la tesis del omnivorismo cultural

El nuevo reparto del prestigio: por qué los ricos hacen 'running' y cenan en el 'burger'

Las cosas no son lo que eran. La moda del 'running', un deporte barato, entre las clases altas es reveladora de las nuevas fuentes de prestigio social

Foto: Imagen de los participantes de la maratón de nueva york por el puente de verrazano (efe)
Imagen de los participantes de la maratón de nueva york por el puente de verrazano (efe)

Todo parecía muy transparente. Quien tenía una buena posición social debía esforzarse por poseer gustos a la altura de su estatus, algo fácil de identificar en términos de posesiones. Un casa en un lugar concreto, un tipo determinado de automóvil, un barco o un yate o signos distintivos en forma de joyas o similares eran los requisitos que definían a los integrantes de las clases privilegiadas, del mismo modo que la residencia en barriadas o en ciudades dormitorio, coches de gama baja y ropa barata eran los distintivos de las clases con menos recursos. Dentro de ese mismo reparto funcionaban los gustos culturales: si eras de clase media alta o alta, debías esforzarte por que te gustara la música clásica o la literatura culta, mientras que las clases bajas disfrutaban de canciones populares y programas televisivos. Los orígenes de clase no sólo determinaban la posición social, sino que también dictaminaban los gustos que cada cual seguiría.

Ese reparto operaba en numerosos aspectos: en la música que se escuchaba y en los libros que se leían, pero también en la ropa que se llevaba, en el aspecto físico, en la comida que se consumía o en los lugares de ocio a los que se acudía. A través de estos elementos, las élites definían el gusto legítimo, el que marcaba la pauta social, dejando para las clases populares las expresiones culturales más vulgares y faltas de distinción y para las clases medias el deseo de emular (con buena voluntad) el gusto de los más favorecidos, un instrumento que les era útil para favorecer la movilidad social ascendente.

La parte superior de la escala social se distingue por ser capaz de disfrutar por igual de expresiones culturales prestigiosas y de producciones de masas

Pero las prácticas contemporáneas ya no contemplan una diferencia tan radical. Como  muchos investigadores han puesto de manifiesto y como han sintetizado con precisión el profesor de la  Universidad Autónoma de Madrid Carlos Jesús Fernández y la investigadora de la Universidad de Helsinki Riie Heikkila en El debate sobre el omnivorismo cultural, ese reparto de posiciones ya no es el vigente.

El nuevo reparto del prestigio

Ahora existe un nuevo modelo de estratificación cultural según el cual las clases altas poseen un amplio y variado abanico de gustos y las clases bajas apenas se interesan por la cultura, salvo por unas cuantas manifestaciones culturales. Según este reparto, quienes se hallan en la parte superior de la sociedad se distinguen porque son capaces de disfrutar por igual de expresiones culturales prestigiosas, como la ópera o el teatro clásico, y de producciones de masas, como determinadas series de televisión o incluso de creaciones culturales, como las de algunos artistas musicales, que eran típicas de las clases populares. Frente a la rigidez del pasado, las nuevas clases altas son más abiertas, saben disfrutar de cosas muy distintas, y sacan partido a toda clase de propuestas. Las clases bajas, sin embargo, más allá de algunas canciones y de algunas películas muy populares, se estarían alejando de la cultura, y preferirían ese ocio de programas de televisión vulgarizados y la interacción por las redes sociales.

Las clases pudientes disfrutan comiendo en restaurantes caros pero los alternan con pequeños lujos, como comprar comida en los burger

Esto es posible, como explican Fernández y Heikkila, por la influencia que sobre las clases altas están ejerciendo nuevos grupos sociales como los cosmopolitas, los burgueses bohemios o bobos, o los hipsters, muchos de ellos pertenecientes a las nuevas clases creativas, que pasan a ocupar las posiciones de clase medias y altas en la nueva sociedad de la información, y cuya aproximación al consumo cultural es más abierta y hedonista.

Conforme a la tesis del omnivorismo cultural, esa mezcla de viejos y nuevos gustos, de elementos de distinción y de elementos populares, o más exactamente, la disposición a gozar de todas las cosas, vengan de donde vengan, es lo que define hoy a las personas de mayor estatus. Desde luego, en la música es muy evidente: las clases con mayor capital son aquellas que saben disfrutar de los estilos más diversos, mientras que las menos prestigiosas pertenecen a esos sectores que sólo prestan atención a un subgénero, e igual ocurre  con el cine o con la literatura, donde quienes mejor posición tienen pueden leer las obras más prestigiosas alternándolas con algún best seller de moda. Esa mezcla recorre los gustos y las prácticas de las clases acomodadas y ha conformado una nueva norma.

La cocina es cool y es arte

Fruto de este cambio, vemos cómo las costumbres se han transformado. Es posible que clases acomodadas disfruten de música clásica o del flamenco, y que pueden bailar canciones populares en sus fiestas sin que eso deteriore su capital simbólico. Esta deriva abarca un montón de fenómenos. Ocurre con la cocina, que fue ganando consideración social hasta convertirse en un asunto cultural ligado a los nuevos chefs, que se definen como creadores, y que dan una pátina cool a su trabajo hasta convertirlo, dicen, en arte. Ese cambio fue rápidamente acogido por las clases con más recursos, que acudieron a restaurantes modernos, distinguidos y exclusivos, y ahora por las clases populares, que en lugar de pagar un menú al que no tienen acceso, se conforman con ver programas televisivos sobre cocina.

Ahora practican un deporte barato, como el running, pero acotado con signos de distinción, como ir a la maratón de Nueva York

Ahora aparecen nuevas variantes de esa tendencia que están dando lugares a mezclas peculiares. Del mismo modo que las clases creativas disfrutan yendo en sus ratos de ocio a sitios modernos de precios elevados y los alternan con los bares de barrio más baratos, las clases pudientes disfrutan comiendo en restaurantes caros pero los alternan con pequeños lujos, como comprar comida en los burguer o ir a viejos bares de vez en cuando. Igual ocurre en la moda, y desde luego, ocurre en las costumbre,s que se vuelven más campechanas y menos rígidas que en el pasado. El deporte es buen ejemplo de este viraje: si antes se apostaba por deportes que requerían una inversión de tiempo y dinero para practicarlos correctamente (el tenis fue popular entre las clases altas de los sesenta y setenta, luego llegó el golf y la vela se ha mantenido siempre en ese estrato) ahora están optando por la práctica de deportes baratos y comunes, como el running o la bicicleta, pero siempre acotado con signos de distinción que les separan del resto, como ir a correr la maratón de Nueva York.

La nueva distinción, nos dice la teoría del omnivorismo cultural, es diferente, y consiste en esa disposición y esa apertura que permite atravesar las capas sociales y encontrar elementos de valoración en expresiones culturales, estéticas y de ocio diferentes. Si uno es rico, se puede comer una hamburguesa en un burger cutre y seguir siendo cool. Al revés no: si uno es de clase media pobre, no puede ir a un restaurante con tres estrellas Michelín, y en el caso de que lo hiciera, seguiría estando fuera de juego, pero eso ya no lo contempla la teoría del omnivorismo cultural.

 

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