'sine ira et studio'

Estado y educación. Continúa el debate

El análisis de las propuestas estatalistas tendrá que esperar, porque Rallo publicó una réplica a mi artículo y creo que conviene proseguir el debate

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Los problemas que plantea la relación entre Estado y educación van más allá de esta última. Activan los temas fundamentales de la pugna política durante los últimos 100 años, y que ahora supongo que volverán a aparecer en la discusión sobre el pacto educativo. No se trata, pues, de una cuestión académica, sino de vital importancia. La semana pasada, analicé la respuesta dada por el neoliberalismo, que es uno de los paradigmas en juego, y esta semana me correspondía hacer lo propio con quienes defienden el protagonismo del Estado en la educación.

El siglo XX nos dejó una experiencia terrible de lo que puede ser un Estado totalitario, adoctrinador, que anula las libertades. Basta recordar la frase de Mussolini: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. El comunismo, que predecía la desaparición del Estado, acabó convirtiéndose en un totalitarismo más. A la luz de estas experiencias, las relaciones entre Estado y educación deben ser consideradas con todo tipo de precauciones y controles. El liberalismo clásico nació como protesta contra el poder absoluto de los que no tenían poder, y todos debemos estarle agradecidos. Defiende los derechos del individuo frente a unos supuestos 'derechos absolutos' del poder político y a unos sedicentes 'derechos colectivos', con lo que también se opone a los nacionalismos, que creen que los derechos de la nación están por encima de los derechos del individuo. Pero el 'neoliberalismo' ha dejado de defender a los que no tienen poder, y eso es lo que le hace perder el prestigio de antaño.

Rallo niega ese derecho y lo hace con una idea muy definida de lo que son la libertad y el ser humano

Pero el análisis de las propuestas mas estatalistas sobre educación tendrá que esperar, porque Juan Ramón Rallo publicó una réplica a mi artículo y, aun a riesgo de aburrir a nuestros lectores, creo que conviene proseguir el debate, y hacerlo, como decían los antiguos, 'sine ira et studio'.

El núcleo del debate es si los neoliberales (o ultraliberales, que posiblemente sea una expresión más justa) admiten el derecho a la educación, como un derecho humano fundamental, que imponga a la sociedad el deber de tener que sufragar esa educación. Rallo niega ese derecho y lo hace con una idea muy definida de lo que es la libertad y el ser humano. Defiende que cada persona tiene derecho a desarrollar su propio proyecto y que ”las relaciones humanas deberán revestir un carácter voluntario, esto es, nadie debe ser obligado a relacionarse con aquellos con los que no desea relacionarse ni a nadie debe prohibírsele relacionarse con aquellos otros que sí desean relacionarse con él”.

Jean-Jacques Rousseau.
Jean-Jacques Rousseau.

Esto supone, muy en la línea de Rousseau, que los individuos son autónomos e independientes por naturaleza, y que hacen un contrato voluntario para vivir en sociedad. 'Libertad' y 'contrato' son para un liberal la solución a todos los problemas. Con ello entramos en el campo de la ficción política. Los liberales piensan que conceptos como 'voluntad popular' o 'derechos colectivos' son ficciones, y tienen razón. Pero no se dan cuenta de que su idea de 'individuo', como realidad autónoma que decide voluntariamente entrar en sociedad, también lo es. Nunca ha existido ese individuo previo a la sociedad. Los seres humanos nacen y se desarrollan en una urdimbre social previa a ellos. En esto se basa la crítica marxista y la de los filósofos comunitaristas a los derechos humanos (a los que consideran excesivamente individualistas), porque los extremos se tocan.

También es un ficción esa idea de la libertad como una propiedad natural con la que se nace. Los seres humanos nacemos dependientes y construimos los mecanismos psicológicos de la libertad en interacción con otros seres humanos, por ejemplo, a través del aprendizaje de lenguaje o de la educación.

La lucha por la dignidad

Rallo tiene razón al decir que quien defienda los derechos humanos tiene que darles una fundamentación ética suficiente. En efecto, por ahí hay que empezar. De lo que estamos hablando es de modelos éticos. El ultraliberalismo presenta un modelo ético, y el sistema de los derechos humanos, otro. Explicaré por qué. Los derechos son una creación de la inteligencia para resolver los problemas de la convivencia. En esto está de acuerdo la teoría de la 'evolución espontánea' de los neoliberales. Ha habido otras propuestas a lo largo de la historia: la fuerza, la raza, la religión, el mérito, por ejemplo. Los derechos humanos se fundan en una afirmación tan rara que dediqué un libro entero —'La lucha por la dignidad'— a intentar comprenderla.

Es un enfoque comercial: solo recibes si das. ¿Qué hacemos con los ancianos o con los enfermos o con los marginados?

