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Las vacunas no son solo para niños: estas son las que te tienes que poner de adulto

Muchos adultos deberían vacunarse por diversos motivos por pertenecer a colectivos de riesgo, ejercer una determinada profesión, viajar o no estar inmunizado previamente

Foto: Comienza vacunación gripe (Foto: EFE)
Comienza vacunación gripe (Foto: EFE)

Casi siempre que hablamos de vacunas –y últimamente hablamos mucho, sobre todo debido a quienes las atacan en contra de las evidencias científicas– pensamos en sus principales destinatarios: los niños. Sin embargo, la población adulta también tiene que inmunizarse de forma habitual por distintos motivos: pertenecer a un colectivo de riesgo, ejercer determinadas profesiones, padecer alguna enfermedad o circunstancia que debilite el sistema inmune, convivir con personas con este problema, viajar o incluso no haberse vacunado de pequeños (o no recordarlo).

En este último caso se encuentran muchos españoles que tienen, aproximadamente, entre 40 y 50 años con respecto al sarampión. El Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social aconseja la vacunación a los menores de 50 años que no tengan la certeza de estar inmunizados. En la práctica, se supone que casi la totalidad de los menores de 40 han recibido la vacuna, así que queda una franja de 10 años sin cubrir. Tras lanzar la recomendación hace un año e incluirla en el calendario de vacunación de 2019, las autoridades sanitarias han vuelto a recordarlo recientemente.

“No es que sea una recomendación nueva, pero la situación actual ha hecho que cobre más importancia”, explica a Teknautas Luis Ignacio Martínez Alcorta, miembro de la Asociación Española de Vacunulogía. La Organización Mundial de la Salud ha retirado el estatus de país libre de sarampión a Reino Unido, Albania, Grecia y la República Checa, lo que significa que el virus se transmite de forma endémica en estos lugares. A esto hay que añadir brotes muy importantes en Ucrania, Filipinas o la República Democrática del Congo.

España registró 233 casos en el primer semestre de este año, pero se consideran importados o secundarios. Aún así, las autoridades insisten en no bajar la guardia. “Antes de 1970 era una enfermedad frecuente y la mayoría de la gente la padecía antes de los 18 años. Esos están inmunizados por haber pasado la enfermedad o haber estado en contacto con ella. También los nacidos más o menos a partir de 1981, porque se implantó la vacunación sistemática en población pediátrica. Sin embargo, en medio tenemos un grupo de personas que no han pasado la enfermedad ni se han vacunado”, señala el experto.

Esta vacuna se incluye en la conocida como triple vírica: sarampión, paperas y rubeola, que se administra en dos dosis con un intervalo de al menos un mes entre ellas. El Ministerio y las comunidades autónomas, que tienen las competencias de sanidad, debaten en la Comisión de Salud Pública la manera más efectiva de implementar la recomendación.

Un niño recibe una vacuna contra el sarampión en China. (Foto: EFE)
Un niño recibe una vacuna contra el sarampión en China. (Foto: EFE)

Raquel Carnero y Luis Marcos, farmacéuticos y autores ‘Vacunando ¡Dos siglos y medio sumando!’, reciben muchas consultas acerca de las vacunas, sobre todo desde que hace unos días la ministra de Sanidad, María Luisa Carcedo, apareció en el programa El Intermedio de laSexta con su libro en la mano, recomendando esta obra divulgativa frente a los bulos de los antivacunas. Aunque las dudas de la gente se centran en las vacunas infantiles, el tema del sarampión ha hecho que estos expertos reciban últimamente muchas consultas sobre lo que deben hacer los adultos.

“En realidad, el problema del sarampión es una alerta epidemiológica, pero la triple vírica no es una vacuna para adultos y, además, hay que tener en cuenta que no está recomendada en caso de embarazo”, comenta Raquel Carnero. Así que en este caso se trata de un problema excepcional, pero otras vacunas sí son habituales, sobre todo la de la gripe, que tiene carácter anual y de forma generalizada se aconseja para todos los mayores de 65 años y diversos colectivos de riesgo.

