Entre 1.500 y 2.000 personas poblaron la antigua ciudad celtíbera de Numancia desde finales del siglo III a.C. hasta su rendición al ejército de Roma en el año 133 a.C., según revelan las últimas excavaciones realizadas en su necrópolis. Estas mismas excavaciones también sugieren que en la ciudad vivieron tres diferentes generaciones de personas.

Son algunos de los datos aportados por Alfredo Jimeno, arqueólogo y profesor de la Universidad Complutense de Madrid y responsable del Plan Director de las excavaciones de Numancia desde 1993, en una conferencia impartida este lunes en Soria como parte del ciclo Celtas y celtíberos, organizado por la Fundación Duques de Soria.

Pese a que fue conquistada hace más de 21 siglos –en el año 133 a.C., concretamente, y a manos del general romano Publio Cornelio Escipión Emiliano, también llamado Escipión el joven– calcular el censo medio de Numancia no deja de ser, en principio, una tarea sencilla. Como en cualquier otra población, basta con multiplicar el número de viviendas que tenía con el número de personas que vivían de media en cada una.

"Conocemos la trama urbana de Numancia y cómo eran las casas en la ciudad", explica Jimeno a El Confidencial, "lo que nos permite inferir que su número oscilaba entre 620 y 640". Esta cantidad, a su vez, permite al investigador aventurar la de habitantes que sostenía la plaza, que en este caso se situaría entre 1.500 y 2.000 personas de media.

Jimeno, no obstante, advierte de que habría sido "temerario" asumir esta cantidad sin más, por lo que su equipo la contrastó con la de otra fuente de conocimiento demográfico: la necrópolis de la ciudad. "Se trataba de dar con el contingente de población que sugiere la necrópolis y ver si encaja con el que atribuimos a la ciudad".

Partiendo de varios factores –que la necrópolis, de una hectárea de extensión, funcionó durante 75 años o que la esperanza de vida en aquel lugar iba de los 30 a los 35 años, entre otros–, Jimeno y su equipo llegaron a un número mayor: 3213 personas.

"Es un desfase entre una y otra cifra", admite, "que necesita una explicación, y hoy creemos que esa explicación está en los últimos años de la ciudad" y en el hecho  –y aquí es cuando la arqueología se encuentra con la Historia– de que la ciudad acogió en esa época a un gran número de refugiados de otros pueblos, por un lado, mientras que una gran cantidad de sus muertos pudieron no ser sepultados allí.

Un símbolo de la resistencia

En otras palabras: hechos extraordinarios requieren explicaciones extraordinarias y, como sabe cualquier escolar, Numancia resistió el envite militar de Roma hasta el año 133 a.C. y un cruento asedio final de 15 meses. Fue, sin duda, algo extraordinario.

Los problemas de la ciudad, sin embargo, y con ellos el abrupto baile de cifras en su censo, se desencadenaron 20 años antes, cuando la vecina ciudad de Segeda –la capital de los belos, una tribu celtíbera– faltó a sus tributos con la República y el Senado envió un contingente para su castigo. Los belos tuvieron que abandonar su ciudad pero, aliados con los arévacos y comandados por Caro de Segeda, plantaron cara a un ejército de 30.000 soldados romanos y les vencieron en una batalla que se saldó con la muerte de más de 6.000 latinos, según las crónicas de la época.

En el 153 a.C. los numantinos dieron cobijo a los refugiados belos y arévacos en su ciudad, la más preparada y mejor fortificada de la región, lo que atrajo el ataque de Roma sobre ella y sobre el pueblo pelendón, del que Numancia era capital. Pese a los esfuerzos bélicos de la República –que llegó a poner diez elefantes a las puertas de Numancia enviados expresamente desde Numidia, en el actual Marruecos– la ciudad repelió todos los ataques durante años y Roma, humillada por el fracaso, acabó por encargar su conquista a su mejor general, Publio Cornelio Escipión.

