UNA DE LAS GRANDES ESPECIES INVASORAS

Cómo una invasión de ratas destrozó un paraíso (y así lo arreglaron los expertos)

En la II Guerra Mundial, la llegada de ratas en las bodegas de los barcos norteamericanos dio lugar a que uno de los lugares más paradisíacos del mundo cambiará para siempre

Foto: Imagen aérea del atolón de Palmyra. (CC/wikimedia Commons)
Imagen aérea del atolón de Palmyra. (CC/wikimedia Commons)

Palmyra puede presumir de ser uno de los lugares más paradisíacos del planeta. Se trata de un pequeño atolón casi deshabitado de 3,4 kilómetros cuadrados de superficie que se encuentra prácticamente en mitad del Océano Pacífico. Sin embargo, este lugar idílico vivió un cambio en plena Segunda Guerra Mundial que le ha afectado gravemente hasta nuestros días: no ha sido hasta hace solo un par de años cuando un equipo de conservacionistas expertos ha conseguido eliminar de manera radical la plaga de ratas que había acabado como buena parte del ecosistema de la isla.

Todo comenzó durante la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos, sumido en pleno conflicto bélico contra Japón, tomó posiciones en este atolón que era de su propiedad desde el año 1898, pasando a formar parte de las Islas Ultramarinas Menores de EEUU cuando se anexionaron Hawái. Aprovechando esta posición importante, la Marina norteamericana fue poco a poco llevando suministros militares cargados en barcos hasta la isla. Pero el 'otro' problema iba en las bodegas de esas naves: numerosas ratas llegaron a Palmyra inesperadamente.

Evidentemente, la guerra acabó y Palmyra siguió siendo un lugar tan tranquilo como lo ha sido largo de su historia, pero algo había cambiado. La llegada de esas ratas pronto generó una serie de importantes modificaciones en el ecosistema que han sido fatales. Y es que este animal invasor comenzó a tomar el control de la isla: en cuestión de años, acabaron con numerosas especies autóctonas de la zona -especialmente de cangrejos- y provocando consecuencias realmente series entre las aves marinas y los arrecifes de coral. Casi nada. Más de 20.000 ratas pululaban a sus anchas por Palmyra.

El principal problema tuvo que ver con los cocoteros: la presencia de las ratas provocó que, para alimentarse, empezaran a consumir los diferentes nutrientes del suelo que, a su vez, eran fundamentales para que la flora autóctona -especialmente en el caso de los árboles- sobrevivieran. La falta de estos nutrientes provocó, en primer lugar, que los cocoteros fueran ganando terreno en el atolón y, a continuación, esta situación dio lugar a que hasta diez especies diferentes de aves marinas dejarán de acudir allí. Pero, ¿qué repercusión tuvo esto realmente?

Imagen de la playa norte de Palmyra. (CC/Wikimedia Commons)
Imagen de la playa norte de Palmyra. (CC/Wikimedia Commons)

En realidad, eso es lo que lo cambió todo. Al haber cada vez más cocoteros y menos árboles locales, las aves marinas no podían crear sus nidos en las ramas más altas. Esta situación generó que dejarán de acudir a Palmira y, con ello, una reacción secundaria: como estas aves se desplazan por diferentes islas, comen en diferentes lugares y, por tanto, toman nutrientes muy diferentes; cuando estaban en Palmyra, sus excrementos servían para abonar la flora local y, por tanto, su huida provocó también la desaparición de estos nutrientes. Con ello, solo las ratas y los cocoteros seguían ganando terreno, tomando el control absoluto de la isla.

Pero la vida de la isla no solo cambió en el interior, sino que también lo hizo en sus costas. Al igual que la tierra se quedó sin nutrientes, algo similar ocurrió con el agua que corría por su superficie y que, finalmente, iba a parar al océano: esa situación, por ejemplo, género la desaparición de plactón y que muchos animales que acudían a comer allí de manera habitual, como es el caso de las mantarrayas, dejaran de hacerlo. Por esa razón, un grupo de conservacionistas que formaban parte del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de EEUU decidió, en 2011, llevar a cabo la erradicación de las ratas para tratar de comprobar si el ecosistema de Palmyra podría recuperarse.

"Cuando llegué por primera vez a Palmyra, las ratas estaban presentes en todas partes," afirma Álex Wegmann, director de ciencia de The Nature Conservancy a 'BBC'. Pero la erradicación de estos animales no es sencilla: si se hace, es necesario hacerlo de manera definitiva, pues con que quedara una sola rata preñada en una isla del tamaño de Palmyra, solo en dos años volvería a estar repleta de estos animales. Por ello, se decidió lanzar cebo envenenado desde un helicóptero con el objetivo de que las ratas lo comieran. Y lo cierto es que fue todo un éxito, si bien es cierto que los conservacionistas contabilizaron 11 pájaros y 47 salmonetes muertos tras ingerir este veneno.

En solo cuestión de dos años, buena parte de las aves migratorias que habían dejado de ir al atolón habían regresado, los árboles autóctonos habían empezado a ganarle terreno a los cocoteros y los corales habían comenzado a restaurarse. A día de hoy, los expertos continúan viendo cómo la vida salvaje en Palmyra​ sigue creciendo y cómo de aquello que las ratas destrozaron hace más de un siglo vuelve a brotar de vida. Sin duda, un claro ejemplo de cómo se puede recuperar la naturaleza autóctona de una zona que se daba casi por perdida gracias al buen trabajo de los expertos.

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