FUTURO SOMBRÍO PARA LAS PROFESIONES LIBERALES

“Con 30 años tenía un buen puesto y ganaba dinero; ahora no gano ni la mitad”

“Hay mucha gente que cuando estaba en la treintena tenía un buen puesto y ganaba dinero y que hoy, con 45 años, ingresa bastante menos”. Lo

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“Con 30 años tenía un buen puesto y ganaba dinero; ahora no gano ni la mitad”
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    “Hay mucha gente que cuando estaba en la treintena tenía un buen puesto y ganaba dinero y que hoy, con 45 años, ingresa bastante menos”. Lo que afirma Ignacio Urrutia, Decano de la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Antonio de Nebrija, no es una simple anécdota, sino que forma parte de una tendencia “muy frustrante” según la cual la vida del profesional se ha transformado sustancialmente. Así, un abogado, un arquitecto, un periodista o un economista (entre otros) creían que la situación laboral tendía a mejorar con los años, que cuanto más tiempo pasaba y más conocimientos se acumulaban, más fácil sería conseguir mejores ingresos. Pero esa creencia, que está todavía presente en muchos de quienes inician su trayectoria profesional, no responde a la realidad de la mayoría de los profesionales. Y no sólo porque muchos de ellos abandonen pronto el oficio para el que estudiaron (o ni siquiera lleguen a ejercerlo) sino porque buena parte de los que sobreviven se ven expuestos a trayectorias laborales demasiado imprecisas.

    Entre las causas que han producido este cambio suele citarse la excesiva oferta de mano de obra: estaríamos ante un mercado que no puede absorber más que a una parte de los profesionales que pretenden ingresar en él. Una creencia, según Gonzalo Sanz-Magallón, Profesor del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad San Pablo-CEU, “que es cierta en parte, ya que sólo afecta a determinadas áreas. Así ocurre con muchas de las licenciaturas en Humanidades, como Historia, Filosofía, etc., mientras que existe una gran demanda de titulados en Informática o en Medicina”.

    El gran problema, para Sanz-Magallón es que no hacemos una correcta asignación de recursos. “Hay países, sobre todo en Asia, que realizan una planificación mucho más estudiada sobre la titulación que se va a necesitar y en función de ella se ofertan las plazas universitarias. Es un modelo mucho más dirigista, pero que funciona”. El problema adicional de España, según Sanz-Magallón, tiene que ver con la nula orientación profesional que ofrecemos a los estudiantes. “Aquí elegimos una carrera a los 18 años sin saber en qué nos metemos o si tendrá salida. Hacemos un brindis al sol”. Por eso, asegura, sería muy importante que hubiera un asesoramiento amplio que permitiera realizar mejores elecciones a quienes no tienen claro cuál será su futuro profesional, “que son la mayoría de los estudiantes”.

    Además, afirma Ignacio Urrutia, tampoco el sistema educativo ha sabido responder a las nuevas necesidades sociales. “Hay una cierta confusión respecto de lo que una universidad debería llegar a hacer. No estamos aquí para enseñar teorías sino para formar profesionales y Bolonia debería ayudarnos a dejar eso claro”. Además, la deficiente ordenación del sistema educativo está provocando que la oferta de titulaciones se sature, al mismo tiempo que se desdeñan ámbitos como la Formación Profesional. “Las universidades estamos sacando grados en áreas como hostelería o gastronomía que eran antes un ámbito propio de la FP. Pero como este tipo de estudios no se valoran socialmente, y las universidades vemos que hay un nicho de mercado, acabamos sacando estos grados”.