Muertos en el campo de batalla

Más hábil que sus predecesores, Escipión decidió no plantar cara a la ciudad en el campo de batalla sino sitiarla y levantó un cerco a su alrededor de más de 9 kilómetros de diámetro.

'los últimos días de numancia'. alejo vera, 1881.'los últimos días de numancia'. alejo vera, 1881.La ciudad, ya una mácula importante en la reputación militar de Roma por todo el Mediterráneo, se rindió en el verano del año 133 a.C., tras 15 meses incomunicada con el exterior, aunque firmó un final espectacular: la mayoría de los numantinos se suicidan para evitar ser convertidos en esclavos e incendian su capital, que queda arrasada. Convertida en un símbolo de resistencia y honor –los numantinos siempre trataron con benevolencia a sus enemigos y cautivos romanos–, historiadores latinos como Floro o Plinio el Viejo, entre otros, acabaron posteriormente alabando la gloria de la ciudad.

Para Jimeno, la falta de concordancia entre los números de la necrópolis y los del entramado urbano "no debe extrañar demasiado" cuando hablamos de un episodio de esta magnitud, "que llegó a movilizar a un ejército de 60.000 personas en tiempos de Escipión, y eso solo por el lado de los romanos".

El arqueólogo también llama la atención sobre una costumbre atribuida a los arévacos –el conjunto de etnias celtíberas que habitaban entre el valle del Duero y el sistema Ibérico–: la de no enterrar ni incinerar a los caídos en combate, que se dejaban a merced de los animales carroñeros. "Con los jirones de carne el buitre arranca el espíritu del fallecido y lo lleva con su vuelo hasta la deidad", explica Jimeno.

Dieta para un asedio

A lo largo de los años los investigadores sí han encontrado en Numancia numerosas sepulturas con cenizas humanas, ya que la de la ciudad era una necrópolis de incineración. Si hoy no se puede acceder al material orgánico –del que la incineración, que se producía a una temperatura entre 600 y 800 grados, deja apenas un 4%, precisa el profesor Jimeno–, ahora sí se ha accedido al rastro mineral de los restos humanos, lo que permite conocer fundamentalmente cómo era su alimentación.

"Las tumbas con armas, las de hombres, ponen de relieve un mayor consumo de cereales, legumbres y carne, ya que en ellas abundan más elementos como el zinc o el cobre", resume Jimeno. "En las de las mujeres se encuentra con mayor frecuencia estroncio, bario o magnesio, que se corresponde con una dieta menos variada y más rica en vegetales".  

En general, los análisis de los restos señalan que en la dieta de los numantinos abundaban los vegetales –con un peso importante de los frutos secos– y escaseaban las proteínas animales. Los estudios han corroborado también que el pueblo procesaba los alimentos, que molía trigo y bellotas en molinos de mano para obtener harina con la que hacer el pan y que cocinaba las gachas con grasa de animal. Estos celtíberos también dominaban el arte de las conservas de carne y pescado –en particular la trucha– mediante el ahumado y la salazón.

¿Era Numancia, pues, una sociedad eminentemente militar que cuidaba por encima de todo la alimentación de sus guerreros? Puede, pero Jimeno descarta que esa sea la explicación sin más. "Hace relativamente poco veíamos lo mismo en nuestras áreas rurales", recuerda. "El hombre tenía la prioridad a la hora de comer". Por esa razón la pregunta, que el arqueólogo deja abierta, es si "se trataba de una cuestión de estatus" en relación a la vida militar "o de una diferencia hecha simplemente en función del sexo".

Habrá que esperar a investigar un poco más los tesoros numantinos para conocerlo o dejarnos guiar por la experiencia, extremo que, por cierto, Jimeno no descarta. "Si la arqueología sirve realmente para algo es para interpretar el presente y conocer la actualidad", remata. Aunque la actualidad, por contradictorio que suene, esté escrita en piedras de más de dos milenios de antigüedad.