DECONSTRUYENDO A PABLO IGLESIAS

La clase media pobre será la clave del futuro electoral (y de Podemos)

Podemos dio la gran sorpresa en las elecciones europeas. En el libro "Podemos. Deconstruyendo a Pablo Iglesias" se analizan las razones de su éxito

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias, atiende a los medios tras intervenir en el encuentro estatal que celebró la formación. (Efe)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias, atiende a los medios tras intervenir en el encuentro estatal que celebró la formación. (Efe)

[La noche del 25 de mayo de 2014 Podemos dio la gran sorpresa en las elecciones europeas. Obtuvo 1.245.948 votos y cinco eurodiputados, convirtiéndose en la tercera fuerza política en muchas regiones (Madrid, entre otras), en las que logró sobrepasar a Izquierda Unida, partido al que estaban vinculados muchos de sus dirigentes.

El partido liderado por Pablo Iglesias y dirigido por otros profesores universitarios como Íñigo ErrejónJuan Carlos Monedero o Germán Cano logró un éxito sin precedentes en nuestra historia política reciente gracias, en gran medida, a una campaña que supo administrar y poner en relación viejos y nuevos elementos de la comunicación política.

El próximo miércoles 25 de junio llegará a las librerías #Podemos, deconstruyendo a Pablo Iglesias (Deusto), una compilación de artículos periodísticos, coordinada por el periodista John Müller, que trata de arrojar algo de luz sobre el fenómeno electoral que ha revolucionado las redacciones de todos los periódicos.

El siguiente texto es un extracto del artículo que Esteban Hernández, jefe de la sección Alma, Corazón y Vida de El Confidencial, firma en el libro.]

Vivimos tiempos especiales, con un grado de convulsión social mayor que en las últimas décadas y con un descontento emergente de muchísimas mayores dimensiones de las que vemos reflejadas en los medios de comunicación institucionalizados. Más allá de las consecuencias estructurales de la crisis, existen implicaciones cotidianas que han contribuido a crear un clima políticamente abierto que las formaciones tradicionales no están sabiendo ver, presas de sus propias dinámicas burocráticas, habituadas a seguir adelante como si nada pasara.

La política ha visto en las últimas décadas surgir muchos nuevos actores, desde los ecologistas hasta los liberales de centro, estilo François Bayrou, Nick Clegg o Rosa Díez, que levantaban muchas expectativas para desinflarse en pocos años, y sus analistas principales continúan convencidos de que esa dinámica será también la que dominará a las formaciones emergentes como Podemos. Y quizá sí, pero un diagnóstico tan contundente arrastra un evidente error de cálculo.

Las formaciones de siempre han comenzado a ser percibidas como parte de lo mismo, como competidores con un alto grado de indiferenciación, lo que ha beneficiado a nuevos jugadores como Podemos

Desde Beppe Grillo hasta Marine Le Pen, pasando por la Syriza de Alexis Tsipras o el Ukip de Nigel Farage, por citar formaciones de ideologías muy distintas, el populismo se ha constituido como la tendencia emergente en Europa, donde ha sintonizado con un elector que proviene de todas las clases sociales, aunque arraigue especialmente en la clase trabajadora nacional y en la clase media empobrecida, sus principales nichos. En España no ha ocurrido aún, por diferentes causas, siendo una de ellas que la variable nacionalista típica de estas formaciones ha descendido aquí un peldaño territorial y juega su papel en los soberanismos, pero estamos ante una mera cuestión de tiempo. Hay mucho descontento con la clase política, las condiciones de vida están empeorando, y es probable que lo retrocedido en poder adquisitivo no se recupere para una buena parte de la población, de modo que las condiciones para el surgimiento de una fuerza populista están dadas.

En ese contexto, nos equivocaríamos si pensáramos que la línea de separación de voto está únicamente trazada desde cuestiones ideológicas, ya sean materiales o culturales. En el caso de los últimos comicios españoles, la divisoria la marcaron las diferencias entre lo viejo y lo nuevo, entre lo institucionalizado y lo distinto, y la mejor prueba es que todos los partidos grandes han visto el suelo moverse bajo sus pies: el PP fue abandonado por una parte sustancial de sus votantes, al igual que el PSOE, al que el desastre le ha abocado a una lucha sucesoria que minará aún más su credibilidad hasta que sea resuelta, IU se ha encontrado con un partido intruso que amenaza con comerle todo el terreno y CiU ha visto cómo ERC le ha robado ese voto soberanista por el que había apostado.

Pablo Iglesias, al prometer la Constitución. (Efe)
Pablo Iglesias, al prometer la Constitución. (Efe)

Si alguna lección puede extraerse, no es la del triunfo de lo friki, como concluyó altaneramente Pedro Arriola, el estratega del PP, sino que todos los partidos institucionales salieron perdiendo precisamente por haber sido identificados como tales. Las formaciones de siempre han comenzado a ser percibidas como parte de lo mismo, como competidores con un alto grado de indiferenciación, lo que ha beneficiado a nuevos jugadores como Podemos, que sí transmitieron con éxito su carácter novedoso. Ese aspecto, que también intentaron hacer valer UPyD o Vox, dejó de ser efectivo en el momento en que la elección de sus líderes, Francisco Sosa Wagner y Alejo Vidal Quadras, les hizo ser percibidos como parte minoritaria de lo institucional. 