Me refiero a la afirmación de la dignidad humana, es decir, al reconocimiento de que todos los seres humanos, con independencia de sus condiciones, de su situación y de su comportamiento, tienen un valor intrínseco del que derivan los derechos. La dignidad no es un concepto científico, no es una realidad empírica: es un proyecto. Por eso es muy fácil de atacar racionalmente. Basta con intentar buscar la dignidad con criterios científicos o, más humildemente, mediante la experiencia. No aparecerá. ¿Cómo vamos a decir que tienen dignidad personas crueles, torturadores, malvados? ¿Por qué, entonces, afirmamos que a pesar de ello no debemos hacerles tomar su propia medicina siguiendo el simple y expeditivo principio de 'ojo por ojo' (por cierto, la enseñanza bíblica más importante para el presidente Trump, según ha declarado)? Porque después de una larga y a veces terrible evolución cultural, se va imponiendo la idea de que no somos seres dignos, pero que considerarnos tales y comportarnos como si lo fuéramos, resolvería nuestros problemas. Los horrores del nazismo y del estalinismo reforzaron la idea de que había que fundar los derechos en la pertenencia a la especie humana, y por eso la mayoría de las constituciones políticas elaboradas después de la Segunda Guerra Mundial introdujeron la dignidad como fuente de derechos.

Sin duda, es una ficción, pero salvadora. La propuesta neoliberal en cambio se atiene a los hechos. En la naturaleza no hay derechos. Hay solo juego de fuerzas y, como gran conquista, existe la capacidad de contratar. Los derechos dependen de los contratos. Por eso, no hay derechos con independencia de la aportación que alguien haga a la sociedad. Ahora vuelvo a Hayek, el gran formulador de esta posición, algunas de cuyas afirmaciones resultan llamativas. Escribe: “No todos los seres humanos tienen derecho a seguir viviendo. Los derechos derivan de los sistemas de relaciones de los que el reclamante forma parte mediante su aportación al mantenimiento de los mismos. Si deja de hacerlo o nunca lo hizo (o nadie lo hizo por él) desaparece el fundamento de tales reclamaciones”. ('La arrogancia fatal', página 227). Es, por supuesto, un enfoque comercial: solo recibes si das. No hay, por lo tanto, ningún derecho 'por el hecho de existir', que es lo defendido por el modelo ético de los derechos humanos. Y aquí está la cuestión principal y surgen los problemas complicados. ¿Qué hacemos con los ancianos o con los enfermos o con los marginados o con quienes huyen del hambre o de la guerra?

Friedrich Hayek. (Cordon Press)
Friedrich Hayek. (Cordon Press)

A los seguidores de Hayek les molesta mucho que se recuerden sus declaraciones a la revista 'Realidad' de Santiago de Chile (nº24, mayo de 1981). Defendió que no se debía mandar alimentos a países de África donde miles de personas morían por una larga sequía, porque “si desde el exterior usted subvenciona la expansión de la población, de una población que es incapaz de alimentarse a sí misma, usted contrae la responsabilidad permanente de mantener vivas a millones de personas en el mundo, que no podemos mantener vivas. Por lo tanto, me temo que debemos confiar en el control tradicional del aumento demográfico”. Antes de que esa 'regulación natural' se produzca, añadió, “probablemente morirá el número suficiente de recién nacidos. Eso ha sido la historia del hombre desde siempre. Usted no puede mantener vivos a todos los recién nacidos del mundo, lo que definitivamente conduciría a la explosión demográfica”.

La posición es muy lógica, pero ¿no les parece un poco elemental, poco inventiva, muy parecida a la de quienes aseguraron que la desaparición de la esclavitud hundiría la economía, o que permitir la entrada de fuerzas sindicales en los parlamentos acabaría con la propiedad privada? El ultraliberalismo no está planteando una doctrina económica, sino un modelo ético. Cuando defienden la eficiencia del mercado, están dejando de lado el asunto importante. Es como si ante una moribunda víctima de un accidente nos preguntáramos ¿y esto quien lo va a pagar? antes de auxiliarla. Es una pregunta perfectamente lógica dentro de un modelo ético. Pero inmediatamente surgen dos preguntas: ¿es inevitable vivir bajo ese modelo?, ¿es ese el modelo bajo el que queremos vivir?

Esta dialéctica se da en todos los extremismos, sean liberales o estatalistas: ¡solo el individuo!, ¡solo el Estado!

Encuentro un segundo fallo en el argumento de Rallo. El mismo que encuentro en los estatalistas: utilizar la dialéctica 'todo/nada'. Con ella, Rallo organiza fácilmente un argumento 'ad absurdum': si se admitiera el “derecho a la educación” tendríamos que educar a todo el mundo, a los de la propia nación y a los de todas las naciones, lo que es imposible. Eso es como decir: como siempre habrá enfermedades, no vamos a luchar contra la enfermedad, o como siempre habrá pobres, no vamos a luchar contra la pobreza. O si en un incendio no podemos salvar a todos, que ardan todos. Más sensata me parece la decisión de hacer lo que se pueda aunque no se alcance el éxito total. Esta dialéctica se da en todos los extremismos, sean liberales o estatalistas: ¡solo el individuo!, ¡solo el Estado!

Termino explicando por qué prefiero el término 'ultraliberal' al término 'neoliberalismo'. Este concepto fue acuñado por Alexander Rüstow, durante el coloquio Walter Lippmann (1938),que reunió a un grupo de importantes pensadores liberales. Para evitar que se repitieran sucesos como la Gran Depresión, que en parte atribuyó a políticas liberales no intervencionistas ni reguladoras, propuso la formulación de un nuevo liberalismo que aceptara limitaciones al 'laissez faire' y admitiera más tareas para el Estado. Era una nueva vía que el “'ultraliberalismo' de la asociación Mont Pelerin, que ha sido su 'think tank', descartó, y que tal vez haya llegado el momento de resucitar.

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