alimón

Comportamientos más propios de un kindergarden y el extendido deporte nacional de meter el dedo en el ojo ajeno nos alejan, por el acumulado de pequeños agravios magnificados por nuestro talante apasionado, de puestos honorables en el concierto mundial por disensiones que solo se dan en un patio de corrala. En vez de crear armonías entre txistus y gaitas, silbos y chirigotas, más bien parecemos fatigados concertistas tocando multitud de matasuegras al alimón.

Españoles somos todos. Los aparceros extremeños, los jornaleros del campo en el sur, los que cada cierto tiempo se merienda el Cantábrico para que tengamos una merluza koxkera, los talentos emigrados por causa de la miopía política o los que la defienden con integridad tras su toga o uniforme.

Tenemos que esforzarnos más en descubrir cuáles son las intenciones de  los verdaderos autores del guiñol nacional y sus “rayadas” trapacerías y ser más flexibles con las diferencias que a lo largo de los siglos nos han ido amalgamando con nuestros vecinos, hasta consolidar lo que somos. Estamos en un punto de inflexión en el que nuestro bagaje histórico y nuestros demonios atávicos parecen haberse decantado por soluciones más orientadas hacia el entendimiento y los zarpazos del infortunio se alejan de a poco tras el telón del olvido. Pero hay que estar vigilantes ante los que agitan discretamente la cuna; no cejan en su propósito de alimentar el enfrentamiento como fórmula fácil de escamotear responsabilidades, aunque estas supongan el enfrentamiento civil entre los gobernados.

Esto fue exactamente lo que ocurrió hará hoy casi ochenta años. Dos opciones, una apuesta política muy ajustada por las adversidades a las que se tuvo que enfrentar la II Republica española y otra que pretendía mantener a la nación en una anacrónica hibernación, iniciarían un duelo a muerte bajo un sol de justicia en un trágico mes de julio, cuando ya había arrancado el siglo pasado.

Un cruel e inmisericorde golpe de Estado

La II República, como proyecto de régimen político democrático, arrancaba escorada por los desencuentros domésticos y por la renuencia a vientos nuevos de un rocoso adversario que no quería renunciar a sus privilegios.

Domingo Batet.
Domingo Batet.

Mientras la sangría y el sello del horror iban in crescendo, el primer año de la Guerra Civil ya había presentado con toda su crudeza sus credenciales entre los bandos contendientes. El bando golpista que no había sabido asimilar la victoria republicana en las urnas se había alzado contra las instituciones y la voluntad de la mayoría. El cruel e inmisericorde golpe de Estado llevaría al país a la extenuación, al colapso, a cuarenta años de silencio y al envilecimiento de los perdedores. Sin compasión hacia los vencidos, la noche más oscura de España se poblaría de rancias instituciones prestas a medrar en la mediocridad, su caldo de cultivo natural.

Pero al igual que las durísimas acciones contra la población inerme, los alzados no perdonarían tampoco a los compañeros de armas que no querían engrosar las filas golpistas. Desde los honorables generales y coroneles como Batet o Escobar hasta tres mil anónimos capitanes, tenientes y  sargentos fieles a su juramento, el ejército alzado depuraría cualquier atisbo de contestación hasta reducir a un ominoso silencio a un entero país que intentaba encarar el futuro.

Bien es cierto que en el otro bando, la República, desbordada por los odios atávicos de quienes habían vivido por generaciones en el umbral de la supervivencia, asistía impotente durante los prolegómenos de la contienda a una enorme ceremonia de la confusión. Mientras la aristocracia militar alzada en armas avanzaba imparable, en el otro lado, prestigiosos generales como Rojo y Miaja intentaban vertebrar un embrión de resistencia con el que dar respuesta a los sublevados.

Pero el dislate y el despropósito campaban a sus anchas hasta que se pudo contener a través un alambicado remedo de orden público a aquella turba desbordada.

El terror puro y duro

Uno de los episodios más sangrantes fue el que afectó a la ubicua Columna de Hierro, que se hizo famosa por ser la más vilipendiada de todas las columnas de la CNT. Los desmanes que se le imputaban, tales como saqueos arbitrarios a la población civil en retaguardia, o las ejecuciones incontroladas de sospechosos de ser afectos a los alzados, les dieron una fama quizás inmerecida por ser una pequeña fracción del sindicato anarquista que actuaba en los umbrales de la impunidad. Fueron muchas las ocasiones en las que los responsables de la columna tuvieron que acercarse a la retaguardia para detener a auténticos delincuentes que se hacían pasar por milicianos para cometer robos, secuestros e impuestos arbitrarios. A estas personas, García Oliver, Buenaventura Durruti o los hermanos Ascaso, destacados líderes anarquistas, las ejecutaban sin más dilaciones en cuanto se daba la oportunidad.

Su guerra se reducía al asalto y saqueo de villas indefensas y las autoridades republicanas se veían impotentes para controlar estos desmanes

Milicianos de la Columna de Hierro fueron los que tomaron por asalto un music-hall en Valencia haciendo una escabechina memorable entre el público asistente, mientras avanzaban bizarros con sus chaquetones de cuero y sus pistolones con aire de conquistadores por el interior del local, aplicando con severidad el nuevo orden.

La Columna de Hierro en poco tiempo había conseguido, en la zona de Levante, labrarse una reputación inversa sustentada en el terror puro y duro. Formada por  dos centenares de hombres y mujeres que habían desertado de los frentes de Teruel, Huesca y Zaragoza, recorrían los pueblos aledaños a Valencia dedicándose impunementeal pillaje o directamente al bandidaje so pretexto de limpiar el país de fascistas. Las escasas fuerzas de orden público de que disponían las autoridades republicanas se veían impotentes para hacerles frente.