Llegados a este punto, la mayoría de los analistas tienden a detenerse en el simple hecho de la novedad y concluyen demasiado mecánicamente que el descontento se suele traducir en voto a fuerzas electorales que, por ser anecdóticas o llamativas, generan simpatías en un sector minoritario de la población. Pero lo que la política reciente nos dice, con el caso de Syriza en Grecia o de Le Pen en Francia, y quizá sea el papel que Podemos juegue en España, es que existen outsiders que están entrando en el campo político no con la intención de ocupar un espacio, sino para transformar las reglas del juego. Ese ha sido el valor electoral de la formación de Pablo Iglesias. Su diferencia nada ha tenido que ver con la simple novedad, sino con la sensación de que estábamos frente a otra cosa. Más que ser un partido marcadamente de izquierdas, se ha mostrado como una fuerza que, por su carácter participativo, por haber contado con unas primarias reales y por su actitud combativa, no estaba contaminada por los modos de hacer de la política habitual: era gente que se iba a alejar de las prebendas, de los sobres y de la corrupción.

Como explicaba Pablo Iglesias refiriéndose al éxito de Syriza, la gente no les vota porque prometan unas medidas concretas de gobierno, sino porque dicen que van a hacer política de verdadPero en segunda instancia, tenía algo todavía más importante. Más allá de las opciones políticas que defendían, sus miembros se mostraban como personas que creían en lo que decían y que habían dado un paso adelante para defender sus ideas. En otras palabras, como la mayoría de los populismos, han hecho valer la baza de la autenticidad, un elemento de gran peso en el mundo calculado, mecánico y gris y de la comunicación política y empresarial de las últimas décadas. La mejor prueba es que el programa de Podemos no era sustancialmente distinto del defendido por IU, pero lo que sí les separaba, y por eso una fuerza con cuatro meses de vida estuvo cerca de merendarse a la vieja, era el grado de convicción que sus líderes generaban entre quienes recibían sus mensajes. Como explicaba Pablo Iglesias refiriéndose al éxito de Syriza, la gente no les vota porque prometan unas medidas concretas de gobierno, sino porque dicen que van a hacer política de verdad. Sin ese elemento, no es posible entender la carga emocional que han movilizado ni la verdadera potencialidad de la formación.

La otra gran intuición de Iglesias y de su equipo ha consistido en saber organizar su campaña a partir de la utilización en los medios de un lenguaje comprensible. La izquierda parlamentaria, y mucho más la extraparlamentaria, ha pecado repetidamente de utilizar términos y de lanzar debates de indudable simbolismo para sus militantes, pero que eran despreciados fuera de esos ámbitos. Es un mal en el que también ha incurrido Podemos, muchos de cuyos actos públicos se hilaban con el lenguaje excluyente típico de la izquierda (con términos como “proceso constituyente” o “compañeros migrantes” notablemente alejados de los usos populares) o priorizaban temáticas ajenas a los intereses de sus posibles electores, como la insistencia en torno a la memoria histórica, la Guerra Civil y la revisión de la Transición. Indudablemente, Podemos continúa exhibiendo muchos tics que lo emparentan con las viejas formas de su espectro político, pero la diferencia reside en que el equipo de Iglesias sabe que eso es un error. Existe una voluntad expresa de transformar el lenguaje de la izquierda, de modo que acontecimientos complejos, como a menudo son los político-económicos, puedan ser traducidos a términos comprensibles por todo el mundo. Iglesias sabe que las personas que le pueden votar, en un porcentaje sustancial, ni son de izquierdas ni es preciso que lo sean, basta con que le perciban como la única alternativa, razonable y comprensible, a un sistema anquilosado. Esa es la fuerza que ha movilizado el populismo y por eso se ha convertido en la tendencia política triunfante en los últimos años.

Los líderes de Podemos celebran su resultado en las elecciones europeas. (Efe)
Los líderes de Podemos celebran su resultado en las elecciones europeas. (Efe)

La clase media, clave del futuro

Si algún aspecto suele olvidarse en los análisis sobre estos tiempos políticos, es que el deterioro de las instituciones es correlato de sociedades materialmente en declive. El malestar respecto de los políticos, corrupción incluida, está muy ligado al descenso acentuado en el nivel de vida de las poblaciones a las que representan. Y no estamos ante un paréntesis causado por la crisis, a cuyo término podremos gozar de niveles económicos satisfactorios, sino ante un cambio de modelo. Buena parte de la población tendrá que acostumbrarse a vivir con menos, lo que resultará particularmente doloroso para una clase media que pensaba que el futuro iba a ser suyo y que ahora ve cómo le espera, en el mejor de los casos, el regreso al nivel de vida que tuvo décadas atrás, cuando emigró de los pueblos a las ciudades.

En este entorno, las iniciativas populistas, aquellas que pongan el acento en lo material y que apuesten por una democracia más viva y por líderes más auténticos, se convertirán en una fuerza electoral y socialmente poderosa

Ese va a ser el gran espacio electoral de los próximos años. En esta nueva composición social, las clases medias altas están reduciendo su número, los obreros industriales del pasado son ya casi inexistentes a causa de la globalización y las antes florecientes clases medias se han convertido en personas que tienen todos los distintivos de esas capas (formación profesional, costumbres, objetos de estatus) pero que han de vivir con el nivel de ingresos de las clases trabajadoras. Este sector social, que es numéricamente significativo, que tiene razones para el descontento y que cada vez gozará de menores oportunidades, está siendo esencial en la política europea y lo será aún más en el futuro. En este entorno, las iniciativas populistas, aquellas que pongan el acento en lo material y que apuesten por una democracia más viva y por líderes más auténticos, se convertirán en una fuerza electoral y socialmente poderosa. Hasta ahora, la única formación capaz de activar ese resorte en España ha sido Podemos. Por más dudas que existan sobre cómo gestionarán el éxito, lo cierto es que han abierto una puerta que ya no será tan fácil cerrar. Porque si no la aprovechan ellos, lo harán otros. 

Alma, Corazón, Vida
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