    Dificultades para mejorar laboralmente

    Un segundo elemento que explicaría los cambios en la vida laboral de los profesionales se encontraría en las rearticulaciones de un mercado de trabajo que está favoreciendo las trayectorias discontinuas. Vivimos en una era volátil, donde las previsiones a medio plazo aparecen muy difusas y donde mejorar laboralmente es bastante más difícil que empeorar. Por eso, afirma Urrutia, “intentamos explicar a nuestros alumnos que cada vez van a trabajar más por proyectos, que no van a ejercer un profesión toda su vida, sino que tendrán que ir marcándose etapas. Una persona que ha estudiado arquitectura, a lo mejor acaba dirigiendo un estudio, lo cual exige una formación y unas capacidades que no tienen nada que ver con aquellas en las que se formó. Antes estudiabas una vez y te valía para siempre. Ahora no es así en absoluto”. Y trabajar por proyectos implica un esfuerzo formativo para aprender nuevas habilidades, pero también supone ser capaz de adaptarse a entornos muy distintos mostrar una elevada capacidad de implicación. “Lo mejor que tienen los proyectos es que, en tanto hacen que el profesional afronte retos muy diversos, le fuerzan a madurar”, señala Urrutia. Asimismo, resultan muy positivos porque “crean ilusión en la gente. Y no puedes pararte a pensar que ya tienes todo resuelto: si tus destrezas no se acompasan con lo que se necesita de ti, ganarás cada vez menos dinero”.

    En tercer lugar, que haya muchos más profesionales ejerciendo significa que habrá más competencia por los puestos existentes, pero también que se impondrán mayores barreras de entrada. En este sentido, el sector de la abogacía constituye un buen ejemplo. Como explica Joaquín García-Romanillos, socio del bufete Gómez-Acebo & Pombo, existía en España un automatismo que llevaba a que “los licenciados en derecho inmediatamente pasaran a ser abogados: podías colegiarte y hacerte cargo del asunto más importante, ya fuera en el ámbito civil, en el administrativo o en el penal”. Esta situación, con la nueva Ley de acceso, cambia radicalmente, en tanto se establecen determinados requisitos para que “el licenciado en derecho acredite que puede asistir correctamente al justiciable en su derecho de defensa”. Tales medidas, que entrarán en vigor el año que viene, se establecen, según García-Romanillos, “en beneficio de la calidad del derecho de defensa, que es un derecho constitucional”, y no para limitar el acceso a la profesión de los nuevos ejercientes. Y si bien es cierto, también lo es que esta clase de garantías sólo pueden ponerse eficazmente en marcha cuando hay un excedente de ejercientes. Si hubiera escasez, los límites de acceso serían mucho menos exigentes.

    Por último, la masificación es un factor que está intensificando la dualización en que viven los profesionales. Así, mientras quienes están en lo más alto del oficio (un número cada vez menor) están consiguiendo ingresos mayores que hace una o dos décadas, por el contrario, el resto de profesionales (que son cada vez más) están ganando mucho menos. Incluso hay un porcentaje significativo, especialmente (pero no sólo) entre quienes están en los primeros años de ejercicio, que se sitúa por debajo del nivel de subsistencia. Y esa dualización se radicalizará en el futuro, afirma Sanz-Magallón, quien lo explica por las diferencias en la formación. “La sociedad española está aportando los mejores y los peores jóvenes de Europa. Tenemos chicos preparadísimos, con una gran formación, con experiencia e idiomas, junto con otros muy mediocres, sin idiomas, sin motivación y con una formación menor a los que el sistema español les ha permitido que obtengan un título. Y eso las empresas lo detectan enseguida, por lo que los tipos de trabajo y las remuneraciones que les ofrecen varían enormemente”.

    Urrutia, quien coincide en que la tendencia actual se incrementará en el futuro cercano, cree que esa diferencia tan grande en los ingresos provendrá de nuestra inteligencia a la hora de leer el mercado. “Si sabemos adecuarnos a las demandas de trabajo nos irá bien y si no, nos quedaremos fuera. Por utilizar un ejemplo, si hoy un profesional se orienta al marketing online, seguro que tendremos trabajo en el futuro. Si se queda en el marketing tradicional, se quedará obsoleto”.

    Pero más allá de que estos cambios procedan de la incapacidad subjetiva de adecuarse a los tiempos o de la rearticulación estructural de un mercado de trabajo que cada vez mira menos hacia lo productivo, lo cierto es que ejercer una profesión tiene hoy un componente de inestabilidad muy pronunciado. Como asegura F.J.M., profesional de la abogacía en ejercicio, “nos pasa como a los pequeños negocios, que cada vez quedamos menos”.
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