CERDEÑA, UNA REFERENCIA PARA LA VIDA SALUDABLE

El secreto del pueblo europeo más longevo nos enseña cómo vivir más y mejor

No hace falta irse al otro extremo del mundo para entender un poco mejor cuáles son las razones que provocan que algunas personas vivan tanto. Basta con recorrer unos kilómetros en el Mediterráneo

Foto: El lago Omodeo es la reserva natural más grande de Italia. (CC/Max.oppo)
El lago Omodeo es la reserva natural más grande de Italia. (CC/Max.oppo)

Cada vez que hablamos de las zonas azules, esas regiones del planeta que Dan Buettner descubrió y en las que abundan las personas que han superado los 100 años de edad, solemos pensar en regiones remotas como Okinawa (Japón). Sin embargo, al lado de nuestro país, a apenas 1.000 kilómetros de las Islas Baleares, se encuentra Cerdeña, la región que dio por primera vez nombre a las zonas azules en 2004 y uno de los lugares de Europa donde sus habitantes más (y mejor) viven. Tan sólo Icaria, en Grecia, puede mirarle a los ojos en cuestión de longevidad

Buettner viajó el pasado mes de abril a Cerdeña para comprender un poco mejor qué ocurre allí para que, entre sus 10.000 habitantes, haya 21 centenarios, una media que multiplica por cinco la de Estados Unidos. El autor nacido en Minesota ha publicado sus conclusiones en un artículo de The Wall Street Journal. Buettner ha acudido acompañado de un demógrafo, un genetista evolucionario y un físico italiano para entender qué factores hacen que, por ejemplo, la familia más longeva del mundo en 2012 habitase en la región de Olgiastra, al este de la isla, y estuviese formada por nueve hermanos cuyas edades sumaban 818 años. Es decir, una media de 90 años. Pero no se trata de un fenómeno moderno: según un artículo de National Geographic, en Silanus, 91 de los 17.865 nacidos entre 1800 y 1900 vivieron para ver su centésimo cumpleaños.

No es la genética, estúpido

Durante los primeros años de la investigación de Buettner, este había sospechado que lo que marcaba la diferencia entre los más longevos y aquellos que vivían menos en circunstancias parecidas de higiene y desarrollo sanitario era su configuración genética. Al igual que ocurría en otras de estas zonas azules, la homogeneidad genética de los sardos era muy alta, mucho más de lo habitual. Sin embargo, las investigaciones realizadas por Gianni Pes, señalan que las diferencias en la mortalidad por enfermedad cardiovascular, el cáncer y la inflamación no son tan sustanciales como para que puedan explicarse por esta única razón.

Los occidentales cometemos un craso error a la hora de imitar los comportamientos de los habitantes de estas zonas: nos quedamos con lo superficial

En definitiva, en la eterna lucha entre configuración genética y hábitos de vida, entre determinismo y libre albedrío, gana este último. La dieta sí parece ser un importante predictor de la longevidad dentro de una sociedad, pero como ocurría con la alta esperanza de vida de Japón, el país más longevo del mundo, no se debe únicamente a los nutrientes que proporciona, sino también a la gran cantidad de actividades relacionadas con una forma de alimentación más adecuada, su producción y la cultura que la fomenta.

A nivel de alimentación, los carbohidratos complejos parecen influir de manera positiva en la longevidad de los habitantes de todo el mundo. En concreto, las verduras, la fruta, los granos enteros y, sobre todo, las judías. Según los cálculos del grupo de investigadores liderados por Buettner, dos cucharadas al día de este alimento provocaban que la probabilidad de morir descendiese un 8%. Un alimento que en todos esos lugares sustituía a la carne como la principal fuente de proteína, al mismo tiempo que su aporte de fibra mejoraba la fibra intestinal.

Familia, amigos y nada de milagros

Buettner recuerda que los occidentales cometemos un craso error a la hora de imitar los comportamientos de los habitantes de estas zonas: tendemos a quedarnos con lo superficial y desestimar lo verdaderamente importante. Es probable que muchos lectores, al descubrir la importancia de una dieta basada en legumbres, se lancen a cambiar por completo sus hábitos alimenticios… y terminen dejándolos de lado en apenas unas semanas, cuando se den cuenta de que, si van a vivir más, quizá no merezca la pena hacerlo sin meterse un solomillo entre pecho y espalda de vez en cuando.

Ogliastra se encuentra en la costa oriental de la isla y es una de las zonas más afortunadas.
Ogliastra se encuentra en la costa oriental de la isla y es una de las zonas más afortunadas.

Pero la dieta no es suficiente para vivir más. Buettner relata uno de sus encuentros con una familia de cinco mujeres que pertenecían a tres generaciones diferentes. Cada pocas semanas, se reunían para cocinar pan de la manera tradicional. ¿El secreto está en la masa? No, sino en todo lo que la rodeaba. Para preparar el alimento, las mujeres debían cortar leña y atizar el fuego, así como amasar durante casi una hora. Un esfuerzo físico bastante completo que, por sí mismo, resulta aún más agotador que una sesión en el gimnasio. Pero esto no era lo más importante, sino mantener unas relaciones saludables con las personas que los rodeaban.

“La gente se encuentra todos los días en la calle y disfrutan la compañía de los demás”, escribe Buettner en el artículo. “Si alguien enferma, un vecino está ahí. Si un pastor pierde a su rebaño, otros le entregan sus animales para reconstruirlo”. Nadie vive solo, aunque pernocte sin compañía en su casa. Como recuerda el autor, no hay nada más importante para que una comunidad (y no uno de sus miembros) sea longeva que sus habitantes se apoyen mutuamente. En muchas ocasiones, esto se manifiesta a través de unos lazos familiares fuertes. Ninguna persona envejece en Cerdeña pensando que va a terminar en una residencia de ancianos, sino que sabe que sus hijos –y nietos, y sobrinos, y primos– podrán cuidarlos en casa hasta el final de sus días.

No se compraron una cinta para correr, se apuntaron al gimnasio o se pusieron a comprar suplementos vitamínicos

“Ninguno de los centenarios llenos de vida que he conocido se dijeron a los 50 años, ‘¡voy a adoptar esa dieta de la longevidad y vivir otros 50 años!’”, concluye el autor. “Ninguno de ellos se compró una cinta para correr, se apuntó al gimnasio o se puso a comprar suplementos vitamínicos”. Más bien, vivían en zonas donde el acceso a la comida saludable como la verdura era fácil y sencillo, iban caminando a todas partes, charlaban todos los días con sus vecinos, amigos y familiares, limpiaban ellos mismos sus hogares y cada 20 minutos hacían un poco de ejercicio físico, como agacharse para recoger una fruta a caminar a casa del vecino. La clase de actividad que resulta muy difícil de integrar en el día a día de un urbanita pero que en esta clase de entornos rurales sigue siendo una costumbre inconsciente.

Alma, Corazón, Vida

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