El español tras la "histórica" vacuna que evitará 40.000 muertes anuales
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Esperanza contra la malaria

El español tras la "histórica" vacuna que evitará 40.000 muertes anuales

El médico Pedro Alonso, director del Programa Mundial de Malaria de la OMS, tuvo un papel fundamental en el desarrollo de la vacuna que promete dar un paso de gigante en la lucha contra el paludismo

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El médico Pedro Alonso. (EFE)

Hay avances que van cambiando el mundo, aunque en los países desarrollados no les prestemos demasiada atención porque no nos afectan directamente. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó este miércoles, por primera vez en la historia, una vacuna contra la malaria. Aunque su eficacia está alrededor del 40%, este producto de la farmacéutica GlaxoSmithKline (GSK), denominado RTS,S/AS01 o Mosquirix, está llamado a salvar muchas vidas. En 2019, fallecieron 409.000 personas por esta enfermedad, también llamada paludismo, el 94% en África. Ahora se abre la puerta a su uso generalizado y entramos en una nueva era en la lucha contra uno de los problemas que más sufrimiento causan a la humanidad.

La mayoría de las víctimas de la malaria son niños menores de cinco años. La picadura de mosquitos hembra del género Anopheles les transmite un parásito del género Plasmodium, y ninguno de los intentos de conseguir una vacuna ha resultado satisfactorio hasta ahora. Desde 2019, un programa piloto ha logrado vacunar a más de 800.000 menores en Kenia, Ghana y Malawi, pero en realidad todo comenzó hace mucho más tiempo en Mozambique con un impulso de un médico español, Pedro Alonso (Madrid, 1959), que hoy en día es el director del Programa Mundial de Malaria de la OMS.

Foto: Un oficial espolvorea a un militar DDT, tras la liberación del campo de concentración de Bergen-Belsen, en 1945. (Wikimedia Commons)

“La malaria es causa y a la vez consecuencia de pobreza y subdesarrollo, representa el paradigma del círculo vicioso de la enfermedad y la pobreza, pero la ciencia y la tecnología tienen la capacidad de catalizar un cambio. Por eso, es un momento histórico en la lucha contra esta enfermedad”, explica a Teknautas desde la sede de la OMS en Ginebra (Suiza). Desde el comienzo de su carrera, investigó sobre paludismo y demostró la eficacia de redes mosquiteras impregnadas con insecticida como herramienta de prevención de la enfermedad con un artículo publicado en 'The Lancet' que cambió el enfoque del problema.

Era 1991, y cinco años más tarde puso en marcha en Mozambique el Centro de Investigación en Salud de Manhiça (CISM), con el apoyo del Hospital Clínic de Barcelona y fondos de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid) y del Ministerio de Salud del país, una infrecuente apuesta por la ciencia africana. “Entre el año 2001 y 2007, realizamos los primeros estudios en niños, lo que se llamaba formalmente las pruebas de concepto. Primero, en menores de cuatro años, y luego, con menores de un año. Fueron estudios clave, porque demostraron que se podía inducir inmunidad protectora con esta vacuna”, la que ahora ha recibido la luz verde de la OMS.

Aquellos ensayos clínicos pioneros dieron paso a nuevas vacunaciones en otros países para confirmar los resultados. El éxito abrió las puertas al definitivo ensayo en fase 3. El proyecto de Mozambique (que recibió el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 2008), único en su naturaleza hasta aquel momento, siguió siendo decisivo. “Yo diría que Manhiça ha sido el centro que durante más años y de forma más determinante ha contribuido al desarrollo clínico de este producto en África”, comenta Alonso.

placeholder Pedro Alonso. (EFE)
Pedro Alonso. (EFE)

Sin embargo, “en contra de lo que muchas veces se piensa, sobre todo ahora con el covid, el desarrollo de una vacuna no es el trabajo de una sola persona ni de un centro”, afirma. Y “tampoco es un proyecto de laboratorio, es un todo, un programa que involucra a mucha gente”. En su opinión, al menos otros siete u ocho centros en África también jugaron un papel decisivo. Al contrario que en esta pandemia, el trabajo fue lento y estuvo lleno de obstáculos, como la aparición de casos de meningitis entre niños vacunados, aunque más tarde se demostró que no tenían relación con Mosquirix.

