Nuestro universo fue creado por una civilización alienígena de otro universo
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Nueva teoría cosmológica

Nuestro universo fue creado por una civilización alienígena de otro universo

El prestigioso astrofísico Avi Loeb afirma que es posible que nuestro universo sea la creación de laboratorio de una categoría de seres capaces de crear universos

Foto: Vista mixta infrarroja y ultravioleta de la nebulosa de la Hélice, comúnmente llamada 'Ojo de Dios' (NASA)
Vista mixta infrarroja y ultravioleta de la nebulosa de la Hélice, comúnmente llamada 'Ojo de Dios' (NASA)

Ni una simulación computacional ni una realidad paralela. Nuestro universo es un experimento creado en el laboratorio de una civilización de dioses alienígenas, seres superiores en el último estado de la evolución. Una nueva teoría científica que irónicamente “unifica la noción religiosa de la creación con la noción secular de la gravedad cuántica”.

Foto: Una solución energética para Marte que nos vendría de perlas aquí en la Tierra. (Radiant)

Esa última frase pertenece al autor de esta nueva cosmología: el influyente, a veces polémico y siempre interesante Avi Loeb. Probablemente conoceréis a este físico teórico no por ser la cabeza del comité de física y astronomía de las academias nacionales norteamericanas sino por su teoría sobre el origen alienígena de Oumuamua, el primer objeto interestelar descubierto en nuestro sistema solar.

Ahora, Loeb acaba de publicar una propuesta cuanto menos intrigante en la revista Scientific American.

Dioses alienígenas

No, Loeb no propone un origen divino ni religioso del universo. Después de repasar varias teorías que intentan explicar algunas de las inconsistencias y características de nuestro universo todavía no explicadas, el físico de origen israelí sugiere "la posibilidad menos explorada de que nuestro universo haya sido creado en un laboratorio de una civilización tecnológicamente avanzada”.

“Cómo nuestro universo tiene una geometría plana con energía neta cero, una civilización avanzada puede hacer desarrollado la tecnología necesaria que creó un universo bebé desde la nada usando tunelaje cuántico”, apunta Loeb en su artículo.

placeholder Al contrario que Musk y otros científicos, Loeb no piensa que el universo sea una simulación virtual sino un lugar físico real creado como un experimento desde un laboratorio alienígena
Al contrario que Musk y otros científicos, Loeb no piensa que el universo sea una simulación virtual sino un lugar físico real creado como un experimento desde un laboratorio alienígena

El físico — que es también asesor del proyecto de exploración interestelar Breakthrough Starshot — dice que todavía no poseemos la teoría predictiva que combine los dos pilares fundamentales de la física moderna: la mecánica cuántica y la teoría general de la relatividad. Sin embargo, apunta, una civilización más avanzada que la nuestra podría haber dado con esta clave y, con ella, adquirido el poder, la tecnología, de crear nuevos universos.

Pero la teoría va mucho más allá. Según Loeb, este planteamiento explicaría no sólo el origen de este universo plano desde una dimensión superior sino además establecería que el universo sería similar a "un sistema biológico que mantendría la longevidad de su material genético en múltiples generaciones”. La teoría de Loeb implica que algunos de esos universos de laboratorio evolucionarían dando lugar a otras civilizaciones capaces de crear nuevos universos.

Una nueva escala de civilizaciones

En su ejercicio teórico, Loeb realiza una reflexión sobre el nivel de las civilizaciones que difiere de la escala creada a mediados de los sesenta por Nikolai Kardashev. La escala ideada por el científico soviético mide la sofisticación de una civilización en relación al uso de la energía y la consiguiente capacidad de realizar viajes interestelares. Una civilización de tipo 1, como la humana, sólo puede usar la energía de su planeta. Una de tipo 2 — llamada estelar — puede aprovechar la energía total de su estrella con sistemas como las esferas Dyson, una megaestructura que rodea a un sol. Finalmente, una civilización de tipo 3 es una civilización galáctica, capaz de controlar la energía de toda su galaxia.

placeholder Una esfera de Dyson rodeando una estrella (Wikicommons)
Una esfera de Dyson rodeando una estrella (Wikicommons)

En vez de fijarnos en la capacidad de una civilización para aprovechar la energía del universo, asegura Loeb, lo importante es fijarse en la capacidad de esa civilización “en reproducir las condiciones astrofísicas que han llevado a su existencia”.

Los seres humanos todavía estamos en pañales tanto en la escala Kardashev como en la nueva escala que propone Loeb, que dice que somos de clase C: no somos capaces siquiera de recrear las condiciones de habitabilidad de nuestro propio planeta. En el caso de que nuestra estrella muera, nosotros moriremos con ella si no lo hacemos antes.

Una civilización de clase B, sin embargo, es independiente de su estrella y podría convertir cualquier planeta en un planeta ideal para la vida. Y, finalmente, una civilización de clase A podría recrear las condiciones que crearon su propia existencia física. De ahí, afirma, vendría la capacidad de crear universos de laboratorio.

El giro final

Y es aquí donde volvemos a la categoría de los dioses y la mayor diferencia con la escala Kardashev. Según explica Loeb, la capacidad de alcanzar el rango de clase A sería algo extremadamente difícil. Crear un universo requiere de la capacidad de manipular energía y materia oscura.

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Según Loeb, la posibilidad de cada universo de tener más de una civilización de clase A es muy remota

Loeb argumenta después que la posibilidad de que haya más de una civilización de clase A es muy remota: “como un universo que se autoreplica sólo necesita de una civilización de clase A, y tener muchas más es mucho menos probable, el universo más común sería aquel que casi no genera civilizaciones de clase A”. Loeb también dice que todos estos universos de laboratorio evolucionan por reglas de selección darwiniana.

La gran degradación

Finalmente, el físico se sube al carro de las grandes degradaciones que Carl Sagan apuntaba en su libro The Pale Blue Dot. Durante los últimos siglos el ser humano ha descubierto que no somos el centro de la creación. Que la Tierra no está en el centro del sistema solar. Que el sol no está en el centro de la galaxia y nuestra galaxia no es única ni está en el centro del universo. No somos más que un paréntesis infinitesimal perdido en un gran cosmos de dimensiones inimaginables.

Loeb, como otros físicos teóricos antes que él, dice que ni siquiera este gran cosmos es el único cosmos. Y le da la puntilla que le da a sus estudiantes de astrofísica en la Universidad de Harvard: la mitad de ellos, les anuncia, están objetivamente por debajo de la media de la clase (algo que dice que les cabrea mucho, claro, porque todos nos creemos unos listos). Para el científico, lo mismo ocurre con la humanidad “aunque hayamos descubierto el bosón de Higgs”: como civilización probablemente estamos en el centro de una campana de Gauss. De hecho, mirando a la actividad destructora de nuestra especie, afirma, probablemente no llegaremos a esa clase C y nos quedaremos en la clase D. En definitiva, los tontos de la clase.

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