Cartel propagandístico de la columna de hierro.
Cartel propagandístico de la columna de hierro.

Muchos de los componentes de aquella columna eran presidiarios a rebufo del hospitalario pabellón rojinegro libertario. Salidos de las cárceles de Barcelona, en los primeros compases de la guerra, habían hecho causa común con honrados trabajadores y mezclados entre ellos, fomentaban insensatas expediciones y requisas sin cuento desde Barcelona a Valencia sin dejar una pedanía libre de sus viles hazañas, mientras otros anarquistas de raza combatían en el frente y morían con dignidad. Su guerra se reducía al asalto y saqueo de villas indefensas y las autoridades republicanas se veían impotentes para controlar estos desmanes que, aunque en el conjunto de las hostilidades eran más episodios aislados, no dejaban de cesar por la impunidad que los amparaba dada la distancia del frente.

Los líderes anarquistas de buena fe, cuando asumieron que la resistencia organizada del ejército sublevado era de la magnitud que era, no tuvieron más remedio que sacrificar sus utopías libertarias y subordinarlas a la necesidad imperiosa de una disciplina y una jerarquía.

El azote del país

El bárbaro caudillaje de Buenaventura Durruti eliminaría del frente a aquellos criminales y cobardes que solo habían acudido al olor del botín. Por esta razón, muchos destacamentos con pocas convicciones se desgajaron del núcleo de las fuerzas gubernamentales poniéndose en franca rebeldía. Una de estas fracciones sería la llamada Columna de Hierro.

Cuando llegaron a verse fuertes, asaltarían incluso Castellón arrollando a las tropas gubernamentales. Incluso en el paroxismo de sus hazañas bélicas conseguirían atacar  Valencia siendo repelidos tras durísimos combates.

Eran largas las paradas de la caravana en las plazas de los pueblos y frecuentes las disputas que los hombres de la Columna de Hierro sostenían con los milicianos y los comités locales. Estas bandas armadas incontrolables eran el azote del país. Con el pretexto de limpiar la retaguardia cometían toda clase de abusos y crímenes. Según ellos, en los pueblos de la rica comarca valenciana se había acomodado el espíritu burgués. De esta manera justificaban sus  atropellos.

Pero la impunidad declinaría de una manera muy peculiar. Los pueblos de la zona reclamaban al gobierno mano dura contra aquel azote. La realidad es que el auxilio por tierra era harto improbable. Las fuerzas con que contaba la república estaban comprometidas hasta el último hombre en los diferentes frentes. Solo restaba luchar contra ellos a la desesperada. En ocasiones, los comités locales conseguían imponerse y salvaban a los ciudadanos del expolio, pero otras sucumbían.

Una cacería implacable

En un pequeño pueblo valenciano, Benacil, comenzaría el principio del fin de esta plaga. Las autoridades locales enfrentaban el dilema de capitular ante estos calaveras o hacerles frente.

De las barracas y alquerías, por los senderos de la huerta, empezaron a destacarse campesinos que acudían solícitos a defender a la República, aquella con la que habían soñado sus padres y abuelos y que ahora querían arrebatársela entre unos y otros.

En Madrid ya estaban advertidos del desmadre y se implementaban soluciones a marchas forzadas

Una gran mayoría de los aparceros y jornaleros de Benacil eran comunistas de embudo con un fanatismo y una disciplina a prueba de bombas y consideraban a los anarquistas enemigos contumaces del proletariado. Una muchedumbre armada se había alzado contra los malversadores del ideal anarquista y los habían sitiado en la prisión a la que habían ido a buscar fascistas a los que ajustar cuentas. Para entonces, la confusión y el estruendo de la lucha eran ya aterradores.

En Madrid ya estaban advertidos del desmadre y se implementaban soluciones a marchas forzadas.

La cosa iba mal para los libertarios de la Columna de Hierro, por lo que su jefe, un sujeto patibulario apodado “el Chino”, decidió batirse en retirada y tomar las de Villadiego. Una rápida y furiosa salida abrió una brecha entre los sitiadores, y a costa de algunas bajas, pudieron abrirse paso hasta donde les esperaban los camiones.

Finalmente, el gobierno decidiría acabar con el bandidaje de aquellas columnas de desertores que asolaban el país tomando cartas en el asunto de manera expeditiva. Fuerzas de la guardia republicana comenzaron a hostigarlos. En una llanura repleta de naranjos, descubrieron el rosario de camiones de la Columna de Hierro. Fue una cacería implacable. Una escuadrilla de “ratas” Polikarpov comenzaron a vigilar sus desplazamientos y a bombardearlos sin más preámbulos.

Se calcula que en la carnicería posterior sucumbirían más del ochenta por ciento de aquellos impostores del ideal anarquista a causa de la efectividad de las bombas lanzadas por los pilotos de la República sobre la incontrolable patulea. Lamentablemente, pocos de los prisioneros leales a los sublevados –que serían usados como escudos humanos durante la fuga–, incluido el alcalde socialista de Benacil, sobrevivieron a las iras de los forajidos.

Un triste episodio intramuros de entre algunos de los que alimentaron la derrota de la II República Española.

Podemos concluir que el pasado puede ser una losa o un pedestal sobre el que edificar estructuras más sólidas. La elección estriba en aprender de aquella tragedia sin paliativos  o permanecer en la falsa comodidad de la ignorancia.

Alma, Corazón, Vida
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