Más tarde, Alonso fundó el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) y desde 2014 dirige el Programa Mundial de Malaria de la OMS, un puesto desde el que ha seguido de cerca el desarrollo de Mosquirix, que puede tener una repercusión mucho más allá del paludismo. “Hasta ahora, no hay ninguna vacuna contra una enfermedad parasitaria, las hay contra virus y bacterias, pero no frente a un parásito de este tipo, un eucariota unicelular”, explica en referencia a Plasmodium falciparum, la especie más letal de las cuatro que causan la malaria, y a la que está dirigido el producto de GSK. Por lo tanto, “es un paso de gigante desde el punto de vista de la ciencia”.

¿No es mucho decir para un producto cuya eficacia ronda el 40%? “No es una bala mágica por sí sola”, reconoce, sino “una primera generación de vacunas que puede traer beneficios muy grandes e impactar de forma muy positiva en la reducción de la mortalidad y en los casos de malaria”. Según sus cálculos, “cada año se podrían evitar 40.000 muertes si empezamos a usar esta vacuna a gran escala”. Cada país deberá desarrollar planes nacionales de control de la enfermedad, que deben incluir el uso de mosquiteras, pruebas de diagnóstico y fármacos antipalúdicos, además de la nueva vacuna. Mientras tanto, “hay que continuar con los esfuerzos de investigación y desarrollo para que algún día tengamos una vacuna de un 95% de eficacia, en cuyo caso, sí tendríamos ya una herramienta que se podría usar para tratar de erradicar la malaria”, afirma el responsable del Programa Mundial de Malaria.

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Vacunación contra la malaria. (Foto: Reuters)

De hecho, BioNTech, la empresa alemana asociada con Pfizer para el desarrollo de la exitosa vacuna contra el covid Comirnaty, anunció hace semanas que desarrollará una contra la malaria, también basada en ARN mensajero. La vacuna que acaba de avalar la OMS “ha pasado los filtros de calidad, de seguridad y de eficacia; así que esto debería incentivar a otros para que también se lancen”, comenta Alonso. En su opinión, el hecho de que esta importante compañía se involucre “supone un giro de 180º y nos llena de optimismo”. Además, su objetivo es muy ambicioso: lograr la misma eficacia que ha tenido su fármaco contra el coronavirus. “En investigación, hay que ser prudentes y basarse en datos reales, pero acompañaremos el desarrollo y aplaudimos el deseo de BioNTech de tratar de desarrollar esa vacuna. Habrá que esperar a los datos para poder evaluar si cubre las expectativas o no”, comenta el experto.

Otros intentos han acabado mal. Uno de los más conocidos fue el del inmunólogo colombiano Manuel Elkin Patarroyo, que logró el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 1994. “Hay que reconocer el papel pionero que tuvo y cómo abrió el camino, pero aquella vacuna no cumplió con los requisitos mínimos que se esperaban por distintas razones, no tanto en términos de eficacia, sino de estabilidad del producto”, explica Alonso.

Foto: Un mosquito "Anopheles gambiae", que transmite el parásito que causa malaria. Foto: EFE/Stephen Morrison

Sin embargo, el producto de GSK ha obtenido un reconocimiento sin precedentes. Primero, por parte de la Agencia Europea de Medicamentos (EMA), que ya en 2015 realizó una evaluación positiva. Ahora, después del éxito del programa piloto, el espaldarazo definitivo de la OMS. “Esta recomendación es decisiva para que haya los recursos financieros y la capacidad industrial de producirla a gran escala”, destaca el responsable de la OMS. Lo que se pretende es que haya suficiente suministro para los países donde se realizó el ensayo en fase 3 y después para el resto.

En cualquier caso, “la malaria sigue siendo un enorme desafío mundial, sobre todo para las poblaciones más pobres”, advierte. De hecho, desde hace cuatro o cinco años, “estaba costando mucho seguir avanzando”. Los medios actuales, desde las mosquiteras impregnadas a los fármacos, “están llegando al límite de lo que se puede obtener con la financiación que tenemos y, por lo tanto, las nuevas herramientas y, dentro de ellas, una vacuna son extraordinariamente necesarias”. En los últimos años, tan solo se ha conseguido estabilizar unas cifras (más de 200 millones de casos clínicos cada año y cientos de miles de muertes concentradas en África y en los niños) que “siguen siendo inaceptables”.

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