“Las del neumococo, la hepatitis B y la tosferina también son frecuentes si pertenecemos a algún grupo de riesgo”, señala, “por ejemplo, los diabéticos deberían ponerse anualmente la antineumocócica”. Además, “hay recomendaciones más específicas para pacientes con enfermedades crónicas, sobre todo cardiovasculares y respiratorias, y para los que tienen un trasplante reciente”. El sistema inmune también se puede resentir por tratamientos como la quimioterapia.

Cuando la efectividad baja con el tiempo

Fuera de este tipo de casos, los expertos creen que en general existe una inmunización adecuada. “A partir de 1970 sabemos que casi todas las personas hemos recibido una correcta vacunación”, señala Luis Ignacio Martínez Alcorta. Pero también en edades más avanzadas. “En el caso del tétanos, se inmunizaba a la población infantil ya en los años 60, y muchas veces a través de los servicios de prevención de riesgos laborales”, comenta.

“No obstante, la vacuna que incluye protección contra la difteria, el tétanos y la tos ferina (o tosferina, todo junto) baja en efectividad a media que pasa el tiempo. Con la edad el sistema inmune va perdiendo la capacidad de reaccionar frente al antígeno, así que está recomendada en el adulto”, indica la coautora de ‘Vacunando’.

La ministra de Sanidad en funciones, Luisa Carcedo se vacuna contra la gripe. (Foto: EFE)
La ministra de Sanidad en funciones, Luisa Carcedo se vacuna contra la gripe. (Foto: EFE)

Aunque la pauta indica que cada 10 años habría que ponerse una dosis de recuerdo, en la práctica “ya no se hace”, apunta el representante de la AEV. “Si una persona ha recibido cinco dosis de la vacuna contra el tétanos a lo largo de su vida, ya no harían falta más al menos hasta los 60 o 65 años. Y aún así tampoco es correcto hacer una recomendación generalizada para las personas mayores, habría que valorar si fueron inmunizados en su infancia o ya en edad adulta”, explica. Si no se hubiera recibido nunca, lo adecuado sería poner tres dosis, otra en 10 años y otra a los 20.

En el caso concreto de la tosferina, “no está erradicada”, advierte Raquel Carnero, “y muchos casos no están diagnosticados. Hay mucha gente que la padece y ni siquiera lo sabe, pero la puede transmitir”. Por ejemplo, “un abuelo a un menor de dos meses, porque esta vacuna se pone por primera vez a esa edad”.

Una estrategia para evitar este peligro es vacunar a las embarazadas, una recomendación en auge. A través de los anticuerpos que genera durante el proceso de inmunización, la madre aporta protección durante los dos primeros meses al niño recién nacido, hasta que reciba su propia vacuna. Por el mismo motivo, también está indicada la vacuna contra la gripe en el tercer trimestre de embarazo si el nacimiento coincide con los meses en los que circula este virus.

Dos enfermeras atienden a un bebé en la UCI de neonatología del Hospital Clínic de Barcelona donde se ha comenzado a vacunar a los bebés que nacen prematuros para protegerles de algunas enfermedades. (Foto: EFE)
Dos enfermeras atienden a un bebé en la UCI de neonatología del Hospital Clínic de Barcelona donde se ha comenzado a vacunar a los bebés que nacen prematuros para protegerles de algunas enfermedades. (Foto: EFE)

Con respecto a la tosferina, “antes disponíamos de una vacuna que generaba una inmunidad mucho más persistente que la de la actual, el problema es que provocaba más reacciones, sobre todo fiebres”, comenta el experto. Con el objetivo de disminuirlas, aunque eran poco frecuentes y no entrañaban complicaciones a largo plazo, se han ido generando vacunas que producen menos sintomatología, pero a su vez también han perdido efectividad. Aún así, “un adulto no debería tener que volver a vacunarse frente a la tosferina salvo que haya recibido algún tipo de trasplante”.

¿Cómo sé si estoy vacunado?

