se pescan millones de estos peces cada año

Cuarenta años después de 'Tiburón', el villano se convierte en víctima

En verano de 1975 Steven Spielberg estrenaba el que sería uno de sus mayores éxitos. El autor del libro, sin embargo, se arrepintió años más tarde de la mala imagen que había ayudado a fomentar

Foto: Los tiburones dan mucho miedo
Los tiburones dan mucho miedo

En verano de 1975, hace ya 40 años, Steven Spielberg estrenó uno de sus mayores éxitos. Tiburón (Jaws en la versión original) se convirtió en la película más taquillera de la historia hasta que llegó George Lucas con Star Wars, y aterrorizó a los playistas durante décadas. Resultaba difícil no pensar en las dos fatídicas notas de la banda sonora mientras se chapoteaba en el mar. La leyenda había nacido, e iban a necesitar un barco más grande.

Todo el mundo ha visto Tiburón (e incluso alguna de sus nefastas secuelas), pero menos habitual es haber leído el libro en el que se basa el taquillazo, escrito por Peter Benchley, y que también fue un bestseller cuando se publicó en 1974. Ambas obras sirvieron para forjar la fama del tiburón blanco como depredador agresivo, peligroso y enorme.

Benchley no sabía lo que había hecho: que las playas perdieran público en 1975 o aumentaran los avistamientos de tiburones durante ese verano son meras anécdotas, pero la mala prensa de los escualos perdura hasta hoy. El escritor aseguró años más tarde que no habría escrito una novela así si hubiera sabido cómo son realmente estos peces y dedicó las últimas décadas de su vida a defender a estos y otros animales marinos.

La sopa de aleta de tiburón es tristemente célebre por su obtención: extraen los ejemplares vivos, les cortan las aletas y devuelven al animal moribundo al agua

Hasta su fallecimiento en 2006, Benchley escribió varios libros sobre la conservación de los océanos y de los tiburones. “El escualo de un Tiburón actualizado no debería ser el villano; debería ser la víctima pues, en todo el mundo, los tiburones están mucho más oprimidos que los opresores”, escribía en una de sus obras sobre fauna marina, Ocean Planet (1994). En la web de su fundación, enfocada plenamente a salvar estos animales, todavía puede leerse: “Salvar a los tiburones es salvar a los océanos”.

Efectivamente, y tal y como señala Bill Gates en su famoso artículo sobre El animal más mortífero del mundo, el tiburón es prácticamente el ser vivo más inofensivo del planeta para el ser humano. Mientras que cada año mueren unas 725.000 personas por picaduras de mosquito y 500 por el ataque de un hipopótamo, las bajas humanas provocadas por el gran depredador de los océanos ascienden a diez. No se debe sólo a que la mayoría de bañistas es lo suficientemente inteligente como para no bañarse donde no debe, sino que los escualos tienden a evitar a los seres humanos.

A eso se refería Benchley al asegurar que los tiburones están mucho más oprimidos que los opresores. Aunque no existen datos fiables de cuántos de estos peces se matan anualmente, los cálculos más conservadores hablan de 20 millones al año, un número que asciende a la cifra poco creíble de 100 millones anuales, según la fuente consultada. No es de extrañar que el protagonista que aterrorizó a los bañistas en la película de Spielberg, el tiburón blanco, esté catalogado como “Vulnerable” en la Lista Roja de Especies Amenazadas. Y puede considerarse afortunado si se compara con otros de sus congéneres.

Tiburones de 20 cm… y de 12 metros

Los selaquimorfos son un superorden de peces muy antiguo que lleva nadando en los océanos desde hace más de 400 millones de años. Actualmente existen más de 500 especies con tamaños comprendidos entre los apenas 20 centímetros del tiburón linterna enano y los 12 metros del vegetariano y completamente inofensivo tiburón ballena, el pez más grande del mundo. Por desgracia, unos animales con un pasado tan lejano podrían tener un futuro muy oscuro.

Cada año mueren 500 personas por el ataque de un hipopótamo, pero apenas 10 por culpa de un tiburón

El mayor peligro para estos peces cartilaginosos proviene de la pesca: en Asia y Oceanía es muy valorado gastronómicamente. La sopa de aleta de tiburón es tristemente célebre por su método de obtención: extraen los animales vivos, les cortan las aletas y devuelven al ejemplar moribundo (que ocupa espacio y no se consume ni interesa) al agua.

Junto a la pesca (que también se efectúan con fines recreativos por la majestuosidad de las especies más grandes), la contaminación de su hábitat es la otra gran amenaza. Frente a esta situación, pocos países se han atrevido a legislar contra la caza de tiburones (en muchos países asiáticos sería del todo impensable). Sudáfrica fue el primer estado en hacerlo en 1991, y desde entonces la Unión Europea y algunos estados de EEUU se han animado a promover medidas de conservación.

El problema es que resulta difícil proteger a un animal que no suele contar con la simpatía del público, más interesado por criaturas achuchables como los osos panda. Benchley comprendió esto al cambiar su punto de vista sobre los escualos. Y parece que todavía hay esperanza. Esta semana se hizo viral un vídeo en el que varios bañistas de Cabo Cod (Massachusetts, EEUU) se pusieron manos a la obra para rescatar a un joven ejemplar de tiburón blanco que había quedado varado. Que sobreviviera ya es una buena noticia, pero también es positivo pensar que, en 1975, esas personas tal vez hubieran huido o incluso rematado a la indefensa cría sin dudarlo.

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