En el fondo, gran parte del problema de la vacunación en adultos es que muchas personas no saben si están vacunadas o no recuerdan si pasaron una determinada enfermedad. Las cartillas de vacunación pretendían certificar esta información, pero lo difícil es conservarlas. “Si somos adultos y no tenemos historial electrónico, es difícil asegurar si estamos vacunados sin un registro físico”, señala Raquel Carneo.

Según explica, algunas comunidades están implementando una cartilla vacunal para adultos, un documento útil ante cualquier revisión médica, ya que incluye información detallada, la fecha de vacunación y hasta el lote de la vacuna. No obstante, “si no tienes claro si has tenido la varicela o la rubeola, se puede realizar una serología, un análisis de sangre que nos dice si hemos pasado la enfermedad”. Sin embargo, lo habitual es que, ante la duda, los profesionales sanitarios recomienden la vacunación antes que realizar esta prueba. “Aunque hayamos tenido la enfermedad o nos hayamos vacunado anteriormente, no pasa nada por volver a hacerlo”, asegura.

(Foto: EFE)
(Foto: EFE)

Por el contrario, “si se trata de pacientes de riesgo, siempre tenemos que tener una confirmación serológica”, destaca Martínez Alcorta. “Imaginemos que me van a hacer un trasplante de riñón y me van a dar medicación inmunosupresora para que mi cuerpo no lo rechace. Si desconozco si he pasado una enfermedad, debemos hacer una prueba analítica”, añade. Además, existen estudios de seroprevalencia, en los que se escogen aleatoriamente individuos representativos de una parte de la población, por tramos de edad, y se mide qué grado de protección tienen ante enfermedades que son evitables por vacunas.

Por eso, en buena medida las recomendaciones vacunales se basan en el año de nacimiento del paciente, aunque también depende de las estrategias sanitarias de cada administración. Por ejemplo, la vacuna del virus papiloma humano en principio se administra a niñas entre 11 y 14 años con el objetivo principal de evitar el cáncer de cuello de útero. Sin embargo, algunas comunidades la amplían hasta los 45 años y también para varones homosexuales, porque la infección deriva también en otros tipos de tumor.

“Nuestra situación puede cambiar”

En general, los expertos consideran que “la clave es la información” y “concienciar a la gente de que nuestra situación puede variar por muchos factores. Por ejemplo, “la gripe produce mayor tasa de complicaciones en personas que reciben quimioterapia y, aunque esa persona se inmunice frente a la gripe, deberíamos hacerlo también quienes convivimos con ella para reducir las posibilidades de transmisión”, destaca el experto de la AEV.

En ese sentido, otro problema es que la vacunación entre el personal sanitario ante una enfermedad tan común y transmisible como la gripe apenas ronda el 30%. “Son recomendaciones, no obligaciones, estos profesionales pueden decidir no vacunarse, pero lo cierto es que no es colectivo muy concienciado”, apunta Carnero. Para el resto de colectivos de riesgo ni siquiera hay estadísticas. “Es complejo, porque el registro de los datos no está sistematizado ni en el ámbito autonómico ni estatal”, señala Martínez Alcorta, “si alguien se vacuna a través de su mutua, no queda constancia”.

(Foto: Pixabay)
(Foto: Pixabay)

Otras vacunas muy frecuentes en adultos son las de los viajeros. El Ministerio ofrece información de la situación sanitaria por países, pero lo habitual es que “si nos desplazamos a un entorno en el que las condiciones climatológicas o de desarrollo socioeconómico sean diferentes a las habituales” nos tengamos que vacunar. Y lo importante es informarse y hacerlo con tiempo, al menos mes y medio o dos meses antes de coger el avión.

Los centros de vacunación internacional informan sobre cómo viajar de forma segura en un amplio sentido, no sólo con respecto a las vacunas. “Puede haber una enfermedad transmisible por un mosquito para la cual hay vacuna, como la fiebre amarilla; pero también es posible que no la tengamos pero haya una profilaxis, una medicación preventiva, como es el caso de la malaria. Y habrá otras en las que no haya ni vacuna ni profilaxis, como el dengue, y tengamos que tratar de evitar al mosquito que lo transmite”, comenta Martínez Alcorta.

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